HERMANOS KING CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

—¿Qué haces aquí? —preguntó Giana, aún conmocionada por lo que había escuchado y sus implicaciones.

Frente a ella, el dueño de sus pesadillas exhibía un semblante tan tranquilo que la asustó aún más.

—Eso mismo me pregunto yo, ¿qué hace mi linda prometida en este antro de traficantes, mercenarios y personajes de dudosa reputación? Te escurriste como un gato y sin contar con esquema de seguridad.

Ella salió del torbellino de pensamientos oscuros y cuestionamientos para regalarle una mirada atónita y furiosa.

—¡No soy tu prometida! —farfulló en tono de voz bajo, mirando a lado y lado, no quería que nadie se percatara de su incomodidad.

Él simplemente le sonrió como un chacal.

—¡Oh, sí, querida, claro que lo eres!

—¡Necesito saber qué está pasando y por qué tienes documentos de envío de dinero a Anuar Vuni! —reclamó Giana en tono de voz bajo.

El semblante distendido de Ethan viró a una mueca furiosa y tuvo que contener con fuerza toda la rabia que llevaba dentro por culpa de Giana y sus pesquisas.

Chasqueó los dientes y le sonrió burlón.

—Está muy mal indagar en las cosas privadas de los demás. Dicen por ahí que el que indaga lo que no debe, encuentra lo que no quiere.

La tomó del brazo sin darle tiempo de contestar y la sacó de la casa.

—Detente, no voy a ir a ninguna parte contigo. —Se plantó fuera del lugar, frente a la piscina.

Ethan trataba de ocultar su frustración y disgusto, a lo lejos parecían un par de amigos cercanos poniéndose al día. Él no quería levantar sospechas entre los invitados, pero ya todos estaban pasados de tragos y apenas les prestaban atención.

Volvió a aferrarla del brazo con un poco más de firmeza esta vez y la llevó a un extremo de la piscina donde la vegetación los ocultaba parcialmente de los demás y empezó a hablarle de la manera que ella más odiaba.

—Princesa, está muy mal hurgar entre mis cosas, cualquier cosa que quisieras saber solo tenías que preguntarme —afirmó con tono irónico y una sonrisa que no suavizaba la dura expresión de sus ojos.

Ella se soltó con fuerza y se alejó unos pasos, se abrazó el cuerpo mientras lo escuchaba.

—¡No me vengas con estupideces! Nunca me habrías dicho la verdad.

La máscara de contención de Ethan se resquebrajó como si alguien la hubiera hecho astillas y en su lugar apareció un gesto duro y malvado. La aferró de nuevo por los brazos, mostrándole los dientes.

—¡Aquí el ofendido soy yo! Te estás revolcando con el hijo de puta de Mathew King, sin importarte que él fue el que ocasionó la muerte de esos mineros y que su maldito hermano nos quitó nuestro mayor proveedor de oro.

—¡No se ha comprobado lo del derrumbe! —exclamó Giana preguntándose cómo diablos se había enterado Ethan de su relación con Mathew—.

Y a estas alturas dudo mucho que haya tenido que ver.

Hablé con Dylan Barrett. —Era un farol, el ingeniero no le había dicho nada, pero necesitaba ver la reacción de Ethan y no se equivocó; el hombre echó el rostro para atrás como si le hubiera dado una bofetada, aunque no dijo nada—.

En cuanto al oro, tú has hecho muchas estupideces, no me extrañaría que hayas dejado ir ese contrato sin pelear por culpa de tu ineptitud.

—¡¿Cómo te atreves?!

Ella se soltó de nuevo.

—No tienes derecho a reclamarme absolutamente nada, te revolcabas con la furcia de Charlotte Rupert cuando fui a tu oficina, lo escuché todo.

¿En serio, Ethan? Es una mujer mayor y, ahora que lo pienso, a lo mejor los dos y sabrá Dios quién más están detrás del atentado a Haaziq —soltó con una valentía y una firmeza que estaba lejos de sentir, por dentro temblaba como una hoja, pero necesitaba saber—. Tengo las pruebas.

La mirada severa de Giana parecía no darle la menor escapatoria, de modo que Ethan sacudió la cabeza y contestó:

—¿Qué sabes de Charlotte? —preguntó tenso.

—Que es una maldita igual que tú.

Giana vio el momento exacto en el que las facciones de Ethan se aliviaron y no entendió el por qué.

—¿Qué sabes de Vuni?

—Que es el mismo Ndiaye.

La miró con cólera, de manera amenazante, no estaba dispuesto a que ella le quitara la mina y su oportunidad de ser rico y poderoso, y entonces jugó una de sus cartas.

—Todo lo que averiguaste involucra a tu padre. Piensa muy bien lo que vas a hacer, no creo que quieras verlo en problemas.

Giana palideció consternada.

—¡No te creo! Hablaré con él.

—Suerte con eso.

Ella lo observó alarmada.

—¿Qué quieres decir?

Él ignoró su pregunta, en cambio, le preguntó.

—¿Tu amante sabe de mi alianza con Vuni?

—¡No!

—Chica inteligente, sabes que, si caigo, cae tu padre también.

—Se lo diré, no me quedaré callada —le contestó ella con más desafío que seguridad—. Conozco a mi padre, es ambicioso y difícil, pero nunca se prestaría para esta infamia.

—Cesare Orsini es, además de ambicioso, un egoísta de primer orden, no pongas las manos en el fuego o saldrás chamuscada.

—¡Detén esto, Ethan! Está muy mal. Mucha gente va a sufrir.

