HERMANOS KING CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

—Si te incomoda alguna perla de mi hermano —le advirtió Mathew—, no tienes por qué contestarle nada, créeme, si aceptas, te hará preguntas incómodas y no del tipo cuál es tu color favorito.

—Soy una chica de riesgos.

Se enderezó altiva y Mathew quiso devorarle los labios y la risa, pero no quería quedar tan en evidencia delante de sus hermanos, solo tomó su mano y le dio un beso en el dorso. Miró a Nathan con gesto de advertencia.

—Vaya, vaya, estamos muy territoriales —insistió en pincharlo este.

Brandon observaba el intercambio con curiosidad.

—Oh, ya cállate.

—¿Qué pensaste la primera vez que viste a Mathew?

—¿En serio? —preguntó Giana decepcionada—. Pues que era un hombre guapísimo.

Las chicas silbaron.

—Estoy calentando apenas. ¿Tienes alguna película o libro tabú que no eres capaz de dejar a la vista de alguien?

Elizabeth le pegó a Nathan en el brazo.

—¡Qué ridículo!

—No tengo libros ni películas escondidas —se quedó un momento pensando—, no, nada.

—¿Qué opinas del hecho de llevar calcetines cuando estás intimando con alguien en la cama?

Giana soltó una risa grave, fresca y afrodisiaca como soplo de primavera. Los demás chiflaron a Nathan.

—Creí que era un examen —se burló ella—. Nop, nada de calcetines en la cama, por favor.

—¿Cuál es la situación más vergonzosa que has experimentado en tu vida?

Giana negó varias veces con la cabeza y después se quedó pensativa unos momentos.

—¡Lo tengo! —chasqueó los dedos—. Esto ocurrió en el último año de escuela.

Una de las chicas porristas estaba celosa de mí, porque el mariscal del equipo, que había sido su novio hasta unas semanas atrás, me había invitado a salir.

La chica se enteró y buscó su venganza. Estábamos en las duchas, ella y su grupo de amigas terminaron mucho antes, cuando salí ya no había nadie en el lugar, se habían llevado mi ropa y la llave del locker y me habían dejado una toalla minúscula, mi mortificación fue mayor cuando veo entrar al chico diciéndome que no esperaba verme en esas circunstancias, pero que, si yo quería algo más, estaba dispuesto.

—Zorras —exclamó Elizabeth.

Giana continuó.

—Me costó trabajo convencerlo de que la escena era un malentendido, me mortificaba que él pensara que yo deseaba otra cosa. Fue horrible, me vio tan nerviosa que al fin me dejó en paz y me ayudó a abrir el armario.

—Ven aquí. —Mathew la abrazó. Giana le inspiraba ternura, deseos de protegerla de todo aquello que la afectara.

Se sintió extrañamente conmovido por lo que acababa de relatar, lo ocurrido no fue grave ni pasó a mayores, pero a ella la afectó si todavía lo recordaba—.

Debiste sentirte muy mal. ¿Saliste con él?

Nathan suspiró y blanqueó los ojos.

—No, después de eso no me quedaron ganas.

—¡Bien!

—Mi vida ha sido un poco aburrida —replicó Giana con esa sonrisa que había seducido a Mathew—. No he tenido grandes experiencias.

“Me alegra escucharlo”, quiso decirle Mathew, pero no quería sonar tan machista.

—¿Qué es lo más loco que has hecho alguna vez? —insistió Nathan como si no hubiera escuchado su comentario, segundos atrás.

—Viajar a otro continente para ver a alguien. —Se sonrojó.

Elizabeth la miró sorprendida y radiante.

—Sé más explícita —manifestó sin compasión, tomando la mano de Nathan.

—Viajé a Sarabi para ver a Mathew.

—Ir a Sarabi debe ser toda una aventura —soltó Eva.

Giana se sintió una hipócrita; ellos estaban abriéndole las puertas de su casa y ella les pagaba ocultándoles todo lo que sabía y que no podía divulgar sin poner en peligro a su empresa.

Brandon la miraba, aún escéptico. Se sintió mortificada, porque Mathew le importaba demasiado y no quería que, por su culpa, los hermanos tuvieran problemas.

—¿Qué crees que te mereces y no tienes?

Giana se quedó callada unos segundos.

