CAPÍTULO 32
Nada estaba saliendo como lo había planeado, meditaba Ethan Colton, mientras golpeaba un saco de boxeo en el salón de un gimnasio ubicado en Brooklyn al que se desplazaba dos veces por semana.
Patrick Folsom había sido una mala apuesta, ya sabían que él y su suegro estaban tras los artículos publicados en la red.
Era cuestión de días que la junta pidiera su cabeza, ya con Giana libre de sospecha; además, tenía el presentimiento de que su amante prometida lo había vendido mucho más a los federales de lo que admitió la noche en que la enfrentó a la entrada de su edificio.
Hablar con Cesare era imposible, había intentado verlo en su casa y prácticamente le habían dado con la puerta en las narices.
Nada de esto sería tan preocupante si lo planeado en Sarabi se concretaba, ya que tendría tanto dinero que podría hacer lo que quisiera, pero presentía que Haaziq tenía un as bajo la manga y eso no lo dejaba dormir tranquilo.
En cuanto se cambió y salió al aparcamiento, la agente Thompson le salió al encuentro.
—Señor Colton, buenos días —la mujer caminó a su lado—, quiero hacerle unas preguntas.
Ethan ni siquiera aminoró el paso.
—Hablaré en compañía de mi abogado.
Otro agente salió al paso, lo que hizo que Ethan, ahí sí, aminorara el paso.
—¿Estoy detenido acaso? —La mujer se quedó callada unos momentos—. Lo sabía, le faltan pruebas, agente Thompson. —Abrió la puerta del auto—. Si desea que hable con usted, me presentaré en su oficina con mi abogado cuando haya una citación oficial. Mientras tanto, déjenme en paz.
—Este juego no le durará por siempre, Colton.
—No tengo ninguna prisa. Al fin y al cabo, no voy para ningún lado. —Cerró la puerta y los saludó con un gesto de mano antes de acelerar e integrarse al tráfico de la calle.
Era el momento de desaparecer, se dijo golpeando el timón con rabia.
Volvió a su departamento y se comunicó con Mensah Ndiaye, alias Anuar Vudi, por una línea encriptada.
La conversación fue breve y desalentadora: Haaziq le había tendido una trampa a él y a sus hombres a ciento cincuenta kilómetros de la mina.
Se habían librado por los pelos. Si ya el presidente de Sarabi estaba enterado de sus planes, poco se podría hacer, porque se habría blindado de pies a cabeza y nadie llegaría hasta él.
La gente que lo rodeaba era incorruptible, y más con los mercenarios de los King cuidándole las espaldas.
Sin embargo, el hombre le manifestó que estaba buscando una solución, algo que virara las cosas a su favor.
Ethan terminó la conversación más preocupado de lo que ya estaba.
Charlotte llegó a su departamento cuando él salía rumbo a las joyerías. Ni siquiera lo saludó, dejó su bolso en una silla y se negó a sentarse.
—Nuestros amigos rusos están impacientes por resultados. Los informes que han recibido no son nada halagüeños, ¿qué vas a hacer?
—Anuar sufrió un pequeño revés —advirtió Ethan nervioso—. Se están alistando para atacar.
La mujer se veía descompuesta y asustada.
—¿Tienes idea de lo que nos llegará a pasar si esta apuesta sale mal?
Ethan caminó por el piso de su departamento. Claro que sabía cuál era el precio, pero él no sería tan tonto de dejarse agarrar si las cosas no salían según lo planeado.
—¡Claro que lo sé! —exclamó furioso—. No necesito que vengas a advertirme nada. Diles a tus socios que todo saldrá bien, que hay que tener un poco de paciencia.
La mujer caminó, se acercó a él y lo jaló del brazo para enfrentarlo, ya que Ethan le estaba dando la espalda.
—¡Creímos en ti! Creímos en la idea que nos vendiste, no nos puedes hablar de paciencia en este momento, hay mucho en juego. ¿Por qué no estás allá haciendo que las cosas sucedan?
—A mí no me necesitan en Sarabi. ¡No soy un jodido matón! Soy un estratega. —expresó petulante, pero se percató de que le escurría un sudor frío por la espalda.
Charlotte lo miró con rabia y agarró el bolso.
—No eres un estratega ni una mierda, has hecho de todo para hundir a las joyerías, para manchar el nombre de la princesa y del rey, y parece que entre más pasan los días, el más perjudicado eres tú.
No eres una persona efectiva, Ethan Colton.
Ya la junta sabe lo que ocurrió con los artículos, que Giana está limpia y pura y que tú eres el culpable de todo; hasta Cesare, que es un bastardo en toda su gloria, saldrá indemne de esto.
Ella hoy volverá a su cargo y tú no podrás entrar a ese edificio nunca más.
—La mujer tomó la cerradura de la puerta—.
Me temo que tendrás un mal día, cariño, ojalá llegues a la noche.
Ethan se aferró el cabello con fuerza.
—¡Hijos de puta!