—¡No!

—Por favor, Ethan, por favor.

—Hay demasiado en juego, vine hasta aquí por ti, querida Giana, mi rebelde prometida —señaló con tinte burlón—. Volveremos juntos a Estados Unidos mañana a primera hora. Tu padre tuvo un accidente cerebrovascular.

Giana irguió la cabeza angustiada, Ethan se alejó y ahora fue ella la que aferró su brazo. De pronto escuchaba su voz como a lo lejos, sus palabras se interponían entre un silbido que sentía en sus oídos, o no sabía si era su corazón que latía furioso, los ojos se le nublaron.

—¿Está?… —retrocedió tambaleándose.

—¿Vivo? —señaló con desenvoltura, indiferente al impacto que había causado en ella—. Sí, está vivo, pero tendrá una larga recuperación por delante.

—¿Quién está con él? ¿Qué dicen los médicos? ¿Por qué ocurrió? —susurró las preguntas como si hablando en ese tono pudiera suavizar las respuestas.

—Para —se acercó a ella en el primer gesto amable que tenía desde que se habían encontrado, bajó el tono de voz y tomó sus manos que temblaban sin control—, tu padre está estable.

—¿Qué quieres decir con estable?

—Se recuperará, su esposa lo acompaña.

Se limpió las lágrimas y suspiró aliviada.

—¿Estás seguro? ¿No me estás mintiendo? No creo que hayas venido solo para esto —concluyó con tono de voz amargo—. Necesito a Mathew —susurró para ella, pero él la escuchó.

Ethan se tensó y su gesto se volvió a endurecer.

—Me temo que tendremos que dejar las cosas claras, primero.

—¿De qué estás hablando?

—Pasado mañana habrá una reunión del directorio, te dejaré ocupar la presidencia.

La propuesta había impactado a Giana, que lo miraba como si se hubiera vuelto loco, y soltó una risotada irónica.

—¿Dejarme? Debes estar muy desesperado por callarme cuando me estás ofreciendo lo que más anhelabas y que por derecho es mío.

Aunque la idea ya se le había pasado por la cabeza, Ethan no estuvo seguro de querer hacerlo hasta ese momento, al ver que ella sabía quién era Vuni y lo relacionaba con él.

Era imperativo callarla, necesitaba que las cosas prosperaran en Sarabi y si dejaba que Giana jugara a la presidenta, bien por ella, no tendría tiempo ni energía de hurgar entre sus cosas.

Además, si tiraba del resorte adecuado, podría virar las circunstancias a su favor.

—Hay algo más…

—Por qué no me sorprende.

—En cuanto lleguemos a Nueva York, te daré un par de semanas para anunciar nuestro compromiso.

—Realmente, estás loco —susurró ella, despacio.

Ethan negó con la cabeza.

—No seas tonta. A cambio de la presidencia, tú y yo anunciaremos nuestro compromiso.

No seas melodramática, simplemente le estarías cubriendo las espaldas a tu padre.

Donde esto salga mal, yo no seré cabeza de turco, Cesare Orsini es el dueño de la empresa y tiene la mano en todo esto.

¿Quieres exponerlo? ¿Algún juicio por mala práctica comercial?

Vayamos más lejos, una demanda internacional hundiría a la empresa en un chasquido de dedos.

Ninguna cantidad de dinero lo salvará del oprobio.

Giana trató de concentrarse en las cosas concretas, mientras cada palabra de él se hundía como punzón en su corazón.

—No podré simular un compromiso. —Se le quebró la voz al mirar el rostro hermético y sombrío de Ethan.

—Lo harás.

—¡Esto es un vulgar chantaje! ¡No entiendo cómo puedes vivir contigo mismo! Eres un canalla.

—Bla, bla, bla… Ambos salimos ganando, no le des tantas vueltas.

Giana sintió que en ese instante se cerraba la portezuela de una trampa.

—¡Lárgate!

Ethan se cerró sobre ella y la arrinconó contra una verja.

—Ponle un pare a tu relación con King, eso no va para ninguna parte.

—¿Giana? —interrumpió Mathew el encuentro.

Ethan se separó de mala gana, mientras Giana le daba la espalda. Se secó las lágrimas con rapidez y en cuanto se dio la vuelta otra vez, trató de disimular su odio hacia él.

—King —saludó Ethan.

—Colton —respondió Mathew en tono desconfiado, mirándolos a ambos—. ¿Qué pasa aquí?

—No es su asunto, King.

Lo único que deseaba Giana en ese momento era arrebujarse en los brazos de Mathew y que él con su voz y sus caricias le dijera que todo estaría bien, porque la realidad era una nube aterradora que tendría que enfrentar y atravesar si las cosas no salían bien.

Mathew miraba a uno y a otro.

—Claro que es mi asunto. ¿Están discutiendo? —alzó la voz y se acercó a Giana enseguida.

—Es una conversación privada entre mi prometida y yo.

—¿Prometida? —Mathew levantó una ceja, confuso.

—Así es. Si piensas que vas a lograr separarnos, no tienes idea. Estás pescando en río revuelto, no sé qué pretendes con acercarte a ella, pero te aconsejo que lo olvides.

—Yo no sigo consejos y menos de escorias como tú —afirmó en tono mordaz y una frialdad de hielo en sus ojos que Giana no le conocía—. La última palabra la tendría Giana, no tú.

Ethan se acercó a ellos.

—Eres un imbécil.

—¡Suficiente! —Giana señaló con el dedo a Ethan—. Quiero irme de aquí enseguida.