HERMANOS KING CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—Refregarme contra ti, venirme en tu cuerpo y esparcir mi semen por tu abdomen, tus piernas y tu sexo, y que ni si te ocurriera bañarte y durmieras así toda la jodida noche.

—Giana se mordisqueó el labio inferior mientras lo miraba con seriedad—.

Tú preguntaste. — Mathew frunció los hombros a modo de disculpa, pero sin un atisbo de vergüenza.

—Hazlo —fue la respuesta de Giana mientras se acercaba de nuevo a él.

Mathew la complació.

Enrojeció de pronto mientras volvía a su presente.

—¿Vas a compartir una de esas delicias conmigo? —preguntó Mia observando la caja.

Giana le dio un bombón a regañadientes.

—El único que verás.

Ella se sentó desenvolviendo la golosina.

—El chico está loco por ti.

—¿Tú crees? —preguntó ella tomando el móvil para enviarle un mensaje.

G: Bonita forma de empezar mi día.

M: ¿En serio? A mí se me ocurren un par de cosas un poco más interesantes.

G: ¿Cómo cuáles? El chocolate es uno de mis más grandes placeres.

M: Me alegra complacerte, pero estoy seguro de que el chocolate está en tu lista descendente, una buena forma de empezar el día sería con mi cara en medio de tus piernas. Ese sería el mayor de tus placeres y el mío también.

G: No, no lo harás, no arruinarás este detalle con algún comentario inapropiado. ¿Dónde quedó el chico delicado y comedido de hace unas semanas?

M: No es un comentario inapropiado, me gustas mucho, pienso en ti y en todo lo que hemos hecho más veces de las que debería. Sigo siendo “delicado y muy comedido”, no creo que tengas quejas.

G: Eres imposible, ja, ja, ja, ja, gracias por los chocolates, es un hermoso detalle.

M: Cuando quieras, preciosa.

Mathew King era intenso, bajo su lustre de hombre despreocupado era implacable y su método de conquista contundente.

Se estaba abriendo camino al corazón de ella haciéndola sentir más viva que nunca.

Con una sonrisa en el rostro se sumergió en su trabajo.

Había logrado reunir alguna información sobre la mina, las proyecciones y el margen de pérdidas y ganancias, y ahora entendía por qué su padre y Ethan eran tan celosos con el tema.

Aunque la mina aún no daba réditos, las proyecciones de las ganancias para los próximos cuatro años la harían más rentable que las mismas joyerías.

Se dijo que profundizaría un poco más en el tema.

Después de casi veinticuatro horas de vuelo, y dos escalas, Mathew King pisaba el continente africano, otra vez.

El avión aterrizó en el aeropuerto de Tiaret, la capital de Sarabi, que quedaba a un par de horas en auto de Kesia, la población donde se encontraba la mina y en la que estaba asentado el campamento.

Al bajar del avión lo sorprendió la fuerte humedad y el sol canicular del medio día; el cambio de horario le produjo dolor de cabeza.

Al llegar a inmigración, lo golpeó el aire acondicionado.

Después de realizar los trámites de entrada al país y reclamar su equipaje, se dirigió a la salida.

Le sorprendió la cantidad de soldados apostados a lo largo del trayecto.

Clive Harper y Jordan Hustler, dos de los subalternos de Tony McCabe, lo esperaban recostados en un jeep de la compañía.

El par de hombres, de igual tamaño y corpulencia, pero de diferente raza y talante, salieron a su encuentro.

Clive era de semblante serio, tenía un rasgo llamativo, sus oscuras manos, que Mathew estaba seguro de que le habrían retorcido el cuello a más de uno, y Jordan era el típico soldado norteamericano, rubio y con cara bonachona.

—Bienvenido, King. ¿Qué tal el viaje? —saludó Jordan.

—Gracias, el viaje endiablado, pero sin novedades, ¿por qué hay tantos militares? ¿Ha ocurrido algo?

Los hombres no hablaron hasta que estuvieron en el auto. Mathew se moría del calor, parecía que el aire acondicionado no hacía nada por refrescar la temperatura.

—Parece que nuestro amigo Bakhit Haaziq tiene problemas, sufrió un atentado hace unas horas, se libró porque pusieron una bomba en el auto en el que creyeron que iba, pero resultó ser un señuelo —dijo Clive Harper.

—Me imagino que Ndiaye está involucrado. ¡Dios! Esto es de nunca acabar, se repite la historia. Habrá problemas —soltó Mathew, que se había empapado de la situación del país antes de viajar—. Necesitamos sacar una partida de diamantes antes de que las cosas se pongan peor.

—Los dos últimos envíos salieron sin problemas.

Bajo el despiadado resplandor de la hora, Mathew no podía hacer caso omiso al paisaje que lo rodeaba, a medida que escuchaba al par de hombres y sus malas noticias.

