CAPÍTULO 22
Horas atrás, Ethan había salido furioso de la casa presidencial, luego de que Bakhit Haaziq lo tuviera en su antesala un par de horas para luego enviar a uno de los asistentes a decirle que no lo podría recibir, que tenía un asunto ineludible que debía atender y le ofrecía una disculpa.
Imaginaba cuál era el asunto, el hombre seguro estaba agarrado de las pelotas por tener dos zonas de su país encendidas como fogatas de adolescentes ebrios en plena playa.
Él también tenía sus propios fuegos que apagar, entre ellos, debía mantener a Giana asustada y satisfecha a la vez, algo difícil de lograr con Mathew King olfateándole el trasero a cada oportunidad.
“Maldito hijo de puta”, susurró furioso, recordando el encuentro de la noche anterior.
Por lo visto, la aventura iba más allá de una calentura y un par de polvos, pero ya se encargaría él de bajarlos de la nube.
Se tocó el pómulo hinchado, lástima no haberle devuelto el golpe.
Salió y se acomodó las gafas mientras su chofer y escolta le abría la puerta trasera del auto.
En ese instante recibió una llamada del hombre que vigilaba a Dylan Barrett.
Ethan palideció de furia al escuchar las noticias.
Ya se había molestado mucho al enterarse por North de la entrevista que Giana había sostenido con el sujeto a puerta cerrada y se había dicho que hablaría con él a la primera oportunidad que tuviera. Pero esto ya era demasiado.
—Intercéptalo antes de que llegue a la mina y llévalo a la casa donde ustedes se están hospedando; debo hablar con él.
Necesitaba salir de Sarabi cuanto antes, él y sus socios los rusos habían pagado una cantidad ingente de dólares para que otros hicieran el trabajo sucio, no tenía por qué estar en ese país de mierda, lleno de negros inmundos, asado del calor y a punto de verse envuelto en una situación violenta.
Meditó que el karma era una perra en todas sus letras; mientras Giana volaba en avión privado, a lo mejor tomando champán, él debía encargarse personalmente de la rueda suelta que tenía laborando en la mina.
En cuanto llegó, dos horas después, a la casa en Kesia donde se alojaba el par de escoltas y espías que laboraban en la mina —uno de ellos era croata y el otro senegalés—, Dylan Barret ya estaba amarrado a una silla, en medio de lo que parecía era el espacio destinado a la sala del lugar.
—Barrett, Barrett... —susurró.
El joven levantó la vista y lo miró resentido.
—Por qué será que no me sorprende —señaló con aspecto cansado—. ¿Qué diablos quiere ahora, Colton?
Ethan sonrió ante la pregunta del ingeniero. Caminó alrededor de la silla hasta que quedó parado frente a él.
—Lo que quiero es muy sencillo, respuestas —hizo una pausa y lanzó—: ¿Qué diablos hacías en el aeropuerto hablando con Mathew King? Mis informantes me dijeron que buscabas a la señorita Orsini.
Dylan bajó de nuevo la cabeza y se quedó meditando qué contestar. Por lo visto, Giana no tenía idea de quién era Ethan Colton, un matón de primera clase así no llevara un arma.
—¡Contesta! —El estruendo de la voz del hombre lo trajo bruscamente a la realidad.
El senegalés agarró a Dylan por el cabello y lo enfrentó a Ethan.
—Quería despedirme de la señorita Orsini, a ella era a quien buscaba.
—¿Qué diablos hiciste para que Giana empezara a sospechar? ¿Qué le dijiste del derrumbe?
Dylan soltó la risa.
—No le dije nada, pero es solo cuestión de tiempo que todo el mundo sepa que pasó realmente, su mentira tiene pies de barro, Colton, y ya han empezado a resquebrajarse.
—No me hables con estupideces, ¿qué diablos le dijiste, maldito cabrón?
—¡No le dije nada!
—¡No te creo!
El senegalés se acercó a un gesto de Ethan y le dio un puño en la cara que el joven no esperaba. Los miró asustado.
—¡Habla, hijo de puta! Giana tiene sospechas de algo o tú le dijiste algo, necesito saber, de aquí no me moveré así tenga que romper cada uno de tus dientes y cada uno de tus patéticos huesos. No tengo mucha paciencia, así que empieza a hablar.
Media hora después, el joven, con el rostro ensangrentado y amoratado, seguía negando haber dicho algo. O decía la verdad o era un hueso duro de roer, caviló Ethan, que no quería seguir perdiendo el tiempo.
—No volverás a la mina.
Dylan asintió.
—Ya lo suponía.
—Saldrás de Sarabi hoy mismo, no me importa a qué lugar del puto mundo te vayas. Si vuelvo a saber de ti, te meteré una bala entre ceja y ceja y no me temblará el pulso al hacerlo.
El hombre soltó una risotada amarga que parecía más bien un lamento tortuoso.
—¿De qué te ríes?
Levantó la mirada y lo miró con todo el odio que guardaba para él.
