HERMANOS KING CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Mathew se levantó en la madrugada y realizó un par de llamadas; la noche anterior había enviado un mensaje de texto a Jordan informándole que Ethan Colton estaba en Sarabi y pidiéndole conocer cada uno de sus pasos.

No se sintió ni un poco avergonzado al recurrir a Haaziq y pedirle que le negara la salida del país ese día para evitar que se fuera con Giana.

Se había percatado de que Colton, por alguna razón que desconocía, no era santo de la devoción del presidente, y decidió aprovecharse de la situación.

A primera hora de la mañana despertó a Giana con un beso y una taza de humeante café.

—Podría acostumbrarme —señaló ella, mientras observaba el reloj en el móvil y recibía la taza.

—Hazlo —después de una pausa preguntó ceñudo—: ¿Ethan te llevará al aeropuerto?

—No, esta madrugada recibí un mensaje suyo diciendo que nos veríamos allí, tiene una reunión temprano en la casa presidencial.

Mathew no pudo evitar sonreír.

—Yo te llevaré al aeropuerto. —Frotó entre los dedos un sedoso mechón de cabello de ella—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?

—Asustada por todo lo que tengo por delante. —Giana dejó la taza en la mesa de noche, tragó saliva y él notó que se le tensaban los dedos—. Muy preocupada por lo que le espera a mi padre y a la empresa. Quiero acompañarlo, estar pendiente de lo que necesite.

—El mejor homenaje a tu padre es que tomes las riendas del negocio, él estará bien, tendrá un equipo de profesionales a su servicio mientras tú te encargas del fuerte.

Me tomé la libertad de contactar a Mia, fui muy prudente, no te preocupes —contestó ante la expresión sorprendida de Giana—.

En la empresa se enteraron ayer de lo sucedido a Orsini, Mia me comentó que está bien y respondiendo al tratamiento.

—Le acarició el rostro al ver que se le humedecía la mirada—.

Quiero que estés tranquila, aprovecha el trayecto para pulir tus armas.

—Eso haré.

Él le cogió la cara entre las manos y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Espero que mi chica patee unos cuantos culos cuando llegue a la reunión de la junta.

—Deseaba tanto eso, pero no de esta manera.

Ella sonrió con tristeza y Mathew sintió una opresión en el pecho.

—La vida es así, pero te está dando la oportunidad de hacer valer tu labor.

Ella se quedó pensativa unos momentos y se levantó de la cama.

Mathew la siguió con la mirada hasta que entró al baño y meditó en lo vivido la madrugada anterior.

Su manera de amarse, los sentimientos que afloraron, el enorme deseo de complacerla y de querer borrar los recuerdos de Ethan de su piel.

La respuesta de Giana a sus caricias satisfacía en Mathew un ansia atávica que no había experimentado antes.

La noche anterior quedó en evidencia, al verla con Ethan, que ella despertaba en él un afán posesivo que lo asustaba, porque el instinto de supervivencia brillaba por su ausencia.

Ante ella se despojaba de sus armas, de su cinismo, sin pensar que aquello podría llevarlo a que le rompieran el corazón.

A lo mejor el que ella volviera, en esos momentos, a Estados Unidos, ponía las cosas un poco en perspectiva, pero algo muy profundo dentro de él supo que eso no sería así y que este sendero era apenas el comienzo.

—Te voy a extrañar.

Los rodeaban pasajeros, empleados con uniformes de distintas aerolíneas y personal militar armado; se escuchaba una voz por el altavoz informando de las diferentes llegadas y salidas, pero ellos parecían ajenos al entorno.

Mathew se perdió en su mirada triste, en el azul profundo de sus ojos que amenazaba con devorar su alma, ¿se la devolvería alguna vez?

Le dio un suave beso en los labios, los primeros segundos disfrutaron de una caricia tierna, pero con Giana cada episodio era una sorpresa de emociones, actos y sensaciones, ella no se conformó con ese beso suave, le devolvió el gesto con ardor y lo abrazó con fuerza.

Mathew la sintió temblar en sus brazos y tuvo la percepción de que ella quería aferrarse a su alma, así que la besó hasta que estuvo seguro de que sentía que él también necesitaba aferrarse a la suya.

Un carraspeo los interrumpió. Giana se separó un poco mortificada por su arranque. Un empleado de la mina le entregó una nota, que ella leyó al instante.

—Vaya —dijo con la primera sonrisa que exhibía desde la noticia de lo ocurrido a su padre.

—¿Qué pasa?

—Ethan no podrá viajar conmigo, la reunión con Haaziq se ha retrasado y le es imposible abandonar el país en estos momentos.

Sus ojos se encontraron con la satisfecha mirada de Mathew, que no pudo evitar soltar una risa burlona. Ella lo miró sorprendida.

—¿Tuviste algo que ver? —Se apresuró a preguntar. Guardó silencio un momento y añadió en un ronco susurro—: Gracias, has hecho mucho por mí.

Tener que compartir el mismo espacio con Ethan hubiera terminado por ahogarla, así que lo que Mathew hubiera hecho le caía como anillo al dedo: podría trabajar durante el vuelo, sin interrupciones e incomodidades.

