CAPÍTULO 28 #2
El maître frunció el ceño mientras revisaba una y otra vez los nombres de los invitados a la mesa.
Mathew no esperó más y entró al lugar, buscando con ojos ansiosos el rostro de Giana.
Nadie lo siguió, se imaginó que Tony habría retenido al hombre.
Divisó a la pareja a lo lejos, observó cómo Colton tocaba la mano de Giana, una mano que ostentaba un anillo de diamantes grande, presuntuoso y de mal gusto, o eso le pareció a él.
La expresión de Giana era hermética, ni feliz ni triste, como si un pintor hubiera borrado toda expresión de su mirada y la cambiara por un gesto indiferente, no supo por qué ese gesto le alivió en algo la pena.
Como una flecha enfiló hacia ellos, subió unas cuantas escaleras bajas y se acercó a la mesa donde las personas alrededor de la pareja hablaban.
Empezó a aplaudir antes de acercarse a la mesa.
—Mis más sinceras felicitaciones por el compromiso. —La pareja reaccionó como si hubiera sido pillada en falta. “¡Bien!”, dijo Mathew para sí—. Me apena haber llegado tarde a la celebración.
La cara del par de novios era todo un poema, si la situación no fuera tan angustiosa para él, hubiera soltado una carcajada de gusto.
El rostro de Giana palideció de repente y fue como si todo el color desapareciera de su piel, lo que hizo más evidentes las pecas de su nariz.
Mathew no se preguntó por qué se percataba de esos detalles tan nimios.
Observó la mano de Giana con intención, con un brillo peligroso, tanto, que ella la escondió enseguida y lo miró con pena, gesto que lo sublevó enseguida.
“Deja de pensar tanto”, se dijo, y se sintió tonto por enfrentarlos, “estás rompiendo tu propio corazón”.
—Mathew… —susurró ella mientras los ojos empezaban a brillar por culpa de las lágrimas aguantadas.
La cara de Colton brillaba de furia, si el hombre hubiera tenido un arma, la habría vaciado completa en él.
—King, usted no es bienvenido.
Mathew se quedó mirando fijamente a Giana. Los segundos transcurrieron con deliberada lentitud mientras ella aguardaba a que él hablara.
—Y yo que pensé que se había extraviado la invitación —respondió con sorna, mientras tomaba una copa de champaña de la mesa, sin importarle de quién fuera.
Tampoco reparó en quiénes estaban sentados a la mesa, eran como figuras borrosas, para él solo existían el par de traidores.
Levantó la copa—: Una persona puede entrar en nuestra vida y cegarnos con su brillo, aparentar grandes gestos y simular entregar el corazón, pero las cosas son más simples, solo basta con no mentir al que te escucha ni decepcionar al que creyó en ti.
Las palabras son adornos, los hechos son los que realmente cuentan.
Ustedes se preguntarán a qué viene esta arenga, pues bien, están asistiendo al enlace de dos personas tan mentirosas que a una de ellas no le importó meterse en mi cama por el puro placer de poder hacerlo.
Ahora veo que ustedes dos son tal para cual y vamos a brindar por eso.
Se escucharon susurros y jadeos sorprendidos. Ethan se abalanzó sobre él sin pensarlo mucho.
—¡Maldito hijo de puta! —bramó con rabia y le propinó un tremendo golpe en la cara, que Mathew esperaba y respondió enseguida.
Lo golpeó de vuelta varias veces, las voces en el salón subieron de tono, Mathew y Ethan se enzarzaron en la pelea sin pensar en los demás comensales, se llevaron mesas y sillas por delante, hasta que los hombres de seguridad del lugar los separaron y los sacaron del restaurante.
Giana lloraba y les pedía que dejaran de pelear, como si sus ruegos fueran a detenerlos.
Afuera volvieron a pelear, sabían que la policía iba en camino, pero a Mathew no le importó.
Tony observaba todo desde una esquina, sabía muy bien cuando no tenía que intervenir en una pelea y esta era una de esas veces.
Ethan yacía en el piso cuando Mathew levantó la mirada y dio de lleno con los ojos de Giana.
Lo soltó y se levantó, ella se acercó enseguida, sin importarle que su prometido yaciera casi inconsciente en el suelo.
—Mathew, ¡oh, Dios mío!, estaba a punto de contártelo —murmuró.
—¿Quién coño eres?
Se alejaron de la gente, los agentes de seguridad del restaurante cerraron las puertas dejándolos a ellos fuera.
—Mathew…, pensaba viajar mañana a Chicago a contarte, esa pantomima que viste allá adentro, nada de eso es real, la junta…, tienes que creerme.
Giana no conocía el temperamento de Mathew cuando estaba furioso y tuvo temor al ver sus ojos oscurecidos y el rictus amargo en su boca.
Nunca la perdonaría, nunca la escucharía.