—¿Usted disparar un arma? Más bien contratará a alguien para que haga el trabajo sucio. Es lo que siempre hace, usted es un cobarde.
Ethan se desquitó toda la rabia y frustración que llevaba desde que Giana lo había descubierto. Golpeó a Dylan en el estómago y en todas partes del cuerpo hasta que quedó sin sentido.
Después, mientras se limpiaba el rostro con un pañuelo, dio instrucciones al par de escoltas.
—Uno de ustedes irá a su alojamiento y recogerá todas sus cosas, revisen el auto, busquen algún papel, memorias, incauten el computador, tanto el personal como el de la mina, su móvil, debo acceder a su bandeja de correos.
Empáquenle la ropa, que se vea como un viaje precipitado y que dejó su trabajo sin una carta de renuncia.
—Sí, señor.
—Lo llevan en una avioneta a la frontera y ahí que se las arregle como sea.
Los hombres asintieron y salieron a cumplir su cometido.
Ethan hubiera preferido asesinarlo, pero no se iba a manchar las manos de sangre, la muerte de un extranjero en ese país, y más relacionado con la mina, era algo complicado y no tenía tiempo de organizar un evento que pareciera un accidente.
Además, siempre estaban los periódicos, la mala prensa; ahora más que nunca necesitaba manejar los medios con guantes de seda, se venían grandes cambios y no se dejaría gobernar por impulsos.
Se acercó de nuevo al cuerpo de Dylan y le dio una fuerte patada en las costillas que lo hizo sentir mejor.
Giana aterrizó en el aeropuerto pasadas las nueve de la noche, no era buen momento para ir a ver a su padre.
Tan pronto aterrizó se comunicó por el móvil con el área de enfermería del hospital, le dijeron lo mismo que en las tres últimas llamadas hechas desde el avión: Cesare permanecía estable y su pronóstico era reservado.
Había llamado a Caroline, que prácticamente le dijo lo mismo que los médicos.
A pesar del viaje y de la hora, no se sentía cansada, era como si la adrenalina hubiera llegado a su cuerpo dispuesta a quedarse.
Adelantó charlas con los dos ejecutivos al mando, que, sin el liderazgo de Cesare y de Ethan, parecían un par de gallinas sin cabeza.
Giana le dijo que era imperativo citar a una junta de emergencia, necesitaba tomar las riendas de su negocio enseguida.
Les dio pautas certeras de la transición que tendría lugar al día siguiente.
En un correo masivo comunicaba con unas sentidas palabras lo ocurrido a Cesare y comentaba la evolución de su estado de salud, agradeció a todos por estar pendientes y sus buenos deseos y los invitó a seguir trabajando como si nada ocurriera, ya que ese era el mejor homenaje que podrían rendirle a su padre.
Antes de dormir habló con Mathew un rato y trató de descansar, ya que había aprovechado el vuelo para armar los puntos de la agenda que discutiría con la junta.
Decidió dejar los problemas de la mina a un lado, lamentaba sobremanera el no haber solucionado nada, pero ahora su atención era enteramente para la empresa y quería sentar las bases de las siguientes semanas de trabajo antes de que Ethan y sus tácticas de serpiente cascabel llegaran a quitarle el control.
Se levantó al amanecer, se tomó un café y escogió para ese día un vestido de pantalón y chaqueta de color azul, no tan oscuro que pareciera de luto, ni tan claro como si fuera a una fiesta veraniega.
Su cabello lo llevaba en un recogido bajo y su rostro con un maquillaje muy suave.
Tomó su maletín de oficina como si fuera un arma cargada y salió a enfrentar el día.
Antes de presentarse en la oficina le pidió al chofer que la llevara al hospital donde estaba recluido Cesare.
—Hola, Caroline —saludó Giana a la esposa de su padre, que también acababa de llegar. No quiso reprocharle el que no hubiera respondido las últimas dos llamadas.
La mujer vestía ropa informal pero elegante, su cabellera rubia estaba recogida en una trenza gruesa, la notaba pálida y demacrada y con un gesto de preocupación que le hizo replantearse la antipatía y el poco respeto que le inspiraba.
Estaban en una salita contigua a la Unidad de Cuidados Intensivos.
La mujer reciprocó el saludo. Al verla en su actual situación, Giana se percató de algo que había ignorado tiempo atrás: ella intimidaba a Caroline, lo notó por la manera en que la mujer respondía a sus preguntas, con un dejo de resentimiento y mucha prevención.
Siempre había estado celosa de su juventud, sin tener en cuenta cuál era la impresión que la mujer, a su vez, tenía de ella.
—Quiero ver a mi padre.
—Tendrás que hablar con la enfermera, aún no he podido entrar a verlo hoy, pero te daré el primer turno. Sabes que en Cuidados Intensivos las visitas son cortas y programadas, me imagino que cuando se recupere algo lo sabremos, porque estoy segura de que exigirá salir de este lugar.
Giana le ofreció un breve asentimiento.
—¿Cómo ocurrió, Caroline? —Tenía prisa por entrar a verlo, pero no podía ser grosera con la esposa de su padre.
