HERMANOS KING CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

El resto de la charla fue de aspectos técnicos que tenían que ver con la mina y con el taller de talla.

Se despidieron minutos después, no sin que antes Brandon le hiciera una serie de recomendaciones sobre su seguridad.

Observó su reloj, tenía el tiempo justo para ir a darse un baño, cambiarse y recoger a Giana para asistir a la reunión de Bakhit Haaziq.

Giana regresó a la cabaña al atardecer. En la mañana había vuelto a la mina y se había reunido con otros profesionales.

North la miraba con evidente sarcasmo, quiso ponerlo en su lugar varias veces, pero no quería ponerse en evidencia delante de los demás.

Asistió a varias reuniones, donde se tocó el tema de la seguridad de los empleados si se presentaba una incursión violenta y las medidas que se tomarían para protegerlos.

Por el momento la mina estaba militarizada y contaba con los soldados contratados por los King y con otros contratados por el conglomerado, lo que les daba un poco de tranquilidad.

Al llegar a casa, se dio una larga ducha, se arregló el cabello, alisándolo con un secador, y puso el aire acondicionado a temperatura de nevera para poder terminar de arreglarse y maquillarse.

Cuando escuchó el golpe en la puerta, ya estaba lista, se dio una última mirada en el espejo y abrió enseguida.

—¡Estás hermosa! —Mathew la jaló hacia él y la abrazó, el vestido de color blanco la hacía ver muy joven y elegante, su maquillaje suave no opacaba el brillo de su piel, era una mujer impactante.

Él le sonrió y ella deseó devorarle el gesto con un beso. Suspiró.

—No tienes idea lo que me provoca tu sonrisa.

Mathew estaba guapísimo, vestía pantalón oscuro y camisa blanca de manga larga.

—Gracias, tendré que explorar más a fondo esas emociones. —Tomó su mano—. Vámonos enseguida antes de que me arrepienta.

Caminaron de prisa hasta el auto, les esperaba un viaje de casi dos horas hasta las afueras de Tiaret.

La mansión de Bakhit Haaziq sobresalía entre el resto de las casas que la rodeaban, no solo por su arquitectura, sino por estar fuertemente custodiada por el ejército y también por escoltas privados que causaban un poco de temor.

Estaba ubicada en el mejor sector residencial de la capital, donde vivían los diplomáticos y las familias más ricas del país.

Era un lugar con una frondosa vegetación y jardines muy bien cuidados.

Al bajar del auto, Mathew, que había venido manejando, seguido en otro auto por una escolta conformada por Jordan y un par de soldados, le dio la mano a Giana, que se percató de que las flores expedían un olor cautivante.

Al pasar se escuchaban los sonidos de grillos y chicharras que se mezclaban con las voces y risas de personas que se filtraban hasta la entrada de la casa de dos pisos de color blanco con grandes ventanales.

El interior de la vivienda tenía un aspecto elegante y lujoso, donde predominaban los colores blancos y cremas, con amplios espacios, techos altos y lámparas colgantes con cientos de bombillos de —Giana estaba segura— puro Baccarat, pisos de mármol brillantes como espejos y al fondo unas luces verdes evidenciaban la presencia de una amplia piscina rodeada de sillones y butacas.

Sirvientes de uniformes blancos se paseaban por entre los invitados ofreciéndoles diversas bebidas y pasabocas.

Giana y Mathew, que habían crecido en la opulencia, apenas prestaban atención a los lujos que los rodeaban.

La reunión no era muy grande, había alrededor de cuarenta personas.

Por unos altavoces se escuchaba la voz de Freddie Mercury y las notas de Bohemian Rhapsody, un tema que nunca pasaba de moda, y más en esos momentos, por culpa de la película sobre la vida del cantante de Queen, estrenada el año anterior.

Haaziq se levantó de uno de los sillones que rodeaban la amplia sala, con un vaso de licor en la mano, y caminó hasta ellos.

Era un hombre alto y delgado, de cara alargada y labios gruesos, la piel un poco más clara que las de sus congéneres debido a la presencia de algún europeo en sus antepasados.

Tenía la edad de Brandon y se había encargado hacía pocos meses del poder, al ganar las primeras elecciones democráticas en el país tras veinte años de dictadura.

—Mathew King. ¡Qué alegría! —Lo abrazó con afecto y observó a Giana con curiosidad y admiración—. Estás muy bien acompañado, por cierto.

—Te presento a mi novia, Giana Orsini.

El hombre alzó las cejas y la volvió a observar con viva curiosidad. Se demoró unos segundos en reaccionar. Giana había levantado la mano, él se apresuró a tomarla.