De nada le valía volver a la empresa. Se cambió el traje de tres piezas por un jean, una camiseta negra y una chaqueta de cuero.
Era un pésimo día para enfrentar el tráfico, pero tendría que hacerlo, necesitaba empezar a borrar sus huellas.
Como era consciente de que lo seguían, decidió dejar el vehículo en un aparcamiento y se dirigió a la estación del metro, tomó tres líneas diferentes hasta que perdió a los agentes que iban tras sus pasos.
Cuarenta minutos después llegaba a una cuadra de casas de uno de los barrios de clase media ubicado en Queens.
El lugar era la vivienda de uno de los falsificadores más famosos en el medio criminal, de los pocos que quedaban, ya que creaba nuevas identidades que pasaban los controles de las autoridades.
Ethan lo había contactado después de su viaje a Sarabi, en ese momento había pensado que no estaría de más hacerlo por precaución, pero las cosas se estaban complicando y necesitaba tener abierta una puerta de salida, necesitaba negociar una nueva identidad.
En ese momento, no les temía a las autoridades, les temía más a los rusos, y maldijo el momento en que se había dejado embaucar por ellos.
Recordó cómo con sus millones de dólares le habían abierto una puerta y él, como el imbécil que fue, creyó tocar el cielo cuando la verdad era que le había vendido el alma al diablo haciéndolos socios de sus planes en la mina.
De vuelta a su casa y al llegar a una cuadra de su departamento, se percató de que había una patrulla de policía y varios agentes federales.
Dio media vuelta y se perdió calle abajo, no se dejaría atrapar por alguno de ellos.
Se escondería hasta que pudiera salir del país.
Necesitaba nuevas fotografías para los documentos falsos que había negociado por si las cosas salían mal.
Compraría tintura para el cabello y lentes de contacto para adquirir su nueva identidad.
Los siguientes días fueron de mucho trabajo para Giana.
Ya aclarada su situación respecto a lo ocurrido con los artículos, pudo dedicarse a trabajar para sacar a Joyas Miccelatti de la crisis en la que se encontraba.
No podía culpar a los King por las medidas adoptadas, aunque le parecían excesivas.
Los malos manejos corporativos eran penados por la ley, si no con la cárcel, al menos con dinero y oprobio; tendría que crear una campaña agresiva para limpiar el nombre de la empresa.
Perder la participación en la mina ya sería un hueco grande, así que decidió posponer la apertura de la sede de Houston: el paño no estaba para hilos delgados.
Además, el agente inmobiliario de Chicago no tenía hasta el momento ninguna propuesta que valiera la pena considerar.
Se dedicó a capitalizar la empresa. Su padre, hombre previsivo en el pasado, inyectó una parte del capital, además, asumió como deuda personal la indemnización para Joyerías Diamond y las familias que habían perdido a sus familiares en el derrumbe, algo que las alivió a ella y a la junta, permitiéndole dar el visto bueno a la siguiente colección que saldría a principios del año entrante.
El trabajo la mantenía distraída durante todo el día, pero al llegar a su casa y enfrentarse a la soledad, las cosas tomaban otro cariz.
El desengaño amoroso, que durante la jornada laboral brillaba por su ausencia, se instalaba en su alma y su corazón como una incómoda visita de la que no podía deshacerse.
Sus noches estaban saturadas de los recuerdos del poco tiempo compartido con Mathew: París, Los Ángeles, Sarabi, Chicago, todo rodaba como una película de emociones vivas.
Solo le pedía a Dios que esas sensaciones se diluyeran con el paso del tiempo.
Ethan había desaparecido del mapa, no había vuelto a la oficina desde que se hizo oficial su despido. Una tarde de la segunda semana de diciembre, recibió la visita de la agente Thompson.
—Colton acaba de ser declarado prófugo de la justicia —señaló la mujer después de reciprocar el saludo y tomar asiento.
—¿Hay pruebas de algo más aparte de lo ocurrido con los artículos?
—Sí —se apresuró a afirmar Thompson, observándola de manera especulativa—, y parece que la investigación no se ve nada bien para Colton, entre más escarbo, más encuentro.
En cuanto a su padre, asumió plenamente la responsabilidad en lo ocurrido con los artículos, no con el derrumbe en la mina, aunque sí ha indemnizado a las víctimas. ...
Giana se quedó callada unos momentos, pensando muy bien en cómo contestarle a la agente.
—Mi padre no tuvo que ver con lo ocurrido en Sarabi, asumirá las consecuencias de lo que Ethan, en nombre de la firma, provocó, porque es lo correcto, no porque él sea culpable, por eso estoy sentada en la presidencia de esta empresa.
Si él no lo hubiera hecho, yo no habría vuelto a Joyas Miccelatti.
Lo único que espero es que arresten a Ethan, es hora de que pague por todos sus delitos.
La mujer se removió en la silla.
—¿Ha sabido algo de él?
—No, y si no vuelvo a verlo en mi vida mucho mejor para mí.
—Nada como un exnovio que no ha entendido el mensaje.