HERMANOS KING CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Apenas había podido dormir la noche anterior y se había levantado en la madrugada a hacer algo de ejercicio en la caminadora.

Era aficionada a correr de mañana por Central Park, era un ejercicio que la calmaba y le aclaraba las ideas, incluso tomaba decisiones mientras sus pasos se comían los metros de trayecto.

Pero ese día no había estado de ánimo para hacerlo.

Observó su teléfono por tercera vez por si Mathew le escribía, no le había contado nada de la desastrosa reunión con su padre, le daba vergüenza, no tenía la confianza suficiente para soltárselo.

El pecho le dolía, estaba segura de que era de tristeza.

No quería profundizar en los motivos de Cesare, ya los sabía, ahora tenía que pensar muy bien en lo que iba a hacer.

Podría tomarse un año sabático y viajar por el mundo, a lo mejor ir a la India, a Malasia o al fin del mundo, nadie la esperaba en ningún lugar.

O podría ir a Chicago. No, caviló, sería una soberana locura.

Se bajó de la caminadora y fue a la cocina, no había tenido tiempo de ir al supermercado, pero Mia, pendiente de su llegaba —bendita fuera—, había aprovisionado la nevera y la alacena, luego no tuvo problema para picar algo de fruta en un bol y acompañarla de café y un yogurt griego. Tenía todo el día por delante.

A las nueve de la mañana, se dijo que lo menos que podría hacer era dejar finiquitados los asuntos pendientes, ya que por un desacuerdo con su padre no podía dejar de ser una profesional.

La entrada de un mensaje hizo vibrar el móvil.

Era el video de un gato que se asustaba cuando movían un cocodrilo inflable: un poco tonto, pero la hizo sonreír.

Hola, Giana, hoy no he podido concentrarme, a pesar de que he hecho las respectivas pausas que recomiendan los expertos.

¿Sabías que las pausas realizadas durante el día para comer, ver un video divertido o relajarse hacen que seamos más creativos, puesto que el cerebro descansa y la información fluye de mejor manera?

Pues a mí no me ha funcionado, si tomo el móvil en un descanso, pierdo mucho tiempo. Tomamos buenas fotografías en París.

Era verdad, ella también les había dado un par de vistazos.

Espero que el video del gato haga que tome las mejores decisiones hoy. Lo necesito.

A los pocos minutos entró otro mensaje.

M: ¿Día difícil?

G: No tienes idea.

M: Estoy aquí para ti.

G: Gracias, desde anoche estoy oficialmente desempleada.

Necesitaba hablar con alguien ajeno a su mundo, a lo mejor él arrojaba una luz a la temible oscuridad que era su futuro en ese momento.

Bueno, Mathew no era propiamente ajeno a su mundo, pero no conocía toda la historia.

Mia era rabiosamente leal a ella y Lucrecia, su única amiga, estaba ahora en Los Ángeles, tenía una empresa que organizaba eventos empresariales por todo el país.

De pronto el timbre del móvil la sacó de sus pensamientos, al ver de quien se trataba, no supo si contestar o no. Pero había sido tan amable y, además, quería charlar con él.

—Hola, bottom blue.

Dios, escuchar su voz tuvo en Giana el efecto de un aleteo en la boca del estómago y de pronto tuvo la urgente necesidad de verlo, de refregar su rostro en su barbilla y delinearle los labios.

—Hola, ¿y ese sobrenombre?

—He pensado en el color de tus ojos y es idéntico al del mar abierto cuando estamos lejos de cualquier montículo de tierra, un fondo azul sin final, sé que suena cursi, pero no dejo de pensar en ello —bajó el tono de voz—, en toda tú. Pero no te llamé para eso. ¿Cómo que te quedaste sin trabajo?

—Diferencias irreconciliables con mi padre, no sé si me precipité.

—Cuéntamelo todo sin omitir detalle. Si te sientes cómoda haciéndolo, claro, tampoco quiero presionarte.

Ella sonrió al aparato, Mathew era un hombre delicado.

—Quiero contártelo.

Los siguientes minutos, Giana le habló de lo ocurrido, no solo la noche anterior, sino también de los problemas que había tenido que solventar mucho antes con su padre, a quien, al parecer, nada de lo que ella hiciera lo satisfacía. De Ethan no quiso hablar por obvias razones.

Mathew la escuchaba, indignado por todo lo que Giana le contaba y tuvo el fuerte impulso de ir con ella, de consolarla de alguna forma, de decirle que todo estaría bien, que él la ayudaría, algo loco si se ponía a pensar un poco en el carácter de su relación.

—Has actuado sinceramente y en consonancia con tus sentimientos. No pienses ni por un momento que te precipitaste, tu reacción es normal debido a las circunstancias que tuviste que enfrentar.

—Ahora no lo sé, me siento irresponsable e inmadura, no puedo dejar abandonados mis proyectos con la empresa.

Mathew quedó perplejo.

—Giana, estás exigiendo lo que por herencia te pertenece, estoy seguro de que eres una mujer capacitada o no te habrías atrevido, además, pienso que estás pidiendo un merecido respeto.

No te sientas mal por hacerlo. ¿Has pensado en iniciar una vida profesional por tu cuenta, lejos de la empresa de tu familia?

