HERMANOS KING CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—Si aceptas un consejo, solo te digo que no puedes dejar el trabajo, así como así, tienes obligaciones y tu renuncia precipitada les haría ver a tu padre y a los miembros de la junta que no estás capacitada para ocupar la silla, si aún la quieres.

Giana sabía que Ethan tenía razón. No podía actuar como niña inmadura solo porque las cosas no salieran a su acomodo. Se volteó a mirarlo.

—Lo sé, volveré a la empresa mañana. Ahora, si me permites, quiero estar sola.

Ethan se lo había tomado mejor de lo que esperaba, lo que le dijo que sus sentimientos hacia ella no eran tan fuertes.

—Giana…

—Y tú no pareces muy afectado. Un hombre verdaderamente enamorado hubiera tenido otra reacción.

Ethan negó con la cabeza varias veces y la miró con un asomo de ira en su rostro.

—Me parece increíble la manera en la que me estás tratando. Tú no sabes lo que estoy sintiendo, no des las cosas por sentado.

Giana se sintió fastidiada.

—Te lo repito, no todo es sobre ti. ¿Qué diablos sucede en Sarabi?

Lo notó tensarse enseguida y también percibió el velo de rabia que vistió sus facciones.

—No sé a qué viene tu pregunta —la evadió, cauto.

—¿Por qué ese ataque unilateral a Joyerías Diamond? Nuestra empresa y la suya tienen idéntica participación e igual responsabilidad.

Carraspeó antes de contestar y la miró con profundo malestar, lo que la puso en guardia enseguida.

—No estoy dormido en los laureles, estamos investigando.

—Deberías aplicarte en la labor, si ese periodista va tras los King, no demorará en ir tras nosotros también.

—Los King se han granjeado enemigos en el medio, eso es lo que sucede cuando te apoderas de las cosas a mansalva.

Giana tuvo la certeza de que Ethan se refería a algo más personal, pues su rabia, a pesar de ser subyacente, era muy evidente.

—Ethan, si hay algo que deba saber…

Él levantó ambas manos como para detener una andanada, pero ella se quedó en silencio. Claro, meditó él, el jodido Mathew King había hecho bien su trabajo. ¿Con qué intenciones se habría acercado a ella?

—Te dejo para que descanses. Mañana tenemos una reunión de proveedores, ¿crees que puedas viajar a Los Ángeles el lunes de la semana entrante? Hay un par de problemas que podrías manejar.

Ella asintió y Ethan salió dejándola sola otra vez.

Mathew llegó a la mansión donde se había criado a visitar a su madre.

Anne King seguía siendo una mujer imponente, siempre elegante y con varios arreglos estéticos que la hacían lucir más joven de lo que era. Ese día esperaba a su hijo menor en la terraza que daba a un vasto y cuidado jardín.

—Hola, madre.

—Hijo —ella le tendió los brazos—, me alegra mucho verte.

La mujer había sufrido muchos golpes emocionales en los últimos años, entre ellos la lejanía de Brandon, quien la culpaba de haber estado separado de Eva James durante cinco años y de que, por culpa de su injerencia, la pareja hubiera sufrido bastante.

Mathew estaba seguro de que su madre no se resignaba a la pérdida de su hijo mayor, que la trataba cortésmente, pero con velada frialdad.

Y la tremenda discusión que tuvo con Nathan cuando este supo cómo el coletazo de lo ocurrido a Eva había afectado bastante, personal y profesionalmente, a Elizabeth Castillo, ahora su esposa.

Aunque Eva y Elizabeth la incluían en algunos planes familiares, las relaciones estaban lejos de ser las de una familia normal.

Mathew sabía que su madre no era un dechado de virtudes, pero era la única madre que le quedaba tras la muerte de la señorita Selma y no iba a darle la espalda, dejándola sola

Se acercó y le dio un beso en la mejilla. Ella se quitó las gafas y sostuvo el bordado sobre las piernas. Mathew lo agarró y lo observó, era un enterizo de tela de hilo.

—¿Para Gregory? —preguntó Mathew al ver unas camisas diminutas acomodadas en una mesita auxiliar.

—Sí, espero poder verlo este fin de semana y quiero llevarle varias cosas que le he bordado, ojalá, Eva le ponga toda la ropa —dijo en un tono de voz dubitativo y melancólico.

—Claro que se la pondrá, bordas muy bien. —Mathew acarició los animales bordados.

Se acercó una empleada, una mujer un poco mayor y que Mathew no conocía. Anne le pidió dos bebidas, un jugo de fresa para Mathew, que siempre lo tomaba cuando iba a visitarla, y para ella una limonada.

—Serán los dos de fresa o dos limonadas, no le gustan las visitas y tampoco le gusto yo. ¿Puedes creer que cubrió la escultura que trajimos Parker y yo de nuestro último verano en Grecia?

