HERMANOS KING CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Te quedarás conmigo —sentenció Mathew.

Ella se puso seria.

—No es conveniente.

—¿Por qué? —la miró él con el ceño convertido en una línea.

—Aparte de verte, voy a hacer una inspección.

—La mirada inquisitiva de Mathew la puso nerviosa, pero tenía su respuesta preparada—.

Sé que no es mi área, pero llegará el momento en el que tenga que enfrentarme a mi padre y necesito tener todos los frentes cubiertos y la mina es uno de ellos.

Será una visita de trabajo, estaré unos pocos días —sonrió para disimular su angustia—.

Aproveché que tú estabas en este lugar y, voilà, aquí estoy.

Se quedó mirándola y unos segundos después le devolvió el gesto, la alzó y Giana se puso a horcajadas sobre él, le acarició los pectorales y el contorno de los hombros mientras lo miraba a los ojos.

Su manera de mirarla le hizo pensar en una lluvia de oscuros topacios, después desvió la mirada a sus pechos.

—Y yo que pensé que mis encantos eran los que te habían traído volando hasta aquí.

Ella se refregó su sexo hasta que se acomodó sobre el miembro semiendurecido de él y ronroneó de gusto al sentir su respuesta, estaba segura de que nunca tendría suficiente de él.

—Tenlo por seguro que un buen porcentaje de mi decisión tuvo que ver con tus encantos.

Mathew acarició sus pechos y levantó la cabeza, dispuesto a darse un festín con ellos, pero antes de hacerlo, dijo:

—Si estás hablando de porcentajes en estos momentos, es que no he hecho un buen trabajo, Giana Orsini, déjame remediarlo.

Ella gimió enseguida al sentir la caricia de su boca en sus pezones y un corrientazo la recorrió entera.

—Hazlo —susurró aferrando su cabello y pegándolo más a ella. La excitación aumentaba su pulso, lo deseaba con una ansiedad que aún no entendía.

Él la separó un momento para ponerse un condón y luego le sujetó las nalgas y la penetró sin mucho juego previo, pero gracias a Dios no lo necesitaba, ella estaba lista, lubricada y tan suave que estaba seguro de haber visto formas de colores tras sus ojos.

Se sentía feliz por tenerla ahí, por poder amarla, por recibir tanto placer, el corazón quería salírsele del pecho y mientras guiaba sus embestidas, le miró la cara, le encantaba verla perdida en ellos dos y lista para disfrutar del orgasmo.

Lo sintió cuando su sexo se constriñó y Giana aumentó el vaivén.

Quiso darle la vuelta y ponerla de espaldas, pero el bamboleo de sus pechos, su ritmo cadencioso que lo llenaba y lo liberaba, y las caricias que le prodigaba lo dejaron sembrado en esa posición.

No tardó en seguirla, en una liberación visceral, con gemidos roncos, ondas de placer y escalofríos recorriendo su piel.

Ella era el jodido cielo envuelto en un cuerpo ardoroso, suave y suyo.

No se preguntó sobre sus brotes posesivos, después lo meditaría, pero de algo estaba seguro: pasara lo que pasara, estaba muy lejos de aburrirse de ella y un atisbo de pánico lo asaltó.

Quiso apartarse por puro instinto de supervivencia, pero Giana escogió ese momento para tocarlo de una manera muy diferente a momentos antes, en ese gesto había entrega, afecto, ternura y él, envuelto como una abeja en panal, la acurrucó más sobre sí y se entregó a lo que ella quisiera.

Estaba en jodidos problemas, pero más feliz que nunca. Después lidiaría con ello.

Ethan solo volvió a entrar a su oficina dos días después de su reunión con Charlotte.

El motivo de su ausencia el día anterior habían sido varias reuniones con inversionistas y en la tarde se había ido a casa, pues el viejo Cesare haría una videoconferencia con él desde el crucero en que viajaba, obligándolo a escuchar por centésima vez sus advertencias sobre el compromiso con Giana y que de ello dependía su llegada a la presidencia.

Estaba harto de los Orsini, caviló, cuando se percató de la presencia de un papel arrugado en el suelo.

Lo miró con curiosidad antes recogerlo y abrirlo.

Al ver lo que era, se puso pálido. ¿Qué diablos?

Enseguida dio la vuelta al escritorio y con una llave abrió el cajón de la mitad y lo tanteó hasta que sacó una carpeta del falso fondo de dicho cajón, el cartapacio con los documentos de lo ocurrido realmente en la mina.

Al ver que era la página que faltaba, tomó el intercomunicador y gritó furioso:

—¡Luc! ¡Ven enseguida!

El asistente de Ethan entró al lugar tranquilo, estaba acostumbrado a los llamados intempestivos y groseros de su jefe.

—Buenos días, Ethan.

—¡Ningunos buenos días ni una mierda!

—Está bien. —Elevó una ceja esperando una diatriba, mientras chequeaba mentalmente si había olvidado algo el día anterior, pero no recordó nada pendiente.

—¡¿Quién diablos estuvo en mi oficina ayer? —bramó—. ¿Revisaste mi escritorio?

—Nadie ha entrado a excepción del joven de oficios varios y yo. ¿Por qué? ¿Sucedió algo?

—¡Alguien entró y hurgó entre mis papeles y quién sabe qué más!

El joven frunció el ceño.

—Podemos observar las cámaras.

