HERMANOS KING CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

Se instaló en el hotel y luego de cambiarse fue hasta Joyerías Diamond.

En cuanto llegó a la recepción, una lluvia de recuerdos le atenazó el corazón y de pronto el temor se le instaló en la boca del estómago.

Le dijeron que la recibirían en breve, y, mientras caminaba hasta la oficina de Brandon, iba arrepentida y recriminándose por no haber aprendido a manejar su vida sin impulsos.

Ella no necesitaba estar allí, pero debía hacerlo, como una especie de castigo por no haber sido transparente desde el comienzo.

Al entrar a la oficina de Brandon y ver a los tres hermanos —los dos menores de pie a lado y lado del mayor, que estaba sentado detrás de un amplio escritorio—, le vino a la mente una escena de una película de la saga Crepúsculo, cuando Edward va a visitar a los Vulturi.

Estaba segura de que no quedaría de ella ni el rastro, al observar la expresión animosa de los hermanos King.

—Buenas tardes. —Carraspeó al saludar.

Mathew no devolvió el saludo, Brandon asintió con la cabeza, solo Nathan habló.

—Hola, Giana —dijo mirándola de manera especulativa—. No sé si catalogarte de valiente o de desesperada —agregó de manera suave.

—Las dos cosas —aventuró ella sin dejar de mirar a Mathew—. No es fácil para mí estar acá, pero después de lo ocurrido, merecen una explicación.

—No tenías que haber venido —sentenció Brandon con dureza y con ojos de hielo—, nuestros abogados pueden arreglarlo.

—Vamos, Brandon, esto no es Romeo y Julieta.

Dale un respiro, ya la oíste, no es fácil para ella enfrentarnos.

No estamos en nuestra mejor versión —intervino Nathan—.

Los Capuleto y los Montesco en el siglo veintiuno, peleando por el poder, la historia siempre es la misma, a los hombres los mueven las diversas pasiones, amor, codicia, lujuria, el deseo de poseer todo a su paso.

—Ya deja de divagar —concluyó Brandon—. ¿Qué deseas, Giana? Estamos algo ocupados.

Ella escuchaba a lo lejos el intercambio de los dos hermanos, pero solo tenía ojos para Mathew. Tuvo la imperiosa necesidad de correr a él y abrazarlo, que la sacara del agua helada y por fin poder entrar en calor, pero él aún estaba furioso y su gesto no sería bienvenido.

Mathew la observaba sin parpadear, nada en su exterior evidenciaba lo que el encuentro lo estaba afectando.

El primer impulso tan pronto la vio no fue darle la espalda, ni poner kilómetros de por medio entre ellos; no, tuvo el fuerte deseo de ir a ella y tocarla, abrazarla hasta fundirla en su piel, y estaba seguro de que sería bien recibido.

Por su mente pasaron retazos del tiempo compartido juntos, podría acercarse unos pasos, entrar en su órbita, pero sin tocarla —estaba seguro de que si lo hiciera se perdería más de lo que ya estaba—, o a lo mejor podría correr como condenado, pero él no era ningún cobarde.

Sabía que si se acercaba su aroma a naranjas llegaría hasta él.

Recordó una charla con Nathan al respecto, una tarde cuando aún la consideraba suya: “Ella tiene un perfume que aún en la distancia puedo oler, ese aroma me llega en los momentos más absurdos, cuando estoy corriendo, trabajando o montado en un avión”.

“Es el aroma del encoñamiento”, respondió su irreverente hermano.

“A todos nos pasa”. “No seas burdo”, contestó él.

“Es cierto, tienes el cerebro reprogramado en Windows Sex Software”.

A lo mejor su hermano tenía razón, pero necesitaba sacársela de la cabeza, reformatear el jodido cerebro, porque viéndola allí, con actitud guerrera, aunque hubiera perdido la batalla, le llegó su aroma más fuerte que nunca y quiso correr lejos de ella.

Le notó el nerviosismo y que lo miraba desesperada por acercarse, él hizo un gesto imperceptible de que guardara las distancias.

Ella agachó la cabeza y, cuando la alzó, vio en sus ojos una fiera determinación.

—Siento mucho lo ocurrido con los artículos, fue una acción mezquina y rastrera por parte de Ethan y de mi padre.

—Lo pagarán con creces —retrucó Brandon.

Giana asintió.

—Mathew, siento mucho lo ocurrido.

Él no deseaba hablarle o mirarla más de lo necesario, escuchar su nombre en sus labios atizó una riada de sentimientos, ¿por qué no le daba la espalda?

, se preguntó molesto y mirándola de reojo.

Porque necesitaba embeberse en ella así estuviera furioso y por ello era más peligroso para su corazón.

Decidió conjurar sus sentimientos y tomar la palabra.

—Déjenme solo con la señorita Giana Orsini, por favor.

Brandon lo miró sorprendido.

—Estamos en medio de una reunión —insistió.

—Yo le informaré todo lo que debe saber.

—¿Estás seguro? —Nathan lo miró con semblante serio.

—Sí, muy seguro.

