HERMANOS KING CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó con evidente interés, pues pocas veces se presentaban ese tipo de mujeres en su área de trabajo.

La invitó a tomar asiento.

—Soy Giana Orsini, vengo en representación de Joyas Miccelatti, estoy haciendo una visita de rutina a la mina.

El hombre fijó la mirada en ella y levantó la ceja izquierda en un gesto suspicaz antes de expresar:

—Hasta el momento, las visitas de rutina las hacía el señor Colton.

Giana pudo notar un tinte molesto y resentido.

—Mi visita no tiene nada que ver con él, señor Barrett, créame, pero sí con la empresa.

—Llámeme Dylan, por favor —sonrió sin ganas—. Y para mí, Colton y Joyas Miccelatti son lo mismo.

—Tiene razón, hay que dejar tantas formalidades, llámeme Giana.

El hombre se echó en su silla de para atrás y entrelazó las manos frente a él.

—¿En qué puedo ayudarla, Giana?

Ella miró a los dos jóvenes que examinaban unas piedras con lupa, pero pendientes de cada una de sus palabras.

—Chicos —dijo Dylan dándose cuenta del gesto de ella—, tomen un descanso.

Giana esperó a que los jóvenes salieran para hablar con él.

—Voy a ir al grano, ¿qué sucedió con el derrumbe de hace cinco meses?

El hombre se quedó observándola fijamente como si todavía no entendiera lo que ella le había preguntado.

—Todo está contemplado en el informe.

—Necesito su versión, no la del informe.

El joven soltó una risa sarcástica.

—Es lo mismo. ¿La ha enviado Colton? ¿Quiere probar algo?

—No entiendo sus preguntas, sea más específico.

—Mire, Giana, sé que no soy moneda de oro para Colton, me ha querido fuera de la mina desde la primera semana que empecé a trabajar aquí.

—¿Y por qué no ha renunciado, Dylan?

—¿No tiene a veces esa percepción de que le es antipático a una persona desde el mismo momento en que la conoce?

—Algunas veces.

—Eso me ha pasado con Ethan Colton, haga lo que haga, nunca va a ver mi gestión con buenos ojos, pero tampoco soy un tonto, no tengo nada que decir respecto al derrumbe, más que lo que está contemplado en el informe.

Solo quiero desempeñar mi trabajo en paz.

No he renunciado porque me gusta mi trabajo y me pagan bien.

Giana se percató de que tendría que sincerarse con el hombre.

—Dylan, necesito saber si hay manos asesinas detrás del derrumbe, si fue algo provocado.

El hombre se rascó la frente y soltó un suspiro profundo antes de expresar:

—No, no fue provocado.

Barrett fue testigo del gesto de incredulidad y desencanto en el rostro de Giana y eso le causó una viva curiosidad.

¿Qué diablos hacía la hija del dueño de la empresa en esa mina perdida de la mano de Dios y con un país a punto de estallar como un polvorín?

Él conocía la verdad, pero no confiaba en ella, a lo mejor era una trampa para involucrarlo de alguna forma, al fin y al cabo, era en parte responsable de lo ocurrido, de manera indirecta, claro, pero responsable de todas formas.

Aún tenía pesadillas con ese fatídico día donde cinco hombres y una mujer habían perdido la vida y cuatro habían quedado gravemente heridos.

Sí, aún se levantaba sudando en las pocas noches en las que lograba conciliar el sueño.

—Estoy investigando y hay cosas que no entiendo, ¿por qué culpan a Mathew King de lo ocurrido? ¿Por qué siento que en los informes que he leído falta una pieza importante?

“Porque falta”, quiso decirle Dylan, pero no podía.

—No sé de qué pieza habla. El informe fue claro, hubo una explosión el día anterior para tener acceso a una veta que estábamos seguros era muy rica en diamantes, al día siguiente Mathew King dio la orden de entrar a la cantera, creemos que fue el gran número de hombres trabajando al mismo tiempo lo que ocasionó el desplome.

—¿Entonces fue un error de juicio de Mathew King? —preguntó desencantada y Dylan se sintió un cabrón completo.

El hombre puso ambas manos sobre la mesa y asintió.

—Sí, Giana, fue un error de juicio, había más hombres dentro de lo que resultaba seguro.

—Me parece increíble que un hombre con los conocimientos de Mathew King haya cometido ese tipo de error. —Pensó que, si así había sido, eso no desmeritaba su trayectoria ni lo que ella sentía por él.

Giana se levantó sintiéndose derrotada, estaba segura de que había viajado para nada.

—Gracias, si recuerda algo, voy a estar en Sarabi hasta pasado mañana.

—Debería irse, este no es un buen lugar para usted en este momento, hay rumores.

—¿De qué? —Mathew ya se lo había dicho, pero necesitaba corroborarlo con alguien más.

—Está llegando gente armada, puede ser peligroso.

—Lo tendré en cuenta, gracias.

