CAPÍTULO 19
Giana despertó después de una microsiesta al sentir a Mathew cacharrear en la cocina.
Se sentía demasiado feliz. Se desperezó y se estiró como gato al sol, a pesar del calor, la tensión y la frustración, se sentía más viva que nunca, con ganas de cantar, cada encuentro con Mathew era mejor que el anterior.
A su lado lo olvidaba todo, era su hombre y le dolía tener que guardarle secretos, pero estaba segura de que, si se sinceraba, la burbuja se rompería y a lo mejor no querría saber nada de ella, porque la relacionaría con lo ocurrido.
Estaba siendo hipócrita, pero tenía la esperanza de que fuera por poco tiempo, en cuanto concluyera sus averiguaciones y confrontara a su padre, se sinceraría con él.
Se percató de que había sido un error no haber hablado con Cesare tan pronto descubrió las intrigas de Ethan.
Mathew volvió a la habitación con una bandeja donde reposaban un par de platos con sándwiches de jamón y queso y dos bebidas gaseosas en lata. Ella se cubrió con la sábana y él sonrió burlón, últimamente sonreía mucho.
—Fue todo lo que encontré —dijo disculpándose.
—Para mí está bien.
Se sentó frente a ella, le ofreció la comida y la bebida, él le dio un mordisco a su emparedado, luego bebió de la lata y se limpió con una servilleta de papel.
—¿Qué vas a hacer mañana? —Mathew volvió a ponerse serio.
—No tengo nada en la agenda. —La visita había sido un fiasco, debería volver a Nueva York, al día siguiente haría la reserva para volver a casa. Disimuló con una sonrisa la desazón.
—Acompáñame a Tiaret, tengo una fiesta en casa de Haaziq.
Giana pensó que sería interesante conocer al personaje y a lo mejor podría averiguar algo.
—Está bien.
—Estaré ocupado gran parte del día, la junta de la empresa decidió sacar el taller de talla de Sarabi. —Mathew dio otro sorbo a su bebida, pero observó que había una sombra de preocupación en su mirada.
—¿Así de graves están las cosas?
—Las cosas están un poco inestables y no sabemos qué vaya a ocurrir con nuestra participación en la mina. Me imagino que viniste a analizar el panorama también. —Giana quedó pasmada—. No tienes que contarme si no quieres, pero puedes confiar en mí.
Una terrible angustia anudó el pecho de Giana. Ni siquiera sabía qué contestarle. Tragó el nudo grueso que oprimía su garganta, quiso sincerarse con él, poner todas sus investigaciones sobre la mesa, pero sin hablar con su padre, no se atrevía.
—Es más una visita para conocer la mina, aprovechando que tú estarías aquí, nada más, aunque creo que vine en un momento delicado.
Mathew se dio cuenta de que ella no le decía todo, pero no quería presionarla. Él, en cambio, quiso contarle sus pesquisas, pero prefirió no angustiarla. La sacaría de Sarabi antes de que se agravara la situación.
—¿Cuándo vuelves a Estados Unidos?
—Pensaba viajar pasado mañana.
—Bien, es lo mejor, mañana iremos a la fiesta y averiguaremos de primera mano cómo están las cosas.
—Menos mal que traje un vestido de coctel.
—Mujer previsiva.
Ella sonrió.
—Tantos viajes me han hecho experta en el equipaje.
Mathew la miró con aire concentrado, sus ojos se desviaron hacia la joya que llevaba en el cuello, era el dije que él le había regalado. Acarició la piel que la rodeaba. De pronto, ya ninguno de los dos tuvo hambre.
Mathew se reunió en horas de la mañana con parte del equipo de soldados al mando de Tony McCabe en una de las oficinas del taller de talla, que estaba ubicado en el centro de Kesia.
El lugar estaba resguardado con un sistema de seguridad de última generación, con vigilancia del Gobierno y la que adicionalmente había impuesto Joyerías Diamond.
El gerente encargado, un hombre de origen ruso llamado Vladimir Golubev, había hecho una buena labor en el lugar; además de los soldados, estaban el jefe de operaciones y el contable.
El taller era pequeño, debido a que la producción no estaba en su cenit, no había más de una treintena de personas, entre los empleados de oficina y los talladores encargados de transformar las piedras grandes y bastas que llegaban en las delicadas y trasparentes que conocía el mundo, de los cuales diez eran extranjeros y el resto de Sarabi.
—Los empleados están preocupados —adujo el gerente—, media docena de ellos vienen de Ciudad del Cabo, no les hará mucha gracia el despido.
—Joyerías Diamond asumirá los tiquetes de vuelta y las indemnizaciones, pero la junta directiva tomó una decisión irrevocable —aseveró Mathew—. Volverán a su país a más tardar el fin de semana.
—Nosotros lo entendemos —afirmó Golubev—, a pesar de que el atentado no dio resultado, las cosas están un poco raras y eso no es bueno para esta labor.
—Raras no es la palabra, la situación es muy inestable, habrá brotes de violencia y no queremos que a alguno de nuestros empleados le suceda algo —insistió Mathew.