A Giana se le encogió la boca del estómago, no se había preparado para un futuro lejos de Joyerías Miccelatti, un pedazo de su alma estaba impresa en ella y no se imaginaba trabajando fuera de allí.

—Es muy pronto para pensar en eso, siento que aún tengo un deber con la empresa —dijo en un tono solemne que a Mathew le causó una honda ternura.

—¿De veras? —replicó él, con voz nuevamente calma—. Déjame ilustrarte un poco sobre el deber. El primer deber es para contigo misma, a lo mejor esta pausa es necesaria para que vivas tu vida de otra manera, porque el precio que tendrás que pagar si te quedas en la empresa será demasiado alto.

Giana se sorprendió, lo que Mathew le decía era cierto, como si supiera lo que le había omitido.

Mathew estaba seguro de que ella esperaba que su padre se retractara de alguna forma.

—Ojalá fuera tan sencillo, en este instante siento que me precipité. Tengo asuntos que no puedo delegar, no estaría dando el mensaje adecuado —soltó un suspiro—. Dios, no sé qué hacer.

—Entonces, si crees que tu tiempo en la empresa no ha terminado, lucha a por ello. Llegarás a tu meta, estoy seguro.

Giana se había dejado la piel en el proceso y estaba en carne viva, la estocada de su padre era lo más terrible que le había hecho en mucho tiempo, pero tendría que sobreponerse de alguna forma y hallar el equilibrio. No iba a abandonar su sueño sin luchar hasta el final.

Se escuchó el timbre del intercomunicador. Se despidió de Mathew diciéndole que lo llamaría más tarde.

El vigilante le dijo que Ethan Colton solicitaba verla. ¿Cómo se atrevía? Dudó si dejarlo pasar o no, todavía estaba en licra de deporte, pero eso era lo de menos. Decidió enfrentarlo, era mejor dejar las cosas claras entre los dos.

Un Ethan elegante y oloroso a loción entró en el lujoso departamento, trató de acercarse a ella para darle un beso, pero Giana mantuvo la distancia.

—¿Qué ocurre? Estoy por pensar que tengo algún repelente que impide que te acerques.

Giana respiró profundo.

—No podemos seguir —señaló de forma atropellada.

—No entiendo —frunció el ceño, negándose a hacerle las cosas fáciles—. ¿Seguir qué?

—Nosotros, esta relación. El tiempo en California me hizo recapacitar muchas cosas, ya venía con la idea de terminar nuestra relación, hace meses que no estamos bien, no estamos conectados, pero la estocada que mi padre me dio anoche me dijo que estoy en lo correcto. No podemos seguir juntos, no te amo.

—¡Giana! —Se acercó a ella y la tomó de ambos brazos—. ¿Te volviste loca? Cuando te fuiste me amabas, no puedo creer que en dos meses hayas olvidado lo que somos. Quiénes somos.

—Tú también pareces haberlo olvidado, no tuviste ningún tipo de contemplación para ir tras la presidencia, mi padre me dijo que te dará el cargo. Felicitaciones. —Ella se soltó de manera firme, le dio la espalda y se acercó a uno de los ventanales que daba a una calle concurrida.

—¡Cariño! Todo lo que he hecho ha sido por nosotros. —Se acercó a ella y la abrazó por detrás.

Ella volvió a rehuir su contacto, lo que evidentemente molestó a Ethan.

—No hay un nosotros, grábatelo de una vez. Y lo que has hecho, lo has hecho por ti, no tuviste en cuenta mis deseos, eso te lo aseguro.

—No creo que hayas dejado de quererme.

Giana hizo un gesto de negación. Ethan Colton era un completo imbécil y no entendía cómo había estado ciega tanto tiempo.

—Esto no es solo sobre ti, también es sobre lo que siento y lo que espero de una relación.

—¿Qué quieres, Giana? ¿Quieres mi jodida cabeza? ¿Es eso? —preguntó elevando el tono de voz.

—Te lo repito, no me siento bien en esta relación desde hace tiempo, mucho antes de iniciar esta expansión, lo achaqué a alguna crisis de pareja que se solucionaría por sí sola.

El hombre frunció el ceño.

—¿Conociste a alguien? ¿Es eso?

—No, Ethan. —Mathew no tenía nada que ver en su decisión y por eso se negaba a traerlo a colación—. No se trata de un hombre, soy yo, no me siento valorada, no me siento amada, pero la culpa es mía, nunca debí dejar en tus manos una batalla que es personal.

Ethan se alejó de ella, tenía ganas de soltarle un poco de improperios, pero él ante todo era un estratega y no dejaría que, por el capricho de una heredera mimada, se perdiera el trabajo de años.

—Está bien, Giana, respetaré tus sentimientos, te daré algo de tiempo para que reflexiones. Me niego a considerar que lo nuestro terminó, pero te dejaré tu espacio. No sabes lo decepcionado y triste que estoy…

—Tú no eres el único decepcionado, lo que más valoro de una relación, aparte del amor, es la lealtad.

Ethan trató de acercarse de nuevo como si estuviera frente a un campo minado, pero Giana lo atajó.

—No insistas.

Soltó un suspiro, se sentía frustrado, por lo visto su romance con Mathew King era algo a considerar. De todos los hombres del mundo, tenía que ser precisamente ese. El mundo era una jodida caja de ratones.