CAPÍTULO 33 #2
—Puedes buscar otro lugar, tengo un corredor de bienes raíces muy capaz y agresivo, podría recomendártelo.
—El mismo que te está ayudando a ofertar por mi edificio y que ofertará por otro cualquiera que me interese. —Juntó ambas manos en un ruego—. Mathew, sabes que es el mejor lugar, en la ciudad no abundan los terrenos para abrir una joyería.
Mathew llevó la mirada a la mano de Giana.
—¿Quién te dijo que yo oferté sobre el edificio? Por lo que sé, es información confidencial.
—Tengo mis medios.
—Estoy seguro de eso. Algún día esos medios te meterán en muchos problemas.
—Ya tengo suficientes problemas.
—Nada de lo que me digas me hará cambiar de opinión respecto a ese edificio —levantó el tono de voz—. ¿Está claro?
—Estás siendo obtuso. Mi padre…
—Actuó de manera indebida, contrario a las prácticas mercantiles y le hizo daño a nuestra empresa. Tendrá que pagar por ello.
—Mi padre ya no cuenta, lo sabes bien.
Mathew asintió con gesto de sarcasmo.
—Qué ironía, ¿verdad? De manera indirecta lo ocurrido entre nosotros, y no hablo de nuestra aventura, te afianzó en la presidencia de tu empresa; de manera indirecta fui yo el que te puso en el lugar que tanto ansiabas.
Giana se dijo que era una pérdida de tiempo, se sentía furiosa y vulnerable.
—Ustedes se han cobrado la afrenta como han querido y nosotros no podemos perder todo lo que hemos construido. No me voy a dar por vencida. Y sabes muy bien que fue más que una aventura.
—No tienes el dinero que yo estoy ofreciendo por ese edificio.
—Estoy segura de qué será un gasto innecesario para ti.
Mathew la miró con un gesto amargo.
—Gracias por tu preocupación por mis finanzas, pero ante todo soy negociante, como todos los miembros de mi familia. El edificio es un buen negocio. Sacarás el dinero que yo pida cuando quiera vender.
—Puedo entablar una querella judicial.
—Hazlo, te costará una fortuna y perderás.
—¿Me estás hablando en serio? Me parece increíble que estés actuando como un chico al que le quitan su juguete.
Mathew dio la vuelta y volvió a su asiento tras el escritorio antes de contestar.
—No estoy jugando y tenlo por seguro que fue más que un juguete.
Ambos se miraron de manera retadora y Giana supo que no estaba hablando del edificio o de lo ocurrido a la empresa.
—Mathew, yo… —señaló consternada.
Él echó la silla hacia atrás.
—Agradece que hemos actuado de buena fe. Otra empresa no hubiera tenido ninguna consideración ante las tretas deshonestas de tu padre y tu novio. En otras circunstancias, Joyas Miccelatti ya sería carne de los chacales y las hienas que abundan en el mercado.
—¿Buena fe? —Giana dejó escapar una amarga risa de incredulidad—. Tú no sabes lo que es la buena fe. Han exigido una indemnización astronómica, dejando frágil la situación económica de mi empresa, y tengo el presentimiento de que tú has tenido mucho que ver. ¿No te parece que ya es suficiente?
—¡Nunca será suficiente! —señaló con su máscara de dureza resquebrajada—. Mi deber era cuidar de los míos de los ataques virulentos de tu padre y de la insidia de tu prometido.
—¡Ethan ya no es mi prometido!
—¡Eso a mí no me importa! ¡Pierdes el tiempo hablando conmigo!
Mathew se negaba a sentir algo de conmiseración, aunque ahora, viéndola luchar por lo que creía suyo, la admiraba. Él no era una persona fácil y, sin embargo, ella lo enfrentaba con gallardía y dignidad.
—Te ofrezco un millón de dólares más de lo que vayas a pagar por el edificio.
—¡Por Dios! —Soltó una brillante sonrisa, de esas que eran tan escasas y que Giana se moría por ver cada tanto en su semblante—. Tenlo por seguro que te costará mucho más que ese millón de dólares, yo de ti, volvería a Nueva York y lo intentaría en alguna otra ciudad.
—Estás actuando como un matón. ¿Cómo puedes tratarme así?
—Fácil. —Mathew abrió expresivamente las manos antes de añadir—: No siento ningún respeto por ti. ¿Qué esperabas?
—Tú no sabes nada, tu resentimiento te ha cegado tanto que no ves más allá de tus narices.
—¡Bravo! —Aplaudió—. Esperaba esta explosión… La charla ya estaba muy aburrida, esto es más excitante.
La rabia de Giana empezó a superar su capacidad de control. Temió perder la cordura en cualquier momento.
—¡Cómo te atreves! Eres un bastardo egoísta, no tienes idea de por qué hice lo que hice y a estas alturas ya de nada vale sacarte de tu error, no vales la pena. ¡Fue un error haberme enamorado de ti!
—¡No te atrevas a hablar de amor! —bramó Mathew lanzándole una mirada oscura—. No fuiste leal conmigo en ningún momento.
Giana no podía perder el control, deseaba abofetearlo y hacerlo entrar en razón, pero era una estupidez. Inhaló profundo y recapituló.
—No voy a discutir mis sentimientos contigo, faltaba más.
Mathew se levantó furioso de la silla y Giana tuvo el fuerte impulso de salir corriendo.
—¡Me acechaste, me manipulaste! Lo tenías todo planeado. No te importó meterte en la cama conmigo mientras hacías planes de boda.
Se acercó a ella, la aferró de ambos brazos y la levantó de la silla, los celos burbujeaban por todo su cuerpo como si se acabara de enterar de su traición. Era una locura y tendría que calmarse de una manera u otra.
—¡No fue así!
—Colton me lo advirtió y yo como un estúpido no le creí.
—No tenías que escucharlo a él, tenías que escucharme a mí.
Le miró la boca.
—Anda, convénceme, con tus mentiras y algo más —susurró en su cuello, olfateando su aroma inconfundible y que lo había marcado a fuego—. A lo mejor eso hace que te vayas con tu edificio cuando salgas de aquí.
—Así no, Mathew. —Se soltó respirando temblorosamente y alejándose de él—. No debería haber venido.
—Jugaste con fuego y te quemaste.
Giana tomó la chaqueta y el bolso de la silla. Mathew la miró sin disimular su desprecio.
—Cree lo que quieras.
—Me engañaste…
Mathew estaba furioso con ella y con él mismo. Con Giana, por obvias razones, pero con él mismo estaba asombrado de la intensa furia y la incredulidad que aún lo perseguían, no entendía cómo podía conservar la fuerza de la emoción después de casi tres meses.
—Me recibiste solo para tener la oportunidad de humillarme.
Bajo su piel trigueña, Mathew había palidecido, pero no estaba dispuesto a ceder un milímetro.
—¿Valió la pena sacrificar lo nuestro? —preguntó, mirándola con sus ojos oscuros, tan intensos como el fuego de una hoguera.
“No”, pensó Giana, no había valido la pena. Pero así fue como acabaron las cosas. Por unos breves instantes experimentó el deseo de ir a él y abrazarlo, de refugiarse en el calor de sus brazos. Fue un impulso fuerte que atajó con mucha fuerza de voluntad. Esos brazos ya no le pertenecían.
—Mi respuesta ya no importa. Hasta nunca, señor King.