CAPÍTULO 30 #2
Nancy Thompson aún no podía creer el caso que le había caído en las manos gracias a Giana Orsini.
La pobre chica había sido el chivo expiatorio de una trama que iba más allá de unos simples correos a un periodista corrupto, lo más importante era lo encontrado en la memoria que ella les había entregado.
Ethan Colton tenía material para ser investigado por lavado de dinero, tráfico de armas y asociaciones sospechosas con personas no gratas para el Gobierno de Estados Unidos.
El problema era que todo estaba muy vinculado a Joyas Miccelatti, como si el hombre hubiera tomado por asalto una prestigiosa empresa para hacer de las suyas amparado en la buena voluntad de sus dueños.
La investigación llevaría tiempo, no quería alertarlo hasta que fuera absolutamente necesario, pero ya estaba claro que Ethan Colton y Charlotte Rupert eran piezas claves para armar el caso.
Aún no sabía si Cesare Orsini estaría involucrado.
Por lo poco investigado, hasta la llegada de Ethan y Charlotte a la empresa, el hombre no había tenido el más mínimo problema, más que algunos roces con sus rivales de negocios, ya que era muy competitivo.
En ese momento, sin poder hablar con Orsini, ya que aún no estaba recuperado lo suficiente como para aguantar un interrogatorio, se hacía muy difícil desligarlo del par de chacales que ahora manejaban la empresa.
En unos días le haría una visita a Colton. Lo pondría nervioso, conocía a los de su calaña, explosivos, soberbios y malos contrincantes cuando estaban contra las cuerdas: su tipo de oponente favorito.
Giana se había dedicado a trabajar a distancia, ya que se negaba a renunciar a lo que le pertenecía por derecho.
Ethan le había insistido en que se tomara una licencia, pero ella retomó el trabajo de la expansión; necesitaba la normalidad del trabajo en su vida.
Y, a pesar de los problemas, la sucursal de Los Ángeles marchaba muy bien y la de Houston estaba pendiente de fijar la fecha de inauguración.
En esos días su rutina era simple: contestar algunos correos, arreglar su casa, salir a correr.
Aún no se alimentaba bien, era como si la pena por lo ocurrido le impidiera probar bocado; lo intentaba, pero era infructuoso, había perdido mucho peso y apenas dormía, pero su capacidad de trabajo permanecía intacta.
Estaba concentrada en el catálogo de joyas de la inauguración de la sucursal de Houston, cuando recibió una llamada de Caroline, la esposa de su padre. Contestó enseguida, asustada. La mujer solo llamaba para darle malas noticias.
—Hola, Giana.
—Caroline, ¿cómo estás? ¿Cómo sigue mi padre?
Esa tarde, sin embargo, traía buenas nuevas.
—Muchísimo mejor, no creerás la forma en que ha recuperado el habla. Y ha avanzado mucho en la movilidad, todavía está lejos de alcanzar la normalidad, pero va muy bien.
—Me alegra escucharlo.
—No has vuelto a visitarlo.
—He estado ocupada.
—Giana —la mujer hizo una pausa—, siento mucho lo ocurrido el día de tu compromiso. Era una fecha especial, ese hombre, King, debió respetar eso.
Giana inhaló y exhaló varias veces. Caroline no conocía la otra cara de la historia y decidió que seguiría así.
—Estoy bien, no hay que darle importancia a ese tipo de publicaciones.
—¿Vendrás a ver a tu padre? Me pregunta mucho por ti, hoy más que otros días. Aún no puede hablar con normalidad, por eso se ha negado a comunicarse con la voz, pero se defiende muy bien con la tablet.
Sería una buena oportunidad de aclarar lo sucedido y enterarse de muchas más cosas.
—Iré en un rato, gracias por llamar.
Antonella, el ama de llaves, la recibió en la puerta de la mansión con un sentido abrazo.
—Mi niña, me alegra mucho verte. —La separó de ella y la repasó de pies a cabeza—. Estás muy delgada, se nota que no te estás alimentando bien. Tus ojos han perdido brillo, yo pienso que ese compromiso no te conviene.
—Ya somos dos —quiso bromear Giana, pero la anciana tomó el comentario en serio.
