HERMANOS KING CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

En el taller la presentó a sus empleados.

Giana se percató de la manera en la que Mathew trataba a su gente, era amable, los escuchaba y los instaba a que solucionaran ellos mismos los problemas que se presentaban en la producción.

En pocos minutos se dio cuenta de que era un jefe muy abierto a las ideas de los demás.

Le mostró algunos procesos que no eran diferentes a lo que se trabajaba en Joyas Miccelatti.

—Todo lo que acabas de ver es confidencial —dijo en tono de broma—. Tendré que tomar medidas drásticas. Tendré que matarte.

Giana soltó una carcajada.

—Hazlo, porque estás en problemas, ya que tengo memoria fotográfica —contestó ella.

Mathew la abrazó, después la tomó de la mano y le dijo:

—Hora de conocer a mis hermanos.

Volvió a sonreír ante el gesto de ella.

—Lo que más amo de tu sonrisa —dijo ella acercándose más a él—, es que puedo robártela con un beso.

Lo besó y Mathew le devolvió enseguida el gesto.

—Estoy muy feliz de que hayas venido.

Llegaron primero a la oficina de Nathan. Una empleada con el cabello multicolor los saludó con una sonrisa y los invitó a pasar.

Nathan se levantó de la silla, mientras Mathew hacía las presentaciones. Los invitó a tomar asiento, sin perderse detalle de la interacción de su hermano menor con la chica y vio cómo este volvía a tomar en sus manos una de las de ella.

—Así que tú eres la causa de que mi hermano tenga una sonrisa bobalicona en su rostro desde hace varias semanas.

—Había sido toda una sorpresa para él verlo en compañía de Giana Orsini.

No confiaba en ella, pero viendo el talante protector de su hermano, decidió ser cauto y no hacerle las cosas difíciles.

—Su sonrisa no es bobalicona —defendió ella—, aunque sí infrecuente. Yo disfruto de cada una, llevo la cuenta.

Nathan meditó que, si las palabras de ella eran sinceras, le gustaría llegar a conocer a la chica un poco más. Su hermano había estado muy deprimido desde la muerte de Meriem, ya era hora de que superara lo ocurrido.

Mathew estaba pendiente de cada gesto de Nathan. La protegía como si fuera un cachorro, meditó este, confiando en que fuera eso y no estuviera amparando en realidad a una serpiente cascabel.

—Tienes razón, no es frecuente ese gesto en él y tampoco su distracción con el móvil en las reuniones en la sala de juntas. Elizabeth acaba de ganar una apuesta con Eva y de las gordas. Va a estar feliz, deja que le cuente.

Ya iba por su móvil, cuando Mathew lo atajó.

—Primero ofrécele uno de esos brebajes que preparas.

—Ningún brebaje, mi amigo. ¿Sabes, Giana? Este será el mejor jodido café que disfrutarás en mucho tiempo.

Mathew soltó una risa irónica.

—Giana es experta en café, por favor.

—Estoy abierta a expandir mis horizontes. —Le guiñó el ojo a Mathew—. No todo está escrito.

Mientras Nathan iba hacia su costosa máquina de preparar café, Mathew acercó sus labios al oído de Giana y le susurró:

—Me alegra escuchar eso, lo tendré en cuenta esta noche, bottom blue.

Ella sonrió.

—Estamos hablando de café.

—Yo creo que no.

Observaron cómo Nathan preparaba la bebida, mientras charlaban de trivialidades y del motivo de la visita de Giana a Chicago.

Ella estudió el físico del anfitrión, no podía negar que era guapo a rabiar, con una veta de despreocupación y rebeldía que estaba ausente en su hermano menor.

El hombre se acercó con las bebidas humeantes que ofreció a cada uno, en el preciso momento en que Elizabeth King hacía su aparición con el ímpetu de un huracán.

—¡Giana! Qué sorpresa.

