HERMANOS KING CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Él se separó de ella como si quisiera poner un poco de distancia y a Giana ese gesto la hizo sentir cohibida.

Afortunadamente, el ascensor hizo un sonido metálico y las puertas se abrieron a un pasillo con un corredor de paredes color pastel y consolas con jarrones de flores frente a espejos finamente tallados. El aire estaba perfumado con lavanda.

Giana suspiró acompasando su paso al de él.

Se sentía tan atraída; a pesar de ser un hombre tan joven, era muy masculino y muy seguro de sí mismo, no la adulaba y aunque se veía que quería impresionarla, eso no lo hacía infantil, ni inmaduro, estaba segura que de que incluso de jovencito debió ser así de serio.

—Llegamos —dijo sacando una tarjeta y pasándola por una cerradura magnética. La puerta se abrió y la invitó a seguir con un gesto de las manos—. Hogar, dulce hogar.

Escuchó sus palabras como si llegaran de muy lejos.

Se mezclaron en su cabeza, sin sentido. Lo que sí percibió fue el calor que su caricia suave desencadenó bajo su piel, cuando se acercó y le tocó el brazo, como si sus dedos dispararan electricidad.

Un escalofrío de excitación sexual recorrió su cuerpo, fue igual a lo que sintió en París.

Mathew lo reconoció enseguida y la arrinconó contra la primera pared que encontró.

Curvó su mano alrededor de la suya, se inclinó hacia adelante y la besó.

Ella pensó que se derretiría y un enorme charco de miel quedaría a los pies de Mathew.

—No profundicé el beso en el elevador o nada me habría detenido. Te necesito ahora.

La besó de nuevo desde un ángulo diferente, más profundo. Sus manos se enredaron en su cabello en el momento de acunar su cabeza y el beso se volvió más y más ardiente, y tan sugestivo que sus pulsaciones se dispararon.

—Necesito un baño.

Él negó con la cabeza.

—No puedo permitirlo —señaló regando de besos su quijada y su cuello, acariciándole el contorno de los pechos—. La bañera es gigante, podrías ahogarte.

Ella soltó esa carcajada musical y sexi que tenía a Mathew embelesado y encendido.

—Necesitaré un salvavidas entonces.

Él le acarició los muslos y le subió el vestido hasta llegar a sus nalgas, que acarició sin pausa.

—No, bottom blue, me temo que no podré complacerte, te deseo demasiado

Giana interrumpió su diatriba con otro beso, si él la quería así, así la tendría. También estaba a punto de estallar, le hacía bien a su ego el que Mathew estuviera igual que ella.

Se acercó más a él sin un ápice de vergüenza y rozó su vientre contra su pene.

Él soltó un gemido sin dejar de besarla, se hinchó aún más, frotándose contra su vientre.

A ella llegó una visión de su fin de semana en París —juntos, desnudos y sudorosos en la cama, ese enorme pene entrando en ella—, lo que ocasionó que su vagina se apretara, como si él ya estuviera en su interior, a pesar de que ni siquiera se habían quitado la ropa.

Mathew volvió a besarla tan profundamente que apenas podía respirar.

No le importó, ella necesitaba más de ese beso que del aire a su alrededor.

Sus lenguas se encontraron y danzaron entrelazadas mientras él acunaba su cabeza para fijarla y alargar el gesto, y su otra mano recorría su espalda fijándola más a él.

En medio de jadeos, labios y dientes mordisqueaban su boca, su lengua acariciaba la de ella.

Así estuvieron un par de minutos, hasta que Mathew empezó a tocarla por todas partes, como si no supiera por dónde empezar.

La besó en el cuello mientras la desnudaba, distrayéndola tanto que estaba casi desnuda antes de poder darse cuenta. ¿Y la cama? ¿Dónde estaba la jodida cama? Mathew parecía no tener intenciones de moverse. En cuanto la tuvo desnuda se arrodilló ante ella y se abrazó a su vientre.

