CAPÍTULO 18 #2
—Tienes razón, no hemos abordado el tema, no hemos abordado muchos temas —declaró punzante y se odió por ello. No quería sonar como una de esas mujeres intensas que en una relación empiezan a actuar de manera absurda y necesitada.
—¿Qué quieres saber, Giana? —preguntó entre dientes—. Solo pregunta.
—El hecho de que llevemos acostándonos casi mes y medio no me da derecho a preguntar o a irrumpir en tu intimidad, ¿o sí?
Mathew la aferró de la cintura.
—Haz la maldita pregunta.
—¿Qué diablos somos, Mathew? Amigos con derecho a roce, una aventura, ¿qué?
Él la aferró por la cintura.
—Ni amigos con derecho a roce, ni aventura. ¡Quiero que me reclames como tuyo, Giana!
El corazón de Giana se aceleró un poco más. Cómo quería poder hacerlo, pero ella nunca entregaría su corazón a un hombre que no la valorara de la misma manera, aunque se muriera por hacerlo. Ella necesitaba de ciertas certezas, nunca volvería a pasar por lo que pasó con Ethan.
—¿Por qué no me habías hablado de Meriem? ¿Aún la amas?
Mathew la soltó y se dio la vuelta para evitar mirarla, pero ella fue detrás.
—¡No me escondas tus ojos! No ahora, necesito verlos. —Se estaba portando como una lunática, ella no era así, pero ese sentimiento que quemaba su pecho la obligaba a ser irracional.
Mathew se dio la vuelta y su mirada la destrozó.
—No estoy enamorado de un recuerdo, si eso es lo que te preocupa. —No sabía cómo expresar lo siguiente, se sentía avergonzado y su voz se quebró al confesarle el dolor que llevaba atravesado en su pecho—. Ella murió por mi culpa.
Giana negó con la cabeza de manera vehemente y se le acercó, enmascarando su cara con las manos, pero él se negaba a mirarla.
—Mírame —pidió con dulzura—, tú no tienes la culpa de nada, ese derrumbe fue un accidente.
—No, no fue un accidente, fue mi error y tengo que pagarlo, si yo mismo hubiera hecho las revisiones, ella estaría viva.
Giana negó con la cabeza, retiró un mechón de su cabello que caía en su frente y tuvo el fuerte impulso de acunarlo y consolarlo, así su corazón estuviera partido por culpa de otra mujer.
—No te sientas culpable.
Él se atrevió a mirarla.
—Ay, Giana, sufro mi propia culpa, es la pesadilla de mi vida.
Ella se alejó y se abrazó a sí misma.
—Es todo muy reciente, Mathew, perder así a la mujer que amabas, no imagino…
Mathew se enderezó y con las manos detuvo el discurso de Giana.
—Un momento, yo ya no estaba con Meriem cuando murió, hacía unos meses que habíamos terminado nuestra relación.
Giana lo miró confusa.
—No entiendo, yo creí…
—Entendiste mal, veo que Amina no te aclaró eso.
Meriem fue una mujer importante en mi vida, pero su mundo estaba aquí en Sarabi y el mío es un poco más amplio, nunca hubiera funcionado.
Cuando murió, ya la herida de la ruptura había empezado a sanar, pero entonces la culpa tomó su lugar.
Eres la primera mujer con la que estoy desde que rompí con ella y es cierto que al inicio tuve dudas, pero tú te ocupaste de que pronto las abandonara.
No tengo dudas respecto a lo que siento por ti.
—¿Entonces por qué me presentaste como una simple ejecutiva y no como tu mujer?
Ella le regaló una mirada de deseo e incertidumbre que lo desarmó, él sintió brincar su corazón de felicidad. Estaba hambriento de ella, necesitaba más, más intimidad, no solamente sexo, necesitaba la conexión y los sentimientos que venían con una relación.
Le aferró las manos, y se encomendó a la vida porque, a pesar de los problemas y de la culpa que lo azotaban, eso era lo más loco y sorprendente que había vivido.
—Lo siento —silabeó él contra su rostro, la besó y la abrazó, inhalando su aroma, que ya sentía que era parte de él.
Le gustó la mansedumbre con que ella se dejó abrazar y tocar—.
Quería hablarlo contigo primero, y, si te sirve de consuelo, me arrepentí al momento.