La tierra estaba reseca y algunas desafiantes flores color violeta irrumpían en medio del árido panorama, como gotas de sangre en medio de una sábana de color claro.

El paisaje era de un monocromático marrón pálido.

Un nudo de angustia le atravesó las entrañas al observar el lugar que le había brindado varios de los momentos más felices de su vida.

Cerró los ojos unos instantes y, al abrirlos, le pareció verla en las caras de las mujeres que, con sus trajes vistosos y sus pañuelos de colores vivos en la cabeza, iban a lado y lado de la carretera.

Ahuyentó el recuerdo, no le serviría de nada en ese momento, lo único que pudo dilucidar fue que la herida, por alguna razón, ya no dolía tanto.

Se centró de nuevo en su trabajo, recordó que en pocos días llegaría una profesional médica a la misión junto a un pedido de medicamentos, antibióticos, vitaminas y droga contra la malaria.

En el trayecto al campamento de la empresa, observó mucho más despliegue del ejército que en anteriores viajes.

Debido a que la mina llevaba menos de un año funcionando, la sociedad había decidido no construir aún oficinas en Tiaret, en cambio, había construido unas provisionales dentro del campamento en Kesia.

Mathew había tomado la previsión de arreglar una entrevista con Haaziq que tendría lugar en tres días, mientras tanto, visitaría la mina, el taller de talla y la fundación que la empresa financiaba.

Al llegar al campamento le destinaron una de las cabañas prefabricadas que pertenecía a uno de los ingenieros. Cuando se quedó solo, tomó el móvil y tecleó a Giana.

Ya en Sarabi, sano y salvo. Y quiero una fotografía tuya. Ya.

Esperó ansioso unos momentos, miró la hora de Nueva York, sería temprano en la mañana, a lo mejor ella seguía dormida.

Un par de minutos después oyó el sonido de entrada de un mensaje con una fotografía de Giana en ropa interior acostada en la cama, con el cabello suelto y su esbelta figura que lo excitó enseguida.

A pesar de que estaba hermosa, le notó un aire fatigado, como si no hubiera dormido bien.

Aun así, se veía sexi y suya. Esa fotografía despertó un intenso afán posesivo y quiso tenerla a su lado.

¿Dónde estaba su instinto de supervivencia?

Tocó la pantalla del móvil como si así pudiera tocarla a ella, qué diablos importaba a dónde había enviado a volar la cordura.

G: Hola, tú.

M: Hola, bottom blue, disculpa si te desperté, pero no puedo estar tanas horas sin saber de ti. ¿Dónde quedó la chica delicada y comedida de hace unas semanas?

G: Se fue entre cierta ropa interior raptada por un chico muy malo. ¿Has hecho buen uso de esa prenda?

M: No tienes idea, sobre todo cuando envuelvo mi polla en la tela y juro que puedo sentirte, créeme, es lo más enfermizo que le he dicho a una mujer, y cuando me doy mi masaje feliz pensando en ti, en tu cabello desparramado en la almohada, en tu coño liso, húmedo y ardiente, veo el cielo, bottom blue, y solo quisiera que estuvieras aquí a mi lado.

G: Yo también te extraño.

M: Tan pronto vuelva a Chicago, te invito un fin de semana a mi casa. Quiero pasar tiempo contigo y que conozcas a los cabrones de mis hermanos y sus respectivas mujeres, te caerán bien.

G: Lo haremos, ya estoy ansiosa.

El jet lag lo estaba afectando, o era la fotografía sexi de Giana o el tono erótico y emotivo de la conversación, pero se le despertó un ansia por ella que lo asustó un poco.

“Tiempo al tiempo”, decía la señorita Selma.

Se despejó, se dio una larga ducha con masaje feliz incluido y salió a enfrentar el resto de su día.

Giana se quedó un poco más en la cama, releyendo los mensajes de Mathew. Luego se levantó, se duchó y tomó café en cantidades. Le esperaba una larga jornada.

La tarde anterior, Mia había entrado a su oficina. Cerró la puerta y levantó un llavero, que le pasó a su jefa. Ella le regaló una mirada interrogativa.

—¿Y eso?

—No preguntes, no digas nada, entre menos sepas, mucho mejor. Estas son las llaves del santuario de Ethan, aprovéchalas al máximo antes de que él o su cancerbero se den cuenta de que no están. Ya salieron.

—Hay cámaras, sabrá que yo entré.

—No si las desconecto antes.

Giana sonrió y miró a su asistente con curiosidad.

—¿De dónde han salido estas dotes tuyas detectivescas, por no decir otra cosa?

—Series de detectives y espías, mis favoritas. —Giana sabía que había algo más, sin embargo, no tenía tiempo que perder, necesitaba respuestas al poco de interrogantes que tenía—. Espero que encuentres lo que buscas.