HERMANOS KING CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

La misma noche de su llegada, Giana se instaló en una de las cabañas de empleados cercana a la de Mathew.

Este le insistió en que debía llevar seguridad allá donde fuere y le destinó a uno de los subordinados de Jordan.

Aunque el mercenario no estuvo de acuerdo debido a que había escaso personal, Mathew insistió, ya que no permitiría que Giana anduviera sola.

No entendía cómo su empresa no había dispuesto un esquema seguridad para ella sabiendo que Sarabi no era en ese momento un lugar seguro.

Después de una ducha y vestida con jean, camiseta blanca manga larga y botas de trabajo, se dispuso a ir hasta la mina.

Recordó que Mia le había insistido en que tomara un profiláctico para evitar la malaria, respecto a la vacuna de la fiebre amarilla, la tenía desde que el año anterior había ido con Ethan a una isla en el sudeste asiático.

Había desayunado con Mathew en su cabaña, donde había pasado la noche, pero él tenía una serie de reuniones, y a lo mejor coincidirían a lo largo de la mañana, en algún momento.

North Shannon, uno de los empleados de confianza de Ethan, se presentó en la cabaña antes de que ella saliera.

—Buenos días, señorita Orsini, es un placer recibir su visita, no teníamos idea de que vendría.

Giana recordó el informe que había leído sobre él.

—Quería que fuera una sorpresa, ver cómo van las cosas.

El joven asintió.

—La llevaré a nuestras oficinas y allí podrá revisar lo que desee.

—Bien.

Giana tomó su bolso donde guardó una tablet y salió con el profesional.

Hacía mucho calor y se felicitó por haberse recogido el cabello en una trenza apretada. Se montó en el vehículo, una camioneta Toyota y se dirigieron a las oficinas de la mina.

—El señor Colton me dijo que le colaborara en todo.

El alma de Giana cayó a sus pies. Si ya Ethan sabía de su viaje, no averiguaría nada.

Se obligó a mostrar un rostro estoico y encendió su móvil, que se le había quedado sin batería el día anterior y que había dejado cargando toda la noche.

Tenía mensajes de Mia contándole de su encuentro con él y su violenta reacción; también le relató el despido de la joven que las había ayudado.

Giana se prometió que remediaría la situación en cuanto volviera.

Se paseaba por el despacho mientras North le concertaba una cita con el gerente general. Después de observar una serie de documentos y ver que todo estaba en apariencia normal, Giana preguntó al gerente y a North sobre si se había pedido nueva maquinaria para la mina.

North se tensó, pero el gerente tomó enseguida la palabra.

—No, por el momento no necesitamos más maquinaria, sé que Haaziq ha hablado sobre la posibilidad de adquirirla, cuando se confirme un nuevo yacimiento, pero han sido algo herméticos sobre ese tema.

Me imagino que usted, señorita Orsini, estará más enterada de la situación, pero nosotros por ahora no requerimos de más maquinaria, aún falta algo de tiempo para aumentar la producción.

Giana se percató de que no tenía nada de raro que Ethan tuviera esas cotizaciones entre sus documentos. Decidió tocar el tema del derrumbe.

—¿Qué se sabe del derrumbe ocurrido cinco meses atrás?

¿Qué ha arrojado la investigación? —preguntó con naturalidad, procurando proyectar un halo de autosuficiencia y seguridad a pesar de las miradas inquisitivas del par de hombres.

Ella ya había leído todo lo relacionado con el tema, pero necesitaba tener la otra percepción de las cosas, de allí donde había ocurrido todo

—Fue un accidente —se apresuró a contestar North.

Ella asintió.

—Eso lo sabemos todos. ¿Se sabe ya cuál fue la causa? —Los informes eran muy vagos, evadían acusar a alguien de frente—. A estas alturas ya debería saberse lo que en realidad ocurrió.

—Aún lo estamos investigando, señorita Orsini —afirmó el gerente—, aquí ese tipo de pesquisas pueden durar meses.

—Si no años —terció North.

Necesitaba que los hombres bajaran la guardia y, después de media docena de preguntas ajenas al tema del derrumbe, logró lo que quería: que ellos pensaran que estaba haciendo preguntas de rutina, sin una intención determinada.

Incluso intentó mostrarse algo distraída, con una actitud distante y cortés.

Y por último les disparó la pregunta a la que le había estado dando vueltas desde que decidiera hacer ese quijotesco viaje.

—¿Por qué algunos medios atacan a Joyerías Diamond y no mencionan a nuestra empresa? ¿Acaso lo ocurrido no es responsabilidad de la sociedad?

El gerente alzó las cejas en un leve gesto de desdén.

—Será porque esa parte del trabajo está a cargo de los empleados contratados por Mathew King.

Y me imagino también que será alguien que quiere jugar sucio con ellos, la verdad me parece algo injusto que estén culpando a los King por algo que fue un simple accidente laboral.

Los hombres de seguridad contratados por Diamond han hecho todas las averiguaciones posibles, con los mismos resultados.

