HERMANOS KING CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Después de una ducha larga que tomaron los dos, pidieron la cena mientras se acomodaban en el sofá de la suite envueltos en las gruesas batas que proveía el hotel.

Sentados frente a frente, Mathew acarició la cicatriz que Giana tenía en la frente…

—¿Qué te ocurrió?

—Yo llamo a esta cicatriz “la aprobación del padre”.

—¿Perdón?

—Pocas veces hablo de esto, no me gusta victimizarme, no es lo mío, ocurrió cuando montaba patineta en el camino del jardín de la casa de mi padre, pensé de manera errónea que, si me veía habilidades en una actividad poco femenina para sus estándares, lograría su admiración o por lo menos su aprobación.

El resultado fue una sutura de nueve puntos y la marca de Harry Potter en la frente.

A pesar del tono ligero en el que terminó la historia, Mathew pudo detectar un dolor subyacente. Quiso tener frente a él al maldito de Cesare Orsini y preguntarle cómo era posible que no viera la clase de mujer que era su hija.

—La cicatriz de Harry es una expresión externa de su agitación interior, por lo visto ustedes dos comparten eso —dijo Mathew con delicadeza volviendo a acariciar la cicatriz. Quiso abrazarla y consolarla de alguna forma, pero tenía el presentimiento de que ella no quería su compasión.

—Esa es la visible. —Se interrumpió y pareció olvidarse de seguir.

Finalmente, la voz de él la sacó de su inmovilidad.

—Muéstrame las otras.

—Las otras duelen más. —La voz le tembló y su mirada evitaba la de Mathew.

—Lo sé, las cicatrices emocionales afectan mucho más nuestra vida que las físicas, ven acá. —La abrazó, sin embargo, la sintió tensa—. Quiero tocar cada una de ellas. Quiero sentirlas, cada cicatriz tiene una ambivalencia que envía dos mensajes —llevó una mano a su corazón—: aquí dolió, aquí sanó.

Ella trató de separarse, pero él no la dejó.

—No te gustarán.

El semblante de Mathew se ensombreció.

—A lo mejor no me gustarán, pero cada una de esas cicatrices cuenta la historia de cómo has sobrevivido. Ellas te han hecho fuerte, te han hecho la extraordinaria mujer que eres hoy.

—¿Cómo puedes decir que soy extraordinaria? Apenas me conoces. Hemos compartido poco tiempo. Mi padre me culpa del accidente en el que perdió la vida Marco, mi hermano, y lo más triste del caso es que tiene razón.

Mathew la abrazó, impactado por lo que escuchaba.

—Háblame de ello…

—Marco era mi hermano mayor e hijo de la primera esposa de mi padre.

De niño pasaba los veranos con nosotros, ya que vivía con su madre en San Francisco, pero entró a estudiar en Georgetown, por lo tanto, lo veíamos más seguido.

Conmigo tenía una buena relación, éramos amigos.

Yo había estado reunida con unas amigas y él pasó a recogerme, le insistí en que me dejara conducir, cumpliría dieciséis años el mes siguiente, tendría mi licencia.

No quería —soltó el llanto—, pero le insistí tanto que accedió.

Iba manejando bien, a la velocidad adecuada, cuando salió una camioneta de no sabemos dónde y nos golpeó, el auto se estrelló contra el árbol y Marco murió a causa de un golpe que se dio con el parachoques.

—Fue un accidente, bottom blue, no tuviste la culpa.

—Me digo mil veces que si él hubiera estado al timón a lo mejor hubiera evadido la camioneta.

—Es normal sentirte culpable, pero a lo mejor el resultado hubiera sido el mismo, o tú estarías muerta.

—Estoy segura de que mi padre lo hubiera preferido.

—No digas eso, simplemente le duele la pérdida de su hijo —soltó un suspiro y le acarició la espalda—, hay ausencias que no se superan nunca, tienes que aceptarlo y seguir con tu vida.

Se quedaron en silencio. La cena llegó en ese momento.

Mathew se levantó a abrir la puerta, un mesero entró con la comida que acomodó en la mesa de comedor, él le dio una generosa propina y se quedaron de nuevo solos.

La tomó de la mano y la llevó hasta la mesa, donde destaparon los platos y antes de que ocuparan sus puestos, Mathew sentó a Giana en sus rodillas.

—Insisto en que eres una mujer extraordinaria.

Volé miles de kilómetros para verte. Pienso en ti en los momentos más disparatados y los cabrones de mis hermanos ya se empezaron a dar cuenta de que algo raro me sucede.

Me perdí en una conversación, porque estaba pensando en nuestro último día en París.

—Ella levantó la cara y lo miró confusa, y con un poco de aprensión.

Mathew se dijo que a lo mejor ella no estaba preparada para esa confesión, pero era así como se sentía y no se iba a cohibir de decírselo, necesitaba que lo supiera.

Con Giana quería eso y más—. No quiero que te asustes o te sientas presionada de alguna forma, si no estás en la misma sintonía, no importa, solo quería que lo supieras.

Giana sonrió.

—Definitivamente estamos en la misma sintonía.

Mathew se puso serio.

—¿Estás segura de ello?

—Absolutamente.

