HERMANOS KING CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Mathew King no se saldría con la suya, de ninguna manera, caviló Giana Orsini al entrar con paso firme al edificio de Joyerías Diamond en Chicago. El repiqueteo de sus tacones sobre el bruñido piso la distrajo unos segundos de sus cavilaciones. Se acercó a la amplia recepción.

—Buenos días —saludó uno de los dos recepcionistas que estaban tras el mesón.

—Buenos días —respondió Giana con una seguridad que estaba muy lejos de sentir—. Necesito a hablar con el señor Mathew King.

—¿Tiene cita?

Adornó su rostro con un gesto de seguridad y altivez que pocas veces le fallaba, pero no contaba con que a lo mejor estaría en la lista negra de visitantes.

—No tengo cita, pero estoy segura de que si me anuncia él querrá verme. —Lo dudaba y la mujer parecía estar de acuerdo. Era un farol, a lo mejor terminaba de patitas en la calle, pero tenía que intentarlo.

—¿Su nombre?

—Giana Orsini.

La recepcionista asintió.

—Tome asiento, por favor, le avisaré al señor King que usted desea verlo.

—Gracias.

Se sentó en una de las poltronas con la vista puesta en la joven que en ese momento hablaba con alguien.

Le destinó un par de vistazos, adivinando por su expresión si la recibiría o no.

Si no lo hacía, tendría que insistir, iría hasta su departamento.

Podría tolerar que Mathew hiciera cuadritos su vida personal y también pagar las consecuencias de los actos de Ethan, pero otra cosa muy diferente era el abierto ataque a su proyecto de expansión.

En el poco tiempo que compartieron juntos, lo vio como un hombre racional y controlado hasta que sucedió lo que sucedió.

Dios, cuánto lamentaba lo mal que había manejado todo, ahora el abismo entre ella y Mathew parecía insalvable.

Era como si su resentimiento no se aplacara hasta que ella y su negocio estuvieran a años luz de Chicago.

Pues bien, eso no iba a ocurrir, él no sería ni el primero ni el último obstáculo en la consecución de sus metas.

Hacía unas semanas había visitado esta misma empresa con la intención de disculparse y desde ese nefasto día no había vuelto a saber nada de Mathew.

Su resentimiento seguía vivo, era consciente de que había actuado mal, había sacrificado el amor de un hombre bueno por salvar el nombre de una empresa, y cada tanto se cuestionaba si había valido la pena.

Ahora la vida se encargaba de ponerla otra vez a la vera de Mathew King.

Una empleada le ofreció un café. Declinó el ofrecimiento con amabilidad.

Intercambiaba mensajes en su móvil con Mia, cuando la recepcionista se acercó a ella.

—Señorita Orsini, el señor King lamenta no poder atenderla en este momento, está en una reunión. Su asistente me informó que, si usted insiste en hablar con él, puede esperar a que termine la reunión.

Lo cual podría ocurrir en veinte minutos o en tres horas, caviló. Pero no la había puesto de patitas en la calle, eso era un avance. Observó su reloj, eran apenas las cuatro y quince: esperaría, no se iría sin hablar con él.

Mathew King levantó la mirada de una serie de documentos que requerían de su firma, era la tercera vez que lo hacía en los minutos que Giana Orsini llevaba en el edificio, sabía lo que ella quería y no lo iba a obtener.

Su primer impulso fue mandarla al diablo, pero a esas alturas no se iba a dejar gobernar por sus emociones.

Había creído que su resentimiento estaría, si no ausente, por lo menos algo más atenuado, pero por lo visto estaba equivocado.

Al saber que Giana estaba en sus dominios y esperando verlo, su breve e intenso romance pasó por su mente como si de una película se tratara, meditó que las vivencias eran perras traicioneras que aparecían de vez en cuando para robarle la paz a la gente y lamentó que no hubiera un botón de apagado en cada una de ellas.

Lo ocurrido con Giana había sido lo más explosivo e intenso que había vivido en su vida.

El solo pensamiento era tan cliché que lo enfurecía.

Dejó el lapicero a un lado y se echó atrás en la silla.

Nathan entró como una tromba.

—Por algo existen las puertas —dijo con ánimo sombrío.

—Eres un jefe de puertas abiertas —retrucó Nathan, que se sentó con toda parsimonia sin caer en cuenta de que su hermano no lo había invitado a hacerlo—, se lo vives repitiendo a los pasantes.

Mathew soltó una profunda exhalación.

—¿Qué quieres?

—Me enteré de que Giana está en la recepción, esperando que la recibas.

—¡Vaya! —Mathew levantó una ceja, se negaba a mostrar el más mínimo malestar frente a su hermano—. Vuelan las noticias.

—Solo fue una coincidencia que Verónica entrara en el mismo instante en que la chica se anunciaba en la recepción. ¿La vas a recibir?

—Sí, la voy a recibir.

Brandon le hubiera dicho que no la recibiera sin la presencia de los abogados. Nathan pensaba que no debía llegar a tanto, pero era igual de protector con su hermano y los intereses de la familia. Había sido testigo del sufrimiento de Mathew y no quería verlo más lastimado de lo que ya estaba.

—¿Estás bien? —insistió Nathan.