—Hola Elizabeth —saludó Giana dejando la bebida encima del escritorio y levantándose enseguida a recibir el abrazo de Elizabeth. Le gustaba, era de temperamento fuerte y una mujer muy talentosa.

—Mi amor —soltó Nathan—, Giana y Mathew están saliendo.

—¡Lo sabía! Eva me debe dos mil dólares.

Giana la miró boquiabierta.

—¿Apostaron sobre nosotros?

—Aquí apostamos, sobre todo —contestó Nathan y la miró con expresión medio traviesa, medio seria.

—Esta vez fue el tiempo que demoraría Mathew en traer la chica a casa. Ya por su comportamiento sabíamos que estaba saliendo con alguien.

Elizabeth dio la vuelta y saludó a su esposo con un profundo beso. Giana se percató de la energía que destilaba la pareja. En menos de treinta segundos habían cambiado de lugar por lo menos dos veces.

—¿Te gustaron los nuevos diseños? —preguntó Elizabeth a Mathew mientras iba a la máquina de café y se servía una bebida.

—Hermosos, aunque tengo varias sugerencias que hacerte.

La mujer blanqueó los ojos.

—No serías tú si no tuvieras algo que decir —contestó ceñuda.

—No es un tema que pueda saltarme, como quien se salta el tercer grado, cuñadita —refutó Mathew.

—Chicos —reprendió Nathan—, tenemos visita, compórtense. Cielo, nos haces parecer algo difíciles ante Giana, no la asustes.

La mujer sorbió de su bebida.

—He tratado a Giana antes, estoy segura de que no se asusta con facilidad —retrucó la aludida, que le guiñó el ojo, mientras se volteaba y le daba un beso en la mejilla a su marido, momento que él aprovechó para profundizar en un par de caricias.

—Si desean los dejamos solos —bromeó Mathew.

—No —dijo Elizabeth—, necesito charla, he estado sola todo el día, prácticamente toda la semana —se dirigió a Giana—.

Aunque tengo un equipo de diseñadores a mi disposición, en el inicio del diseño de una colección trabajo mejor sola, además, tengo tres jefes un poco tiranos, esperan que diseñe la próxima colección con un mes de preaviso.

—¿Lo harás? —preguntó Giana sorprendida.

—Eso esperan mi esposo y mis queridos cuñados, yo tengo la sensación de que a lo mejor…, quizá…, podré lograrlo. Cosas más raras se han visto en el mundo del diseño de joyas —concluyó con tono de fingida molestia.

Cuando le sonrió a su esposo, Giana confirmó que estaba ante una pareja vivaz que con su energía se salía de lo común. Le agradó el comportamiento de ambos. Elizabeth volvió a sorber de su bebida y Nathan envió un mensaje de texto.

—Tienes las piedras en tu poder hace casi dos meses —aseveró Mathew.

Elizabeth frunció los hombros desestimando su comentario, se notaba que estaba bromeando.

—¿En serio crees que soy tirano? —preguntó Nathan a su esposa con un brillo curioso en sus ojos.

—Tú tienes una veta malvada y por eso estoy loca por ti. —Elizabeth lo abrazó.

—Buena respuesta —concluyó Nathan.

Brandon entró en la oficina cinco minutos después.

—Giana, bienvenida a Joyerías Diamond —saludó serio. Era una bienvenida un poco más fría que la de Nathan.

—Es un placer conocerte, Brandon.

El mayor de los King se acomodó en la orilla del escritorio.

—¿Cómo te fue en Sarabi? —preguntó mirándola fijamente, no con calidez, pero sí con una viva curiosidad.

—¿Sabías que estaban juntos? —interrumpió enseguida Elizabeth. Brandon asintió—. ¿Por qué no nos contaste?

Brandon blanqueó los ojos.

—Es un asunto entre Mathew y Giana —concluyó Brandon decantando sus ojos en Giana, que aún no le respondía.