—Habíamos llegado a la Riviera Francesa esa tarde, en la noche bajamos del yate y cenamos en un restaurante, lo noté agotado, pero lo achaqué al sol que tomó durante el día.
Antes de la cena leyó y dormitó un rato.
Luego cuando estábamos cenando, se quejó de un fuerte dolor de cabeza y empezó a vocalizar muy raro.
—A Caroline los ojos se le llenaron de lágrimas—.
Todo ocurrió tan rápido, se levantó de la mesa, pero las piernas le fallaron y cayó al piso sin conocimiento.
Lo llevamos enseguida al hospital y lo trasladamos al día siguiente a casa.
—¿Mejorará?
—Yo creo que sí —la mujer la miró angustiada—, intenté cuidarlo, te lo juro, le cambié el plan de alimentación, lo obligué a hacer deporte. Yo…
—Esto no es culpa tuya, Caroline, son eventos que suceden sin que podamos evitarlo —Giana aferró la mano de la mujer en un gesto que buscaba tranquilizarla—. Quiero hablar con el médico que lo está tratando.
—Él también quiere hablar contigo. —La mujer señaló a una enfermera que venía caminando hacia ellas—. Ella te llevará con Cesare, ve.
En cuanto se puso los implementos protectores entró a la habitación donde estaba su padre.
Se acercó a la cama, se veía tan vulnerable en ese lugar, conectado a una serie de aparatos que lo mantenían con vida.
El corazón se le apretó como si una mano lo oprimiera y las lágrimas anegaron su mirada.
A pesar de los pesares, era su padre. De pronto tuvo miedo de que se muriera y no poder arreglar las cosas con él.
Tomó su mano, le acarició el rostro y le arregló un mechón de cabello.
Caroline tenía razón en estar asustada por lo que tendría que enfrentar.
Al salir de la habitación, el especialista la esperaba y le relató lo sucedido. Su padre había sufrido un ataque cerebral leve, las consecuencias aún no estaban servidas en la mesa.
—Su cerebro trabaja, pero todavía no podemos determinar en qué medida.
Fue un ataque leve, si responde bien al tratamiento, estará bien en unas semanas.
Tiene una ligera parálisis en el lado derecho.
—Giana no imaginaba peor escenario para su padre que estar confinado a una silla de ruedas y dependiendo de los demás—.
Estará un par de semanas en cama, recibirá terapia física para mantener el tono y no tener problemas cuando empiece la terapia de rehabilitación.
—Terapia de rehabilitación —dijo para sí angustiada—, ¿volverá a ser el mismo? ¿Cómo sabremos si se afectaron sus capacidades mentales?
—Hasta el momento el pronóstico es bueno. Lo que nos preocupa es que estos ataques suelen repetirse ocasionando daños más graves, pero gracias a la medicación con la que lo estamos tratando, podemos confiar en que no se llegue a esa instancia. Los próximos días serán cruciales, debemos ser cautos.
Giana escuchaba el dictamen médico con la garganta seca, rígida. Él hombre la miró con un asomo de compasión.
—La ventaja aquí es que puede contar con toda la ayuda posible. Eso sí, le advierto, la vida de su padre dará un giro total, no podrá hacerse cargo de su empresa, espero que hayan hecho arreglos al respecto.
Giana se despidió del médico y dijo que volvería al terminar la jornada. Se despidió de Caroline y salió rumbo a la oficina.
Abrió la aplicación de mensajes mientras el auto se deslizaba por las abarrotadas calles de Manhattan.
Leyó:
No dejo de pensar en ti, eres una mujer espectacular, la manera en que enfrentas las cosas es admirable, con una fuerza vital que hace que cada día me enamore como un tonto de ti.
Hoy será un gran día para ti, muestra tus armas, bottom blue, pero no todas, hay cosas que es mejor dejar ocultas hasta que sea el momento de ejecutarlas.
Ten claro tu rol y entra pisando fuerte, estoy seguro de que lo harás fenomenal.
Gracias por tu tiempo aquí en Sarabi, gracias por golpear la burbuja con la que enfrento el mundo, es como si hubiera despertado de un largo invierno.
El corazón de Giana hizo una pirueta dispuesto a ofrecer un espectáculo de mambo.
Giana: Quisiera que estuvieras a mi lado, abrazarte cura todos mis problemas.
Mathew: Cierra los ojos y siente mis brazos, bottom blue, te envío toda mi fuerza y espíritu, que conste que sé que no los necesitas, pero quiero que te sientas acompañada durante todo el día.
El chofer le indicó que ya habían llegado.
Giana se apeó del auto y observó por breves instantes el alto edificio.
Respiró profundo olvidando el lugar donde estaba: la gente a su alrededor desapareció, los sonidos enmudecieron, se concentró en el ritmo de su respiración, sintió su fuerza emerger de lo profundo de su alma e imaginó el abrazo de Mathew que la envolvía; abrió los ojos y con mirada perspicaz, pasos amplios que hablaban de su ímpetu y porte altivo entró a la empresa por la que lucharía hasta su último aliento.