CAPÍTULO 28
Giana se arregló para la cena de compromiso en el baño que estaba en su oficina.
Llevaba el pelo recogido en la coronilla y adornado con un ramillete de rosas en plata, un vestido sin tiras de raso vino tinto y el corpiño con ballenas se ceñía firmemente a su cintura, con un ligero acampanado hasta la rodilla.
Ethan le había enviado un vestido blanco, pero se negó a ponerse algo escogido por él.
Se maquilló los ojos para disimular el llanto y las ojeras.
Se observó en el espejo sin el más mínimo entusiasmo.
Mia golpeó la puerta varias veces. Giana la abrió y por la cara que hizo su asistente estaba segura de que el maquillaje no había disimulado sus ojos, que lucían hinchados de tanto llorar.
—Me partes el corazón, Giana, quisiera tener una varita mágica y desaparecer todos tus problemas.
—No hay magia que pueda arreglar esto.
Giana había llorado la tarde anterior en brazos de Mia en cuanto había vuelto a la oficina del despacho del abogado y había puesto al tanto a su asistente de su compromiso y de la cláusula impuesta por su padre.
—Lo que más me duele de esto es que mi padre nunca me quiso, lamenta que no sea yo quien esté muerta y enterrada.
—No digas eso, en el fondo tu padre te quiere, lo que sucede es que la víbora de Ethan se le ha metido por los ojos. A lo mejor ve en él el reflejo del hijo que perdió, no se me ocurre otra cosa.
La noche anterior había ido hasta Long Island, el médico le había dicho que cada día estaba más recobrado y recuperando poco a poco sus facultades.
Caroline leía un libro cuando ella entró a la habitación, se despidió al momento, dichosa de tener un momento libre de las exigencias de la enfermedad de su marido.
Se acercó a saludarlo, le alisó la sábana, no sabía cómo hablarle, la rabia y el resentimiento hacían una maraña en su cabeza.
Al observarlo, comprendió que ya sabía que ella estaba al tanto de su requerimiento, porque la miró de manera retadora y dura.
—Ojalá algún día te des cuenta del tremendo error que estás cometiendo, me estás entregando a un hombre malvado, pero no solo eso, has sido partícipe de la campaña del desprestigio a los King, del derrumbe en la mina y del golpe que Ethan lidera en Sarabi para apoderarse de las minas de diamantes.
—Su padre la miró sorprendido—. ¿Sabes que vamos a perder la participación en las minas por culpa de los malos manejos de Ethan?
Me avergüenza ser tu hija y debería correr sin mirar atrás, pero te aprovechas del profundo amor que le tengo a la empresa.
Mañana me comprometeré con un hombre al que detesto, amando a otro hombre, mucho más valioso que la serpiente que insistes en que sea mi marido, pero no creas que me daré por vencida, lucharé con uñas y dientes para arreglar el lío en el que tú y Ethan han metido a las joyerías.
Los ojos Cesare cambiaron, se percató de que deseaba decirle algo y lo notó en el desespero con el que trataba de modular.
Ella lo miró unos segundos más y salió de la habitación sin despedirse.
Nunca volvería a mirar a su padre de la misma manera ni a respetarlo.
Trató de buscar algo de misericordia al verlo en ese estado, pero estaba muy dolida y fue infructuoso; se sintió mala persona, pero en ese momento poco le importó: perdería a Mathew y por ello se sentía anestesiada, perdería las sensaciones, el toque de sus labios sobre su piel, perdería todo lo que sentía y que había recuperado de sí misma como mujer en el breve tiempo juntos.
El sábado volaría a Chicago y lo enfrentaría.
Sabía que no podrían seguir juntos, por más que él comprendiera la pantomima en la que se iba a embarcar, Mathew no tendría hígado para verla con otro hombre.
Se acercó a su secretaria y le aferró las manos.
—Prométeme que por más de que quieras ayudarme no le dirás nada a Mathew hasta que yo hable con él, ni él ni nadie pueden ayudarme. Prométemelo, sé que tus intenciones son buenas, pero esto debo manejarlo yo sola. No se te ocurra decírselo.
La mujer se lo prometió con lágrimas en los ojos.
—Vamos, te necesito a mi lado, esta será una de las puestas en escena más difíciles que he enfrentado en la vida, ¿cuántas mujeres se comprometen con un hombre al que detestan?
—Más de las que creerías, querida —suspiró su asistente—, este mundo es sucio y difícil. Cambiando de tema, espero que Ethan haya respetado que por el estado de salud de tu padre no estás para fiestas.
—Le advertí que si veía más de media docena de personas en el lugar daría media vuelta y me iría.
—Debió ponerte el anillo y asunto arreglado, no necesitabas nada más debido a las circunstancias.
—Ethan me tiene bailando de su dedo, necesito proteger a mi padre y la empresa, es lo único que importa.
—Me pregunto si algún día te arrepentirás de sacrificar tu corazón por estas cuatro paredes.
—Protejo a los míos así no lo merezcan. ¡Dios! Esto parece una cutre pesadilla, de esas de telenovela que uno no se imagina enfrentar en la vida real. Es tan surrealista que aún me niego a creerlo.
