HERMANOS KING CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Giana se acercó a Mathew y almorzaron con Paulina y los demás empleados, incluida Amina, que se sentó en un extremo de la mesa.

Notó a Mathew tensarse en cuanto la atractiva morena entró al lugar, a Giana le molestó que no se la presentara, como sí hizo con todos los demás.

Después del almuerzo, caminaron hacia el consultorio médico.

Giana iba unos pasos adelante hablando con Frank, que la miraba idiotizado, cuando Amina emparejó su paso al de Mathew.

—Es muy hermosa, y generosa, a Meriem le habría gustado —dijo señalando a Giana con la mirada—. Estás enamorado, la miras igual que la mirabas a ella.

—¿Y cómo la miro?

—De una manera muy territorial, como si quisieras proclamarle al mundo que la chica es tuya. Le hablé de Meriem —soltó la mujer mirándolo apenada.

Mathew frunció el ceño

—¿Por qué lo hiciste?

Amina soltó un fuerte suspiro.

—No pude evitarlo. Sabía que era tu chica, esta mañana iba a saludarte en la cabaña cuando te vi salir con ella, vi el beso. Todavía me duele su pérdida, pero la vida siguió como si nada.

—A mí también me duele, no hay un solo día en que no sienta culpa. No debiste hablarle de ella, eso me correspondía hacerlo a mí.

—Pues yo no esperaría mucho para hacerlo.

Mathew se desalentó al ver la fila frente al consultorio médico. Una sola profesional no era suficiente, nada en Sarabi era suficiente, meditó con tristeza.

—Ha sido así todo el día —dijo Paulina ante la mirada de pasmo de Mathew.

—Los insumos no serán suficientes.

—Nunca lo son —afirmó Amina mirando de reojo a Giana, que negó con la cabeza, algo avergonzada.

La sociedad llevaba casi un año en el país, meditó Giana ¿cómo podía ser posible que Ethan y su padre fueran indiferentes a esa situación?

Se sintió mortificada por no pensar en las necesidades de la gente, ella no era la misericordiosa Meriem, pero podría lavar su conciencia y extender un generoso cheque antes de abandonar Sarabi.

Así se lo manifestó a la administradora, que aceptó el donativo complacida.

—No molestemos a Hannah —comentó Mathew, dispuesto a abandonar ya la misión.

—¿Quién es Hannah? —preguntó Giana.

—La nueva médica que Mathew ha contratado, llegó ayer —contestó Amina.

La mujer escogió ese momento para salir de la oficina adaptada como consultorio. Se veía agotada cuando se acercó a saludarlos.

—Hola, Hannah, si hubiera sabido que toda la población requería de tus servicios hubiera contratado otro profesional para que te ayudara —dijo Mathew con semblante serio observando que, a pesar de ser las tres de la tarde pasadas, había más de una treintena de personas esperando su turno.

La mujer observó el gentío sin inmutarse.

—Estoy bien, estoy acostumbrada a trabajar con grandes números de pacientes, los insumos llegaron esta mañana, pero me temo que por más de que ahorre, harán falta más.

—Hazme una lista y los pediré hoy mismo.

Paulina se alejó unos metros, ya que se acercó una joven a consultarle algo y Amina se despidió para volver a su trabajo.

El intercambio no tenía importancia para Giana, pero aún estaba incómoda y celosa por lo que había averiguado, y cuando Mathew se apresuró a llamarla y presentarla como una ejecutiva de Joyas Miccelatti interesada en ayudar, ese gesto la descorazonó; a esas alturas, su romance ya estaba lejos de ser una aventura, ¿no?

Claro que era muy pronto para presentarla como su novia, entonces, ¿qué eran ellos dos?

Mathew observó el rostro de Giana: sus ojos echaban chispas y era patente su incomodidad.

Obviamente, estaba algo confuso hasta que recordó el comentario de Amina y supo que había cometido un terrible error de cálculo.

Debió tomarla de la mano y presentarla como su pareja, pero no sabía cuál sería su reacción.

Llevaban mes y medio juntos, tiempo más que suficiente para definirlo.

Él no tenía dudas, pero no sabía qué pensaría ella y por eso no se atrevió.

Paulina los invitó a hacer algo de voluntariado antes de dejarlos ir.

Mathew y Giana ayudaron a la joven médica, él se dedicó a llenar los formularios y ella a medir y pesar a los pacientes.

La mujer que ayudaba a la doctora, que tenía algunos conocimientos de enfermería, aprovechó para tomarse un descanso.

Giana se percató de que no necesitaba grandes conocimientos de medicina para ayudar a tomar el peso y la estatura a las personas que iban pasando a consulta.

Le hacía bien a su alma ayudar a los demás, nunca lo había hecho.

No había aire acondicionado en el lugar, solo un ventilador de techo, la temperatura había descendido algo, pero, de todas formas, Giana se veía afectada por el calor. A través de la ventana podían observar a Mathew charlar con los pacientes mientras tomaba sus datos.

Se dio cuenta de los vistazos de admiración que le destinaba de vez en cuando la doctora.

Giana hizo un esfuerzo muy grande para no decirle que Mathew era suyo y que ni se le ocurriera acercarse, ¿de dónde salía ese impulso primitivo de marcarlo como suyo?

