CAPÍTULO 27
Giana llegó al despacho del abogado Phillips Bloom el martes en horas de la tarde. Se negó a ir con Ethan, al que envió un mensaje de texto en el que le decía que iría por su cuenta.
Caminó hasta la oficina del abogado. El clima empezaba a cambiar, ya empezaba a bajar la temperatura.
La calle era un hervidero de gente y de autos como siempre, a los pocos metros se arrepintió de no haber utilizado un transporte, se sentía desalentada, pero era más cansancio mental que físico.
Se dijo que era normal por todo lo que estaba ocurriendo en su vida en ese momento, estaba muy triste, porque no veía una solución a los requerimientos de Ethan.
Había sido parca con Mathew, no era capaz de darle la cara, se moría de la vergüenza por las acciones de su padre y de Ethan, aunque sabía que tarde o temprano tendría que hablar con él, prefería que se enterara por ella y no por un tercero.
Su padre aún estaba convaleciente, aunque avanzando en sus rutinas; ya había recuperado algunas palabras, pero estaba lejos de tener una conversación normal y Giana no quería presionarlo o angustiarlo y que se agravara por culpa suya.
Llegó al edificio donde estaba el despacho del abogado de su padre, tomó el elevador y al entrar a la oficina que quedaba en un décimo piso, la recibió una secretaria algo entrada en años.
El lugar era sobrio y elegante como cualquier oficina de abogado.
Tomó asiento mientras esperaba a Ethan, ojeó una revista durante unos minutos, hasta que escuchó su voz hablando con alguien por el móvil.
—Ya puedes anunciarnos —señaló a la secretaria—, gracias.
Ethan entró con semblante preocupado, pero cambió su expresión en cuanto la vio.
—Hola.
—Hola.
No tuvieron tiempo de entablar alguna charla, ya que la secretaria los hizo entrar enseguida a la oficina del abogado.
Giana le había huido desde que hablaran el día anterior, tenía demasiado trabajo y también trataba de buscar de manera infructuosa una solución al lío que Ethan estaba dejando tras él.
Aún no veía cómo un compromiso podía beneficiarlos, esperaba que el abogado de su padre no tuviera más malas noticias que darle.
Un hombre alto, como de unos sesenta años, elegante y atractivo, se acercó a ellos.
—Bienvenidos, mis amigos, me duele verlos en estas circunstancias, espero que Cesare se esté recuperando.
Ethan le dio un firme apretón de manos y Giana lo saludó con un beso en la mejilla, ya que lo conocía de toda la vida.
—Ahí va, Phillips —habló Giana tomando asiento ante el gesto del abogado de invitarla a tomar una silla—, paso a paso, pero va muy bien, los médicos están asombrados de su tenacidad.
—No sería él si no lo intentara con todas sus fuerzas —advirtió Ethan.
—Eso lo sabemos, Cesare se recuperará por el solo hecho de demostrarnos a todos que puede hacerlo y que todavía tiene el poder para vencer cualquier obstáculo que se le presente en la vida —expresó el abogado mientras organizaba unos papeles con gesto un poco nervioso.
—Espero que Dios escuche tus palabras —manifestó Giana algo tensa—. Pero dime, ¿por qué estamos aquí? —preguntó en el momento de silencio que precedía a las malas noticias, porque Giana estaba segura de que eran malas noticias las que la tenían frente a Phillips Bloom.
—Bien, vamos a entrar en materia, me temo que tenemos un pequeño inconveniente que espero puedan solucionar lo más pronto posible.
—¿De qué se trata? —preguntó Giana alarmada.
—No creo que para ustedes sea un problema, al fin y al cabo, son pareja hace un par de años.
Giana se tensó aún más, Ethan la miró de reojo con una sonrisa burlona. El abogado no se percató del intercambio, ya que estaba concentrado leyendo los papeles que tenía dentro de una carpeta.
—No entiendo qué tiene que ver mi relación con Ethan y lo que tengas que decirnos —replicó ella en un tono un poco áspero, que hizo que el abogado levantara la cabeza del documento y los mirara confuso.
—Discúlpala, Phillips, Giana ha estado bajo mucha presión, como entenderás.
Giana quiso decirle que era capaz de disculparse sola, pero no iba a perder los papeles frente al abogado y amigo de su padre. Ethan aferró su mano, pero ella se estremeció furiosa y rechazó el contacto, gesto que no le pasó desapercibido a Phillips.
—Lo entiendo, querida, lo entiendo —susurró—, lo que menos quiero es traerte más problemas, pero me temo que tenemos un asunto que debes considerar.
—Te escucho.
El hombre les ofreció agua, gesto que Ethan aceptó, el hombre sirvió dos vasos.
—Te escuchamos —retrucó Colton.
—Cesare se acercó a esta oficina hace más de un mes.
—Giana hizo un cálculo mental y cayó en cuenta de que había sido días después de la discusión donde ella renunció a su puesto en la empresa—.