—Discúlpame, Giana, estoy algo confuso —los miró a los dos—, ¿qué pasó con Ethan Colton? Hablaba muchísimo de ti en su último viaje.

Giana hizo un gesto negativo con la cabeza y aferró más la mano de Mathew.

—Terminamos nuestra relación hace algún tiempo.

El hombre alzó los hombros.

—Esas cosas pasan.

Haaziq los presentó a los demás invitados, charlaron y bebieron.

Mathew observaba y escuchaba todo lo que el presidente hablaba, pero nada en su talante ni en sus opiniones le mostró algún rasgo de inquietud o preocupación por lo que ocurría en el país.

O estaba confiado en poder enfrentar con éxito la horda de rebeldes que tenía a sus puertas, o no tenía idea de a lo que se enfrentaba.

Él creía más en lo primero, al fin y al cabo, el hombre había sido educado en Inglaterra —hablaba el idioma con un fuerte acento británico— y no era ningún tonto como algunos de sus oponentes creían.

En otras palabras, se había formado en las mejores universidades con el objetivo de recuperar a su país tras la dictadura y sacarlo del subdesarrollo.

La repentina muerte del dictador le había facilitado las cosas, pero aún le quedaban muchos asuntos por solucionar.

—Mathew —dijo, caminando hasta él y echándole el brazo al hombro, después de dar por terminada una discusión sobre economía con otros dos invitados—. Necesito hablar contigo en privado.

El hombre observó a Giana con una expresión de disculpa en sus ojos. Mathew asintió, tomó la mano de ella y la besó.

—En unos minutos vuelvo —le dijo en tono de disculpa.

—Quedas en tu casa —agregó el mandatario.

Los dos se perdieron por un pasillo sin percatarse del hombre que acababa de entrar a la mansión.

Haaziq lo hizo seguir a un estudio decorado con el mismo estilo que ostentaba toda la casa.

Le ofreció un whisky y, mientras preparaba la bebida, se dedicó a estudiar al menor de los hermanos King.

Siempre serio, con un porte y unas facciones que seguro las mujeres encontraban de su gusto, su mirada poseía un brillo inteligente y mostraba firmeza en cada gesto, lo que denotaba una personalidad fuerte, pero contenida.

Parecía ser algo desconfiado, pero Haaziq estaba seguro de que podría confiar en él.

Le pasó el vaso de licor y Mathew se dedicó a agitarlo para ver disolverse los cubos de hielo.

—Me parece precipitado que te lleves el taller de talla de Sarabi —soltó el presidente.

—¿Cómo lo supiste?

—Tengo mis informantes.

Ambos hombres tomaron asiento.

—Pues los míos me han dado una visión algo preocupante, queremos tomar medidas antes de que sea demasiado tarde. Siento mucho lo del atentado.

—En cambio, yo no lo siento. Fallaron, que es lo que importa, y también salieron de su escondite. Te lo repito, no hay nada que yo no sepa y me decepciona tu falta de fe en mi gobierno.

Haaziq dejó la bebida encima de la mesa y se echó para atrás. Mathew se enderezó.

—Mensah Ndiaye está al frente de los rebeldes que han entrado a tu país y fue el culpable del atentado, quería que lo supieras.

—Vaya, vaya, tus chicos son más efectivos que mi agencia de inteligencia, pero algo sospechaba. Ese hijo de puta no me borrará del panorama, así como así y mucho menos se quedará con la mina, que es mi esperanza de poder sacar este país del subdesarrollo en el que se encuentra.

—¿Qué piensas hacer?

—Si tu ejército es tan efectivo, me imagino que ya sabes de la nueva chimenea. —Mathew asintió con un atisbo de sonrisa—. Esta mañana me entregaron el informe y tenemos una nueva veta en nuestras manos, más rica que la anterior.

—¿Tenemos? —ripostó Mathew—. Tengo entendido que Ethan Colton será tu nuevo mejor amigo en esa aventura.

—En eso estás muy mal informado —objetó el mandatario observándolo con severidad—, Ethan Colton y la firma que representa no verán un solo diamante de esta segunda mina.

—¿Puedo conocer la razón?

—No —contestó contundente.

El corazón de Mathew brincaba a ritmo alocado, su mente mientras tanto corría a gran velocidad, pero nada en su apariencia denotaba lo que lo afectaba el giro dado por la conversación. Tenía curiosidad por saber qué había ocurrido con Ethan Colton.

—¿Qué planes tienes para nosotros?

—Trabajar con ustedes. —Mathew levantó las cejas—.

