CAPÍTULO 30
—¡Vaya! Pero si es Mathew Kardashian en persona, después de una mala sesión de bótox —bromeó Nathan, ganándose un codazo de Elizabeth, que se levantó de la mesa de juntas, donde Brandon los había reunido, y abrazó a su cuñado.
—No le prestes atención.
—No lo hago —confirmó el aludido, tomando asiento frente a Brandon.
—Estarás bien —le dijo Elizabeth tomando asiento otra vez.
Había transcurrido una semana desde el suceso del restaurante.
Las heridas en el rostro de Mathew empezaban a desaparecer, aunque el labio inferior aún estaba un poco hinchado.
En cambio, las heridas del alma, esas se negaban a cicatrizar.
Se había sumergido en trabajo negándose a caer en la autocompasión; en apariencia estaba bien, trabajaba, comía, bebía y corría todas las mañanas por la ribera del río Chicago.
Parte de su tranquilidad se debía a que Joyerías Diamond había tomado serias acciones legales en contra de Joyas Miccelatti y eso aliviaba en algo a su ego.
Eva entró como una tromba y se sentó a la derecha de Brandon. Este tomó la palabra:
—Bien, los he reunido aquí porque quería que supieran cómo van las acciones que hemos tomado en contra de Joyas Miccelatti, y también porque ha ocurrido algo y quería que lo supieran.
—¿Qué pasó? —preguntó Mathew intrigado.
—Primero vamos a leer el informe del abogado sobre las retaliaciones que tendrá Joyas Miccelatti y la indemnización que recibiremos en próximos días.
Mathew notó que Eva estaba muy seria y molesta por las palabras proferidas por Brandon.
—¿Qué ocurre, Eva? —preguntó de nuevo Mathew, sacando su móvil y mirando la bandeja de correos.
Brandon le pidió a Eva que no hablara, pero ella no le hizo caso.
—Pasa que tengo la impresión de que en esta empresa se repite la historia una y otra vez —sentenció con ánimo beligerante.
—¿A qué te refieres, querida? —Esta vez fue Nathan el que habló enderezándose de su asiento.
—Mi amor, ya habíamos hablado de esto —interrumpió Brandon en tono conciliador.
Eva miró a los tres hermanos.
—Creo que Giana es inocente.
—¡No! —exclamó Mathew indignado—. ¡Por Dios, Eva! Estaba comprometida mientras se acostaba conmigo. Su maldito nombre está en la falacia que montó el periodista.
—Mi amor, lo que sucede es que esta historia te recuerda a lo que viviste en esta misma empresa hace años —adujo Brandon—. Algo por lo que no me perdonaré mientras viva.
—A lo que vivimos —retrucó Elizabeth—. Yo también lo he meditado y pienso igual que tú, Eva.
—¡Dios! —suspiró Nathan—. Preciosa, las cosas se ven muy mal para Giana.
—Así como se veían para mí —refutó Elizabeth firme—. Te recuerdo que tú fuiste a rescatarme de un absurdo compromiso y cuando me viste en esa mesa comprometiéndome, pensabas que estaba feliz de la vida.
—No me lo recuerdes —contestó enseguida Nathan.
—Y yo recuerdo muy bien el montaje de Ryan Winthrop, se veía muy mal —insistió Eva cada vez más molesta—. Durante cinco años creíste que era la villana de la historia.
—Ustedes pueden llevar algo de razón —concilió Brandon—, pero aquí estamos viendo un ataque frontal a la empresa y tenemos el deber de protegernos.
—Ustedes están cortados por el mismo patrón —insistió Eva—, medítenlo, no puede ser que los tres hermanos reaccionen de la misma manera ante una situación tan parecida.
—No nos culpes a nosotros, Eva —soltó Nathan con voz suave y dura a la vez—, tuvimos la misma madre al crecer, este es el resultado.
—Me niego a condicionar el comportamiento adulto por las carencias afectivas en la niñez, ustedes son inteligentes, exitosos y de buenos sentimientos, además, tuvieron amor suficiente de la señorita Selma.
Mathew se quedó callado, él no iba a intervenir en la diatriba de sus cuñadas.
Él no era ni Brandon, que duró colgado por Eva cinco largos años, como si hubiera pagado una jodida condena, ni Nathan, que se cargó a un hombre en Colombia para salvaguardar la integridad de su esposa.
No, él era orgulloso, desconfiado y rencoroso, él no olvidaría tan fácilmente una afrenta, ignoraba qué tan duros de roer habían sido sus hermanos con el par de mujeres que gobernaban sus vidas, pero viéndolos ahora, no tuvo duda de que fueron fáciles de convencer.
Eva se volteó y miró a Mathew.
—¿Tienes claro que cuando esto se aclare, por qué se aclarará, vas a querer agarrarte a coscorrones?
—Me haré cargo, querida cuñada, no te apures. —Miró el reloj impaciente—. Tengo trabajo que hacer, ¿podemos dar comienzo a la reunión? —señaló con gesto indiferente, ganándose el ceño fruncido de Elizabeth.
Brandon lo miró aliviado.