—¿Entonces por qué lo haces? Nadie puede obligarte a casarte con un hombre al que claramente no amas.
—Ay, mi Antonella, a veces las circunstancias nos obligan a tomar un partido al que estamos lejos de pertenecer.
—No me gusta la tristeza que escucho en tu voz, tú siempre has sido muy vivaz, eres una mujer con alas.
—Me las cortaron, Anto, pero te prometo que estaré bien.
La mujer la miró a los ojos y decidió dejarla en paz.
—La ventaja de las alas es que vuelven a crecer. Ven, te acompañaré a ver a tu padre y luego te llevaré una bandeja que te comerás, así me toque alimentarte yo misma.
Giana tuvo el fuerte impulso de llorar. Por más que fuera una mujer independiente, y tuviera a Mia como confidente, se sentía muy sola, con sus pocas amigas desperdigadas por el mundo cumpliendo sus sueños, no tenía un hombro en el cual consolarse.
Quiso arrebujarse en el pecho de la mujer y llorar su amargura.
—Gracias, Anto —contestó, ya frente a la habitación de su padre.
Lo encontró en la cama, el espaldar estaba levantado, y el hombre maniobraba con un objeto parecido a un lapicero delgado su tablet.
Levantó la mirada en cuanto la vio entrar.
Un gesto de preocupación opacó su semblante concentrado de segundos atrás.
Se apresuró a escribir algo en el aparato, pero la movilidad no lo ayudó, al poco tiempo le pasó el aparato.
Ella leyó lo que su padre había escrito:
¿Qué quisiste decir con que Ethan está liderando un golpe para apropiarse de la mina?
Giana le contó lo que había averiguado en Sarabi.
¿Estás segura?
—Sé lo que escuché, padre. —El rostro del hombre se descompuso. Giana se acercó a él y le alisó la sábana—. Hay algo que debo preguntarte, pero no quiero que te alteres, tampoco que lo que vayamos a hablar afecte tus avances.
Cesare escribió con un poco más de agilidad en la tablet y se la pasó de nuevo.
Soy más fuerte de lo que ves, los médicos han asegurado que voy por buen camino. No temas ponerme al día, ¿cómo te ha ido con la presidencia?
Giana lo miró furiosa.
—No estoy en la presidencia, tú junto a Ethan se encargaron de que no pudiera ocupar el cargo. Me imagino que tuviste que ver con los artículos publicados por el periodista.
Cesare la miró avergonzado y volvió a escribir.
No quería que te enteraras nunca de eso, los King me arrebataron a mi proveedor de oro y una mayor participación de la mina en Sarabi, han sido competencia y tenía que debilitarlos de alguna forma.
Giana levantó la cabeza.
—Pero no a costa de mi nombre, que es el que aparece en los correos a Patrick Folsom. Y el pago por sus artículos fue hecho desde una de mis cuentas.
El hombre escribió y, al mismo tiempo, trataba de modular en su desespero por comunicarse con su hija. Escribió de manera furiosa, Giana detuvo su mano, aferrándola con la suya, su padre soltó un lamento y la miró con ojos vidriosos.
Yo nunca te haría eso.
—Tranquilo, te dije que no quiero que te alteres o no podré seguir hablando contigo y, papá, necesito que me ayudes. ¿Tuviste que ver con el derrumbe en Sarabi?
Giana esperó con el alma en vilo a que su padre escribiera su respuesta en la tablet.
No tuve que ver con eso, ¿cómo puedes creer que estaría de acuerdo con semejante monstruosidad?
Los ojos se Giana se llenaron de lágrimas de alivio, por fin una buena noticia en medio del infierno que atravesaba. Cesare cerró los ojos e inhaló profundamente; al abrirlos, volvió a comunicarse.
Ethan nos ha traicionado, ahora lo veo, él lo hizo para involucrarte y alejarte de las joyerías, asumiré la responsabilidad, me imagino que los King quieren sangre y les hallo la razón.
—Ethan se ha aprovechado del nombre de las joyerías para hacer de las suyas y no me parece justo que las malas acciones y decisiones de ustedes tenga que pagarlas yo.
