CAPÍTULO 20 #2
Mathew la tomó del brazo con suavidad. Caminó un par de pasos y como si recordara algo, se volteó.
—Giana no es tu prometida, ella es mi mujer.
—¡Hijo de puta! —bramó Ethan y embistió a Mathew.
Este lo alejó de un empellón, pero el hombre no iba a dejar las cosas así, se acercó en un impulso e intentó darle un puñetazo en la cara que el joven evadió con agilidad. Se disponía a devolver el golpe cuando Giana se interpuso entre los dos.
—Déjanos —bramó Mathew que respiró agitado—, tengo ganas de partirle la cara desde hace tiempo.
Ethan se había alejado y exhalaba e inhalaba con brusquedad.
—¡No van a pelear aquí! —El timbre de voz de Giana y el ruego implícito en sus palabras les recordó el lugar en el que estaban—. Vámonos, Mathew, te aseguro que no vale la pena. En cuanto a ti, mañana regresaré a Estados Unidos.
—Regresaremos juntos a casa.
—Eso está por verse —concluyó Mathew tomando a Giana de la mano y entrando de nuevo a la casa.
Parecía que nadie había sido testigo del incidente. Atravesaron la casa hasta la salida y salieron sin despedirse. El cambio de temperatura enfureció más a Mathew, estaba harto de Sarabi y de la mina, con gusto tomaría un avión y se alejaría de aquel maldito infierno.
Caminaron en silencio sin pronunciar palabra. Los escoltas que estaban en el auto se acercaron al verlo.
—¿Quiere que conduzca? —preguntó Jordan.
—No, gracias, lo haré yo. Sígannos.
—Bien.
En cuanto se subieron al auto, Giana, se colocó el cinturón de seguridad.
Percibió a Mathew furioso, las cosas desde fuera no se veían bien para ella, pero ahora su principal preocupación era la salud de su padre, estaba arrepentida de haber venido a África detrás de molinos de viento, su lugar estaba en Estados Unidos.
Recordó la última conversación con Cesare, la amarga pelea sostenida con él.
Observó el perfil de Mathew, severo y tenso; quiso contarle enseguida lo del ataque sufrido por su padre, pero su gesto no la animó.
Mathew aceleró el vehículo por la solitaria carretera.
Se había preocupado al no encontrarla en el salón, la buscó por todas partes, hasta que una de las meseras señaló el área de la piscina.
No entendía cómo Giana había abandonado la temperatura fresca de la mansión por el calor infernal que había fuera.
En cuanto los encontró en ese rincón apartado, sus emociones sufrieron un duro golpe, Ethan estaba casi sobre ella, como si fuera a tocarla, a abrazarla, como si tuviera el derecho de hacerlo, y ese derecho era solo suyo.
¿Cómo había podido afectarlo tanto una mujer en tan poco tiempo?
A su orgullo no le era satisfactorio el sentirse como se sentía.
—No soy del tipo celoso —se volteó estudiándola intensamente. La ira hizo que su voz sonara aguda—. Mierda. —Manoteó el timón—. Estoy celoso, putamente celoso, ¿cómo es que te dejaste tocar por él?
—¡No me estaba tocando!
—¡Sí! —exclamó furioso—. Habla claro, Giana, ¿estoy sobrando en esta ecuación? No me gustan los juegos ni tampoco compartir.
—¡No me estás compartiendo! Cómo se te ocurre. Antes muerta que dejar que Ethan me toque.
Mathew soltó un resoplido.
—¿Vino a buscarte? De pronto quiere recuperar a su prometida, ¿es eso?
Giana tuvo miedo de decirle la verdad, era tan bizarro que ella estaba segura de que él no la creería.
La conversación con Ethan había crecido como una mala hierba por todo su cuerpo, aprisionándole tanto el corazón que apenas podía respirar.
No podría hablar con él hasta que se sincerara con su padre.
—Él viajó porque necesita llevarme de vuelta a Estados Unidos.
—¿Necesita? —replicó él con tono sarcástico. Sabía que se estaba portando como un patán, pero no le importaba, la bola celos y desconfianza no hacía sino crecer.
