HERMANOS KING CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Al paso de los días, para Mathew fue evidente que su idea de dejar el taller de talla en Sarabi había sido una buena decisión.

Tuvo una que otra discusión con Brandon al respecto, pero ante la confirmación de la aparición de una segunda veta, su pragmático hermano mayor y la junta no pudieron objetar su pedido, aunque la situación de orden público todavía dejaba mucho que desear.

Cuando llegó el contingente de soldados profesionales, Mathew los dejó al servicio del Gobierno para lo que se requiriera.

Aún buscaban a Dylan Barrett hasta debajo de las piedras, ya que era la única persona capaz de dar luz a lo ocurrido, pero parecía que se lo hubiera tragado la tierra.

Entre el trabajo en el taller de talla, reuniones en la mina, o con Haaziq, y llamadas a Giana, pasó un par de semanas, en dos días volvería a Estados Unidos.

Los brotes de rebelión no habían sido conjurados aún, Mathew no entendía qué diablos esperaba Haaziq para suprimirlos como las cucarachas que eran, pero el hombre tenía su propia agenda y entre frases crípticas y silencios prolongados, no había logrado sacarle gran cosa, aunque Kesia y los alrededores de la mina habían sido blindados con ejército del Gobierno y los soldados profesionales contratados.

Se encontró con Ethan Colton en tres ocasiones que se cruzaron en las oficinas de la mina y supo que tenía en el hombre su enemigo más encarnizado; sus malas vibras, que flotaban en el ambiente como nube gaseosa, eran todo lo que Mathew necesitaba para saberlo.

El punto culminante de su enojo fue a la salida de una reunión de los directivos del Gobierno con las cabezas de los accionistas, o sea, Mathew y él.

Un grupo de tres profesionales ingleses, todos llegados el día anterior, eran los nuevos asesores de la parte de la mina que pertenecía al Gobierno. Después de las presentaciones, entraron en materia.

Ethan estaba furioso, se veía a punto de perder el control.

—Les informamos que, a partir de esta mañana, BJP Group estará a cargo de todo el funcionamiento legal y financiero de la mina. Recursos Humanos, el Área de Operaciones y los demás departamentos seguirán trabajando como hasta ahora —señaló uno de los ejecutivos como si estuviera hablando del clima.

Mathew ya estaba enterado, Haaziq le había informado el día anterior.

—¿Por qué me estoy enterando hasta ahora? —rugió Ethan.

—Señor Colton, se está enterando de esto ahora porque la participación de Joyas Miccelatti dentro de la sociedad está siendo objeto de investigación.

El hombre se puso pálido.

—¿Perdón?

—Lo que escuchó, señor Colton.

Ethan miró a Mathew con un gesto de desprecio que provocó en él un levantamiento de cejas.

—¡Explíquese! —exclamó indignado.

—Cálmese, señor Colton —tomó la palabra otro de los profesionales—.

Ambas empresas, Joyas Miccelatti y Joyerías Diamond, están siendo objeto de una exhaustiva auditoría aquí dentro de la mina.

Entienda que la segunda veta es más rica que la actual y el Gobierno de Sarabi, como el mayor propietario y dueño de la tierra, tiene derecho a escoger quién lo acompañará en esta nueva aventura.

—Pensé que eso era evidente —insistió Colton.

—En los negocios no se puede dar nada por sentado —sentenció otro de los ingleses.

—Me parece injusto que Joyas Miccelatti esté siendo objeto de investigación, cuando tenemos aquí al responsable del derrumbe…

—¡Aquí vamos! —exclamó Mathew con evidente fastidio.

—¡Es cierto, King! Usted era el encargado del estudio del terreno, su equivocación se llevó por delante la vida de varias personas.

—No necesita recordármelo —ripostó Mathew con dientes apretados—. Es un hecho que aún se está investigando.

Mathew cayó en cuenta de que, en las ocasiones en las que estuvo reunido con Haaziq, había tocado el tema del derrumbe una sola vez, contándole sus pesquisas y dudas, y cuidándose de nombrar a Colton, pero el hombre no le había comentado nada, como si para él el tema estuviera muerto y enterrado como los mineros sepultados bajo toneladas de tierra.

—Señores… —dijo uno de los profesionales.

Mathew tenía unas ganas inmensas de partirle la cara a Colton, estaba seguro de que él tenía todo que ver en la desaparición del joven profesional que era su única pista para desentrañar la verdad, podía olerlo, así como su codicia y su malicia.

Ethan estuvo de mal humor el resto de la reunión, sus comentarios eran punzantes e irónicos.

—¿Cuándo entrará en operaciones la nueva mina? —preguntó mientras anotaba algo en su tablet.