No tenía idea, disimuló como pudo su desazón.

Recordó a Meriem y se dijo que tal vez Mathew no fuera tan suyo como había creído.

La paciente que entró al consultorio la salvó de sus caóticos pensamientos.

Estuvieron ocupadas un rato más, hasta que la enfermera volvió al consultorio.

Mathew entró detrás y se despidió de la profesional, que le sonrió coqueta.

Él no le prestó atención, tomó de la mano a Giana y ella se soltó, pero el gesto no pasó desapercibido para Hannah, que se ruborizó avergonzada.

Al salir del lugar, Mathew tomó su mano de nuevo, pero la joven volvió a soltarla.

Giana no estaba celosa de Hannah, pero vio que era el pretexto perfecto para enmascarar el verdadero motivo que la atormentaba, para su orgullo era terrible estar celosa de una mujer muerta.

—¿Qué tienes? —preguntó antes de llegar al auto, tomándola suavemente del brazo.

—Nada, ¿por qué? —preguntó con un brillo de rabia en sus ojos.

—No te molestaba que tomara tu mano hace un rato.

La miró confuso.

—Eso fue antes de que viera los devaneos de tu amiga —dijo desviando la mirada.

—¿De quién estás hablando? —refutó Mathew enseguida.

—De la doctora Davis.

—Ella no es mi amiga.

Giana giró el rostro para enfrentarlo, ni siquiera sabía cómo recriminarle el que no hubiera hecho patente su relación ante la médica y que no le hubiera contado nada de Meriem.

—Parece que le gustas.

Mathew soltó una media sonrisa que la molestó más. Sus ojos la miraron con una intensidad avasalladora antes de soltar:

—A mí me gustas tú. —Se acercó más con la intención de abrazarla, pero Giana estaba lejos de contentarse.

Leandro y otro soldado del que Mathew no recordaba el nombre les echaban vistazos curiosos.

—Pues hace unos minutos no lo sentí.

—¿Qué es lo que en realidad te molesta? No soy adivino, Giana, tendrás que decirme qué quieres y lo que necesitas.

Giana desvió de nuevo la mirada y guardó silencio mientras trataba de dejar su orgullo a un lado para preguntarle. El cielo del atardecer se vistió de diversos colores naranjas que por un momento la distrajeron de su molestia. Inspiró profundo antes de hablar.

—No, habrá cosas que tendrás que deducir por ti mismo, si tienes las cosas claras.

—Las cosas claras —repitió con sorna. Él sabía muy bien por dónde iban los tiros, el devaneo de Hannah le cayó como anillo al dedo para dejar patente el tipo de relación que llevarían de ahí en adelante—. Estás celosa.

El descaro con el que Mathew la miraba acabó por descomponerla.

—Celosa, en tus sueños —susurró ella entre dientes y con los puños apretados mientras caminaba hasta el auto—. Para ser un hombre que enarbola la bandera de la sinceridad, te callas muchas cosas.

Mathew se tensó.

—Ya veo —contestó sin dar pie a continuar la conversación.

Abrió la puerta y se acomodó en la silla trasera, Mathew dio la vuelta y se sentó a su lado.

Leandro y el otro escolta ocuparon sus puestos adelante.

Permanecieron en silencio durante el recorrido hasta el campamento.

Al llegar, Giana le pidió a Leandro que la dejara en la casa en la que se alojaba.

Mathew la miraba de reojo, con una sonrisa taimada.

Al frenar el vehículo, Giana se despidió de Mathew y del par de soldados.

Él se bajó del auto con celeridad y caminó tras ella indicándole a los hombres que podían irse.

—Reconócelo, estás celosa.

Giana se volteó furiosa y Mathew se acercó más mientras ella buscaba las llaves de la puerta en su mochila.

—¡Sí! Estoy celosa.

—No tienes por qué estarlo. —Le quitó las llaves y de paso le rozó la piel, ella maldijo para sí, por lo que el toque de Mathew le provocaba.

—¿Qué haces? Yo puedo hacerlo.

Él le volvió a entregar las llaves y levantó ambas manos.

—Estás alterada, te tiemblan las manos.

—¡Ja! Si me tiemblan las manos es de las ganas que tengo de darte un bofetón —soltó, a sabiendas de que estaba haciendo el papelón de su vida.

Mathew era suyo y le importaba un comino lo tóxica que se sentía por pensar así—.

¿Cómo te atreves a presentarme como la ejecutiva de Joyas Miccelatti?

—entrecomilló con ambas manos el “ejecutiva de Joyas Miccelatti”.

—Es que lo eres.

Giana gimió de frustración al ver la tranquilidad de Mathew. Abrió la cerradura, entró a la casa y en el momento de cerrar la puerta para dejarlo fuera, él interpuso el pie impidiéndolo.

Ella, frustrada, entró a la cabaña quitándose la visera y las botas. La temperatura del lugar la refrescó, fue hasta la nevera y sacó un botellín de agua, que puso en su rostro unos momentos antes de abrirlo y darle un sorbo largo. Mathew había cerrado la puerta y la miraba con el ceño fruncido.

—Te pido disculpas, pero tú y yo no hemos abordado el tema.

Se separó de la puerta y caminó hasta ella.