HERMANOS KING CAPÍTULO 15
81%

CAPÍTULO 15

Su primera tarde en Sarabi, Mathew se reunió con los geólogos y los ingenieros, y junto a ellos recorrió un trayecto de las diferentes rampas por las cuales subían los camiones que transportaban los materiales que había que tratar, hablaron de aspectos técnicos, de producción y de maquinaria.

La contratación del personal en la mina, la gerencia y dirección de proyectos, el manejo de personal, el control de calidad, la salud y el medio ambiente eran concertados directamente por la sociedad, pero había servicios que se subcontrataban con empresas especializadas.

Mathew estaba a cargo de la parte operativa,

Entrada la noche, se reunió en su cabaña con la cabeza del equipo de seguridad en la mina.

Jordan y Clive llegaron junto a Leandro Mata, un soldado de porte claramente latino; los tres eran los encargados de manejar el pequeño ejército que custodiaba la mina y, en especial, velaban por los intereses de los King.

Clive pasó un aparato por todo el lugar para detectar micrófonos ocultos y, en cuanto estuvo seguro de que lo que se hablara no se filtraría, iniciaron la reunión, sentados alrededor de una pequeña mesa de comedor.

La cabaña cumplía su cometido, era cómoda y práctica, amoblada con lo necesario, sin lujos de ningún tipo.

—Un pequeño grupo al margen de la ley está haciendo de las suyas, les decomisamos un lote de piedras que planeaban sacar del país.

King, no se aventure sin alguno de nosotros fuera de los límites del campamento.

El ambiente está algo caldeado —dijo Clive al tiempo que abría un ordenador portátil, donde le señaló en la pantalla una serie de imágenes que mostraban a un grupo de hombres armados hasta los dientes.

—¿Crees que haya una rebelión? Habrá que redoblar la seguridad de la mina y de la fundación —interrumpió Mathew.

—Descubrimos que Mensah Ndiaye fue aliado y asesor militar del dictador que gobernó Sarabi hasta hace un año.

Ahora está liderando la desestabilización del país y, según averiguamos en las últimas horas, tuvo que ver con el atentado.

Está escondido en las montañas, la entrada al lugar es casi impenetrable —apuntó Jordan—.

Quieren dar un golpe de Estado, sacar a Haaziq del panorama y apropiarse de la nueva veta.

Mathew levantó las cejas.

—¿Tanto así? Planear algo como eso requiere aliados y dinero.

—Él no tiene dinero, pero para eso están las grandes mafias que trafican diamantes en todo el continente. Es imperativo que usted hable con Haaziq, podríamos entrenar a su guardia personal para que estén preparados, ellos no se darán por vencidos.

—Habrá que redoblar la seguridad —interrumpió Mathew—. No me quiero imaginar el infierno que se desataría donde lleguen a matar a Haaziq.

—Harán lo de siempre, saquearán los recursos y, cuando lo hayan logrado, abandonarán el país, dejando a su gente en la miseria.

—Me está pintando un panorama negro, Jordan.

—Bienvenido a Sarabi —terció Clive.

—Hay que importar el personal que se necesite, pero si las cosas se ponen complicadas, no podremos detenerlos, esa es labor de Haaziq. ¿Qué se sabe del derrumbe? —Mathew se levantó, fue hasta la nevera y sacó cuatro latas de refresco que repartió entre todos.

Los hombres se miraron entre sí.

—Por ahora el conglomerado Zafir —Clive se refería a la parte que correspondía al gobierno del Sarabi, que llevaba el cincuenta por ciento de participación de las minas— está limpio, nada en nuestra investigación nos indica que tuvieran que ver con el derrumbe.

Mathew abrió su refresco, el chasquido reverberó por la habitación.

—En cuanto a Joyas Miccelatti, no tenemos nada en claro aún, pero estamos tras una pista —habló Jordan.

—¿Qué clase de pista? —insistió Mathew—. ¿Ustedes creen que Joyas Miccelatti está tras nosotros?

—No podemos asegurarlo aún —soltó Clive—. Estamos investigando.

—Hay un informante en Tiaret que nos puede ayudar, pero se encuentra fuera en este momento, su familia cree que a finales de la semana estará de vuelta —contestó enseguida Leandro Mata.

—¿Quién es? —Mathew se levantó de la mesa, estaba cansado de estar sentado.

—Uno de los contratistas que manejaba los explosivos. —Jordan se rascó el mentón.

—¿Tienen vigilada su casa?

—Sí —intervino Clive.

—Bien. ¿Qué más se sabe? Si se descarta a Joyas Miccelatti, lo más probable es que la persona que está tras todo lo ocurrido tenga relación con lo que está ocurriendo ahora y la posibilidad de la aparición de otra chimenea. No hará las cosas más fáciles.

—Es poco probable que dos chimeneas seguidas produzcan diamantes, aún no hay garantía de que allí pueda haber piedras preciosas —adujo Jordan dando un sorbo a su lata de refresco.

