HERMANOS KING CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

En cuanto el avión despegó, Mathew cerró los ojos y fingió dormir.

Había bebido una botella de whisky la noche anterior y se había dormido en plena madrugada.

Necesitaba el embotamiento que daba el licor, blindarse de una absoluta indiferencia ante los hechos que presentaba su hermano o construir una barrera tan alta para proteger sus sentimientos que nada lo que ocurriera hoy pudiera llegarle.

Al aterrizar y atravesar los controles de seguridad, un auto alquilado los esperaba en el aparcamiento. Tony tecleó la dirección en el móvil y tomaron rumbo a Francisville, un barrio al norte de la ciudad.

A lo largo de sus viajes, Mathew había sorteado situaciones difíciles, algunas francamente peligrosas, pero a medida que se acercaban al barrio de clase media donde se suponía que vivía el hombre que había amargado sus últimos meses, un nudo de temor atenazaba su estómago.

Tony, como si adivinara su desazón, permaneció en silencio, era un hombre de pocas palabras, lo atestiguaban los soldados que lo acompañaban.

Al llegar a una cuadra de edificios de departamentos y oficinas, y buscar un sitio de parqueo, Tony por fin habló.

—Sé que está ansioso por respuestas, pero debe dejarme hablar a mí, ¿entendido?

—Entendido —contestó a regañadientes, dispuesto a discrepar en el momento oportuno.

El edificio era viejo y descuidado, entraron tan pronto uno de los inquilinos salió por la puerta.

Subieron los escalones de tres en tres hasta el tercer piso.

Tony observó de nuevo el móvil y tocó el timbre de una puerta que llevaba el letrero 303 en el frente.

Les abrió un hombre algo pasado de peso, con barba y cabello rubio ralo; vestía pantaloneta de colores y una camiseta de un equipo universitario con varios orificios, no llegaba a los cuarenta años.

—Díganle a Luca que tendrá su dinero esta noche —los miró con desprecio e insistió—, él dijo que tenía hasta la noche para pagarle.

—No venimos de parte de Luca, señor Folsom, hemos venido a conversar de los artículos que ha publicado en contra de Joyerías Diamond.

El hombre palideció e hizo el amague de cerrarles la puerta, pero Tony, con una agilidad inherente a su trabajo, atajó la puerta y, en un par de zancadas, tomó al hombre por el cuello y lo estrelló contra la pared del frente.

—No sé de qué habla —susurró asustado.

Mathew entró detrás de ellos y cerró con suavidad la puerta, no sin antes observar que el pasillo lucía despejado. Nadie había reparado en ellos.

Tony asintió con la cabeza y chasqueó los dientes.

—Sí —afirmó él apretando más su agarre—, usted sabe de qué estamos hablando, Patrick, o no hubiera intentado cerrarnos la puerta en las narices.

Sabemos que ha escrito esos artículos difamando a las joyerías y sabemos cuánto le han pagado.

Así que queremos escuchar la historia, no estamos para juegos.

Soltó al hombre, que se llevó la mano al cuello e hizo otra vez el amague de huir, pero Tony le cerró el paso.

—No me obligue a amarrarlo a una silla.

Mathew observó el departamento, sucio y descuidado, un computador encendido en una página de apuestas.

—Sabemos que si no entrega los diez mil dólares esta noche le van a golpear las piernas. Esos hombres no juegan, son peligrosos, debería saberlo. Tengo la potestad de intervenir sus cuentas y hacer que ese dinero pase en el ciberespacio un par de días, eso no le gustaría a Luca.

El hombre lo miró con auténtico terror y Mathew ya empezaba a impacientarse, solo necesitaba el jodido nombre de Colton en boca del maldito para él volver a respirar.

—Tuve que hacerlo —balbuceó nervioso cuando Tony sacó un arma de su bolsillo—, debía mucho dinero y me acababan de echar de mi trabajo.

—¿Quién le dio el dinero?

El hombre negó con la cabeza. Tony acercó su arma y le apuntó al cuello.

—Puedo deshacerme de usted de formas que ni se imagina, en una hora habrá desaparecido de la faz de la tierra, no seré tan caritativo como esos cobradores de mierda.

El hombre negó con pavor.

—¿Quién carajos lo contactó? —preguntó Mathew al borde de la impaciencia.

—Me hablaban por medio de correo electrónico, nunca por llamada telefónica.

—¡El nombre, carajo! —gritó exaltado Mathew.

