CAPÍTULO 24
Mathew estaba concentrado en su oficina revisando los bosquejos de los nuevos diseños que había enviado Elizabeth a cada uno de los hermanos.
Sus pensamientos iban de la hermosa y original colección que su talentosa cuñada había plasmado en el novedoso programa de computador a la razón por la que Giana no había contestado su mensaje, a pesar de haberlo visto.
Se molestó, y mucho, él nunca lo había hecho con ella, pero el orgullo le impedía insistir con otro mensaje.
Tenía ganas de volar a Nueva York en ese mismo instante y encararla, cuando el sonido del intercomunicador interrumpió sus cavilaciones.
—Señor King, hay una mujer que insiste en verlo, su nombre es Giana Orsini, yo le dije…
—¡Hágala seguir enseguida! —interrumpió Mathew en el acto.
Se levantó veloz de la silla y caminó nervioso por la oficina, su chica no lo había ignorado, se dijo sorprendido, simplemente había ido por él.
Inspiró profundo y volvió a tomar asiento, se pasó una mano por el cabello en un gesto nervioso, no quería parecer tan ansioso ante ella, pero tan pronto su asistente Ross abrió la puerta, toda precaución saltó por la borda.
En cuanto entró a la oficina, como si trajera la deliciosa brisa del verano, en un par de zancadas ya ella estaba entre sus brazos, por fin.
Todas sus dudas y resquemores volaron por los aires mientras la sentía pegada a él.
Era como si con su sola presencia conjurara las sospechas, solo había que mirarla, meditaba él, Giana era lo que veía y conocía de ella, nada más.
En cuanto entró en la oficina y observó la mirada de Mathew y como se levantó como una flecha del escritorio para ir a su encuentro, se dijo que estaba jodida.
Todo desapareció alrededor en cuanto él la abrazó y su aroma a loción y al sudor de su cuello invadió sus fosas nasales, percibió con emoción la forma en que su cabello se sentía en sus dedos y el profundo suspiro que lo atacó en cuanto la aferró fuerte como si nunca la fuera a dejar ir.
—No contestaste mi mensaje y te juro que no imaginé que estuvieras camino a Chicago. —Le aferró el rostro y la examinó, asegurándose de que estuviera de una pieza, sonreía feliz y esa expresión le robó el aliento a Giana—. Te hubiera ido a recoger al aeropuerto.
Su respiración cosquilleaba la piel de Giana, no quería soltarse; de pronto las dos semanas pasadas, tan difíciles y complicadas, desaparecieron, y solo necesitaba de sus brazos para deponer sus armas, que sabía volvería a cargar el domingo en la noche, en cuanto volviera a Nueva York a seguir luchando.
—¡Te extrañé! —dijo ella. Puso las manos en su pecho, y en ese momento se dijo que su enamoramiento era como una constelación recién encontrada, como un oasis en un enorme desierto, o era un sueño que no sabía que se había hecho realidad.
Ella era una mujer fuerte, no necesitaba de un hombre para sentirse completa, era capaz de vivir sin Mathew, pero no quería hacerlo y eso hacía toda la diferencia—. No veía la hora de llegar, de verte.
Su mirada encontró la de él, separó los labios para seguir hablando, pero la boca de Mathew se cerró sobre la suya y cuando su lengua entró y la recorrió con propiedad, el beso se le subió a la cabeza como las burbujas del champán, de forma lenta, juguetona y sensual.
Era un beso diferente a los anteriores, más sentido, más posesivo por parte de Giana.
Se separó y susurró sobre su boca:
—Deseaba abrazarte, oler tu loción que llevo impregnada en mi nariz. —Pasó la nariz de nuevo por su cuello y soltó una fuerte inspiración con el deseo alojado en medio de sus piernas—. Amo cómo hueles.
Era lo más suave que se le ocurría decirle.
Al verlo, había comprendido la cruda verdad: Mathew King era una adicción total que aceptaba gustosa.
Eso era entregar el corazón, caviló, el suyo estaba hecho de una sustancia delicada y frágil y esperaba que él lo atesorara, solo le quedaba rogar porque no lo rompiera.
—Bottom blue —susurró Mathew con fervor llevando sus labios al contorno del rostro y descendiendo por su cuello—.
¡Estoy feliz de tenerte aquí! —La levantó en el aire y ella aprovechó para ajustar las piernas en torno a su cintura y volvió a besarlo, él la apoyó contra el orillo del escritorio y empezó a acariciar el contorno de su cuerpo, hasta que la vio arquearse cuando agasajó sus pechos y con sus pulgares le tocó los pezones—.
Vamos a mi casa —dijo en tono grave y casi pegado a su boca.
Giana le aferró el cabello y lo obligó a mirarla.
—No puedo esperar —dijo en tono suave pero resuelto.
Él la observó sorprendido y con un amague de sonrisa en su boca. Amaba la forma tímida y resuelta en que manifestaba sus deseos, como si no estuviera acostumbrada a hacerlo.