Mathew ya había hablado con Haaziq y sabía que estaban buscando la manera legal de sacar a Joyas Miccelatti del panorama. Se preguntaba el porqué, a lo mejor Haaziq tenía más cosas en contra de Colton de lo que él y sus soldados sabían.

—No hay una fecha prevista, ustedes serán los primeros en saberlo.

Ethan rumiaba su descontento, se dijo que algo no estaba bien, pero no podía dilucidarlo: las acciones encabezadas por Ndiaye se estaban dificultando, ya que el atentado contra Haaziq había fracasado, el hombre preparaba el momento perfecto para atacar, pero el mandatario se había blindado con los mercenarios de los King.

Él había permanecido más tiempo del previsto en la zona, enviándole información por medio de una red de espías, pero no podría quedarse más tiempo, lo que iba a ser un viaje de tres días llevaba dos semanas y no quería estar en el lugar cuando la mierda explotara.

Después de tocar otros puntos de la reunión, abandonaron la oficina. Mathew salió primero, pero Ethan lo alcanzó antes de llegar al auto.

—Esto no se ha acabado, King.

Mathew soltó una carcajada burlona.

—Esa línea es cansina y parece de una mala película de mafiosos.

—No se burle de mí.

El semblante de Mathew se transformó a un gesto fiero.

—Tengo la impresión de que esto se ha acabado para usted y es el único en no darse cuenta. Perdió, Colton, y en todos los frentes. Y déjeme decirle algo, no sé aún las verdaderas causas del derrumbe, pero las averiguaré, y cuando lo haga prepárese a sufrir las consecuencias.

Ethan se acercó y lo agarró de la tela de la camiseta.

—¡Bastardo! —escupió con rabia, un rastro de saliva adornaba un extremo de su boca, sus ojos destellaban como los de un perro rabioso—. Cree que ha ganado, pero no es así, esto apenas empieza.

Mathew desestimó sus palabras, sus amenazas y se soltó de mala manera.

—¡Quíteme las manos de encima, maldito hijo de puta, y mejor lárguese, aquí no hay nada para usted! —Agarró en un puño la camisa de Ethan quedando nariz con nariz—. Si usted mandó a asesinar a Barrett, lo sabré; yo no profiero amenazas, yo actúo.

En cuanto Mathew se quedó solo, las dudas traicioneras cayeron sobre él como una manta pesada.

¿Estaría Giana involucrada? No podía separar una verdad concluyente del hecho de que estuviera enamorado de ella.

¿O sí? Giana en este momento era la empresa rival que había tocado las narices a Joyerías Diamond; ya no eran simples sospechas, Colton estaba involucrado, lo que no sabía era si a modo personal o amparado en el hijo de puta de Cesare Orsini.

En los días pasados había notado a Giana un poco vaga en sus comentarios sobre la mina.

Él no deseaba quedar como el imbécil de la historia.

No, no podía pensar así, no podía poner en duda lo que le había contado Giana de Ethan, ella era una mujer recta, no necesitaba engañarlo, y lo ocurrido entre ellos era real.

Quiso estar en ese momento en Estados Unidos, observar sus iris azules, perderse en ellos y pedirle que le contara qué diablos había venido a hacer a Sarabi, la verdad y solo la verdad.

Dos días después, Mathew volvió a Estados Unidos.

Giana deseaba que sus días se extendieran a jornadas de cuarenta horas para cumplir a cabalidad su trabajo.

Desde que la junta había estado de acuerdo en un setenta por ciento en que ella ocupara la presidencia, su labor era imparable.

Ethan había estado en la junta y dado su aprobación por comunicación satelital, cosa que ella no le agradecía, porque la saturaba de correos y mensajes de texto, tratando de controlar la empresa y, por ende, controlarla a ella.

Giana terminó por ignorarlos, sabía que contaba con poco tiempo antes de que volviera a Estados Unidos y metiera la nariz en los cambios que estaba implementando.

Su jornada empezaba muy temprano en la mañana y terminaba alrededor de la media noche, Mia, su fiel asistente, laboraba a su mismo ritmo.

Aún dudaba en algunos temas, pero al paso de los días se afianzó en su cargo, al fin y al cabo, llevaba más de seis años preparándose para ello.

Le pidió un par de consejos a Mathew, algo que agradó bastante al joven.

A pesar de estar liada con las nuevas responsabilidades, no había olvidado sus pesquisas sobre lo sucedido en la mina y la posible conexión de su padre, a través de Ethan, en relación con los rebeldes que estaban cerca de Sarabi.

No podía preguntarle a él directamente, no se atrevía, el médico había sido enfático en que Cesare necesitaba total tranquilidad para poder recuperarse.