“No confía en mí”, se dijo ella enseguida y no podía culparlo. Ethan era una serpiente que, en nombre de Joyas Miccelatti, había destilado su veneno contra los King. Se sintió culpable, como si hubiera sido ella la propiciadora de los problemas de Joyerías Diamond en la mina.

—El viaje fue muy interesante, me familiaricé con una parte de la empresa que no conocía y aproveché para visitar a Mathew.

—¿Qué opinas de la situación en Sarabi en estos momentos?

Giana se puso nerviosa ante la pregunta y la profunda mirada de ojos de hielo de su interlocutor, pero recurrió a su armadura para disimularlo.

Todo lo que había escuchado de Brandon King era cierto; aunque no estaba siendo grosero con ella, lo rodeaba una fría capa que solo se diluía cuando miraba a sus hermanos o a su cuñada.

—Están atravesando una situación muy complicada, pero confío en que Haaziq hará lo mejor por el bien de la nación.

—Y por nuestros intereses. ¿Cómo le sentó a Orsini la noticia de que no serán socios en la nueva veta?

Giana lo miró pasmada; Ethan y sus colaboradores no habían filtrado esa información. Era una noticia importante y la enfurecía quedar como una estúpida delante de los King. Negó con la cabeza varias veces.

—Lo siento, no tenía idea y mi padre tampoco está enterado, yo estoy poniéndome al día con mi nuevo cargo. Él…

—Basta, Brandon —soltó Mathew evidentemente molesto—, tienes por naturaleza una mente que sospecha. Deberías avergonzarte.

—Puedo defenderme sola y, además, tu hermano no me está atacando —interrumpió Giana enseguida. Se ponía en el papel de Brandon, ella no hubiera sido tan complaciente.

Si habían perdido la participación en la mina sería por culpa de los malos manejos de Ethan. De pronto no le pareció buena idea estar allí, debería estar en Nueva York, buscando una solución al terrible hueco financiero que sería esa pérdida para ellos. ¿Por qué Ethan se lo había callado?

Brandon pareció ver a través de ella y suavizó en algo su expresión. Mathew lo miraba ceñudo, Nathan y Elizabeth estaban charlando entre ellos, pero se notaba que seguían pendientes del intercambio.

—Está bien, me disculpo si he sido grosero, hemos tenido algunos problemas últimamente que espero estén solucionados en poco tiempo.

—Se enderezó y caminó hasta la salida—. Bajé para invitarlos a una cena.

Eva no vino hoy a trabajar, nuestro hijo Gregory tenía cólicos y no había manera de que se separara de él.

Reunámonos esta noche un rato, si no tienen otros planes, claro está.

—Me parece bien —contestó Nathan.

Mathew miró a Giana, aún la notaba incómoda, el cabrón de Brandon podía intimidar a cualquiera.

—¿Quieres que vayamos un rato?

—Sí —se volteó ella y le sonrió—, será interesante.

Giana había venido a eso, a conocer el entorno familiar y social de Mathew, a conocerlo mejor.

A veces, cuando estaba lejos, pensaba que todo era como un sueño, demasiado bueno para ser verdad, y necesitaba saber más, introducirse en la vida de Mathew y ver si podrían construir algo, si podrían tener un futuro.

Alejó las malditas dudas y los obstáculos, y con una terquedad fiera se dijo que disfrutaría del fin de semana.

—Bien, me adelanto a casa, entonces, y, Giana —soltó después de una pausa—, protejo de manera fiera no solo mis intereses, sino a toda mi familia.

—Si ese va a ser tu comportamiento, preferimos no aceptar tu amable invitación —terció Mathew atrayendo a Giana hacia él.

—No tengo problema —insistió Giana a Mathew—, entiendo su postura.

—¿En serio? Podemos hacer otra cosa —pidió Mathew.

—Quiero que conozcas a mi esposa y a mi hijo —soltó Brandon, a lo mejor tratando de modificar su comportamiento anterior.

—Estaré encantada, gracias.