HERMANOS KING CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Giana había vuelto a su trabajo el jueves anterior, no quiso contarle a Mia lo ocurrido y se sumergió en pendientes y reuniones los dos siguientes días.

Eso sí, evitando todo contacto con su padre, que tampoco hizo mucho para comunicarse con ella.

Su mensajero era Ethan, al que ella apenas toleraba, no sabía cuál de los dos era peor.

En cuanto volviera de viaje tendría otra reunión con Cesare, ya no para convencerlo, pero sí para hablar del tema que la preocupaba sobremanera, la mina de diamantes en Sarabi.

En el almuerzo tardío del viernes en la oficina, Mia se percató de las sonrisas de Giana al intercambiar mensajes de texto con Mathew. La joven, en un rapto de confianza, le contó cómo había conocido al menor de los King y el fin de semana pasado con él en París.

—¡Ya era hora! —La mujer alzó los brazos al cielo—. ¡Mis oraciones fueron escuchadas! Aunque me preocupa el candidato. Me imagino que cambiaron tus intenciones respecto a él.

—Mathew ha sido una agradable sorpresa. Aún nos estamos conociendo —dijo Giana antes de llevarse un bocado de ensalada a la boca.

Cada vez se le hacía más difícil responsabilizar a Mathew por lo ocurrido, pero tampoco quería dejarse llevar por una cara bonita y un par de gestos amables.

Tendría que investigar más a fondo el tema de la mina.

—Cualquiera que haya bajado a Colton del pedestal tiene mi visto bueno.

—A Ethan lo bajé del pedestal yo solita, no necesité de Mathew para ello.

Mia tecleó el nombre de Mathew en el buscador de su iPhone y soltó una exclamación cuando el joven apareció en la pantalla.

—Es guapísimo —lo detalló en varias fotografías—. Los tres hermanos lo son.

—Solo conozco a Mathew. Sus otros hermanos están casados.

—Es una lástima.

Giana sonrió al escuchar el timbre de su móvil, era una videollamada.

—Hablando del rey…

—Contesta, contesta, yo me iré a mi oficina. —Mia levantó el recipiente de la ensalada, pero Giana le pidió con un gesto que se quedara.

—Hola, guapo —saludó la joven tan pronto la imagen de Mathew se materializó en la pantalla. Lucía una camiseta gris y su mentón estaba oscurecido por una sombra de barba, como si ese día no se hubiera afeitado, lo que le daba una apariencia de chico malo.

—Hola, bottom blue.

—Hay alguien a quien quiero presentarte.

Mia blanqueó los ojos. Giana sonrió, se levantó y se colocó al lado de su asistente, que estaba muerta de curiosidad por saber si el chico era igual de guapo en la pantalla del móvil que en las fotografías halladas en Google.

—Ella es Mia Johnson, mi asistente, y arde de curiosidad por saber con quién mensajeo todo el tiempo.

Mathew levantó la mano y saludó a la mujer con un gesto amable.

—Es un placer conocerte —dijo.

Giana la observó de reojo. Mia tenía sentido teatral, aunque nunca hubiera pisado las tablas, y un gusto innato por las situaciones complejas.

—El placer es mío —sonrió—, creo que el amor a primera vista sí existe.

Mathew levantó las comisuras de los labios.

—¿Perdón?

Giana observó a Mia como si se hubiera vuelto loca.

—¿Te hizo daño el almuerzo? —interrumpió.

Ella encogió los hombros.

—No, sabes que me gusta decir lo que pienso.

Mathew levantó la mano.

—Ya somos dos.

Hablaron, bromearon, y al final de la charla parecían amigos de toda la vida.

—Exacto, Mathew, si no puedes convencerlos, confúndelos —aprobó la mujer cuando Mathew le contaba de una reunión para comprar un lote de piedras preciosas que tuvo que negociar de manera ardua.

Giana iba de uno a otro sorprendida sobre cómo dos personas podían congeniar tanto en menos de diez minutos.

—Es precisamente lo que hice, estoy seguro de que mañana tendré la llamada del vendedor a primera hora.

—Siento interrumpir la charla, pero tengo una última reunión y debo finiquitar los detalles de mi viaje a Los Ángeles.

—¿Cuándo viajas?

—El domingo en la noche, tengo una reunión el lunes a primera hora.

—¿Mia? —preguntó Mathew—, ¿podría tener tus datos por si en algún momento Giana no está disponible y quiera darle algún mensaje?

—Claro —afirmó la mujer—, estarán en tu correo en un santiamén. Fue un placer hablar contigo, pero tengo que volver a mi trabajo, tengo una jefa un poco exigente, no sé si me entiendes.

—Te entiendo perfectamente.

La mujer salió de la oficina dejándolos solos.

Giana sonrió al aparato.

—¿Qué fue eso?

—Si queremos que esta relación a distancia funcione, necesitaremos la complicidad de Mia, ya lo entenderás, bottom blue. Cuéntame más de tu día, ¿ya te dije que te ves preciosa?

El aeropuerto de Los Ángeles estaba repleto ese atardecer de domingo, observaba Giana mientras recorría el trayecto a la salida, arrastrando su maleta de rodachinas de fina marca y un maletín donde guardaba su ordenador y algunos documentos pertinentes a la reunión del día siguiente.