Mathew barrió de un manotazo los documentos y objetos que estaban encima del escritorio y la depositó sobre la superficie dispuesto a darle lo que ella quería.
—Me gusta cuando tomas la iniciativa. —dijo mientras le bajaba la cremallera del vestido—, porque sé que te cuesta y no quiero que te guardes nada.
—Pierdo toda cordura cuando estás cerca.
Él suspiró.
—Ya somos dos. Tócame. Así.
La tomó de la mano y le cerró en torno a su erección, imprimiéndole el ritmo que él más disfrutaba. Después de varios gemidos interrumpió el gesto, le subió la falda y metió las manos en su ropa interior, gimió otra vez de deleite al tocarla y percibirla húmeda para él.
—Mathew… —escuchar su nombre de sus labios atizaba y calmaba una fiera furiosa en su pecho que no sabía que habitaba en él; lo devoraba el ansia de escucharla decir su nombre una y mil veces hasta que quedara impreso como un sello en su cabeza y su alma para siempre; eran pensamientos locos que nunca se habían manifestado, él era contenido, frío y mordaz, con Giana estaba haciendo un recorrido diferente.
—No tengo condones.
—No los necesitamos, ya habíamos superado eso, creo —señaló ella, ansiosa por sentirlo.
—Está bien, no más charla —susurró Mathew mientras le bajaba las bragas y se deleitaba en la visión de su pubis.
—Tienes razón —soltó ella en medio de un gemido en cuanto Mathew recorrió con un dedo la raya de su sexo—. Puedes usar tu boca en otra cosa. Eres muy talentoso en ese campo.
Él soltó una risa nerviosa.
—Eres una descarada.
—Soy tu descarada.
—Mi descarada —exclamó exasperado—. Mía y solo mía.
Mathew refregó la cara en su sexo, frotó su botón sensible con la punta de su nariz antes de apoderarse de él con dedos y lengua, obsequiándole lo que ella tanto quería.
Fijó sus muslos a la superficie del escritorio, lo que ocasionó un escalofrío en su pie, la observó enardecido, las botas la hacían ver sexi.
La tocó y la acarició con el ritmo que la llevaba a las estrellas y en cuanto la tuvo a punto, apretó su abdomen para aumentar la sensación, fue bien recompensado al verla disfrutar de su orgasmo, lo enloquecía el deseo descarnado en su expresión.
Ella cerró los brazos en torno a él en cuanto Mathew buscó de nuevo su boca y la excitó más sentir su esencia femenina en ese beso.
Sus manos se escurrieron por sus pechos abarcándolos, masajeándolos, le levantó el sujetador y besó sus pezones.
El corazón de Giana se agitaba enloquecido, con un afán muy parecido al de un ave queriendo salir de la jaula.
Quería hablar, decirle que lo adoraba, pero los gemidos y las sensaciones la tenían al borde de la combustión.
Agarró su miembro y lo llevó a su sexo mientras el placer la surcaba como una corriente eléctrica y se dijo que por momentos como ese había valido la pena dejar todo en Nueva York.
Y en cuanto él la penetró, sintió que tocaba el cielo y cuando volvió a besarla, la cabeza le dio vueltas, y lo tocó donde pudo, ni siquiera se habían quitado la ropa.
Los gemidos de ambos rebotaban por las paredes de la oficina, sin importar si todo se escuchaba afuera.
Giana no lo creía, era un edificio de los de antes, con paredes gruesas, pero tampoco le importaba mucho.
Percibía la respiración agitada de Mathew como si estuviera corriendo un maratón, sus palabras tiernas y soeces bailaban sobre su piel, él se movía dentro de ella sin dejar de mirarla.
Era más que sexo, era el tipo de amor que quema a través de la piel, estaba tan consiente de él, de su unión, de sus sentimientos, y cuando ambos estuvieron conectados en el momento culminante, algo caliente y viscoso pareció rodar por sus venas y al momento de la liberación sintió que la vida se le iba de a poquitos.
Mathew soltó un profundo suspiro cuando, abrazado a ella, levantó el rostro sin dejar de acariciarla.
—Pequeña muerte, se llama —dijo, y Giana se sorprendió de lo conectados que estaban—. He muerto y he vuelto a nacer.
Ella sonrió.
—A mí me pasó igual.
—¿Esto es muy cursi?
Frunció los hombros.
—Vives muy preocupado por lo cursi, no me importa si es lo más cursi del mundo, me hace feliz.
Sellaron el interludio con un beso.
Giana observaba la oficina de Mathew mientras este atendía una llamada, había unos hermosos afiches de piedras preciosas enmarcados, y varios mapas cubiertos de tachuelas de diversos colores.
En una pared frontal había fotos de Sarabi, en una de ellas se vislumbraba la silueta de una mujer que bien podía ser Meriem.
No se acercó y se negó a sentirse molesta, era ella la que había estado en brazos de Mathew hacía unos minutos.
En cuanto cortó la llamada, la llevó a un recorrido por la empresa. Ella se alisó el cabello con la mano.
—Estás hermosa —señaló él viendo su gesto.