Mathew la miró con un brillo pícaro en los ojos.

—Has cambiado mucho, hace años, a una empleada así la habrías despedido sin contemplaciones.

—No es fácil conseguir servicio. ¿Cómo estás?

—Estoy muy bien, en cambio, a ti te veo más delgada. —Aunque no era muy cariñoso con ella, encerró su mano en la suya, gesto que conmovió a la mujer—. ¿Estás comiendo bien?

Anne lo miró como si se hubieran cambiado los papeles y él fuera el adulto y ella la joven a punto de recibir una reprimenda.

—Extraño mucho a mammy, a pesar de que ya no vivía conmigo, el ir a visitarla era como recuperar un poco mi pasado.

Me sentí perdida cuando falleció, como si de pronto mi pasado no existiera más.

Es curioso, ¿verdad? Vivimos huyendo de él todo el tiempo, pero cuando desaparece dejamos de ser nosotros mismos.

—Estás muy trascendental, madre, pero sí, es cierto, ella fue tu figura maternal desde que eras una niña, era tu familia.

—Y la mejor cocinera del mundo. —Anne extendió sus manos y frunció el ceño—. Estas manos no saben freír un huevo.

—Pero hacen maravillas con la aguja, además, no necesitas hacerlo y si alguien te hace sentir incómoda en tu propia casa, encuentra a otra persona.

Anne negó con la cabeza y se quedó mirándolo largo tiempo.

—Eres un buen chico, Mathew King.

Él no le contestó, se quedó observando el paisaje del jardín.

—Deberías salir con alguien, ¿qué pasó con ese cirujano que te invitó al ballet?

—Hace tiempo que no sé de él.

—Madre, te estás sepultando entre estas cuatro paredes, ya no haces vida social. Te noto decaída, sé que la pérdida de mammy nos afectó mucho a todos, pero la vida sigue y estoy seguro de que ella no vería con buenos ojos la manera en que has bajado de peso y estás encerrada en casa.

Ella le dio unas palmadas en el brazo.

—No te preocupes, estoy bien. ¿Hay alguna chica en el panorama?

Mathew quiso tener la confianza suficiente para contarle sus amores y desamores, pero Anne King no era buena consejera en ese ámbito. Sonrió sin contestarle.

—Deberías sonreír más.

—Últimamente me dicen mucho eso, parece que mi sonrisa atrae mujeres hermosas.

—Te mereces la mujer más hermosa del mundo.

Tus hermanos lo han hecho muy bien, así no me quieran en sus vidas; sus mujeres han sido misericordiosas y han dado vuelta a la página, sé que nunca me querrán, pero por lo menos puedo estar en los eventos familiares y me dejan ver a Gregory, que es una inmensa alegría para mí.

La empleada volvió a la terraza con dos vasos de jugo de fresa.

Anne iba a tomar el suyo, cuando Mathew le indicó a la mujer que eso no era lo que su madre había solicitado, y le pidió de manera cortés que siguiera las instrucciones de Anne al pie de la letra.

La mujer dio media vuelta y salió del salón con el vaso, para volver minutos después con la limonada.

—¿Viste? No fue difícil, se llama exigir. No esperé vivir para ver el día en que Anne King se dejara manejar por el servicio.

—No he llegado a esos extremos, es que no me interesa.

—Estás deprimida, eso es lo que pasa.

—¿Qué sabes tú de depresiones?

—Más de lo que imaginas. Madre, tienes que ocuparte en algo más productivo, yo sé que el bordado distrae, pero tienes que recuperar tu vida.

Fuiste presidenta de Joyerías Diamond, por Dios, podrías dirigir alguna fundación, estoy seguro de que aquí en la ciudad se pelearían por tener a una mujer como tú tomando las riendas de algún lugar; no puedes centrar tu vida en tus hijos o nueras, y mucho menos en los nietos, ellos te darán muchos momentos felices, pero nunca serán la esencia de tu vida.

Puedes viajar, enamorarte otra vez, aprender algún oficio nuevo, si acaso no quieres dirigir más.

—Nunca te había escuchado hablar tanto. Siempre has sido el más reservado de mis chicos, aunque yo creo que es por esa cualidad tuya de siempre decir lo que piensas y sientes, que desde que eras pequeño tenías temor de expresarte, como si con ello te fueras a meter en muchos problemas.

—¡Qué bien me conoces! —exclamó Mathew mientras meditaba que, a pesar de ser una madre ausente, ella conocía a cada uno de sus hijos.

—No te das cuenta de que esa cualidad es lo más valioso que hay en tu vida y un día alguien lo apreciará como mereces.

Mathew se dijo que hablaría con sus hermanos, ya estaba bueno del exilio impuesto por Brandon y la antipatía de Nathan, para bien o para mal, era su madre y no debían olvidarlo.