CAPÍTULO 34
Mathew salió de la empresa poco después de que Giana abandonara la oficina, el aroma a naranja de su cabello aún persistía en el aire.
Tendría que acostarse con alguien. No había estado interesado en el sexo, pero al verla caminando con sus botas matadoras hasta él, el deseo surgió rabioso, y quiso tumbarla sobre la superficie del escritorio y sentir la punta del tacón de sus botas tallándole la espalda.
Tal vez por eso había estado tan grosero, sabía que se había portado como un imbécil, pero fue la única forma que encontró para no caer sobre ella como ave de presa.
Aunque estuviera furioso, la deseaba, cuánto la deseaba, tendría que ponerle remedio a esa profunda atracción, y una mujer, cualquier mujer, cumpliría su propósito.
Caminó un par de cuadras, arrebujándose la chaqueta.
En el ambiente ya se respiraba la Navidad, ese año las fiestas girarían en torno a Gregory, tendría que salir de compras en unos días para llenar a su sobrino de regalos antes de que las vitrinas se vaciaran.
Las luces y decorados ya suturaban el ambiente, así como el olor a canela y a jengibre, las temperaturas bajas ya se habían instalado y no se irían en un buen tiempo.
Entró a un bar que frecuentaba de cuando en cuando y pidió una copa de coñac al barman mientras se sentaba a la barra y se perdía en sus cavilaciones.
Recordó los comentarios ofensivos hechos a Giana esa tarde, se sintió avergonzado, nunca había tratado así a una mujer, pero acababa de enterarse de que un personal de la empresa europea que había realizado el análisis del suelo y el diagnóstico sobre el derrumbe se había puesto en contacto con los abogados de Joyerías Diamond.
Ethan Colton había sido el culpable de la muerte de los mineros al falsear el informe del estudio de suelos, pero ni siquiera el confirmar algo que ya sabía le trajo tranquilidad.
Leía con avidez los informes del abogado que lo representaba en la junta de Joyas Miccelatti, era como si su mundo se hubiera reducido a eso, a conocer cada uno de los pasos de Giana Orsini y tratar de atajarlos.
En cuanto Brandon había puesto sobre la mesa la posibilidad de una demanda penal contra Cesare Orsini que lo llevaría a la cárcel por varios años, Mathew se negó, el hombre estaba en una cama, en condiciones deplorables, ese ya era suficiente castigo junto a los millones que había sacado de sus arcas para indemnizar a las familias de las víctimas del derrumbe.
Los Orsini debían agradecer que en Sarabi las leyes fueran algo laxas, aunque estaba seguro de que, si le echaban el guante a Ethan por su participación en el intento de apoderarse de las minas y el atentado a Haaziq, le harían pagar con cárcel el derrumbe.
No entendía cómo Cesare Orsini había permanecido ignorante de lo que orquestaba su yerno; una profunda soberbia o una ciega confianza eran las causantes de que todos los problemas cayeran sobre los hombros de Giana para esta tratar de solucionarlos, y tenía que reconocer no lo había lo hecho nada mal.
Gracias a ese puesto en la junta, Mathew tenía acceso a información privilegiada respecto a la expansión y al deseo de Giana de trasladar la sede principal de la empresa a Chicago.
Necesitaba reducir costos y los gastos operacionales en Nueva York eran mucho más costosos que en cualquier otra ciudad.
Giana quería trasladar los talleres y las oficinas a Chicago, dejar una sucursal en Nueva York y así lograr capitalizar la empresa.
Había adquirido el edificio en el que ella estaba interesada solo por el placer de ponerle una talanquera, pero no lo había disfrutado tanto como debería, en realidad la venganza no era un plato que se comiera frío.
A Mathew la idea del traslado no le parecía descabellada, Joyerías Diamond aguantaría la competencia sin problema, pero no quería que ella se saliera con la suya, le había pedido a su abogado que votara en contra del traslado, ya que él tenía un porcentaje respetable de acciones que le daban voz y voto.
Iba por su segundo trago cuando Dylan Barrett se materializó a su lado.
—Buenas noches, señor King.
—Donde menos se piensa salta la liebre —sentenció, sorprendido, antes de darle otro sorbo largo a su bebida.
—Tengo que hablar con usted de algo muy importante.
—¿Por qué aparece ahora? —inquirió Mathew dándole la vuelta a la silla y quedando frente a él.
—Hace un mes llegué al país, estuve incapacitado por culpa de Ethan Colton.
—¡Ya veo! —exclamó Mathew.
El hombre llevaba un bastón y tenía un par de cicatrices nuevas en la frente. Le pasó un sobre a Mathew.
—Ethan y los guardaespaldas que lo acompañaban en Sarabi me dieron una fuerte golpiza y luego me dejaron inconsciente en la frontera. Duré dos meses convaleciente en un hospital en Uganda. Hasta que pude recuperarme y volver a Estados Unidos.