Dylan se sintió mal de nuevo al ver el gesto de Giana, no entendía su preocupación por Mathew King, cuando debería preocuparse de Ethan Colton, que sí era un hombre de cuidado; pero él tenía mucho en juego y no iba a ser tan tonto de develarle lo que en realidad había ocurrido.

La temperatura y el sol inclemente, después de estar resguardada en la temperatura de refrigeración del container, le provocaron a Giana un golpe de calor.

Leandro le ofreció una botella de agua que sacó una nevera portátil pequeña que llevaba en la parte trasera del vehículo.

Si el soldado se dio cuenta de su desazón no lo evidenció. Le pidió que la llevara donde Mathew.

Durante el trayecto, observó el espectáculo de colores densos que componían los volcanes, la vegetación, la tierra amarilla y roja plagada de riquezas que habían despertado la codicia por esa pequeña nación sin tener mucha compasión con sus habitantes.

La vista de soldados armados hasta los dientes le causaba vivo temor, debería hacer caso a Barrett y abandonar el país, al fin y al cabo, no había sacado mucho más en claro que si se hubiera quedado en Nueva York tras su escritorio y eso la frustraba mucho.

Se dedicó a mirar el móvil, la señal no era la mejor, pero pudo enviarle un mensaje de texto a Mia preguntándole si su padre se habría enterado de su viaje a Sarabi.

Mia: No tengo idea de si se ha enterado, recuerda que está de viaje.

Era cierto. Y necesitaba hablar con él, de manera urgente, viajaría a donde estuviera si era necesario.

Giana: Necesito hablar urgente con él.

Mia: Averiguaré si es posible y te cuento.

G: Gracias.

Su ánimo mejoró en algo en cuanto llegó a la fundación que habían creado los King.

El lugar era más grande de lo que había imaginado, y encontró Mathew jugando un partido de balompié con algunos chiquillos, descollaba por su altura y su físico en medio de un enjambre de niños que lo perseguían y apenas podían tocar la pelota que él manejaba con maestría.

Se quedó sin respiración, y aunque se tratara de un tremendo cliché, en ese momento creyó en las jodidas mariposas que revoloteaban en su vientre.

Mathew King era todo un espectáculo. Se había quitado la camiseta y corría por el patio con la agilidad del que hace deporte frecuentemente.

El sudor le confería un brillo dorado a su piel y el rostro distendido con una sonrisa sobradora le daba un aire juvenil y relajado, ajeno al gesto cortante y serio que ostentaba en su vida diaria.

Estaba tan concentrado en el juego y en los chicos que no había reparado en ella.

—Hola —escuchó a su espalda y se volvió. Una mujer africana, vestida con pantalón corto y camiseta, la miraba con curiosidad—. Soy Amina Bakary, la psicóloga de la fundación.

—Mucho gusto, soy Giana Orsini —contestó ella para volver su mirada a Mathew.

—Es un hombre muy guapo, mi hermana perdió la cabeza por él.

Giana se volteó con rapidez ante el comentario de la joven.

—¿Por Mathew?

—Sí —la mujer se quedó callada unos instantes y bajó el tono de voz—, se amaban, era increíble verlos juntos. Meriem y él eran tan parecidos…

Giana sintió un sudor frío correr por su espalda a pesar de la temperatura canicular del patio. El pulso se le aceleró al sentir el tornado de los celos absorbiéndola, pero entonces ató otro cabo más.

Carraspeó, en un intento de que su voz se escuchara lo más normal posible.

—Meriem Bakary fue la mujer que pereció en el derrumbe. Ellos, ¿estaban juntos?

Amina se percató de que Giana se había descompuesto y también se dio cuenta en el acto del lazo que unía a la pareja.

—Yo lo siento, tengo la costumbre de hablar de más. No sabía que usted y Mathew… —Alguien metió un gol y los vítores la distrajeron un momento—. ¿Cómo supo de la muerte de mi hermana? ¿Mathew se lo contó?

Giana no le contestó, se dedicó a mirar a Mathew, que corría tras el balón, esquivando a los chicos.

—¿Cómo era ella?

—Ella era… perfecta: inteligente, generosa y muy hermosa. —La mujer dejó de observar el juego para centrarse en Giana—. Mi abuela dice que esa clase de personas son ángeles disfrazados de humanos y no duran mucho en la tierra. Este lugar existe gracias a ella.

—Siento mucho lo ocurrido —fue lo único que pudo decir Giana, imaginando el dolor de todos los involucrados. Y no quería imaginar el infierno por el que atravesaba Mathew. Ahora entendía muchas cosas.

—No pensé que volvería después de lo ocurrido. Me alegra saber que ya lo está superando, la pasó muy mal, pero la vida tiene que seguir.

Segundos después alguien llamó a la psicóloga, que se despidió de ella, no sin disculparse otra vez por incomodarla con el tema de conversación.

Giana estaba más que incómoda, era una sensación que no había experimentado antes, ni siquiera con Ethan, no se podía quitar de la cabeza y el corazón lo dicho por la mujer.