En el tiempo que Joyerías Diamond lleva en el país, he podido llegar a conocer la manera en la que trabajan, son íntegros, profesionales y confiables, estoy seguro de que no piensan aprovecharse de la situación y que, más allá de la sociedad en las minas y su explotación, no tienen otros intereses.

—¿Cómo vas a normalizar las cosas? Cualquier cosa que ocurra alrededor de la explotación impacta de manera positiva o negativa.

—Perdóname si no me extiendo ahora, no es desconfianza, es un secreto de Estado.

Solo te digo que el principal ejército de un país vecino ayudará a mi gente a cortar cualquier incursión por pequeña que sea.

—El hombre sonrió ante el gesto escéptico de Mathew—.

El arte de toda contienda es el engaño, hay que poner cebos para atraer al enemigo, aparentar incapacidad, golpearlos en el momento justo, el secreto, querido amigo, es tener la paciencia suficiente para golpear en el momento preciso.

Haaziq alzó el vaso hacia él. Mathew le creyó, lograría atajar el peligro.

Barajó los posibles candidatos en los países fronterizos, descartó Ruanda y República Democrática del Congo, lo más seguro es que fuera Uganda, que mantenía un ejército bien equipado y, sobre todo, bien pagado.

Tenía que seguir averiguando, pero no quería parecer un interrogador.

—¿Qué le ofreciste a tu auxiliador?

—Participación en la mina. —El hombre se levantó y caminó por la habitación con las manos detrás—. Pero no te pedí esta charla para contarte mis cuitas ni responder a todas tus preguntas. Necesito saber si cuento con tu apoyo.

Brandon iba a matarlo, lo iba a colgar de las bolas en cuanto volviera a Estados Unidos.

—Depende de la clase de apoyo.

El hombre asintió y Mathew se percató por primera vez del peso de la carga que el presidente de Sarabi llevaba sobre sus hombros.

—Necesito a tu ejército.

—No podemos descuidar la seguridad de la mina —refutó enseguida Mathew.

—Sé que te llegará un contingente más nutrido. ¿Cuántos? ¿Veinte o treinta?

—Veinticinco.

—Los necesito. Mi ejército cuidará de la mina, pero necesito de tus hombres, para evitar otro atentado. Se les pagará una bonificación generosa.

—Tendría que consultarlos a ellos.

—Si tú das la orden, ¿por qué debes consultarlos? No será necesario sacar el taller de talla del país, me imagino que para eso los vas a hacer venir.

—Tendré que hablar con Brandon.

—Está bien.

Giana se paseó por la sala, intercambió algunos comentarios con algunas personas, pero un fuerte dolor de cabeza, producto del estrés o de los cambios de temperatura, le asaltó las sienes en forma de punzadas.

De pronto se dijo que un poco de aire fresco le haría bien y se dirigió hacia una puerta de cristal que llevaba a la piscina.

Al pasar al lado de un grupo escuchó un nombre que la dejó sembrada en el lugar.

—Anuar Vuni está en el país —dijo un hombre al que Giana reconoció como un comerciante de piedras preciosas, oriundo de Nigeria.

Se acercó despacio acallando los latidos de su corazón. Quería escuchar lo que hablaban, tomó una bebida que le ofrecieron y se ubicó al lado de una escultura, simulando observar la piscina.

—No entiendo por qué ese hijo de puta se hace llamar así.

—Creo que es su marca comercial —contestó otro que Giana no recordaba quién era o lo que hacía—, lo sé porque cuando mi padre y yo tuvimos problemas con una mina de coltán en el Congo, Ndiaye nos ayudó a solucionarlo, pero todas las transacciones y contratos se hicieron a ese nombre, ve tú a saber por qué.

Una de las piezas que faltaba en el rompecabezas de Sarabi por fin caía en su lugar, pero en vez de sentir algo de alivio, porque podría llegar con su investigación a algún lado, su alma se llenó de pavor.

Ethan estaba detrás del atentado y de las pequeñas incursiones, tuvo la certeza, no solo quería apoderarse de la mina, deseaba desestabilizar el país para tener un control total.

Claro, para eso eran las armas de la empresa rusa…

¡Dios mío! Si su padre estaba al tanto de esa infamia, no podría volver a mirarlo a la cara nunca más.

Había numerosas vidas en juego, la mina no era lo importante, lo importante era parar la barbarie, sabía la clase de enfrentamientos que se gestaban en esas tierras, habría muertos, niños huérfanos, miles de desplazados, más pobreza, más hambre.

Se volteó con el ánimo de ir a hablar con Mathew enseguida, cuando una figura se materializó frente a ella.

—¡Ethan!