—Si alrededor de la chimenea crecen las palmeras llamadas Pandanus candelabrum, hay una probabilidad alta de que la chimenea sea rica en diamantes —dijo Mathew.

—Podría enviar a uno de mis chicos a que traiga una planta de esas —sugirió Leandro.

Mathew negó con la cabeza.

—Me gustaría inspeccionar el terreno.

—Está muy vigilado, es peligroso —saltó enseguida Clive.

—Entonces toma una fotografía con una cámara de largo alcance, solo tengo que ver si tienen espinas alrededor, es todo. No siempre funciona, pero es una guía y me servirá tener esa información para ir preparado a mi entrevista con Haaziq.

—Hecho —contestó Leandro.

—Hay algo que me preocupa. Si Ndiaye se acercó tanto es porque alguien de adentro debe estar ayudándolos.

—Sí, usted tiene razón, y tenemos una pista, pero en esto voy a ser muy cauto hasta tener ciertas certezas —contestó Clive.

Mathew se quedó callado unos instantes, podría intentar sacarles la verdad, pero ellos se irían por la tangente y no lograría nada.

—Retomaremos ese tema antes de volver a Estados Unidos. Mañana me reuniré con el departamento de excavación, los ingenieros me comentaron de algunos inconvenientes, en la tarde iré a la fundación. Por ahora vamos a descansar.

Los hombres se despidieron después de un par de recomendaciones y de insistirle en que no saliera para nada, que dos de los suyos le seguirían los pasos durante toda la estancia.

Antes irse a dormir pensó en llamar a Giana. Revisó el móvil, y tenía un corto mensaje de ella donde le decía que lo extrañaba, y que iba a entrar a una reunión. No la molestaría. Le respondió algo breve y se metió en la cama.

Al día siguiente, llegó a la fundación bajo el sol de mediodía, después de haber visitado el taller de talla en la mañana.

El sitio era un enjambre de actividades, sonidos y colores, había gente pululando por todas partes, niños corriendo y jugando tras un balón.

La humedad y el calor le habían humedecido la ropa, aún no se adaptaba a la agobiante temperatura del lugar, a pesar de ser el que más había viajado de sus tres hermanos, no se acostumbraba a los climas tropicales.

Se limpió el sudor de la frente con un pañuelo.

La fundación estaba comandada por una ONG europea, que se encargaba de liderar los diferentes proyectos que allí se manejaban.

El principal donante para que el sitio permaneciera en pie era Joyerías Diamond, que había invertido una buena cantidad de dólares, el resto de dinero venía de algunas fundaciones europeas que apoyaban ese tipo de iniciativas.

Era una casa de dos pisos, de color blanco y tejas rojas, enclavada en medio de un valle, al lado de la vivienda había un par de cabañas pequeñas que fungían de oficinas o consultorio médico, dependiendo de las necesidades que se presentaran.

Allí laboraban cuatro profesionales capacitados en trabajo social, entre ellos el reemplazo de Meriem, y dos empleadas de oficios varios, que eran las encargadas de tener el lugar funcionando.

Habían habilitado un espacio para la zona de comedor, donde le daban desayuno y almuerzo a veinticinco niños todos los días; también había en marcha varios cursos de cocina, enfermería y modistería dirigidos a mujeres de escasos recursos y que no trabajaban ni en la mina ni en el taller, y una asesoría con un agrónomo que los visitaba tres veces a la semana para orientar a las familias que deseaban cultivar.

—Buenos días, Mathew —saludó Paulina, la administradora del lugar, una mujer con el rostro moreno por culpa del sol, bajita y enjuta, y la más seria de todos los profesionales que laboraban en el lugar.

Era española, pero se expresaba en un inglés impecable, como todos en la fundación.

A pesar de los dos dialectos que se hablaban en todo el país, Sarabi tenía el idioma inglés como lengua oficial por haber sido colonia británica hasta mediados del siglo XX.

—Buenos días, Paulina.

—Me alegra que hayas venido —respondió ella.

—A mí también, Clive está recogiendo en este momento a la médica que estará con ustedes durante un mes.

—No he querido anunciarlo todavía o la fila ya daría varias vueltas alrededor.

—Lo sé, pasado mañana llegarán los insumos médicos que me pidió.

Hablaban mientras caminaban por un pasillo que rodeaba un amplio patio, donde estaban sembradas algunas flores. Había un árbol que daba sombra a todo el espacio.

—Gracias, Mathew, de verdad estamos urgidos, aunque tenemos una pequeña reserva. —Apresuró el paso—. Vamos a la cocina, se ve que necesitas una limonada.

En el trayecto se cruzaron con varias mujeres que seguro tomaban algunas de las clases que se impartían en el lugar, atravesaron el comedor, desde donde les llegó una algarabía y los intentos de un par de jóvenes porque hicieran silencio.

La mujer le pidió a una de las ayudantes de la cocina un vaso de limonada para Mathew y después lo invitó a sentarse en un comedor auxiliar cuya ventana daba a una huerta.

—Quería hablar contigo de algo que me preocupa.

—La escucho, Paulina.