Mathew amaba a una mujer perfecta que había muerto en un terrible accidente.

A lo mejor aún la amaba y ella era solo un simple consuelo, el puente que debía atravesar para poder superarlo.

Cinco meses era muy poco tiempo para dejar atrás una pena así.

No sabía por qué se sentía tan decepcionada, si ellos apenas se estaban conociendo.

La sonrisa de Mathew se amplió cuando la descubrió en la esquina del patio y sus ojos se encontraron.

Tiró el balón hacia atrás con el talón enviándolo a un jugador de su equipo.

La contienda duró unos minutos más, hasta que alguien tocó un silbato.

Una de las mujeres llegó y repartió limonada entre todos.

Mathew se limpió con una toalla que le pasó otra de las mujeres y se puso la camiseta mientras caminaba hacia ella.

La abrazó y la alzó dándole una vuelta antes de dejarla en el piso.

—Ven, quiero que conozcas lo que hacemos. ¿Estás bien?

Giana se despabiló.

—Perfectamente.

Se vieron rodeados de niños hasta que llegaron a una oficina donde una mujer revisaba un legajo lleno de facturas.

—Paulina, permítame presentarle a Giana Orsini, ella es una de las ejecutivas de Joyas Miccelatti.

La mujer levantó una ceja con curiosidad, el nombre se le hizo conocido, y Giana se percató del momento exacto en que supo quién era ella, porque una sonrisa amable surcó sus facciones.

No la culpaba, aunque sabía de la generosidad de los King, en ese entorno cualquier ayuda era poca.

Correspondió con idéntica amabilidad al saludo de la profesional, que los llevó por un recorrido por las instalaciones y le explicó todo lo que hacían.

En uno de los patios, unas voluntarias bañaban a un grupo de niños; en otro lugar, un sitio abierto con techo de paja, varias mujeres alistaban las mesas, que eran tablones de madera, para servir el almuerzo.

La mujer los invitó a almorzar en compañía del resto de empleados, que en ese momento lucían afanados en repartir la comida. Giana se alejó de ellos y se acercó a una voluntaria con ánimo de colaborar.

A Mathew le gustó la diligencia con que Giana ayudaba a las mujeres a organizar la mesa.

Cuando entraron los niños, los guio para que tomaran asiento de manera organizada, se notaba que le gustaba liderar.

Se acercó a una niña que lloraba porque alguien le había arrancado una pierna a su muñeca de trapo, le limpió la cara y la sentó en la mesa, tomó la muñeca en sus manos y cuando le preguntó a una de las mujeres si le podía facilitar aguja e hilo, Mathew sintió como si el mundo hubiera girado en su eje: estaba enamorado de Giana Orsini.

Inspiró profundo, no estaba preparado para el cúmulo de emociones que gobernaban su talante desde que había abierto la puerta de la cabaña y descubierto su presencia en el portal: ternura, un profundo deseo, ansiedad por poseerla y el amor ingobernable que se había hecho patente en su intelecto, porque el corazón y la voluntad ya hacía días que habían perdido la batalla.

Una jovencita le pasó aguja e hilo y le conmovió ver cómo se sentaba en una silla apartada y cosía la pierna al cuerpo de la muñeca lo mejor que podía.

Cuando le entregó la muñeca a la chiquilla y esta le dio las gracias en medio de un sentido abrazo, experimentó una sensación de felicidad que no sentía desde niño.

Le pareció increíble que esa sensación la experimentara con una mujer rival de negocios y en un país perdido en el continente más sufrido del mundo.

Mathew se distrajo viendo la cantidad de gente a la que alimentaban en la misión.

—Paulina, veo mucha más gente —señaló, preocupado.

La mujer frunció el ceño.

—Culpa a uno de esos grupos de rebeldes de los que te hablaba ayer y que nos quieren amargar la vida. Anoche llegaron una veintena de mujeres y niños, los hombres están escondidos en las colinas por temor a que los recluten en sus filas.

—¿El ejército no los ha detenido? —intervino Giana.

—Hay unas revueltas al sur del país, en la frontera con Ruanda, aquí los soldados hacen lo que pueden.

Tomaba cuerpo lo que había hablado con Jordan y Clive en la mañana.

Ellos le habían recomendado sacar el taller de talla del país, luego había tenido una discusión con Brandon, pero hacía un par de horas este le había enviado un mensaje diciéndole que hiciera lo más conveniente para la empresa.

Mañana desmantelaría el taller, sería un jodido dolor de cabeza, pero ya habían hablado de todas las posibilidades; tendrían que alquilar un avión de carga, sacar toda la maquinaria y al personal extranjero.

Le esperaban días endiablados, pero tenía que salvar ese patrimonio de Joyerías Diamond.

Se sentía frustrado, le había pedido más gente a Tony en una videollamada, pero no podría hacer aparecer un ejército de mercenarios más nutrido con el solo chasquido de sus dedos, esas cosas llevaban su tiempo.