—Mi padre sufrió un derrame cerebral, está hospitalizado y tengo que volver a hacerme cargo.
Mathew dio un volantazo para frenar el vehículo al borde de la carretera. Los escoltas hicieron lo propio y lo llamaron enseguida. Mathew los calmó. Respiró profundo antes de enfrentarla.
—Bottom blue —susurró arrepentido de sus exabruptos—, lo siento mucho.
Se soltó el cinturón con urgencia, hizo lo mismo con el de ella y la envolvió en sus brazos. El freno de sus emociones dio paso a un diluvio de lágrimas que empaparon la camisa de Mathew.
—¿Cómo está él? —preguntó acariciándole el cabello y la espalda. Sus ojos mostraban una tristeza infinita y, aunque aún estaba celoso, se recriminó por su actuación.
—No muy bien, Ethan no me dijo mucho.
—Debiste decírmelo antes de enfrentarme a él y ahora, antes de reclamarte como un imbécil. Lo siento mucho.
—Me alegra ver que no soy la única celosa.
Ella se calmó, lanzaba suspiros profundos, estar en brazos de Mathew era lo que necesitaba para aliviar su alma herida.
Se negaba a decirle lo demás, no lo entendería.
No quería lastimarlo. Jordan lo telefoneó de nuevo, diciéndole que no era seguro durar tanto tiempo parados al filo de la carretera con las cosas como estaban.
Mathew obedeció de mala gana y Giana se acomodó en su puesto.
Él la tuvo tomada de la mano todo el camino de vuelta al campamento.
—Debes acompañar a tu padre. Y lucha por la presidencia, bottom blue, es tuya.
El llanto de Giana arreció, Mathew la observaba angustiado, se preguntaba cómo no había percibido que algo grave ocurría antes de atacarla. Los celos lo habían cegado. Le dolía verla así tan triste y vulnerable, y quiso tomar su pena y llevarla él al hombro. Le acarició el rostro.
—Me parte el corazón verte así y no poder hacer nada por solucionarlo.
En cuanto llegaron a la cabaña de Giana, Mathew se negó a dejarla sola.
La acompañó mientras ella hacía la maleta, le pasó una botella de agua y se ducharon juntos.
Mathew le lavó el cabello, repasó las facciones de su cara humedecidas por las gotas de agua, mezcladas con sus lágrimas que, como diamantes, brillaban atrapadas en sus pestañas, delineó sus cejas, su rostro y sus labios, le dio un beso tierno.
Después de la ducha se acostaron uno detrás de otro, la abrazó y se dedicó a consolarla, a consentirla, pero a pesar de toda su amabilidad, no pudo evitar preguntarle lo que tenía anudado a la garganta.
—¿Por qué Ethan te considera aún su prometida?
Ella se tensó enseguida, pero negó con la cabeza.
—Pensé que le había quedado claro cuando di por terminada la relación.
—Por lo visto es algo unilateral, él no parece entender el mensaje. Dios, cuando lo vi hoy, no sé, no me dio tiempo a pensar. Me cabreó muchísimo verlos juntos. Nunca me había sentido así. He actuado sin pensar, discúlpame.
—Lo entenderá en cuanto solucione unas cuantas cosas. No tienes que preocuparte. —Se volteó enseguida y le acarició el rostro—. Te amo, Mathew.
Él se acercó y selló las palabras con un beso, ella abrió su boca sin vacilar, ansiosa por sentirlo, y cuando su lengua se enredó en la suya, supo que ese hombre era el amor de su vida y la historia de amor que llevaría con ella hasta la tumba, sin importar cómo salieran las cosas.
Él se desprendió de su boca y la miró con ojos brillantes y honestos.
—Esta necesidad de ti es como si mi alma necesitara de la tuya para seguir caminando. Lo increíble de esto es que nadie me había inspirado esto que siento aquí —se señaló el corazón.
—¿Ni Meriem? —preguntó insegura y aún celosa de la joven africana.
—No, era un amor diferente, contigo experimento una conexión distinta que va más allá del sexo. Yo también te amo, bottom blue.
Se abrazaron, sus palabras la conmovieron y tuvo que frenar el fuerte impulso de llorar por todo lo que tendría que enfrentar.