Tony lo miró de reojo un poco molesto por su intrusión.

—¿Quién firmaba los correos? —Mathew sabía que los e-mails los podría firmar cualquier persona. Un correo inventado, un nombre inventado, era lo que él haría si se viera en esas circunstancias, no dejar huellas. El anonimato que brindaba el Internet daba para eso y mucho más.

—Giana Orsini.

Mathew se acercó y le dio un puñetazo en la cara.

—Miente.

Tony soltó al hombre y encaró a Mathew.

—¿En qué quedamos?

—No puedo permitir que la involucren —señaló en un siseo alejándose con las manos en la cabeza y masajeándose el cabello con rudeza.

—Abra los ojos, King, esté atento a todo y no se deje enceguecer por sentimentalismos.

Mathew se avergonzó de su arrebato, era mucho más que sentimentalismo.

Era amor, estaba enamorado de Giana Orsini, una buena mujer o una perra traicionera, hasta el momento iba ganando la segunda y era algo que él no podía tolerar, pero al mismo tiempo meditaba en qué clase de persona da su propio nombre y su propia cuenta para cometer una acción que, de descubrirse, podía ocasionarle una serie de problemas legales.

—En este instante va a redactar un comunicado, retractándose de lo que escribió en contra de las joyerías —adujo Tony.

El hombre negó con la cabeza.

—Si lo hago me puedo despedir de los diez mil dólares que me van a enviar a mi cuenta. Es lo que falta del pago acordado.

El dinero ya estaba en la cuenta, uno de sus hombres le envió la información antes de bajarse del auto, pero el periodista no tenía por qué saberlo.

Tony lo llevó hasta el computador, lo empujó contra la silla para que se sentara y llevó la pistola a su sien.

—Me importa una mierda si vas a recibir centavos, miles o millones, si no quieres un agujero en tu jodida cabeza, vas a redactar ese informe ya, con estas palabras.

Mathew le pasó una hoja de papel que sacó de su bolsillo, el hombre la miró por encima y la puso al lado del ordenador, después lo miró a él.

—No fue mi intención.

Mathew resopló con rabia.

—No te creo y copia palabra por palabra.

El hombre obedeció. Sus dedos volaban ágiles sobre el teclado del computador.

—Me van a matar si no cancelo esa deuda hoy.

Mathew sonrió irónico y le contestó.

—Una jodida escoria menos en este mundo.

Necesitaba distraerse con algo antes de coger la pared o al hombre sentado al ordenador a puños, sentía como si una mano estrujara su corazón, reventándolo en mil pedazos.

No podía creer que Giana Orsini hubiera jugado con sus sentimientos, no, todavía podía ser una jugada de Colton.

Necesitaba hablar con ella de manera urgente, necesitaba la verdad, su verdad, escuchar de su boca que era inocente.

En cuanto el comunicado fue montado en el blog y se hizo público, Mathew decidió que viajaría a Nueva York. Se despidieron del hombre, que se mesaba el cabello consternado, porque estaba seguro de que los diez mil dólares desaparecerían como polvo al viento.

Mathew seguía en silencio.

—No dé nada por sentado, estamos investigando a Giana Orsini desde hace un par de días, en cuanto surgió el nombre relacionado con los pagos a Patrick, fueron órdenes de su hermano Brandon, lo siento —soltó Tony mientras frenaba en un semáforo en rojo.

Mathew vio tan rojo como la luz del semáforo, Brandon se había pasado, cómo diablos se atrevían. Giana era su problema, había sentimientos de por medio, a lo mejor todo era un terrible malentendido.

—¿Cómo se atreven? Giana es mi asunto.

—Dejó de ser su asunto tan pronto saltó su nombre en lo ocurrido a la empresa, entienda también a su hermano, tenía todo el derecho a investigar.

Hablaría con Brandon tan pronto llegara a Chicago.

—Voy para Nueva York, tengo que hablar con ella. —Necesitaba que, mirándole a los ojos, le dijera que todo había sido un burdo engaño.

Tony lo miró de reojo, eran las tres de la tarde. El recorrido hasta el aeropuerto sería como de cuarenta minutos. Compró el tiquete en línea, mientras recorrían el trayecto.

—Compre dos tiquetes, iré con usted.

—Es personal, no necesito niñera —replicó Mathew.

—Tengo cosas que investigar, no voy de acompañante. Usted es capaz de cuidarse solo.

Mathew no replicó más y compró el otro tiquete. Su hermano lo iba a escuchar.