Debió ser sincera con él desde el instante en que empezó a tener dudas, a lo mejor no se encontrarían en esa situación, pero la vergüenza y el orgullo le impidieron decirle la verdad y ahora para él ella estaba en el bando de los malos.
—¡No estoy obligado a creerte! Tienes un puto anillo en tu dedo, ¿es una mentira también? ¿Es un juego de mi imaginación?
Giana negó con la cabeza consternada.
—Déjame explicarte —suplicó—, por favor.
—No me da la gana, ya pasó el tiempo de las explicaciones, lo que vi fue suficiente y lo que descubrimos también. Me utilizaste, planeaste conocerme, dime que es una jodida mentira.
—No es así, yo lo pensé en un inicio, pero luego todo cambió, me enamoré de ti…
—No me hables de amor —rugió Mathew.
—Todos nos oyen —añadió ella con dificultad y habló quedamente en medio del barullo.
La madre de Ethan gritaba al ver a su hijo en el suelo sin reaccionar, y miraba a Giana con verdadero odio.
Los demás acompañantes, el hermano de Ethan, la hermana y dos viejos amigos de universidad, lucían escandalizados.
Mia había abandonado el restaurante antes de la llegada de Mathew, le había dado apoyo moral a su jefa, pero no fue capaz de soportar la cara de satisfacción de Colton y el gesto desgraciado de Giana.
—¡Vete, te lo suplico, vete ahora mismo! La policía llegará y no queremos un escándalo —le rogó.
—Me importa una mierda el escándalo —Mathew subió el tono de voz—, eres una zorra traicionera.
Se tocó el labio que estaba reventado, ya la sangre manchaba su camisa; varios comensales habían salido del lugar y filmado todo lo ocurrido.
Giana estaba segura de que ese episodio estaría en la prensa amarillista en un par de horas, pero nada de eso le importó en ese momento, solo que con su actuación había abierto una brecha en el pecho de Mathew y quería morirse o por lo menos irse a un lugar y llorar a sus anchas por la tremenda pena que la embargaba.
—Te prometo que voy a acabar con tu maldita empresa, así sea lo último que haga en esta jodida vida. No quiero volver a verte, pero lo que sí te advierto es que le tendrás que ver la cara a mis abogados por lo que te resta de vida. Eso te lo juro.
—No entiendes lo ocurrido. No me das oportunidad de que te explique…
—No es necesario explicar lo único esencial. Fui tu juerga preboda, tu diversión secreta. Si este asunto no fuera tan melodramático, me desternillaría de risa.
—Mathew, yo te amo.
—No me tires mierda a la cara.
Ella retrocedió como si él le hubiera propinado una bofetada.
Negó con la cabeza, pero de todas formas intentó acercarse de nuevo a él.
Mathew se echó hacia atrás, movió la cabeza con gesto de absoluto rechazo y le miró a la cara sin la más mínima expresión.
Giana supo en el acto que la relación estaba definitivamente rota.
Él no la miró como a una persona, lo hizo como si ella fuera un simple objeto que se encontraba tirado en la calle.
Tony se quedó boquiabierto. Mathew se giró deliberadamente hacia la puerta de uno de los elevadores.
En cuanto la puerta se abrió, dos agentes de policía salieron al pasillo, preguntando enseguida por él.
—Lo siento —adujo Tony—, si no hubiera perdido el tiempo lo habría sacado antes de aquí.
Mathew frunció los hombros, le importaba bien poco lo que sucediera en ese momento.
Uno de los agentes lo esposó, le leyó los derechos y lo trasladaron a una comisaría cercana.
Ethan escogió ese momento para levantarse y regalarle una mirada burlona con la que parecía decir que él, de todas formas, había ganado.
Giana se volvió y tomó el otro elevador, con el imperativo resto de dignidad que le impidió derrumbarse.
En la calle había una parada de taxis vacía en la que varias personas hacían cola.
Se acercó automáticamente, con la mente en blanco a causa del daño que acababa de sufrir.
Sintió frío, ni siquiera había tomado su abrigo ni sus cosas, no le importó.
A lo largo de esos días supo que aquello podría ocurrir, su alma se había anticipado para enfrentar el fin de su relación con Mathew, pero, aun así, dolía demasiado.
En cuanto llegó a su casa, le pidió al conserje que pagara la carrera de taxi y como zombi tomó el elevador hasta su piso.
Cuando ya estuvo por fin a salvo, apoyó la espalda contra la puerta, hundió los hombros, casi se dobló, se abrazó para consolarse y lloró a mares, amargamente, pues sabía que nadie podía oírla.
Se lamentó con una agonía de decepción que, de todos modos, contenía hasta el último y obstinado fragmento de esperanza que la había sustentado a lo largo de los días, desde que se había enterado de que debía comprometerse con Ethan.