HERMANOS KING CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Giana era consciente de que no ostentaba su mejor aspecto debido a las horas de viaje y a que hacía dos días que no dormía, pues ni siquiera en el vuelo a Sarabi había logrado descansar.

No tenía idea de cómo manejar con Mathew su acelerada decisión de atravesar medio mundo para tratar de averiguar lo que su exprometido estaba haciendo y la incertidumbre empezaba a hacer mella en ella.

Tenía el presentimiento de que los límites entre su vida personal y su vida profesional se habían difuminado.

Rememoró lo ocurrido solo treinta y seis horas atrás.

Al salir de la oficina de Ethan, había ido directo a su casa, donde permaneció despierta toda la noche examinando lo que había sustraído en la memoria.

Después de una jarra de café que bebió durante toda la noche y que le causó una fuerte gastritis, sacó en claro varios puntos: para Ethan, las joyerías eran solo un medio para lograr un fin mayor (era obvio que nunca había conocido al hombre del que estuvo enamorada desde que era una adolescente), la ambición por apoderarse de la mina en Sarabi brillaba sobre todo el resto de argucias y triquiñuelas que implementaba en su manera de hacer negocios, los documentos hallados hablaban de inversionistas para un nuevo proyecto allí mismo en Sarabi, diversos pagos de comisiones a personas y empresas que estaban lejos del glosario de proveedores de las joyerías (cotejó con los proveedores de la sociedad de la mina y no concordaba con ninguno de ellos).

Aún no estaba segura de que su padre no estuviera al tanto de aquello.

Ahora entendía en parte la incomodidad de Ethan cuando ella le manifestó que deseaba acercarse a Mathew para investigarlo.

Recordó de nuevo la serie de mensajes y correos que había cruzado con él respecto a ese tema, las discusiones que habían tenido.

Ethan tenía miedo de lo que ella pudiera encontrar, pero no respecto a Mathew, sino respecto a él.

Otro de los puntos era que deseaba sacar a Joyerías Diamond de la mina a como diera lugar, halló una serie de informes del departamento que llevaba Mathew en la mina, no eran informes positivos y pesarían en una reunión de accionistas.

Había mucho dinero en juego y a Giana no se le haría extraño que Joyas Miccelatti fuera la siguiente en desaparecer de la sociedad, de ahí el afán de Ethan por alcanzar la presidencia de su empresa, estaba segura de que lo haría para ceder el porcentaje de participación a él y a un pequeño grupo de inversionistas, entre ellos Charlotte Rupert.

También había una proyección de la producción de la mina que no casaba con lo que había averiguado en días pasados.

La mina aún no arrojaba dividendos, la producción de diamantes apenas cubría la demanda de ambas joyerías.

Encontró una carpeta con pagos sin justificación alguna, o a lo mejor era algún soborno, y ese dinero salía de las arcas de Joyas Miccelatti.

A pesar de que Giana no manejaba el área financiera de la empresa, sabía en qué se gastaba el dinero, llevaba la empresa en su cabeza, lo había hecho con el fin de prepararse para suceder a su padre algún día.

Dios, tuvo la urgente necesidad de hablar con él, pero en ese momento estaba de viaje en su yate por el Mediterráneo, y esa era una conversación para tenerla en persona.

Además, no sabía si él también estaba involucrado en lo que empezaba a sospechar había ocurrido en la mina cinco meses atrás y sin pruebas contundentes estaba segura de que él no le creería.

No, la investigación apenas empezaba, encontró copias de correos con cotizaciones de maquinaria de excavación hechas recientemente y recordó las palabras de Charlotte sobre el uso del dinero.

Anotó los datos para hablar con alguien de contabilidad, para averiguar si la compra estaba en el balance de la empresa.

En los diferentes informes se repetía un nombre: Anuar Vuni, alguien que recibía grandes cifras de dinero.

Observó una partida en especial hacía pocos días a una empresa que no conocía, la investigó por Internet sin encontrar nada relevante.

Otro de los pagos iba a una firma que tampoco conocía y no estaba en el glosario, al averiguar por Internet, se percató de que era rusa y se dedicaba a la fabricación de armas.

No entendía qué tenían que ver las armas con su empresa.

Se levantó de la silla del comedor donde se había sentado con su portátil tan pronto llegó a la casa, era una locura, a lo mejor estaba viendo cosas que no eran, pero su intuición era muy fuerte y ella le hacía mucho caso: si Ethan quería apoderarse de la mina, sacaría a Joyerías Diamond y después de estar en la presidencia de Joyas Miccelatti, podría deshacerse de esta también, en alguna maniobra turbia.

A lo mejor estaba sacando conclusiones precipitadas, a lo mejor ella era una malpensada y su exprometido el hombre correcto del que se enamoró…

Sí, y a lo mejor la jodida tierra era plana.