—¿Qué ocurrirá con la maquinaria? —preguntó el gerente.
—La empresa alquilará un avión de carga, sacaremos las máquinas pulidoras y cortadoras, las tres cortadoras de láser, que son las más costosas, y todo lo que podamos recuperar, para poder volver a montar el taller en el país que decidamos —concluyó Mathew.
Pidió el inventario de las máquinas y los equipos del taller y de las oficinas.
El transporte de la maquinaria tecnificada era el que más le importaba, el resto podría venderse y los equipos de oficina los donaría a la fundación o a alguna escuela.
La producción de la mina había aumentado el último mes, luego el taller tenía trabajo a tope, aunque solo recibía la producción exclusiva de Joyerías Diamond.
Después de seleccionar, cortar y pulir las diversas piedras, sacaban el material en autos blindados y, con personal armado hasta los dientes, llevaban la producción al aeropuerto para su consiguiente salida del país en un avión de la empresa.
La empresa de seguridad contratada por los King esperaba un contingente de soldados para los próximos días, ya que se necesitaría más gente para desmontar el lugar y no quería dejar a los empleados de la fundación sin protección.
Mathew recorrió el taller, examinó la calidad de las piedras rescatadas y se percató de que tendrían inventario para un buen rato.
Las pérdidas no serían tan desastrosas. Uno de los empleados le dijo que su hermano Brandon lo había llamado una hora antes, pero la comunicación se había cortado, por eso no le había avisado.
—¿Ya hay señal? —El joven asintió—. Comunícame con él enseguida —ordenó mientras caminaba al lado del joven hacia la oficina.
El empleado hizo la llamada, le pasó el aparato y salió del lugar dejándolo solo. La comunicación en el taller era complicada, ya que no entraban señales de móviles por seguridad.
—¿Cuándo vuelves? —fue el saludo del mayor de los King.
—Tan pronto desmonte el taller, ya estamos coordinando los próximos movimientos, necesito que el avión aterrice en Tiaret a más tardar el sábado.
—Espero que carguen el avión el mismo sábado, con el valor de la renta diaria que nos cobran en el aeropuerto no quiero demoras, Mathew.
—Se cargará el mismo día, no te preocupes.
—Me imagino que saldrás del país enseguida.
—¿Sabes algo?
—¿Te parecen poco los informes de Tony y su gente? Te estás demorando en sacar el culo de ese tierrero del infierno.
—¡Estaré bien! Todo está controlado.
Brandon soltó un suspiro.
—Me preocupo, no quiero que te pase nada.
—Nada va a pasarme, estate tranquilo.
—¿Qué hace Giana Orsini en Sarabi?
Mathew levantó las cejas sorprendido y aferró tenso el aparato.
—¿Cómo te enteraste?
—Estoy al día en los informes de seguridad en la mina y salió su nombre a relucir. Pusiste un escolta para ella, ¿por qué?
Mathew se quedó callado unos segundos, pensó en mentirle a su hermano, pero no le pareció justo a la luz de lo que había ocurrido con Giana el día anterior. Su relación no tenía nada de malo.
—No tengo idea de por qué su empresa no le ha destinado un escolta —se quedó callado unos segundos—. Además, Giana y yo estamos saliendo.
Escuchó un silbido por parte de su hermano.
—¿Desde cuándo? ¿Y eso qué tiene que ver con la escolta? No le pones seguridad a cada chica con la que te acuestas.
—No hables así de ella —saltó enseguida y endureció el tono de voz—. La conocí en el vuelo a París.
—Ah, esa fue la mujer que te tuvo distraído esos días. ¿Sabes que está comprometida con el hijo de puta de Colton o no te importa?
—Estaba, terminaron su relación.
Ahora fue Brandon el que guardó silencio por un rato.
—¿Estás enamorado de ella?
—Me gusta mucho. —Era más que gustar, pero la primera persona a la que le diría que estaba enamorado sería a ella—. Es una mujer muy inteligente, hermosa —soltó un suspiro—, pienso en ella todo el tiempo.
—Eso suena a algo parecido a estar enamorado. Recuerda que es nuestra competencia, cuídate, y con eso me refiero a que espero que no se haya acercado a ti por algún interés particular en Joyerías Diamond, porque me imagino que no fue únicamente a verte.
—No. —La verdad era que no tenía idea de qué hacía realmente Giana en Sarabi, y, aunque sus explicaciones eran vagas, le molestó sobremanera que su hermano desconfiara de ella, no la conocía.
Pero no tenía tiempo ni ganas de una discusión—.
Quería hacer una visita hacía tiempo, la verdad, poco hablamos de nuestras actividades.
—Mucho mejor, recuerda que son rivales nuestros y no se me quita de la cabeza que el viejo Orsini o el maldito de Colton están detrás del ataque a nuestra marca y Giana es una Orsini. Tony está en Berna, hay una pista sobre los artículos aparecidos en la red.
—Espero que sea un viaje exitoso.