Cesare afirmó con la cabeza y escribió de nuevo.
Asumiré mi responsabilidad. Lo que hice estuvo mal y tendré que repararlo.
—Hay que hacer lo correcto, padre.
El hombre afirmó de nuevo. La última media hora, Cesare le comunicó a su hija de que, aunque él no había estado involucrado en el derrumbe, si Ethan era el responsable, Joyas Miccelatti indemnizaría a las familias de las víctimas.
Giana se dijo que era un comienzo. No quiso hablarle de la delicada situación que atravesaba la empresa por culpa de las sanciones comerciales y la indemnización que reclamaban los King.
Necesitaba hablar de nuevo con Mathew, convencerlo de alguna forma de que llegaran a un acuerdo que no se llevara por delante el trabajo de años de su padre.
En cuanto volvió a su casa, Ethan la esperaba en la calle con cara de pocos amigos.
—¿Me echaste a los jodidos federales encima?
Giana ni siquiera lo hizo entrar al edificio.
—No solo eso, acabo de poner a mi padre al tanto de todas tus acciones, eres un mentiroso de mierda, él no tuvo que ver con el derrumbe ni tiene que ver con lo que estás orquestando en Sarabi.
Ethan se acercó y la aferró con fuerza del brazo, pegándola a su rostro.
—Pero sí tiene que ver con los malditos artículos.
—De todo lo que has orquestado es un mal menor. Asumirá las consecuencias. E indemnizará a las familias de los fallecidos en el derrumbe.
Giana se soltó con firmeza y se alejó unos pasos hacia la puerta. El vigilante se apresuró a abrirle.
—¿Se encuentra bien, señorita Orsini? —El hombre no había sido indiferente al intercambio de la pareja.
—Estoy muy bien, Carlos, no te preocupes —lo tranquilizó Giana volviéndose a enfrentar a Ethan. Se sentía más valiente esa noche, como si la charla con su padre le hubiera arrebatado el miedo y la incertidumbre.
—Debí saberlo, me hundo y ustedes se hunden conmigo, la empresa dejará de existir.
—Ethan, ¿por qué tanto odio a mi padre? ¿Qué te hemos hecho? —Giana se devanaba el cerebro pensando qué era lo que hacía a Ethan portarse así con la empresa y con Cesare, que tanto había hecho por ayudarlo y no encontraba una razón de peso.
Por el rostro de Ethan pasó una expresión de desolación que enmascaró enseguida con una mirada dura.
—No voy a hablar de eso ahora. ¿Qué le dijiste a la agente Thompson?
Giana quiso decirle que todo, pero se le ocurrió que necesitaba del maldito para volver a la empresa y decidió ocultarle que la agencia federal ya tenía la memoria en su poder. Era hora de jugar con las mismas armas que Ethan había esgrimido.
—Entregué información sobre los artículos para que ellos investigaran.
¿Por qué? —fingió pensarlo un momento—. Ya sé, tienes temor de que entregue pruebas en tu contra.
No te preocupes, no lo hice. —Giana fue consciente del alivio en sus ojos al escuchar sus mentiras—.
Necesito de armas para negociar con terroristas como tú.
—¡Cuida tus palabras! —Le aferró de nuevo el brazo, haciéndole daño. Se le notaba en el deseo de lastimarla por el gesto fiero con que la miraba.
—¡Cuidado, Ethan! Estoy seguro de que tienes agentes pisándote los talones, yo de ti, pensaría muy bien mis próximos pasos.
—¡Eres una zorra!
Se dio la vuelta y se alejó calle abajo.
Ya en su departamento, Giana se dedicó a meditar en los motivos que Ethan podría tener, además de la codicia y la ambición.
Recordó su llegada a la familia, había sido compañero de universidad de su hermano Marco, aunque este nunca lo había llevado a la casa, a diferencia de su pandilla de amigos de siempre.
Ella nunca se había puesto a pensar en la profundidad de esa amistad, sabía que su hermano era homosexual, algo de lo que su padre nunca llegó a enterarse.
Espantó sus pensamientos, tenía cosas más importantes que enfrentar, hablaría de nuevo con la agente Thompson.