CAPÍTULO 14
Brandon acompañó a Mathew en una visita al taller, mientras discutía con su cuñada Elizabeth sobre el montaje de los rubíes en las piezas que había diseñado la talentosa artista.
—Mathew, ese problema lo soluciono yo —afirmó la chica mientras observaba lo que para su cuñado era un problema. Uno de los operarios le mostraba una pieza ensamblada a mano y otra ensamblada con la máquina.
—Tienes que darle unos grados más de inclinación, yo entiendo tu idea y si fuera una joya elaborada a mano y todo el lote se pudiera trabajar así, créeme que no diría una palabra, pero estoy seguro de que la máquina ensambladora no te va a ayudar en esto —insistió Mathew.
—Llevo días pensando en cómo arreglarlo. —Elizabeth caminó hasta una de las oficinas e invitó al par de hermanos a tomar asiento.
—El patrón de ensamble no es el problema —volvió a la carga Mathew mientras Brandon miraba sus mensajes en el móvil, atento a la charla.
—No, lo que sucede es que son piedras irregulares y, si te soy honesta, me gustaría que se ensamblaran a mano.
—Eso implicaría contratar más ensambladores —tronó la voz de Brandon.
—Estoy de acuerdo con Elizabeth. —Mathew le guiñó un ojo a la chica.
—Ustedes van a acabar con mi cordura, invierto miles y miles de dólares en tecnología de punta y los dos insisten en seguir trabajando como lo hacíamos a principios del siglo pasado.
—Serán empleados temporales —terció Elizabeth.
—Es dinero de todas formas —ripostó Brandon, levantándose y caminando por el pequeño espacio.
—Las joyas tendrán un valor diferente, podemos hacerle conocer a la clientela que es un proceso exclusivo. —Mathew se distrajo unos momentos recordando la sesión de sexo telefónico de la noche anterior y se preguntó si Giana ya habría recibido su presente.
—Podría ser —contestó Brandon, que se enfrascó en una conversación con Elizabeth.
Mathew, totalmente ajeno a lo que hablaban, no se percató del silencio que cayó sobre su cuñada y hermano.
—Te lo dije —afirmó Elizabeth con una nota burlona en su voz.
—¿Quién es? —Brandon chasqueó los dedos frente a Mathew, que volvió al presente para ver las expresiones curiosas de la pareja.
Negó con un gesto varias veces.
—Vamos, estás distraído y no es la primera vez, saltas cuando vibra tu móvil y te apresuras a contestar, hacía meses que no te veía así, no le dabas más importancia a ese aparato que a un par de zapatos viejos.
Y pensaría que me estás traicionando, ya que dejas el móvil bocabajo cada vez que estás con nosotros.
—Terminó bromeando el mayor de los King—.
Quien quiera que sea, bienvenida. Ya era hora de que volvieras a sonreír por una mujer.
Sus hermanos, aunque no la conocieron, estaban al corriente de lo ocurrido con Meriem, y habían respetado su duelo y sus silencios.
Mathew sonrió.
—No la conoces.
—Oh, oh —exclamó Elizabeth que se levantó de la silla como un resorte y se puso frente a Mathew—. Lo sabía, lo sabía…
—Es muy reciente, no voy a hablar de eso ahora —sacudiéndose una pelusa imaginaria de la manga de su camisa.
—Mathew, Mathew, querido, no puedes dejar a tu cuñada favorita en Babia —reclamó Elizabeth indignada.
Él soltó la risa.
—Ah, no, no voy a caer en eso, no tengo cuñadas favoritas, a ti y a Eva las quiero por igual.
—Gracias por tu diplomacia, entiendo que lo dices porque está aquí tu hermano mayor y no me importa, pero, por favor, necesito saberlo.
Elizabeth y Mathew se alejaron unos pasos mientras Brandon hablaba con un operario.
—No es el momento, denme un poco de tiempo.
Mathew se quedó unos segundos callado y luego sonrió, y Elizabeth supo que la chica le importaba.
—Tendrás que esperar —bajó el tono de voz—, es algo muy reciente, no me quiero precipitar.
—Me alegra verte así —señaló Elizabeth con cariño.
—¿No crees que es muy pronto? –preguntó Mathew a Elizabeth en tono bajo, solo para ella.
—Nadie puede decretar el tiempo de conclusión de un duelo, solo lo sabes tú, pero la vida sigue imparable y no sabemos a qué tengamos que enfrentarnos el próximo mes o año, así que aprovecha y vive el momento y, si es amor, pues fabuloso. Bienvenido al club.
—Es muy pronto para saberlo, pero me gusta mucho.
—Bueno, ya, dejen el cotilleo, parecen quinceañeras en la escuela —interrumpió Brandon—, no me han convencido de contratar ensambladores temporales para la próxima colección, tu vida amorosa es tu asunto y nos hablarás de ello cuando estés listo, ahora tenemos entre manos tu próximo viaje a Sarabi.
—Ustedes son unos aburridos, veo que me llevé al mejor de los King —sentenció Elizabeth petulante antes de salir del taller.
