CAPÍTULO 26
El lunes siguiente al fin de semana en Chicago, Giana llegó a su trabajo sintiéndose flotar en una nube. Se había negado a utilizar el despacho de su padre, pero había hecho adecuar una oficina aledaña, en el mismo piso de Presidencia. Mientras caminaba por el pasillo, leyó un mensaje de Mathew.
Bendita esa sensación, la de sentir tu espalda recostada en mi pecho, escuchar tu respiración en la madrugada y esos pequeños sonidos que salen de tu boca cuando duermes y cómo tu cabello se enreda en mis manos, despertar en la madrugada y hacerte el amor de nuevo, quedarnos dormidos y despertar, juntos.
Quería llegar a su oficina y hacer una videollamada, ya que ese mensaje ameritaba verlo, así fuera a través de la pantalla del móvil. Se percató de que Mia aún no estaba en su puesto. Al entrar a la oficina, quedó de piedra. Ethan estaba sentado en su silla con los pies arriba del escritorio.
—Hola, princesa, dichosos los ojos que te ven.
—Baja los pies de mi escritorio —respondió con evidente molestia, dejando el maletín encima de una mesa auxiliar.
Ethan le inspiraba un profundo temor, pero no se dejaría amilanar—.
¿Cómo te acabó de ir en Sarabi? ¿Ya tuviste el buen tino de enterar a la junta de que nos dejaron fuera de la explotación de la segunda veta?
Me acabo de enterar de que estamos sometidos a una auditoría.
Ethan reaccionó como animal acorralado.
—Estás muy bien informada —señaló entre dientes con los ojos teñidos de rabia—. No tengo que preguntar por quién, ya sabemos que tus lealtades no están para con esta empresa.
Giana, que aún estaba frente a él, ya que Ethan se negaba a dejar su lugar, apretó los puños.
—No sé hasta dónde van a llegar tu maldad y cobardía, porque solo un hombre cobarde actúa como lo haces tú. Mi lealtad a Joyas Miccelatti es incuestionable, no te voy a permitir que pongas en duda mi trabajo; en cambio, tú, estás hundido en el fango hasta el cuello.
Ethan puso los pies en el suelo con un movimiento fuerte y se levantó.
—Quiero que entiendas algo: como ya sospecharás, tú querido padre y yo hemos pagado a ese periodista para que desacreditara a los King.
Giana se puso pálida.
—Lo sabía.
—Si yo caigo, tú caes.
—Yo no tengo que ver con sus actuaciones mezquinas.
¡Dios! Qué ciega había estado, ¿cómo pudo no presentir la verdadera naturaleza de Ethan?
En ese momento Giana se sentía como una tonta; más que una tonta, una niña hubiera tenido más malicia que ella.
A lo mejor su padre tenía razón y no estaba lista para hacer frente a la empresa familiar, pues carecía del don de la maldad y de las acciones maquiavélicas que iban ligadas a un puesto de poder.
Ethan sonrió como si adivinara cada uno de sus pensamientos.
—Acepto que son más que mezquinas.
—Tú tuviste que ver con el derrumbe y no me mientas, lo sé.
Ethan tuvo el descaro de sonreír.
—He cubierto muy bien mis huellas, Giana, te lo repito: si yo caigo, tú caes, por eso te estoy dando la oportunidad de hacer las cosas como se debe comprometiéndote conmigo.
Si los King o su grupo de mercenarios llegan a dar con el hombre que escribe los artículos, será tu nombre el que salga de su boca.
He pagado muy buen dinero por ello. Si profundizan un poco en lo ocurrido en Sarabi, será tu padre el que cargue con la responsabilidad.
El corazón de Giana se agitó asustado y un sudor frío corrió por su espalda. Las cosas se verían muy mal para ella.
—¿Crees que un compromiso contigo me va a proteger? ¿Por qué tengo la impresión de que necesitas de manera desesperada ampararte en nuestro nombre?
—Vaya, vaya, a la gatita le han crecido las uñas. Solo te digo que, si te comprometes conmigo y apresuramos la boda, asumiré las consecuencias de mis actos y dejaré a tu padre fuera de todo.
La voz de Ethan era fría y serena, pero sus ojos eran otra historia, saqueaban su alma sin compasión y el rictus ofensivo de su boca era muy parecido a un gesto lascivo y posesivo. Se había vuelto loco, a Giana ya no le quedaban dudas, y la arrastraría a su locura.
No sabía lo alta que era la apuesta de Ethan: asumir el poder de la mina en Sarabi y permear los tentáculos del nuevo gobierno.
Cuando Haaziq estuviera fuera del panorama, lo que esperaba lograr en los próximos meses, él con Sarabi ganaría muchísimo más.
Pero aún no quería soltar a Giana y a Joyas Miccelatti, los necesitaba por profundas razones que no venían al caso en ese momento.
—No te creo —contestó Giana.—. Tiene que haber algo más.
—Te estoy dando la prerrogativa de hacer las cosas como se debe.
—¡No te atrevas a hablar de deberes!
Su voz se había elevado sin ninguna contención.
—Te van a oír. ¡Baja la voz!
—¿Por qué tengo que bajar la voz? ¿Porque tú lo ordenas?
La aferró de ambos brazos.