Te quiero a ti, en mi vida, en mi cama, en mi mundo, quiero presentarte como mi mujer, porque eres mi mujer.
Quiero todo, Giana, quiero la confianza de poder contarte mis cosas y me importa una mierda si me estoy precipitando y ni siquiera me pregunto a dónde nos llevará esto, pero no lo voy a dejar escapar.
Discúlpame por no haberte hablado de Meriem.
—¡Oh, Mathew! Yo también te quiero en mi vida. —Le echó los brazos al cuello y le acarició la nuca, mirándolo algo preocupada—. Me di cuenta de que soy celosa, te quiero de manera exclusiva y le sacaré los ojos a la próxima mujer que te mire cómo te miró la doctora Davis.
—¡No te daré motivos! —respondió él con fervor antes de devorarle el asomo de sonrisa con un beso.
—¡Te necesito! ¡Te deseo! —susurró ella contra sus labios y se perdieron en un beso arrollador, de esos capaces de condensar dudas y temores, sobre todo los de Giana, por todo lo que le ocultaba.
Mathew la arrinconó contra el mesón que dividía la cocina y la despojó de la camiseta mientras ella se liberaba del pantalón.
Él se sacó su camiseta y Giana besó su pecho y luego, en puntas de pies, respondió a la voracidad de sus besos y caricias, sintió el sabor salado de su sudor mezclado con el uso de la loción o el desodorante, agradable y familiar, que la excitó mucho más.
Él la marcó con sus besos y caricias mientras terminaba de desnudarla.
No quería usar más condón, necesitaba entrar en ella, sentirla y hacerla suya sin ningún tipo de barrera.
Era lo más retrógrado que había sentido en la vida, pero no le importaba, el deseo le fundía las neuronas.
Le dio la vuelta y le pidió que apoyara las manos en el mesón, le acarició la espalda y la columna, le masajeó las nalgas con mimos.
—Eres hermosa, eres sexi —llevó una de sus manos a su sexo, gruñó de dicha al percibirla húmeda—, me deseas.
—¡Sí! —Las piernas le temblaban, quiso darse la vuelta, pero él no lo permitió.
—Quiero ver tu culo mientras te hago mía, ¿estás incómoda?
Ella negó con la cabeza, sentía el vientre en llamas y las caricias, los besos y el miembro de Mathew serían los únicos capaces de enfrentar la hoguera en su interior. Él aprovechó para susurrarle al oído.
—Te necesito mucho, quiero estar dentro de ti enseguida.
—¡Hazlo!
—Quiero que te entregues a mí de manera total.
—Ella gimió en respuesta—. Quiero que lo hagamos sin condón.
Quiero sentirte, Giana. —Refregó su rostro en el cabello de ella, aspirándola, mientras le susurraba sus deseos.
Le tocó los pechos, sus manos descendieron por su abdomen, regalándole caricias que la enloquecían.
—Estoy sano, no tienes nada que temer, tomas la píldora, estaremos protegidos —farfulló—. Dame tu confianza, te deseo tanto, no tienes idea, necesito sentirte y quedarme en ti.
Giana claudicó a sus deseos, a sus caricias y a su propia necesidad. Cómo lo amaba, caviló y sintió que dejaba de respirar al concientizar sus pensamientos: sí, estaba irremediablemente enamorada de Mathew King. Como en una especie de delirio, le dijo que sí, que hiciera con ella lo que quisiera.
Mathew decidió llevarla hasta el sofá, la hizo acomodarse con las rodillas apoyadas, atrajo su trasero a su estómago y la penetró.
—¡Dios! Esto es el jodido cielo, Giana. —La penetró más profundo y ella lo aferró en sus entrañas como si no quisiera que la dejara nunca—. Así, eso es, tan bella, tan mujer, me tienes loco —repetía como poseso mientras la embestía sin control.
Los gemidos de Giana y la manera en que lo aprisionaba producían en Mathew un calor extraño, voraz, que subía y bajaba, que afloraba y a la vez lo envolvía, sentía su pene como hierro, inmenso e insaciable, marcando todo a su paso, y supo que nunca tendría suficiente de ella.
Embistió hasta que el orgasmo se presentó en una explosión de fuegos artificiales multicolores que brillaron por sus retinas y se extendieron por cada poro de su piel, uniéndolo a la mujer que se brindaba libre y lo aprisionaba como si llevara su vida en la vagina.