Giana acarició la caja de madera rústica con los bombones de chocolate que le había enviado Mathew, recordó cuando le contó que eran sus favoritos y que se los regalaba su madre cuando era una chiquilla y por unos instantes fue como si la hubiera recuperado y le enviara el mensaje de que, a pesar de las situaciones difíciles, todo iba a estar bien.
Mathew King había resultado ser toda una sorpresa para ella, además de su sinceridad, era un hombre que sabía escuchar y eso la cautivó aún más.
Se sentía pletórica después del tiempo compartido con él, llena de energía y con ánimos de enfrentar lo que viniera.
Dos semanas después de su viaje a Los Ángeles, la había sorprendido el viernes en la tarde, cuando llegó a recogerla a la oficina.
Había sido un fin de semana mágico, se habían compenetrado tanto que Giana estaba segura de que lo que sentía por él era más que una simple atracción y que lo que estaba viviendo era más que una aventura.
Él había decidido tocar el tema de la mina.
Ambos estaban sentados ante sendas tazas de café.
—No te había hablado del derrumbe, no porque no te tenga confianza, es que es un tema muy triste para mí.
Giana tomó su mano, se acercó y se sentó en su regazo, le acarició el cabello y dejó que se desahogara...
—A pesar de los problemas que hemos tenido en la empresa, esto es lo más duro y complicado que he experimentado.
No solo fueron esas vidas cegadas, ese derrumbe se llevó mucho más, pero no voy a profundizar en ello ahora, solo siento que la culpa me carcome, duré semanas sin dormir y esa maldita investigación que no arroja resultados, yo no pude equivocarme tanto, estoy seguro de eso, se supone que soy un experto, ¿cómo crees que me siento?
—Mal, debes sentirte muy mal —le acarició el rostro, tuvo la urgencia de borrarle su dolor enseguida, le alisó el ceño—, si estás seguro de que no eres responsable, la investigación te absolverá tarde o temprano.
—No quiero absolución, si soy culpable lo afrontaré, quiero la verdad.
Mathew le relató sobre las investigaciones que llevaba la empresa y como se sentía cada vez que D’Artagnan publicaba uno de sus malditos artículos.
Giana volvió a su presente, quería a ese hombre para ella. Recordó otro de los interludios vividos en su departamento ese fin de semana.
Mathew, acostado en la cama, la observaba caminar por la habitación recogiendo su ropa y poniéndola encima de una silla, así, desnudo como estaba, se levantó y del bolsillo de la maleta sacó una bolsa de terciopelo, la abrazó por detrás y le besó el cuello. Ella se recostó en él unos momentos.
—Es mejor que te vistas, llegarás tarde al aeropuerto —murmuró ella.
Él suspiró sobre su piel y deslizó una cadena con un dije por su cuello y lo ajustó con rapidez.
Giana llevó la mano al dije y sonrió al ver que era la piedra que Mathew había tallado para ella en su primer día en París.
Un nudo de emoción le impidió modular por unos instantes y se volteó para abrazarlo.
—No me pasó desapercibido tu gesto ese día, imaginabas que le daría la joya a alguien más.
—Le aferró el rostro con ambas manos—. Era tuyo desde el momento en que vi el color de la piedra que es exacto al color de tus ojos.
Te lo entrego porque, así para ti sea demasiado pronto, esto que estamos viviendo es importante.
Eres importante en mi vida y quería que lo supieras.
Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Para mí también lo eres, Mathew King. —Pegó su frente a la de él—. Es uno de los regalos más bellos que he recibido porque lo hiciste tú.
—Estoy seguro de que has recibido joyas más bellas que esta —señaló con tinte burlón.
—Sí, pero ninguna tan especial, esta y los pendientes de mi madre son lo más valioso que ha llegado a mi vida, pero no me quiero poner sentimental. —Le dio un profundo beso—. Gracias.
Se abrazaron unos segundos y luego él la atravesó con la mirada.
—Tienes algo que quiero llevarme. Mi estadía en Sarabi será eterna y necesito algo tuyo, tangible, que me diga que lo ocurrido estas horas es jodidamente real y que no se evaporará en el aire.
Ella se dio la vuelta y lo observó confusa.
—No sé qué podría darte…
—Yo sí sé…
Las manos de Mathew ascendieron por el contorno de los muslos de ella hasta llegar a su ropa interior, le bajó los interiores ante el jadeo sorpresivo de ella.
—¿Qué haces?
Cuando tuvo la ropa interior entre sus manos, tuvo la osadía de refregar la prenda en el medio de sus piernas para impregnarla de su esencia. Era lo más sucio y los más erótico que Giana había experimentado en su vida y estaba encantada.
—Este será mi fetiche, botton blue. —Soltó un suspiro al llevarse la prenda a la nariz.
—¡Estás loco! —dijo en medio de una carcajada al ver el gesto concentrado con el que Mathew aspiraba su aroma, ya estaba excitada de nuevo y con ganas de volver a la cama.
—Esto no es nada, quisiera hacer algo un poco más sucio —dijo con voz ronca.
—¿Cómo qué? —se atrevió ella a preguntar.
Mathew le regaló una sonrisa ladina.