Sus hermanos se despidieron y salieron de forma presurosa dejándolos solos. Él se quedó quieto, un par de metros más allá, tenso, esperando. “No la mires”, se repitió como poseso mientras fijaba sus ojos más allá de ella.

—Mathew, necesito que me escuches.

Él quería reclamarle sus omisiones o mentiras, que no hubiera confiado en él y que se hubiera comprometido con el hijo de puta de Colton, pero eso le diría a ella que aún le importaba y él era un hombre orgulloso.

Se ajustó la máscara de cinismo que siempre le quedaba pequeña cuando se trataba de Giana y la enfrentó.

—Habla.

—No debí ocultarte muchas cosas, pero me sentía insegura y, por encima de todo, avergonzada. Sé que debes estar sintiéndote muy mal por esto…

Él le regaló un rictus amargo.

—No me conoces, no sabes cómo me estoy sintiendo.

Mathew se sintió mal al ver cómo su mirada se apagaba.

—Te debo una explicación.

Él se acercó un poco más.

—No te confundas, lo nuestro no fue tan importante, no me debes ninguna explicación, mejor ahórratelas.

Ella se acercó otro poco, él se alejó.

—Sé lo que significamos el uno para el otro, no lo trivialices. Ethan me chantajeó, me amenazó con involucrar a mi padre en sus tratos sucios.

—¡No te creo! Mientras planeabas cómo acercarte a mí, lo que no me queda aún claro para qué, tu prometido hacía de las suyas.

—No sabía que Ethan estaba detrás del derrumbe cuando me planteé acercarme a ti.

Si lo hubiera sabido, no lo habría hecho.

—Ella se fue acercando a él, pero Mathew retrocedía como si no pudiera tolerarla cerca—.

Si leíste mis correos completos, él siempre se negó a que me acercara, y ya entiendo la razón.

En cuanto a ti, entonces no te conocía y no puedes crucificarme por querer el bien de mi empresa.

—¿Cuándo estuviste en Sarabi descubriste algo? —preguntó mirándola de frente—. Dime la maldita verdad —farfulló entre dientes.

—A esas alturas yo solo quería encontrar pruebas que te exculparan…

—¿Sabías que Colton había tenido que ver con el derrumbe?

Era un farol, él aún no tenía la certeza, pero necesitaba probarla; si ella no sabía, a lo mejor él podría…

—No tenía la certeza… —aseguró ella titubeante.

—¿Tenías alguna sospecha cuando estuviste en Sarabi? —Giana asintió—. ¿Por qué, Giana? ¿Por qué no confiaste en mí? Sabías que estaba desesperado por información. Me es difícil creerte, a lo mejor estabas del lado de Colton y yo, como un soberano imbécil, caí.

Ella lo miró con la culpa en los ojos.

—Tu rostro me dice todo lo que necesito saber. —Se alejó de ella unos pasos—. Eres igual a Ethan.

—¿Cómo te atreves? —Mathew no tenía derecho a portarse así con ella, estaba siendo un cabrón completo—. Estás equivocado.

Él la miró con los ojos brillantes.

—¿Creíste que me conmovería al verte con tu cara de cachorro apaleado que a lo mejor es igual de falsa que tus palabras? ¿Que creería todas las mentiras que quisieras venderme? —chasqueó los dientes—. Soy más fuerte que eso.

—No, Mathew, yo solo quería…

—¿Qué? ¿Meterte en la cama conmigo? En eso éramos muy buenos, pero paso, no comparto intimidad con serpientes.

Giana enrojeció enseguida, se acercó a él dispuesta a empujarlo o abofetearlo, pero él fue más rápido y la aferró por los antebrazos. El contacto con su piel lo descolocó por unos instantes, pero su rabia nublaba el deseo, el anhelo de acercarse y profundizar la caricia.

—Esto es lo que ocurrirá, señorita Orsini: tu empresa saldrá de Sarabi en un término de tres meses. Joyerías Diamond comprará su participación en la mina al precio que la adquirieron o tu padre irá a la cárcel.

—Mi padre es inocente —soltó ella incapaz de reconciliar la imagen de hombre duro con el amante tierno de meses atrás.

—Es su firma la involucrada en todo lo ocurrido —interrumpió enseguida él—.

Colton tarde o temprano terminará pagando sus fechorías, hay gente mucho más poderosa que nosotros muy molesta por sus acciones.

Nos comprarán la producción de diamantes a nosotros únicamente por un plazo de diez años, si lo hacen en otro lugar, les caerá una demanda que los dejará en la calle.

—Nos quitas la participación en la mina, ya nos dejas en serios problemas —soltó ella negándose a derrumbarse delante de él—. ¿Y encima quieres ser nuestro proveedor? Tendremos problemas para pagar las facturas.

—Yo creo que no. Ese es el pago por difamarnos con los artículos y por todo lo demás, que se sabrá en unos días.

—Veo que me equivoqué contigo, no eres el hombre que pensé, eres igual a todos los demás, rastrero y vengativo, y me alegra no tener nada más que ver contigo.

—¡No vuelvas a ponerte en contacto conmigo o con mi familia! —exclamó él, dejándola sembrada en el lugar, negándose a ver su vulnerabilidad y su pena.