Turistas de todo el mundo llegaban sin pausa para conocer una de las ciudades más populares del mundo.

Tuvo que caminar más de quinientos metros hasta vislumbrar la salida.

Mia había arreglado como siempre su medio de transporte, que consistía en un auto particular con chofer.

Se distrajo con pensamientos de trabajo, esperaba convencer a los proveedores con los que tendría reunión al día siguiente de cambiar las fechas de entrega de los insumos.

Era imperativo que todo fuera sobre ruedas para suplir las nuevas joyerías.

Giana divisó a un hombre alto de aspecto agradable que llevaba un cartel con su nombre a la altura del pecho.

—Buenas noches, soy Giana Orsini.

El hombre la miró con respeto y enseguida tomó de sus manos el maletín de rodachinas.

—Espero que haya tenido un buen viaje —dijo echándose a andar mientras ella lo seguía.

Una limosina los esperaba. Giana se sorprendió, ese auto era más del uso de su padre, a ella le enviaban automóviles comerciales. A lo mejor se había presentado una confusión.

El hombre le abrió la puerta y la ayudó a subir al elegante vehículo.

—Sé lo que estás pensando —dijo Mathew desde el asiento trasero. Giana lo miró con ojos incrédulos—. Estás pensando en por qué Mia te envía esta clase de auto. No te preocupes, botton blue, yo estoy a cargo a partir de este momento.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con una sonrisa.

—Es un rapto, estás en mi poder.

Giana soltó la carcajada y lo abrazó antes de perderse en un beso matador, un beso de esos que le hizo encoger los dedos de los pies y le barrió con un escalofrío toda la espalda, era lo mejor del fin de una semana de mierda. Era su premio a unos días difíciles y agradeció al cielo por ello.

Mathew concluyó el beso y le aferró el rostro sin dejar de mirarla.

—Querías verme.

—Quiero mucho más que verte. —Le acarició el contorno de la mejilla, feliz por lo que veía en sus ojos.

Giana le gustaba mucho y había valido la pena las horas de viaje solo por perderse en el color de su mirada—.

Te echaba mucho de menos, tenía que venir, no me importa volar miles de kilómetros para una segunda cita.

—Creo que ya cubrimos la segunda cita en nuestro fin de semana en París.

—¿Tú crees? —La miró y ella asintió—. Pues tampoco me importa volar por una tercera o cuarta cita.

Hizo un gesto afirmativo recordando lo ocurrido en París.

Giana rio, ligeramente nerviosa. Estaba empezando a sentirse mareada, como alguien a quien han puesto boca abajo.

Mathew estaba guapísimo, vestía un pantalón de dril gris oscuro, camiseta negra, chaqueta de cuero y unos zapatos informales.

En su muñeca sobresalía un Rolex, de colección limitada, por lo que ella sabía.

—¿Por qué? Hoy en día es sencillo desplazarse, si la persona realmente te interesa.

Él rio, sacudiendo la cabeza. Se encogió de hombros.

—Y dependiendo de cuáles sean tus propósitos.

A Giana el tono en el que pronunció las palabras y el brillo fiero de sus ojos le erizaron la piel.

—¿Son deshonrosos tus propósitos? —preguntó con picardía.

—Espero que sí —soltó sin dejar de mirarla.

—En tal caso, espero estar a la altura de las circunstancias —contestó ella en tono altivo.

—Lo estarás, bottom blue. Tienes el lenguaje de una dama victoriana.

—Ten por seguro que es solo el lenguaje —susurró en tono provocativo.

Mathew la acomodó en sus brazos y le dio un beso en la frente.

—Soy afortunado. ¿Tienes la noche libre?

—Sí, libre como un pájaro, mi reunión es mañana en la mañana ¿A dónde me llevas? —preguntó mientras el auto se sumergía en el caótico tráfico.

—Tengo una reservación en el hotel Ritz-Carlton.

—Bien.

El resto del trayecto charlaron de trivialidades, el tema del trabajo estaba aparcado a un lado de ellos, como un mueble algo incómodo del que no podían deshacerse, pero tampoco integrar al resto del mobiliario.

Un botones abrió la puerta del vehículo en cuanto se detuvieron en el lujoso hotel.

Giana nunca había estado allí, aunque sabía que era uno de los más emblemáticos de la cadena.

Le causaba curiosidad y le gustaba el que Mathew, que en apariencia era un hombre de gustos sencillos, se tomara esas molestias por ella.

Él la llevó de la mano hasta la recepción donde los atendieron rápidamente y en menos de un minuto la estaba guiando a paso rápido hasta los ascensores.

Dentro del elevador, ella se vio reflejada en la puerta de bronce.

Había viajado con un sencillo vestido camisero de lino color azul, una chaqueta de hilo a juego y zapatillas de tacón bajo.

Se vio pálida y algo despeinada, tomaría una ducha tan pronto llegara a la habitación y se pondría presentable.

Mathew la miró de reojo, aferró su mano y le dio un suave beso en el dorso.

—Debes tener hambre. Podemos ordenar lo que quieras, lo que desees. —Volvió la cabeza y le sonrió con ese gesto que ocasionaba piruetas en el corazón de Giana. Se acercó y le dio un suave beso en la boca.

—Me gusta cuando te ríes porque sé que no es frecuente.