—Perfectamente —mintió. Rabia, celos y añoranza giraban en un vórtice oscuro y profundo, sin encontrar la salida.

—Podrías intentar escucharla, a lo mejor las cosas no son…

—Ah, no, yo no voy a caer en eso. Giana me engañó como a un crío, no hay vuelta atrás.

—¿Entonces para qué la vas a recibir? Así lo niegues, te va a afectar ver a la mujer de la que te enamoraste…

—Podré con ello, ya no siento nada por ella —mintió de nuevo encerrando su rabia y vulnerabilidad en gruesas capas de orgullo.

—Si tú lo dices. —El tono de voz de Nathan era escéptico, pues para ellos y sus esposas era evidente que Mathew aún sentía algo por la chica. Era algo muy reciente para que lo hubiera superado.

—Es algo estrictamente de negocios.

—¿Qué hiciste esta vez? —interrogó Nathan. Mathew lo observó con fingida inocencia—. No podemos exponernos a una demanda, que es lo que pasará si sigues cerrándole el paso a Giana para que abra su negocio aquí en Chicago.

—No la defiendas, no lo merece.

Nathan negó con la cabeza varias veces.

—Deja de ser tan terco, estás peor que Brandon cuando tuvo problemas con Eva y mira en lo que terminó: le tocó agachar la cabeza y darse de cabezazos por imbécil. Tengo el presentimiento de que vas por el mismo camino.

—Gracias por el psicoanálisis, te lo pagaré con un almuerzo. Ahora lo mejor es que me dejes solo.

Nathan se levantó.

—Como quieras, después no digas que no te lo advertí.

—No habrá necesidad de eso.

En cuanto se quedó solo, levantó el intercomunicador.

—Dígale a la señorita Orsini que puede seguir.

Habían transcurrido cincuenta y tres minutos desde que la mujer llegó recepción.

A Giana las manos le sudaban en cuanto oprimió el número en el elevador.

El metal de las puertas le devolvió una imagen como si fuera un espejo.

Llevaba una falda tubo de color negro, botas de tacón delgado a la rodilla, un suéter de lana color champaña y un abrigo grueso que en ese momento llevaba bajo el brazo, el cabello se lo había dejado suelto.

Al llegar a la oficina de Mathew, una riada de recuerdos la asaltó, rememoró la tarde que había venido a recogerlo a ese mismo lugar y las cosas entre ellos estaban bien.

El corazón se le aceleró y se sintió como caminando por un túnel, estaba segura de que era la misma sensación de un sentenciado a muerte.

A lo mejor había sido mala idea, a lo mejor debía dejar el impasse en manos de abogados y evitar exponerse a lo que sentía cuando estaba frente a él.

Carraspeó nerviosa, la mujer sentada ante un ordenador levantó la mirada.

—La está esperando, señorita Orsini. —Le indicó con un gesto de la mano que siguiera.

Se detuvo frente a la puerta de madera oscura y cerró por un momento los ojos.

“Arrástrate”, se dijo. “Quiere verte a sus pies”. Y si Mathew obtenía lo que quería, tal vez le resultaría menos atractivo destruir su sueño de abrir la sede de su joyería en Chicago. Llamó a la puerta y un escalofrío la recorrió al escuchar su tono de voz cuando dijo:

—Adelante.

La oficina no había cambiado. Los ojos de Giana se posaron en la superficie del escritorio y no pudo evitar sonrojarse por el recuerdo de la tarde en que Mathew la había hecho suya en ese preciso lugar.

Al levantar la mirada, un rastro de risa burlona coronaba el rostro de él, gesto que no llegó a sus ojos, que ostentaban una fría repulsión. “Me detesta”, se dijo, consternada. En cambio, ella…

—Giana…

Mathew deslizó los ojos por la esbelta figura de la mujer deteniéndose unos segundos en el contorno de sus pechos para dejarla resbalar con insultante frialdad por el resto de su cuerpo.

Los ojos de Giana brillaron con rabia mientras soportaba el escrutinio con porte digno.

—¿Acabaste?

—Nada que no haya visto antes y en mejores circunstancias. —Acarició la superficie del escritorio con el ánimo de molestarla, pero ella no mordió el anzuelo—. ¿A qué has venido?

—Lo sabes muy bien, Mathew.

—No, no lo sé.

—Retira tu oferta, por favor.

Giana, al ver que no la invitaba a sentarse, tomó asiento de todas formas.

Mathew arrugó el ceño en un gesto que ocasionó piruetas en el estómago de ella.

No podía apartar los ojos de él. Contempló cada uno de sus rasgos, sus ojos oscuros, sus pómulos altos, su barbilla que al final de la tarde estaría oscurecida.

Se embebió en él, en su boca perfecta y esos labios que le habían dado tanto placer…

Se reprendió enseguida por el curso de sus pensamientos.

No estaba en ese lugar para caer en el embrujo del ceño fruncido de Mathew King, estaba allí para rescatar una pequeña parte de su sueño.

—¿De qué oferta estás hablando? —preguntó con sorna.

—El edificio de la avenida Michigan —dijo en tono de voz neutro sin dejar de acusar cada uno de sus gestos.

Mathew se levantó de la silla y se dejó caer en la esquina del escritorio, diagonal a ella.