Todas las dudas que podría disipar con una simple pregunta seguían allí, flotando alrededor de ella como tiburones dispuestos a devorarla.

Mientras su padre estuvo en el hospital lo visitaba todos los días a primera hora de la mañana.

En cuanto volvió en sí, Cesare apenas podía vocalizar, Caroline le servía de intérprete con ayuda de una tablet, allí se enteró de que su padre estaba de acuerdo con que ella fuera la encargada del negocio mientras él volvía a ocupar el cargo.

Giana no tenía corazón para decirle que su estado de salud no le permitiría volver a ocupar la presidencia de Joyas Miccelatti.

La recuperación sería de meses, si no de años, y eso no garantizaba que volviera a ser el mismo.

Cesare afrontó la recuperación como afrontaba todo en su vida, con tesón y trabajo duro, lo que tenía a los médicos y terapistas sorprendidos.

Las visitas de Giana se espaciaron en cuanto salió del hospital y se trasladó a la mansión de Long Island con todo un equipo de profesionales para atenderlo.

Era un viernes al mediodía, dos semanas después de su nombramiento, cuando entró un mensaje de Mathew en el móvil de Giana.

Ya estoy en Chicago, ¿qué te parece si pasamos juntos el fin de semana? Ven a casa, bottom blue, tengo unas inmensas ganas de verte.

Giana le dio vueltas al mensaje de Mathew un largo rato sin contestarle, quería verlo, necesitaba verlo y perderse en su mirada, en sus brazos.

Estuvo a punto de decirle que no podría viajar, que estaba agobiada de trabajo, pero se contuvo.

¿Por qué no? Leyó la lista de pendientes que tenía para el lunes siguiente: un par de reuniones y papeleo que podría adelantar en casa de Mathew.

Estarían juntos, conocería el lugar donde vivía, a su familia, pero, sobre todo, lo tendría para ella esos tres días.

No había vuelto a pensar en las lapidarias palabras de Ethan, en sus amenazas sobre revivir un compromiso que estaba a años luz de su vida, como si nunca hubiera existido, y en lo que sus acciones ocasionarían a Joyas Miccelatti y a Joyerías Diamond donde se saliera con la suya.

Giana no era capaz de denunciar a Ethan con Mathew y con el gobierno de Sarabi, tenía que proteger a su padre y a la empresa.

Aún guardaba la esperanza de hallar una solución sin afectar su relación con Mathew; su amor la hacía valiente y temeraria.

Desechó el pensamiento sobre Ethan como un papel arrugado al fondo de una papelera.

Se despidió de Mia temprano y le pidió que le consiguiera pasaje a Chicago y que cuidadito si se iba a ir de la lengua con Mathew.

La mujer le hizo la seña de que mantendría la boca cerrada.

Dos horas más tarde abordó el vuelo a Chicago con el estómago repleto de mariposas y un ansia por verlo que rozaba lo obsesivo, con suerte lo encontraría aún en su oficina. Se sintió nerviosa como una adolescente en cuanto el avión descendió en la pista del aeropuerto O’Hara.

En el taxi contestó un par de mensajes de Mia y de uno de los ejecutivos, y observó el paisaje a través del cristal.

El otoño se había aposentado del lugar y los árboles se empezaban a vestir de colores.

Sacó una pequeña bolsa de maquillaje y se miró en el espejo de mano, se retocó el labial y se ahuecó el cabello que se había soltado durante el vuelo, porque a él le gustaba su cabello suelto.

Había escogido un vestido de flores de fondo verde con mangas y una chaqueta de paño de color oscuro, llevaba botas negras de tacón a la rodilla.

Se volvió a retocar el lápiz labial en cuanto el conductor del Uber le dijo que había llegado.

Se quedó observando el edificio de oficinas de Joyerías Diamond, un poco arrepentida de su arranque. ¿Y si no era bien recibida? Se reprendió por insegura, con bastante había tenido que lidiar las últimas dos semanas para irse a acobardar con esto, meditó, claro que sería bien recibida.

Entró en la imponente recepción y se anunció con la recepcionista, quien le dijo que sin una cita sería muy difícil que el señor Mathew King la recibiera.

Giana insistió en un tono que no admitía negativa, asegurándole que en cuanto su jefe supiera quién era la recibiría enseguida.

La mujer le hizo caso, hizo la llamada y a los treinta segundos la escoltaba hasta el ascensor.

Mientras subía, aprovechó para quitarse la chaqueta y engancharla a su brazo.

Al llegar al piso, una asistente la esperaba para llevarla hasta la oficina de Mathew.

A Giana le gustaba lo que veía, el lugar era lujoso y cálido, empleados iban y venían.

—Por aquí, señorita Orsini —dijo la joven en la antesala de la oficina de Mathew.