—¡Dios! —jadeó—. Deseaba hacer esto desde que entraste al auto —repasó con la nariz su sexo e inhaló su aroma y luego la devoró sin pausa, así como había hecho con la boca.

A Giana las piernas no la sostendrían, estaba segura. Un dedo se deslizó en su interior, moviéndose a un ritmo que formó el orgasmo bajo su piel, empezó a moverse a un ritmo disparatado, buscando la liberación, mientras los labios y los dedos de Mathew hacían magia dentro de ella.

—Córrete en mi boca —ordenó Mathew. Deslizó el dedo más profundamente y arreció el movimiento de su lengua. Giana cerró los ojos cuando la primera oleada de placer la atravesó completa y empezó a gemir y a recitar el nombre de Mathew en una letanía sin final. Cuando acabó, él se levantó y la alzó.

—Pon las piernas en mi cintura —demandó, tenso como cuerda de violín—. ¿Cama?

Colocó las manos en el trasero para sujetarla mejor mientras ella lo rodeaba con sus piernas.

—Sí.

Mathew la llevó hasta la habitación sin dejar de besarla. Giana ni siquiera observó por dónde iban, la luz del pasillo creaba sombras sobre el edredón de la cama, Mathew la dejó con delicadeza sobre la colcha y se desvistió con celeridad ante la mirada ávida de ella. Quería más. Lo quería a él.

Tan pronto se bajó los calzoncillos, percibió el deseo que sentía por ella en cada centímetro de su firme y tenso cuerpo. Se acostó a su lado.

—¿Estás bien?

—Mejor imposible, eres un captor muy considerado.

La besó de nuevo y sus manos acariciaron sus pechos, chupó sus pezones hasta dejarlos erectos.

—Mathew…

Se levantó sobre ella y tomó un condón que estaba sobre la mesa de noche, desgarró el empaque y se lo puso con rapidez. La aferró de las piernas hasta traerla al borde de la cama. Ella las abrió enseguida y él se posicionó entre ellas.

—Te mereces todos los jodidos preliminares que existen, pero necesito estar dentro de ti ahora o voy a arder, Giana, aquí frente a ti.

Tiró de una de sus piernas para que quedara más abierta y así eliminar la distancia, sintió como poco a poco Mathew se abría camino dentro de ella y soltó un jadeo profundo cuando él levantó las caderas y quedó incrustado en su interior.

Comenzó a mecerse sobre ella de manera suave al principio, pero cuando la fricción los humedeció por completo, aceleró el ritmo sin contemplaciones.

Le aferró la cabeza y fijó su mirada en la de él.

—Eres hermosa, eres perfecta, tan suave, tan sedosa, tan apretada, esto es el jodido cielo.

Ella apenas podía respirar, ya estaba en su cielo hacía rato.

Se sentía mareada de excitación. La fricción era increíble, sentía que se quemaba, una enorme llamarada de calor consumía su interior hasta que, con un fuerte gemido, se desplomó en el abismo, el corazón latiendo a millón, y las piernas y brazos aferrándolo como si nunca lo fuera a soltar.

Él la siguió enseguida, murmurando palabras calientes, hinchándose dentro de ella, temblando y estallando en una liberación que parecía no tener fin.

Se abrazaron fuertemente y luego, con un gran suspiro, mientras normalizaban la respiración, Giana acarició los pectorales de Mathew, que respiraba más relajado, colocó la cabeza sobre la almohada junto a la suya, pero al darse cuenta de que tenía el condón, salió de su interior, y fue al baño a deshacerse de él.

Volvió a la cama donde Giana lo esperaba con los brazos abiertos.

Mathew King era lo mejor de su semana, aunque no, era lo mejor que le había ocurrido en mucho tiempo.

Soltó otro suspiro, se dijo que le daría unos minutos, se moría por repetir lo anterior.