—Dile al jefe de seguridad que me envíe una copia de las últimas cuarenta y ocho horas —se sentó furioso y manoteó al aire—. Mejor no, deja y le hablo yo.

—¡Cómo quieras! —El joven salió de la estancia dejando Ethan vociferando al teléfono.

Rato después, el jefe de seguridad le entregó las grabaciones.

Furioso y preocupado se dispuso junto a su asistente a revisar minuto a minuto lo ocurrido durante el día anterior.

Transcurrieron las horas y no hubo nada digno de mención o que fuera sospechoso.

Entonces decidió revisar la grabación de un día atrás.

Luc se sonrojó en cuanto vio a Emma Ferrer, una de las chicas de Contabilidad, entrar a su oficina.

Al rato la joven salió llevando triunfalmente en las manos un manojo de llaves.

—¡Bingo! —exclamó Ethan—. Estás a punto de perder el puto trabajo por culpa de tu jodida polla.

—Ethan, yo…

—No te excuses, no vale la pena. ¡Quiero hablar con ella enseguida! —Cambió el timbre de voz a un tono letal y frío—. Ve a buscarla.

Ethan siguió observando la pantalla mientras Luc buscaba a la chica.

En cuanto una joven pálida y temblorosa apareció ante él, Ethan se levantó con parsimonia y la invitó a sentarse mientras se apoyaba en el escritorio con los brazos cruzados.

—¿Entraste en mi oficina anteayer? —preguntó con tono de voz engañosamente suave mirándola como un halcón.

—No, yo no he entrado…

Hasta donde había visto las cintas, ella no había vuelto a aparecer, pero aún quedaban varias horas para observar.

—Todo está grabado, de nada te servirá mentir.

—No estoy mintiendo, yo no he entrado a esta oficina —susurró con voz temblorosa.

—Entonces, ¿a quién le entregaste las llaves que le sustrajiste a Luc? —La chica abrió los ojos aterrada—. Y no te molestes en negarlo, acabo de ver las cintas.

La chica aferró sus manos, agachó la cabeza y se echó a temblar.

—¡Habla! No tengo todo el maldito día.

—Yo lo siento, creí que era parte de una broma.

—No me has contestado. ¿A quién le diste las malditas llaves?

—A Mia Johnson.

—¡Estás despedida! —exclamó mirándola con un profundo disgusto.

—Señor, yo lo siento, por favor, deme una oportunidad.

—¡No! Eres una ladrona y desde este momento no eres bienvenida en Joyas Miccelatti, lárgate de aquí antes de que levante cargos por abuso de confianza.

La chica se soltó a llorar y salió sin decir mucho más.

Ethan siguió observando con avidez la cinta.

Giana estaba detrás de eso con toda seguridad.

Pasaron un par de horas hasta que vio cuando salían él y Charlotte de la oficina.

Minutos después, salió Giana, la vio caminar por el pasillo hasta llegar al ascensor.

Si en la cinta no había visto cuando él y Charlotte se reunieron en la oficina ni tampoco a su prometida entrar, alguien había manipulado la grabación.

Y era obvio que Giana estaría escondida allí cuando ellos entraron.

—¡Hija de puta! —dio un manotazo contra la superficie del escritorio.

Salió como una tromba y llegó hasta la oficina de Mia.

—¿Dónde está Giana? —dijo mirándola con desprecio.

—No está.

Ethan puso ambas manos en la superficie del escritorio.

—¿Dónde diablos está?

—Muy lejos de aquí.

—¡No estoy para juegos estúpidos! Te despediré en un santiamén, ya tu amiga Emma acaba de ser declarada persona no grata. ¿Le diste las putas llaves a Giana?

Mia quedó pasmada y sin saber qué decir.

—Habla, ¡maldita sea! Tengo tantas ganas de retorcerte el cuello, pero le temo más a una jodida demanda laboral que a la maldita policía. Manipularon las cámaras y estoy seguro de que no lo hicieron ustedes solas.

—No tienes pruebas.

—Pero las conseguiré y si es necesario reemplazaré a todo el departamento de seguridad.

Ethan sonrió satisfecho cuando vio un gesto de preocupación en el rostro de la mujer, que enmascaró enseguida en una mirada indiferente.

Mia se levantó sin importarle que él fuera su jefe y que, efectivamente, tuviera potestad para despedirla.

—¡No la mereces! Eres una maldita rata y si quieres echarme, hazlo. Giana me volverá a contratar. —Inhaló profundo—. Tienes muchos trapos sucios por ahí y ya han empezado a oler, yo de ti me preocuparía más por eso que por despedir empleadas.

Ethan la miraba sin poder creer que una subordinada lo enfrentara de esa forma.

—¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera? Algún día seré el presidente de esta empresa y tú saldrás por la puerta de atrás.

A Mia no le tembló la voz al mirar su rostro hermético, sombrío y severo.

—Eso está por verse.

—¿Dónde diablos está mi prometida?

Mia le soltó una risa sarcástica.

—No te lo voy a decir —respondió en tono de burla.

En ese momento entró una empleada con una carpeta.

—Está es la información que me pidió Giana antes del viaje.

Ethan le arrebató los papeles ante la mirada iracunda de Mia. Los repasó con el ceño fruncido.

—¿Qué diablos? ¡¿Qué hace Giana investigando sobre la mina?! —Su voz se había elevado peligrosamente—. ¿Giana viajó a Sarabi?