Además de la angustia que llevaba aprisionada en el pecho por el estado de su padre, estaba el temor de que él estuviera involucrado en lo que sucedía en esos momentos en Sarabi, algo que apenas la había dejado dormir la noche anterior.

No hallaba salida a la maldad de Ethan ni tampoco solución a sus tortuosos planes, le sabía mal ocultarle las cosas a Mathew.

—Quisiera hacer mucho más, bottom blue —caminó con ella hasta la puerta de salidas internacionales—, si me dejaras, pero sé que eres una mujer muy capaz, fuerte y valiente y lo habrías solucionado por tus propios medios. No tengo dudas sobre eso.

—No quiero sonar cursi, pero eres lo mejor que me ha sucedido en mucho tiempo.

—Puedes ser todo lo cursi que quieras, me gusta lo cursi en ti.

El piloto se acercó a ella. Ya que Ethan había viajado en el avión de la empresa, volverían en el mismo aparato. “Un desperdicio de combustible”, pensó Giana, pero Mathew, como si adivinara su pensamiento, le dijo:

—Es lo único bueno que ha hecho ese cabrón, por lo menos estarás tranquila y cómoda, y llegarás a ver a tu padre mucho antes que tomando un vuelo comercial.

—Señorita Orsini, ya estamos listos —señaló el hombre de uniforme.

Giana asintió. Mathew y ella se miraron unos segundos, se abrazaron y se despidieron.

—Cuídate mucho, por favor —rogó ella.

—Lo haré.

Mathew la dejó ir de mala gana, no sin darle otro beso.

La vio atravesar los controles de seguridad, ella volvió la cabeza en un par de ocasiones y lo saludó con la mano.

Él se quedó allí de pie un rato más hasta que vio rodar el avión por la pista y surcar el cielo.

Se percató de que el aeropuerto seguía militarizado, la fila de pasajeros en la entrada a sala de espera era larga.

Jordan y Clive lo esperaban unos metros más allá, se acercó a ellos.

—El equipo de soldados que pidió estará arribando aquí en horas de la noche.

—Bien —asintió satisfecho.

En ese momento, uno de los empleados de la mina, un hombre joven al que Mathew recordaba como el ingeniero geofísico que analizaba la calidad del terreno, observaba a lado y lado como si estuviera buscando alguien. Al ver a Mathew se tensó.

—Señor King —susurró nervioso.

—Hola, Barrett —recordó Mathew que se llamaba—. ¿Lo puedo ayudar en algo?

El profesional negó con la cabeza.

—Busco a la señorita Orsini, me dijeron que podría alcanzarla.

—Me temo que llegó algo tarde. Lo que sea que necesite será por intermedio de su asistente en Nueva York, si desea le doy su número o puede enviarle un correo o mensaje.

La decepción en el hombre era evidente.

—No —dijo más para sí—. Debí haber salido más temprano.

—¿Sucede algo?

Barrett estaba muy incómodo. Observó a lo lejos y después, como si se diera cuenta de con quien hablaba, miró a Mathew.

—Quería entregarle unos datos a la señorita Orsini.

—Envíelos por conducto regular.

—Eso haré.

—Si lo necesita, puedo llevarlo de vuelta.

—No se preocupe, tengo transporte.

—Vaya con cuidado, el ambiente está algo caldeado.

—Lo sé, y gracias.

El hombre se alejó.

A la salida del aeropuerto, Clive se alejó para contestar una llamada, mientras Mathew hablaba con Jordan sobre la reunión de urgencia a la que los había citado a primera hora de la tarde en las oficinas del taller de talla en Kesia.

Se preguntaba de qué se habría agarrado Haaziq para evitar que Ethan abandonara el país.

Clive se acercó a paso rápido.

—Ya el informante volvió de su viaje —dijo, guardando su móvil.

Mathew recordó la primera reunión con el grupo cuando llegó al país.

—Es hora de hacerle una visita.

Se montaron en la camioneta, Clive avanzó a alta velocidad un pequeño trecho hasta llegar a una callejuela donde fueron a paso lento debido a la cantidad de autos y motos que transitaban por allí, la parte de la ciudad a donde iban era una barriada humilde.

Localizaron la casita, estaba ubicada en una esquina.

Se bajaron los tres, y en menos de diez segundos los rodeó un enjambre de niños pidiéndoles dinero por cuidar el auto.

El gesto fiero de Clive los desanimó enseguida.

Jordan golpeó la puerta de la vivienda. Una mujer menuda vestida de vivos colores les abrió.

Se asustó al verlos, entonces un hombre enjuto y de unos cuarenta años apareció en el umbral.

—¿Qué desean?

—Hablar con Daren Kisai.

—Soy yo.

—¿Podemos entrar? —preguntó Mathew.

El hombre se quedó en silencio observando a Mathew.

—Soy Mathew King.

—Sé quién es usted.

—Supimos que tiene información sobre el derrumbe ocurrido en la mina —dijo Mathew observando cada uno de sus gestos.