HERMANOS KING CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

—La situación en Tiaret está muy delicada, ha llegado gente de otras partes y no con las mejores intenciones.

Haaziq ha tapizado la región con su ejército, pero ante una rebelión, esos soldados serán insuficientes.

Tememos un golpe de Estado y me preocupa la seguridad de mi gente.

Han empezado a llegar mujeres y niños pidiéndome albergue, nunca habíamos tenido ese tipo de problemas, la situación aquí dista mucho de ser como en el Congo, pero estamos muy preocupados, es mucho el sufrimiento de esta gente.

A pesar de ser un terreno tan rico en minerales, eso solo les ha traído desgracias.

—¿Qué más ha escuchado? —Mathew no quiso ponerla sobre aviso de lo que ya sabía, la asustaría más. Tendría que hablar con sus hombres, por si tenían que trasladar la fundación. Meditó que eran demasiados frentes y fue consciente de que no podría solucionar la situación a toda esta gente.

Una chica de no más de veinticinco años entró con una jarra y un par de vasos en una bandeja sencilla, les sirvió la bebida y los dejó de nuevo solos. Paulina retomó la conversación.

—Que algún grupo rebelde, financiado Dios sabe por qué demonio, quiere apoderarse de la mina y más con los rumores de que hay otra veta.

—Eso no se ha comprobado. —Esperaba sin falta las fotografías de la vegetación alrededor de la posible chimenea.

—Necesito que hagas algo por mí.

—Dígame.

—Necesitamos seguridad, los demás empleados y yo no estaremos seguros ni podremos cumplir con nuestra labor si somos atacados. No queremos que se pierda lo que hemos hecho en este lugar. Además, vendrá esta chica médica, no quiero que algo malo le suceda.

—Veré que puedo hacer. ¿Ha pensado en trasladar la fundación a un lugar no tan convulsionado?

—No queremos movernos de aquí, con suerte nos dejarán trabajar, esa gente necesita aliados y nosotros somos inofensivos para sus fines, les ayudamos a quitarse una carga de encima cuando los desplazados empiecen a llegar, al fin y al cabo, nuestra misión es ayudar a los más que podamos.

Solo esperamos que puedas seguir ayudándonos.

—Cuente con ello, Paulina.

Tendría que pedirle a Clive o a Tony que destinara unos tres hombres para la seguridad de la fundación. A lo mejor tendrían que importarlos a Sarabi.

—Gracias.

Recorrió el lugar con Albert, un joven alto y desgarbado que llevaba unas gafas de gran aumento, una recua de chiquillos se sumó al paseo.

Luego de recorrer la fundación y tomar nota de sus necesidades, jugó un partido de balompié con los chicos.

Al llegar a una de las oficinas que hacía de consultorio médico cuando la situación lo requería, salió una atractiva morena, con el cabello recogido.

No vestía como las demás mujeres africanas, ella llevaba un pantalón corto de jean y una camiseta de color amarillo, y botas como las que usaban los empleados en la mina.

Se llamaba Amina Bakary, era la hermana de Meriem y una de las psicólogas del lugar.

A Mathew se le tensó el pecho y una cascada de recuerdos lo asaltó en cuanto ella se acercó y él pudo ver en su mirada el mismo gesto de la mujer a la que había amado en el pasado.

—Mathew —saludó la mujer alegre—. No sabía que habías regresado.

Él se aclaró la voz.

—Llegué ayer.

Se ajustó los lentes de sol, no quería que nadie se percatara de su desazón, pero la mujer se dio cuenta enseguida. Lo tomó del brazo y se adelantó a Albert, que atendía a una pareja unos metros más allá.

—Me alegra que hayas regresado, es el mejor homenaje que puedes hacerle a Meriem.

No quería escuchar ese nombre, se dio cuenta de que la culpa lo seguía carcomiendo, igual que el día en que había ocurrido todo. Si tan solo…

Se alejó unos pasos.

—Discúlpame, Amina, tengo una reunión y no puedo quedarme.

La mujer lo miró con tristeza.

—Lo entiendo, hablaremos después.

—Seguro.

Mathew se alejó de la oficina, no soportaría volver a cruzarse con Amina, su físico y sus ojos le recordaban lo que había perdido.

Ya iba hacia la puerta cuando Clive se acercó con una mujer que Mathew estuvo seguro era la médica.

No podía negar que era una mujer atractiva, alta, trigueña, de profundos ojos oscuros, al igual que su cabello, desprendía un fuerte sexappeal, que llevaba a Clive de narices, a juzgar por la mirada de evidente interés que el hombre le lanzaba.

—Mucho gusto, soy la doctora Hannah Davis —dijo.

Mathew extendió su mano con semblante serio, aunque percibió enseguida el interés que despertó en la mujer, por el sonrojo, la caída de ojos y la fuerte inhalación cuando él estrechó su mano.

—Mucho gusto, doctora Davis, soy Mathew King. ¿Qué tal el viaje?

—Muy bien, gracias, pude descansar durante el vuelo y estoy ansiosa por empezar a trabajar. —Le sonrió de manera coqueta.

Al momento se acercó Paulina y junto a Albert se la llevaron para mostrarle las instalaciones y dejar que se instalase. A Mathew le preocupó la seguridad de la profesional, pues ante alguna revuelta, esa chica lo tendría difícil y era su responsabilidad cuidarla.

Salió del lugar bien entrada la tarde, en cuanto Jordan pasó a recogerlo. Observaba a la vera del camino a las mujeres con sus niños que regresaban a casa, sus ropas de vivaces colores no ocultaban la preocupación en sus rostros. Quería hacer más por esa gente, sentía que no hacía suficiente.

Tuvo una última reunión en la mina con el grupo de ingenieros. La excavación no contaba con más de una cincuentena de empleados administrativos, la parte obrera empleaba a más de seiscientas personas entre técnicos y obreros rasos. Dio algunas directrices y arregló reuniones para el día siguiente.

Al llegar a la cabaña se dio una larga ducha y se dijo que llamaría a Giana en cuanto saliera del baño, ver su rostro le devolvería la tranquilidad que había perdido al encontrarse con Amina.

Escuchó que alguien tocaba a la puerta, se terminó de secar el cabello con fruición, se puso una toalla a la cintura y atravesó la estancia, curioso por saber quién lo buscaba.

Abrió la puerta y quedó pasmado, como en presencia de una visión.

Sintió que se quedaba sin aire en los pulmones mientras su corazón se derretía.

—¡Giana!