Mia suspiró
—Vamos, cuanto antes lo enfrentes, más pronto estarás en casa.
Tan pronto aterrizaron en uno de los aeropuertos cercanos a Nueva York, ya Tony había gestionado el transporte que los llevaría a la ciudad.
Mathew había bebido antes de abordar el vuelo y durante el corto trayecto.
Necesitaba anestesiar lo que sentía. Necesitaba protegerse de alguna forma y encontró en la bebida el alivio a su angustia.
—No soy su niñera, pero debería dejar de beber.
—Tú lo dijiste, no eres mi niñera y hago con mi vida lo que me dé la puta gana. —Compró una botella en la primera licorería que encontró en el aeropuerto, reconocía que el licor lo volvía irascible, eso, unido a todo lo que estaba enfrentando, lo convertía en una bomba andante a punto de estallar.
Tony revisó el móvil y se quedó de pie unos segundos mientras leía la información que alguien le transmitía. Mathew lo miraba impaciente.
—Mathew, ¿está seguro de querer enfrentar a Giana en este momento? —Tony se veía azorado.
—Sí. —Frunció aún más el ceño—. ¿Por qué pregunta?
El hombre miró detrás de él, como escogiendo las palabras que iba a proferir.
—Lo siento —fue lo primero que se le ocurrió decir a Tony con semblante serio.
Mathew lo observó confuso, llevándose la botella envuelta en una bolsa de papel de nuevo a la boca, el licor quemaba su garganta, calentaba su estómago y anestesiaba su alma, o eso quería creer—, ella está en este momento en el restaurante Tony’s.
Mathew se acercó furioso y lo agarró de las solapas de su chaqueta de cuero.
—¿Por qué diablos la están siguiendo? —elevó el tono de voz, estaban a la salida del aeropuerto, la gente les destinaba vistazos curiosos al pasar—. ¡Di la puta orden de que dejaran de seguirla, estoy seguro de que tiene una maldita explicación a todo este lío y vamos a escucharla!
Tony se soltó de su agarre sin mucha fuerza de su parte y se alejó unos pasos.
Admiraba a los hermanos King, eran hombres sagaces y muy inteligentes, pero cuando sus sentimientos estaban involucrados se convertían en un jodido incordio.
Mejor arrancar la tira de una vez, caviló. Él tenía mejores cosas que hacer.
—¿Antes o después de que se comprometa?
Mathew lo miró sin entender de que hablaba.
—¿Perdón?
—En este mismo instante se está comprometiendo con Ethan Colton ante un pequeño grupo de personas. ¿Y usted me dice que no debíamos seguirla?
—¡No! —Se alejó con las manos en la cabeza—.
Es mentira —soltó una carcajada seca, corta y carente de humor, la situación era tan absurda, tan difícil de creer…
, pero Tony no le mentiría en algo así, ¿por qué sentía algo tan raro el pecho?
A lo mejor iba a sufrir un infarto. Se le hacía difícil conciliar la imagen de Giana hablándole de la relación con su padre, del desprecio a su exnovio y de su lucha por la empresa, con la de una mujer mentirosa y calculadora.
Inhaló profundo tratando de calmarse, Tony tenía razón, había sido una mala idea beber de la forma en que lo había hecho, embotaba sus sentidos, su inteligencia.
Le entregó de mala manera la bolsa con la botella al hombre, que la tiró en una papelera cercana—.
Bien, vamos a felicitar a Giana Orsini por su compromiso.
Tony negó con la cabeza varias veces.
—No creo que sea la mejor idea.
—Al contrario, es una jodida buena idea.
Llegaron al restaurante ubicado en el quinto piso del Times Warner Center. Al lugar se accedía por medio de una reserva.
—No podremos entrar —aseveró Tony.
—¿Crees que una maldita puerta me va a detener? —Mathew se dijo que lo que tenía en el pecho no era un infarto, era un jodido punzón que a cada segundo que pasaba se le clavaba más y más.
—Es una pésima idea —observó el hombre mayor con un poco más de firmeza.
—No me importa si es o no una pésima idea, pero voy a hablar con ella enseguida.
El elevador llegó al piso, donde los recibió un amplio pasillo que daba a una gruesa puerta de madera labrada. Mathew sabía que esa puerta era de adorno, la entrada estaba en las puertas de cristal a lado y lado de la madera. Entraron al lugar, un maître de aspecto serio los esperaba.
—Buenas noches.
—Soy Mathew King, dueño de Joyerías Diamond y deseo saber si la señorita Giana Orsini y su prometido ya llegaron, me están esperando.
La cara de Tony no mostraba ninguna expresión.
—Con mucho gusto, señor King, miraré el libro de reservas. Su hermano Nathan y su bellísima esposa estuvieron degustando una cena hace un par de semanas. Deles mis saludos.
—Lo haré, gracias. —Mathew no era de ostentar quién era o lo que hacía, pero como bien decía el dicho, “si quieres tortillas tienes que reventar los huevos”, y se aprovechó de su apellido para entrar al lugar. De algo tenía que servir pertenecer a la élite del país.