—¿Qué es esto? —golpeó con el dedo el sobre, ignorando la lamentable historia. Sus simpatías no estaban con ese hombre.
—El verdadero informe del análisis del suelo realizado dos días antes del derrumbe.
Mathew resopló furioso y se quedó paralizado unos segundos.
—¿Por qué lo hizo? No parece una mala persona, yo confiaba en usted.
El hombre lo miró avergonzado.
—Ethan me amenazaba con despedirme, era un matón de primera línea y yo necesitaba desesperadamente el trabajo, mi madre era minusválida y estaba muy enferma, su tratamiento médico era muy costoso.
Mathew frunció el ceño al ver al hombre encogerse en la silla, parecía que había envejecido diez años.
—¿Era? ¿Estaba?
—Murió hace dos semanas.
—Lo siento mucho.
—Gracias.
Ambos se quedaron callados. Mathew empezó a abrir el sobre mientras Dylan pedía un whisky doble al barman.
—¿Sabe que puede ir a la cárcel?
—Prefiero pagar por lo que hice, esa será la única forma en que dejaré de recordar ese espantoso día.
Mathew empezó a leer los documentos, aunque ya tenía conocimiento de lo sucedido, su respiración cambiaba a medida que avanzaba en la lectura.
Según el informe, el uso de explosivos era innecesario debido a la calidad del terreno.
O sea, que Meriem y el resto de las personas habían muerto por la acción de un cerdo egoísta y eso era algo que él no se perdonaría mientras estuviera con vida: debió saberlo, debió intuirlo.
—Deme una buena razón para no romperle la crisma y así terminar el trabajo que empezó Colton.
—Me sentí muy mal cuando la señorita Giana Orsini fue a investigar.
Supe que no tenía nada que ver con lo orquestado por Colton por el empeño con que buscaba averiguar lo que verdaderamente ocurrió.
Ella estaba desesperada por saber quién estaba detrás del derrumbe, sospechaba que su novio estaba involucrado y tuve que mentirle, si hubiera visto su expresión.
Trataba de reunir pruebas que lo exculparan a usted, era lo que más le importaba.
Mathew sabía desde hacía meses que ni Giana ni su padre tenían que ver con el derrumbe.
Ethan se las había arreglado solo para causar el desastre, pero el saber que ella fue a Sarabi para buscar pruebas que pudieran exculparlo lo conmovió de una manera que no hubiera creído posible.
Sus sentimientos hacia ella viraban en un sentido para cambiar al siguiente segundo.
Escuchaba las palabras de Barrett como si vinieran de lejos a advertirle de una verdad que había tratado de aplastar todo ese tiempo.
—¿Está seguro de que Giana se acercó a usted con esa intención? —preguntó con voz ronca.
—Sí, ella estaba segura de que usted era inocente y estaba reuniendo pruebas contra Colton, pero no pude ayudarla —carraspeó—. Mejor dicho, no quise ayudarla.
—¿Por qué no la contactó a ella primero para entregarle el informe?
—Lo he intentado, pero me ha sido imposible, como ustedes son tan amigos, pensé que podría hablar con ella y hacérselo llegar.
Además, esto le atañe más a usted, de nuevo le pido disculpas.
Lo ocurrido a mi madre no era una excusa para actuar como lo hice, si hubiera hablado a tiempo, a lo mejor Colton no se habría salido con la suya, pero le tenía miedo. Es un hombre peligroso.
Mathew se quedó callado, no sabía qué decir. Dylan se levantó apoyado en su bastón.
—En el documento están mis datos, podrá contactarme en cualquier momento, no volveré a desaparecer.
Mathew asintió sin apenas prestar atención a lo que el hombre decía ni al momento en que abandonó el lugar.
No sabía cómo desandar el camino de la desconfianza y el rencor.
Tendría que despojarse de ellos para poder entender las motivaciones de Giana.
No es que estuviera buscando un pretexto para disculparla, o a lo mejor sí lo hacía, porque esa tarde se dio cuenta de que sería más duro seguir sin ella.
Necesitaba desmenuzar los motivos que tuvo y tratar de entenderla, si bien el que hubiera querido acercarse para recabar información no la hacía una mala persona, ni tampoco sus omisiones, el quid de la cuestión era que no había confiado en él cuando establecieron una relación, él le abrió su corazón, pero ella se guardó una parte muy importante de su vida.
¡Dios! ¿Y ahora cómo entenderla? Pues escuchándola y, lo más importante, creyéndola.
Lo invadió un cúmulo de sentimientos encontrados, ella no era culpable del derrumbe, pero eso él ya lo sabía.
Las cadenas producto del desengaño que aferraban su corazón aflojaron la terrible presión, pero eso no lo alivió ni un poco, porque ahora eran reemplazadas por la culpa y el remordimiento, y no tenía idea de cómo solucionarlo.
La había tratado tan mal esa tarde, cuando ella como guerrera se atrevió a enfrentarlo…