—¡Sí! Porque yo lo ordeno, porque soy tu jodido dueño y porque vamos a anunciar nuestro compromiso como lo habíamos planeado hace meses, si no, tú padre y tú se verán en serias dificultades.
—¡No! A mí no me vas a manipular.
Ethan aflojó el agarre hasta que la soltó, levantó ambas manos dispuesto a calmarla, se acercó de nuevo, pero ella dio dos pasos atrás tropezando con la esquina del escritorio.
—Escucha, princesa…
—¡No soy tu princesa! Estoy harta de que uses ese mote conmigo.
—Está bien, bottom blue, ¿ese mote te gusta más? —preguntó con sarcasmo.
—¡Cállate! ¡Lárgate! Ese nombre en tus labios se escucha sucio, no te atrevas a manchar lo único bueno que me ha pasado en mucho tiempo. —De repente, cayó en cuenta—. ¿Y cómo sabes que Mathew me llama así?
Ethan la miró con burla.
—Yo sé muchas cosas.
Giana dio media vuelta y se dirigió rápidamente a la salida. Abrió la puerta y le hizo una seña con la mano instándolo a que abandonara su oficina.
Ethan le pidió con un gesto que se calmara, sacó el móvil del bolsillo y buscó un mensaje de voz.
—Yo de ti cerraría de nuevo esa puerta, si no quieres que lo que vas a escuchar se escuche en todo el piso y los empleados te pierdan el respeto.
Giana le hizo caso e hizo silencio, se recostó en la puerta, hasta que escuchó una voz que rebotó por las paredes de la oficina, matando sus ilusiones y sumiéndola en un pozo de desesperación.
“El señor Cesar Orsini y la señorita Giana Orsini me pagaron treinta mil dólares para publicar varios artículos en mi blog en contra de Joyerías Diamond y, en especial, de Mathew King”.
Lo que ella no sabía era que el hombre había recibido otros veinte mil dólares por esa confesión, que era el seguro de Ethan.
—¡Es mentira! No me vas a asustar, ni me vas a obligar a un compromiso con una simple grabación por la que podrías haberle pagado a cualquiera.
—Si piensas que es lo único que tengo contra ustedes, no me conoces.
—¡Vete al diablo, Ethan Colton!
Colton tuvo la desfachatez de reírse.
—Por el momento, iré a mi oficina, te recomiendo que vayas escogiendo tu anillo de compromiso, organizaré una pequeña reunión para el viernes, prepárate. Mañana en la tarde tenemos cita con Phillips Bloom. —Era el abogado de Cesare—. Estarás libre a las tres.
—No tengo tiempo de reunirme con Bloom.
—Sácalo, si no quieres que cuando la junta se entere de que estás violando una pequeña cláusula, declaren tu cargo insubsistente.
—Puedo reunirme con Bloom yo sola.
—No te dará la información si no estoy presente, no es capricho mío, sino de tu padre.
Giana accedió a acompañarlo ya que no quería rebatirle más, bastante había perdido el control durante toda la charla, pero Ethan estaba muy mal de la cabeza si pensaba que ella se comprometería por una estúpida grabación.
Se dedicó al trabajo y trató de quitárselo de la mente, algo difícil, ya que la mala energía del hombre vibraba por el lugar como si ocupara un espacio.
El nudo en su estómago se apretó más al percatarse de que si todo lo que decía Ethan era cierto, su romance con Mathew estaría condenado y enterrado.
Ni siquiera las diversas actividades lograron distraerla por momentos del nefasto encuentro.
El móvil de Mathew vibró sobre la superficie del escritorio mientras él estaba concentrado en el trabajo de oficina frente al computador.
Tendría una reunión con Eva al día siguiente para hablar del presupuesto del próximo año.
Pensó que era Giana, la comunicación con ella había sido escueta y escasa y él no entendía la razón.
Pensó que las cosas serían más intensas después del fin de semana, pero con ella nunca sabía cómo iría todo, a lo mejor por eso era que lo atraía tanto. Contestó el aparato.
—Mathew, ven un momento a mi oficina —dijo Brandon por el móvil.
—Voy.
Era jueves en la tarde, había sido una semana un poco complicada. Los reportes de Sarabi estaban lejos de escucharse tranquilizadores, pero el nuevo presupuesto para la explotación de la segunda veta ya estaba aprobado por la junta.
Al llegar a la oficina de su hermano, Tony McCabe y Nathan estaban sentados alrededor de la mesa de juntas. Después de un corto saludo, el hombre entró en materia.
—El hacker que contratamos logró averiguar quién es la persona que ha estado publicando los artículos en el blog.
—¿Quién es?
—Su nombre es Patrick Folsom, es un periodista que trabajó en el Chicago Tribune y el New Yorker.
—¡Bien! Quiero ir por el maldito. —Mathew palmeó la superficie de la mesa.
—Lo haremos —sentenció Brandon.
—¿Cómo lo conseguiste? —preguntó Nathan.
—Logramos hackear la página de D’Artagnan y se rastreó el registro del blog hasta dar con el usuario, esa fue la parte en la que más nos demoramos, porque el tipo usó seis cortafuegos.
—Por eso era tan difícil llegar a él —afirmó Mathew.