No, Ethan no se traía nada bueno entre manos y ella tendría que investigarlo, y la única manera era ir hasta Sarabi, sonsacar información de Anuar Vuni e investigar si su exprometido y alguien más había tenido que ver con lo ocurrido a los mineros.

El problema radicaba en que no tenía idea de a quién pedir ayuda, con solo su apellido y su cargo la gente no se iba a soltar a hablar ni mucho menos confiar en ella y más si Ethan estaba detrás de todo lo concerniente a la mina. Debía tener a alguien de su lado.

Al día siguiente llegó temprano a la oficina y junto a Mia revisaron la nómina de la sociedad al detalle parar a ver a quién podía ella acudir en caso de necesitarlo y luego examinaron las hojas de vida de los profesionales nombrados directamente por Joyas Miccelatti.

Había un ingeniero que contaba con varios llamados de atención por parte de Ethan, no eran por su desempeño laboral, sino por la actitud del hombre hacia él, como si no estuviera de acuerdo con algunas de sus directrices.

Era curioso que no lo hubiera despedido.

Ethan no se caracterizaba por ser condescendiente con ningún empleado que no supiera cuál era su lugar o bailar a su ritmo.

Era un hombre oriundo de Minnesota, de nombre Dylan Barrett, tenía veintinueve años y era ingeniero geofísico.

Al ver el nombre, recordó que era el que estaba impreso en la hoja de papel que había extraviado.

Nada le aseguraba que el hombre la ayudara, pero podría intentarlo y, ya sobre el terreno, evaluar al resto del personal.

Le inquietaba Mathew, no sabía cómo enfrentarlo y qué tanto decirle y también necesitaba protegerlo de la insidia de Ethan y de su padre. Necesitaba proteger su negocio también.

Volvió a su presente y se lanzó a los brazos de Mathew, sin pensarlo mucho, apoyó el rostro en su pecho, olió su aroma a jabón que ya era familiar para ella y, al levantar la cara, se apoderó de su boca y lo besó con pasión.

Mathew no perdió el tiempo, se desprendió de ella un momento, entró la maleta y cerró la puerta de un golpe.

Volvieron a besarse, llevaba tres o cuatro días sin verla, pero parecían semanas, no quería pensar en los motivos que había tenido la mujer para atravesar medio mundo, solo le importaba que estaba allí.

La aferró de las caderas, Giana alzó las piernas y las enroscó a su cintura y él la llevó enseguida hasta la habitación.

La acostó en la cama y él se tendió sobre ella como una manta, sin dejar de mirarle el rostro.

—Nunca había disfrutado de las sorpresas hasta hoy.

—Quería verte —le acarició el cabello húmedo—, has viajado por mí, era justo que yo lo hiciera por ti.

Volvió a devorarle los labios y después de un par de minutos se separó y empezó a desabotonarle la blusa, pero ella atajó el gesto.

—Necesito un baño, llevo más de veinticuatro horas sin tomar una ducha.

Él la abrazó de nuevo y luego retiró sus manos de la blusa y continuó desabrochándola.

—La ducha tendrá que esperar. —Se desanudó la toalla y Giana jadeó al verlo totalmente desnudo—. Yo te necesito más.

—Pero…

Giana no pensaba abordar con Mathew el verdadero motivo que la había llevado a Sarabi, por lo menos hasta tener una seguridad en su investigación.

La más perjudicada por cualquier acción apresurada que ella tomara, sin duda, sería Joyas Miccelatti y su deber era proteger la firma, además, no tenía la seguridad de qué tanto estaba involucrado su padre en los planes de Ethan, no podía precipitarse.

Actuaría como una ejecutiva de Joyas Miccelatti que hacía una visita para ver cómo iban las cosas, no tenía nada de raro que uno de los directivos de la empresa hiciera una inspección, pero con el nombre que había captado con Mia, podría hacer su investigación sin que Mathew se percatara.

Ethan había visitado la mina el mes anterior.

Ella era Giana Orsini, el peso de su apellido contaba para poder estar en aquel lugar.

Respondió al beso de Mathew como si la vida le fuera en ello, no supo si por un profundo deseo o queriendo que no se diera cuenta de la angustia que la asolaba, ante él podría decir que había sido un capricho, un impulso por el deseo de verlo.

Le sentaba mal engañarlo, pero no tenía más opción si quería aclarar todo.

Las caricias cambiaron de tono y una profunda necesidad los asaltó, ella estuvo desnuda en segundos.

—Tu olor, ese jodido olor a naranjas que me persigue —señaló Mathew exaltado sin dejar de tocarla de una manera ávida y posesiva—. Y esto —dijo tocando su sexo—, adoro tu coño, no halló la hora de devorarte y penetrarte.

Sí, se dijo Giana, la línea entre lo personal y lo laboral estaba totalmente desdibujada y no le importaba en lo más mínimo, mientras Mathew siguiera prodigándoles caricias, mirándola con ansias y adorando su piel.

Rato después yacían juntos y abrazados después de amarse con fiereza.