—Varias cosas, creo que todos deseamos cosas que no tenemos.

—¿Cómo cuáles?

—Oye, Nathan —intervino Mathew—, creo que es suficiente.

—¿Qué dices, Giana? ¿Es suficiente?

Ella quiso decirle que merecía una familia y la complicidad y el inmenso amor que veía en los dos matrimonios King. Además, merecía el respeto de su padre, pero el orgullo llegó al rescate y le impidió abrir la boca.

—Sí, creo que es suficiente.

—Una última, ¿hasta dónde llegarías por lograr tus metas?

—Hasta las últimas consecuencias.

Brandon soltó una sonrisa irónica, como diciendo que lo sabía.

Las preguntas no habían mostrado gran cosa de la personalidad de Giana, pero parecía que a nadie le interesaba, solo pasaban el rato.

Después hablaron de música, libros y películas.

Mathew y Giana se despidieron a medianoche.

Quedó con Eva y Elizabeth en reunirse a almorzar cuando ambas fueran a Nueva York, ya que tenían un viaje de negocios pendiente, o cuando ella volviera a Chicago.

Pasaron la mayor parte del sábado en la cama.

Ella adelantó algo de trabajo hasta que Mathew la arrastró en la noche a ver una obra de teatro.

Luego cenaron en uno de los restaurantes que quedaban en la bahía del lago Michigan y caminaron un rato, respirando el aire impregnado de humedad, hasta que volvieron de nuevo al departamento de Mathew.

El domingo en la mañana, Mathew la despertó temprano, con una bandeja de desayuno que llevó hasta la cama. Ella se estiró y suspiró, todo era perfecto: el hombre, sus sentimientos, el ambiente.

—Quiero llevarte a visitar a alguien.

—¿Tu madre?

Él sonrió.

—Lo haremos la próxima vez que vengas. Hoy quiero llevarle flores a mi nana.

Abrió los ojos, sorprendida. Esas eran palabras mayores, por lo que había escuchado decir a Eva y a Elizabeth, el amor de los chicos King por su nana era sacro y reverencial.

—Está bien —dijo emocionada por lo que eso representaba.

Mathew le había hablado de Selma y, por lo que le comentó Elizabeth la noche anterior, sabía que la muerte de la mujer había sido un duro golpe para ellos.

La visita al cementerio fue emotiva para ambos.

Mathew dejó el ramo de flores amarillas en uno de los jarrones, le contó algunas anécdotas y salieron cogidos de la mano del lugar.

El resto del día pasearon por la ciudad como cualquier par de turistas.

Él, que era fanático de las historias de gánsteres, hizo de guía turístico para ella llevándola al inframundo de la ciudad para conocer detalles de la vida de Al Capone y John Dillinger.

Visitaron un mercado de pulgas, luego disfrutaron de un almuerzo tardío en Roscoe Village y después recorrieron el lugar de tiendas pintorescas y anduvieron por una feria improvisada.

El vuelo de Giana salía casi a medianoche.

A las siete volvieron al departamento, hicieron de nuevo el amor y se quedaron en la cama hasta que llegó la hora de ir al aeropuerto.

—Ha sido el mejor fin de semana que he tenido en mucho tiempo —se quedó pensativo—, miento, ha sido el segundo mejor fin de semana en mucho tiempo, señorita Orsini.

—Señor King, espero verlo en Nueva York muy pronto. —Ella le acarició el labio inferior, aquel que tantas veces se había sorprendido a sí misma mirando, un labio severo e implacable, pero que cuando sonreía le regalaba el sol.

—Iré tan pronto pueda.

Estaban de pie en el aeropuerto en el área de salidas, una escena ya para ellos familiar. Lo abrazó por la cintura, sin importarle la gente alrededor.

—Te voy a extrañar mucho, ¿crees que esto de la distancia funcione? Quiero que tengamos la mejor relación.

Mathew le sostuvo la mirada sin dejar de abrazarla.

—Es imposible mantener la mejor relación todo el tiempo o pretender tener el noviazgo perfecto, lo que sí quiero que me prometas es que nos vamos a mantener juntos sin importar qué tan difícil será, sin importar los demás o lo que tengamos que enfrentar.

A Giana se le aguó la mirada.

—Te lo prometo.