—Sí —carraspeó Brandon—, yo también tengo una reunión en unos minutos.
El mayor de los hermanos se dedicó a leer el informe que, en pocas palabras, rezaba que Joyas Miccelatti accedía a pagar una indemnización, dinero que Mathew sabía haría falta a la empresa.
Leyó sobre un par de sanciones económicas por parte de la asociación internacional de joyeros y por último comentó lo que aún estaba en entredicho: que Joyas Miccelatti se hiciera cargo públicamente del origen de los artículos aparecidos en la red, algo que deseaban los hermanos, pero que el colectivo de abogados de la empresa demandada se negaba a considerar.
Los hermanos asintieron satisfechos en cuanto Brandon leyó la cantidad de dinero que entraría a la empresa, no así las mujeres, que se miraron consternadas.
—Dijiste que había algo más —intervino Mathew.
—Como todos saben, tenemos personal siguiendo los pasos de Giana Orsini y de Ethan Colton.
Mathew lo sabía, pero se había negado a averiguar cómo era el día a día de Giana ahora que estaba fuera de la presidencia. No deseaba caer en ese bucle de querer saber, experimentaba, sí, la necesidad insana de saberlo, pero el orgullo y el resentimiento mantuvieron el impulso a raya.
—Giana estuvo hace un par de días de visita en las oficinas de la Agencia Federal de Investigaciones.
Mathew no se habría sorprendido más si Brandon, en vez de palabras, hubiera escupido globos de color rosa.
—¿Perdón? —Observó a su hermano—. ¿Qué diablos fue a hacer Giana con los federales? Me imagino que Tony y sus hombres ya tienen alguna idea.
—Tony lo está investigando, pero parece que Giana insiste en lo mismo que insiste el grupo de abogados, que todo fue un montaje y que sufrió algún tipo de delito cibernético, y puso el caso en manos de las autoridades, lo que le da tiempo de negarse a hacerse cargo públicamente del origen de los artículos.
—Una movida inteligente de su parte —dijo Mathew con rabia.
—O una desesperada —retrucó Eva enseguida—. Las dos opciones son válidas.
Mathew, molesto, se levantó de la mesa.
—Cualquiera de las dos no la hace menos mentirosa.
—¿Se te ha podido pasar por la cabeza que ese compromiso fuera falso? Ninguna revista ni periódico se ha hecho eco de la noticia, ni siquiera hay una foto de los felices prometidos.
—Eso es cierto —adujo Brandon—, según los informes de Tony, ellos ni siquiera se han visto…
—¡Basta! —exclamó Mathew molesto—, no me importa y, por favor, Eva deja de defenderla, tenlo por seguro de que no lo merece. Si eso es todo, tengo trabajo que hacer.
Mathew salió de la oficina de su hermano con una serie de emociones convulsas, que había logrado disimular ante los demás.
Le alegró saber que Giana no se estaba viendo con Ethan, pero el orgullo le impedía tomar el móvil y conocer cada uno de sus pasos.
Tenía que reconocer que la capa de dureza aquilatada alrededor de su corazón le impedía mirar las cosas desde una perspectiva misericordiosa, como le insistía la señorita Selma que hiciera con los hechos desafortunados que llegaban a su vida, pero Mathew King era hijo de quien era.
La escasa influencia paterna debido a la muerte prematura de su padre y una madre lejana emocionalmente de sus hijos lo habían hecho desconfiado por naturaleza, sobre todo hacia las mujeres.
A lo mejor sus cuñadas tenían razón, pero las cosas se veían muy mal.
¿Y si no era así? Negó con la cabeza mientras trabajaba revisando un lote de piedras, no podía actuar como un imbécil, no podía dejarse ablandar, cuando se entregaba la confianza, ocurría lo inevitable y él volvía a sentir las mismas emociones de cuando era un niño y esperaba algo de su madre que nunca llegaba.
Recordó con un nudo en el corazón uno de los varios momentos en que Anne le había fallado.
Fue en una exposición de pintura en la escuela, cuando él tenía diez años.
Mathew había pintado un retrato de su madre, no lo había hecho nada mal, y habían sido semanas de arduo trabajo.
Quería darle la sorpresa en una exposición que organizaba la escuela, y Anne le aseguró que asistiría.
Él le recordó esa misma mañana el compromiso, y la esperó durante más de una hora mientras veía a los otros orgullosos padres alabando el trabajo de sus hijos y se sentía más solo que nunca.
Brandon ni se hubiera tomado el tiempo de esperarla y Nathan se hubiera retirado del salón con alguna broma.
Las madres lo miraban con conmiseración y cuando volvió a casa furioso y frustrado, Anne no entendía su molestia, había tenido un partido de tenis que se había alargado y cuando vio la hora, ya era demasiado tarde.
A puerta cerrada escuchó los reproches que le hizo la señorita Selma.
Ese fue uno de varios eventos parecidos, lo que le molestaba era que siempre parecía olvidarlo y volvía a creerle y a confiar, hasta que lo volvía a decepcionar.
Volvió a su presente, no podía confiar en nadie.