—¿Cómo lo sabes? —Le acarició con lentitud el cuello, deslizando la mano hasta uno de sus pechos.

—Porque me pica el codo derecho —sonrió ella—. Cuando ocurre algo especial en mi vida me pica, siempre. ¿Qué hay de ti?

—¿Qué deseas saber?

—A veces noto algo en tu mirada, un gesto de tristeza que aparece y luego desaparece de forma fugaz.

Lo notó tensarse y se quedó en silencio. Se separó de ella y caminó por la habitación, luego abrió la nevera de la suite y sacó una bebida gaseosa, se volteó y la miró serio.

—No estoy listo para hablarlo —la miró inquisitivo—. ¿Será una molestia para ti?

Ella negó con la cabeza.

—No es molestia, no te preocupes, te he contado muchas cosas que no le he contado a nadie más y pensé que podía ser merecedora de esa misma confianza. Me causa curiosidad esa ambivalencia que manejas.

—¿Ambivalencia?

—Sí, ambivalencia, dices que eres muy sincero y que, si te pregunto, siempre me dirás la verdad, pero te niegas a tocar ciertos temas.

—Lo haré, tenlo por seguro, pero dame algo más de tiempo.

Mathew se acercó, la alzó y la besó. Ella se acurrucó en sus brazos. Permanecieron el uno junto al otro disfrutando del momento en total silencio.

—Mejor cenamos, necesitamos reponer fuerzas, esta noche apenas comienza.

Él enterró la cara en su cuello porque había descubierto que ese era un punto excitante para ella.

Raspó con los dientes hasta la clavícula y la sintió estremecerse en sus brazos.

Notó que su respiración se aceleraba y decidió darle una pausa.

Se dedicó a alimentarla, a cortar pedazos de carne, engarzarlos en el tenedor y llevarlos a su boca; había en ese gesto algo placentero, algo primitivo que lo satisfizo.

—Dios —dijo—. Eres sexi cuando comes. Pero también lo eres cuando no estás comiendo —soltó la carcajada—. Eso definitivamente sonó muy imbécil.

—No, para nada —se apresuró a hablar Giana—. Me gustan los halagos, no te cohíbas.

—No tienes que decirlo dos veces.

Ella masticó y tragó hasta que su plato estuvo vacío, luego él dejó el tenedor sobre su plato.

Enseguida tomó un bombón de una caja de bombones de chocolate que había encima de la mesa y que resultaron ser los favoritos de Giana: una marca exclusiva de chocolates artesanales de fina factura originarios de esa zona del país y que, por lo visto, el hotel distribuía a sus huéspedes.

Ella le contó que su madre la agasajaba con esos dulces de tarde en tarde.

Mathew la observaba devorar el bombón, parecía ajeno a sus palabras. Ella sonrió.

—Tengo buen apetito —dijo saboreando la golosina.

—Yo también.

—Apenas has probado bocado.

—Tengo hambre de otra cosa, bottom blue.

Mathew la levantó y la depositó en la superficie de la mesa, al otro extremo de donde estaba la vajilla. Le acarició los pies y sus manos ascendieron por el contorno de sus piernas hasta depositarse en su sexo, que ya estaba lubricado.

Se dedicó a besarla, lamerla, repasarla, imprimiendo ritmos lentos y rápidos con la lengua.

Mathew hizo oídos sordos cuando ella le pidió que parara, que lo quería dentro de ella, pero él con un anhelo egoísta siguió saboreándola, necesitaba que terminara en su boca y embriagarse del sabor de su orgasmo, aprendérselo y así sentirla más suya.

Los rayos de sol entraban por entre las persianas, Mathew se despertó y encontró a Giana alistándose para su reunión.

—Buenos días —dijo mirándolo de reojo con una brillante sonrisa, mientras tecleaba algo en su tablet.

—Buenos días, bottom blue.

—Tengo la mañana repleta de reuniones, se me olvidó cancelar la reserva del hotel.

—Tranquila, estoy segura de que tu eficiente asistente lo hizo.

—Te has hecho muy amigo de ella.

Mathew la observaba ponerse los zapatos y alisarse la falda tubo de color azul que hacía lucir fenomenal su culo, el mismo culo que él había tocado y masajeado hasta el cansancio la noche anterior.

—Me cae bien —dijo él levantándose de la cama.

Caminó desnudo y sin pudor hasta ella, se envaneció por la mirada de admiración que Giana le lanzó, la atracción era potente y mutua.

—Quisiera quedarme y no salir de aquí, pero el deber me llama.

—¿Tienes algo de tiempo libre en la tarde? Podríamos almorzar en alguno de los restaurantes de Rodeo Drive.

Ella negó con la cabeza.

—Prefiero volver aquí. —Lo miró con un brillo en sus ojos y las mejillas sonrojadas—. Y aplazar mi vuelo, que sea el último de la noche. ¿Tú tienes algo que hacer?

—Sí, voy a aprovechar mi mañana para una reunión de trabajo. Pienso que en algún momento tendremos que hablar cada uno de lo que hacemos, ya no somos extraños, nunca te pondría en una situación difícil. Sé que es muy pronto, pero quería que lo supieras.

—Gracias, es importante para mí saberlo, sé que no traicionarías mi confianza. El codo me lo dice.