Tu padre era reacio a introducir cambios en los estatutos de la junta directiva, por lo que me extrañó el pedido de modificar una cláusula que solo tenía que ver con el nombramiento del presidente en caso de que le ocurriera algo y no alcanzara a dejar la junta por su propio pie, como sabemos que ocurrió.
Sabes que como presidente tiene el control del cuarenta por ciento de la votación, por el número de acciones que posee, y que ha logrado mantener con el paso del tiempo y los vaivenes de la industria, es la empresa de tu padre, y él puede hacer lo que quiera, como acaparar una gran cuota de poder, siempre que no se salga de lo legal.
Fue un hombre previsor, pero me temo que eso te deja a ti, Giana, en una disyuntiva.
—¿Por qué?
El abogado se interrumpió para beber un sorbo de agua y el corazón de Giana latió todavía más de prisa.
—Para ser presidenta interina tienes que estar comprometida con Ethan Colton. En esta emergencia, era obvio que el primer candidato a ocupar su puesto fuera Ethan, sin embargo, tu padre te dejó la puerta abierta a ti si estás comprometida con él y hay una fecha para celebrar el matrimonio.
—¡No! —interrumpió Giana, poniéndose súbitamente en pie—. Probablemente no lo sabes, pero Ethan y yo no estamos juntos.
Él los miró asombrado.
—Cuánto lo siento, en caso de que no haya un compromiso, el puesto lo ocuparía Charlotte Rupert, es la segunda en número de acciones, tu padre fue enfático en el tema, creía en ustedes como dupla: no hay dupla, no hay cargo para ninguno de los dos.
Giana contuvo el aliento, aquello era lo más absurdo que había escuchado en su vida.
Cesare la castigaba por la muerte de Marco, la sometía a vivir su propio infierno de condenación en la tierra por culpa del accidente en el que su hijo adorado había perdido la vida; no tuvo dudas al respecto: era la revancha.
Recordó la noche en que había sido testigo del interludio entre Ethan y Charlotte, la mujer era una zorra artera y antes muerta que permitirle acercarse a lo que era suyo, no podía creer que su padre pusiera el bienestar de su hija y de su empresa en las fauces de un chacal.
Se sintió como si viviera en la Edad Media y la hubieran acabado de vender por media docena de caballos al patán de la comarca.
Miró a Ethan de reojo, se mostraba más que satisfecho por cómo se estaban desarrollando los hechos. ¡Cabrón! No podría dejarse vencer, y haciendo acopio de valor, consiguió mantener su compostura.
—Lo que sea que haya pasado, tendrán que superarlo, chicos, por lo menos mientras Cesare vuelve a tomar las riendas.
—¿Quién eres tú para decirnos lo que podemos y lo que no podemos hacer? —dijo Giana, temblando de rabia.
—Mi querida Giana, estoy hablando en nombre de tu padre, no en el mío propio.
—Phillips, no te preocupes, sé que lo arreglaremos, es una pequeña crisis que tendrá solución, Giana no permitiría que otra persona que no fuera ella ocupara esa silla, ya está posesionada en el cargo —informó él, mirando directamente a Phillips, tan seguro de su triunfo, que parecía indiferente a la angustia de Giana.
—Lo que es un problema, si no acatan la voluntad de este documento, tu puesto se podría declarar insubsistente si alguno de la junta se entera de esta cláusula. Necesitamos que cuando se sepa ese problema esté solucionado.
Giana estaba de espaldas a ellos mientras observaba sin verlo el paisaje por la ventana, sabía que no había solución por el momento, no había resultados de la auditoría en Sarabi, no tenía nada de qué agarrarse para deshacerse de la víbora de Ethan y nunca en su corta vida se había sentido tan perdida.
Tuvo la urgente necesidad de hablar con Mathew, pedirle algún consejo, pero sabía que no lo haría, era un problema al que le tendría que buscar solución ella sola.
—¿Algo más? —preguntó con sarcasmo. El abogado negó con un gesto; se notaba consternado, pero eso a Giana ya le importaba bien poco—. Bien —dijo tomando la cartera—. Se hará como quiere mi padre.
No fue capaz de mirar a Ethan y salió de la oficina después de una escueta despedida y sin esperarlo. Él la alcanzó al llegar al ascensor.
—No te arrepentirás, princesa —dijo entusiasmado.
—Ya estoy arrepentida, si acepto lo del compromiso será una farsa hasta que encuentre una solución. No toda la suerte tiene que estar de tu lado y por algún lado se reventará el hilo que te sostiene.
Ethan, satisfecho por la victoria, se negaba a dejarse indisponer por lo que Giana comentaba.
—Mañana nos comprometeremos, deja todo en mis manos, solo tendrás que asistir a la cena.
Giana se negó a contestarle. ¿Cómo diablos le iba a decir a Mathew que se comprometería con otro hombre?
No había recibido más mensajes de Giana desde el día anterior, él tampoco le había escrito, repasaba sus últimas conversaciones mientras estaba sentado en la sala de espera esperando a abordar el vuelo a Filadelfia que salía a medio día.
Tony también revisaba el móvil, ambos hombres permanecían callados, cada uno sumido en sus propios pensamientos.