—¿Y cuáles son esos resultados?

—Que fue un desafortunado accidente —concluyó North en tono tirante y mirando su reloj con gesto impaciente.

No obtendría nada más de ellos que lo que había leído en los informes en días anteriores, era como si estuvieran repitiendo una lección aprendida.

O, a lo mejor, así eran las cosas. A lo mejor sí había sido un accidente y ella estaba siendo injusta con Ethan en su afán por buscar un culpable que no fuera Mathew; tal vez todo lo que interpretó de sus documentos fue culpa de su predisposición a encontrar algo malo…

Ojeando de nuevo los papeles, se dijo que aún no bajaría la guardia, tanta perfección podría ser algo arreglado y más cuando Ethan ya sabía de su visita.

—Quiero hablar con Dylan Barrett.

Ambos la miraron sorprendidos.

—¿Qué ocurre? —llevó la vista a su tablet—, es un nombre que escogí al azar…

—dijo, haciéndose la tonta, sabía que nada desarmaba más a un hombre que eso.

Los miró fijamente, irradiando todo el desinterés que era capaz de proyectar, como si estuviera allí por cumplir un requisito o por obligación—.

Lo escogí entre una lista de profesionales…

—bajó el tono de voz, revisando algo en su pantalla—. A lo mejor debo escoger…

—No, no —se apresuró a contestar el gerente, a lo mejor meditando que la visita no alteraría su trabajo y eso era lo único que le importaba.

Y Giana comprendió que había logrado su objetivo: que el hombre pensara que ella era una rica heredera mimada jugando a ser la ejecutiva capaz. Ahora bajaría la guardia y podría indagar sin obstáculos.

El gerente se ofreció a darle un recorrido por la mina, pero Giana se negó.

Estaría muy limitada yendo con él, que seguro invitaría a otros directivos; ella quería investigar por su cuenta.

Le dio un pretexto banal y el hombre quedó satisfecho: la chica no sería un problema.

Ahora solo le quedaba un obstáculo; tenía que quitarse de encima a North.

—North, este amable hombre —dijo refiriéndose a Leandro, el guardaespaldas que Mathew le había destinado y que no se separaba de ella—, me acompañará al terreno de excavación.

El empleado la miró confuso.

—Señorita Orsini, mil disculpas si me entrometo en su visita, pero ¿le parece conveniente? Todo lo que desee saber lo tiene aquí en las oficinas.

Giana sonrió.

—Pero, North, ¿no creerás que he venido desde tan lejos para no hacer una visita de campo? Nunca he estado en una mina. Será una experiencia interesante. —Sacó una visera que le había dado Mathew esa mañana, junto a un frasco de repelente y uno de bloqueador solar, y se la calzó en la cabeza.

—Entonces permítame acompañarla.

Giana, que caminaba al lado del joven y de Leandro por un pasillo con grandes ventanales desde donde se observaba parte de la actividad de la mina, frenó de golpe y se dio media vuelta para quedar frente a North. Todo gesto de desinterés había desaparecido.

—De ahora en adelante Leandro será mi acompañante. Gracias, puedes informarle al señor Colton de lo hablado en la reunión. Y salúdalo de mi parte.

Siguió caminando sin prestar atención a la figura del joven, que enviaba un mensaje por el móvil.

Se dirigió a Leandro.

—Necesito hablar cuanto antes con Dylan Barrett, ¿sabes dónde encontrarlo?

—Sé dónde labora, pero el señor King me pidió que la llevara con él en cuanto saliera de su reunión.

—Pero es importante que me entreviste con este hombre —insistió Giana.

—Está bien, la llevaré primero con el ingeniero y luego con el señor King.

Leandro la observaba con un atisbo de curiosidad, como estaba segura lo hacían todos a los que había sorprendido su visita a aquel lugar.

Leandro la llevó hasta un Land Rover, le abrió la puerta del copiloto, se dio la vuelta y en segundos el auto derrapaba por el terreno fangoso. A lo lejos se observaban las máquinas excavadoras, las camionetas y los obreros.

El auto frenó frente a un container largo de color gris claro, que seguro era utilizado como oficina o bodega de material.

Se ajustó las gafas y tocó la visera de color azul mientras caminaba hasta el lugar.

Leandro le señaló la puerta que daba a la oficina del hombre y le dijo que la esperaría en el auto.

El aire acondicionado la golpeó tan pronto entró al lugar.

Dylan Barrett estaba sentado tras un escritorio pequeño, otro par de técnicos observaban unos planos extendidos en la mesa.

Se veía más joven que sus veintinueve años, de cabello oscuro y ojos claros, era bajo de estatura y delgado.

Se levantó enseguida, lo que evidenció buenos modales, algo raro en los hombres de hoy día.

Aunque ella les echaba la culpa a las mujeres por la falta de caballerosidad masculina, con tantas luchas, el feminismo extremo y demás, estaba segura de que habían dejado a los hombres confundidos y sin saber cómo manejar a las de su sexo.