HERMANOS KING CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La mansión de Cesare Orsini, que parecía un regio palacio, estaba ubicada en Long Island, en medio de un bosque. Decían que había pertenecido a un miembro de la familia Walton, una de las más ricas de los Estados Unidos.

Giana había hecho el trayecto en auto en compañía de su chofer, mientras cavilaba en la manera de abordar el tema de la presidencia con su padre.

Atravesó el jardín y la fuente de agua que invitaba a meter sus pies en ella.

Antonella, el ama de llaves, la recibió con un cálido abrazo.

El estómago se le encogió como siempre le ocurría cuando iba al encuentro de su padre.

La mujer la condujo por un amplio pasillo repleto de esculturas y obras de arte hasta una sala que daba a un balcón, donde vio a Cesare sentado en un cómodo sofá leyendo unos documentos.

Avanzó por la estancia, dejó la cartera y el maletín en un sillón y salió a su encuentro.

El olor de las flores la recibió como un cálido abrazo, alborotándole los recuerdos y las horas pasadas en aquel lugar.

—Hola, papá.

Cesare Orsini levantó la vista de los documentos que leía y la observó de arriba abajo con el ceño fruncido.

—Hola, Giana. —Su voz se escuchó fuerte y vivaz.

Se levantó y abrió los brazos, Giana se acercó para responder al gesto, que fue breve, antes de que el patriarca de la familia volviera a tomar asiento.

—¿Cómo encontraste todo? Recibí las cotizaciones de los equipos que examinaste en París, pienso que podremos conseguirlos a menor precio directamente con la matriz.

—Ya hice ese estudio antes del viaje, y te lo envié. En la cotización, más económica, por cierto, no se incluye el transporte desde China ni los aranceles, algo que sí me ofrece el distribuidor con el que hablé en París.

—Está bien, volveré a revisar los papeles, pero estoy seguro de no haber leído nada de eso. Mañana hablaré con Nicoletta, debió traspapelarse en alguna parte.

—Lo envié al correo de Ethan, pensé que te lo había informado. —El hombre negó con la cabeza—. ¿Cómo te has sentido? ¿Estás siguiendo las indicaciones del médico?

Cesare hizo un gesto de fastidio.

—Me siento muy bien, hasta he aumentado los pasos en esa caminadora del demonio que Caroline me obliga a montar todas las mañanas.

—¿Y dónde está ella?

—Salió con su pandilla de amigos a ver una obra de teatro. Seremos los dos a la mesa.

Giana se dijo que era lo mejor, no le simpatizaba su madrastra, solo unos años mayor que ella. No sabía si eran celos por tener que competir por la atención de su padre con una mujer que andaba en minifaldas, iba de discoteca y se portaba como una niña ante él.

Cesare tocó una campanilla y Antonella hizo acto de presencia.

—Puedes servir la cena. —Miró a Giana—. ¿Quieres un aperitivo antes de sentarnos a la mesa?

—No, papá, estoy bien, beberé vino en la cena.

—Bien.

Nunca le preguntaba cómo estaba, cuáles eran sus intereses, qué tal el vuelo de vuelta a casa, nada.

—Pensé que ibas a venir con Ethan, no es bueno dejar tanto tiempo solo a un hombre.

Giana se envaró enseguida.

—Él sabía muy bien dónde encontrarme, si hubiera querido verme hubiera volado a Los Ángeles o a Houston.

—En fin, no voy a discutir la manera en la que llevas tu relación. No me has enviado el presupuesto para la campaña de publicidad que implementaremos con esta expansión.

—Se lo envié a Ethan, ya que es tu vicepresidente financiero, quería que contara con su beneplácito y te lo enviara una vez que diera su visto bueno. Estoy siguiendo el conducto regular, ese que tanto insististe a tus ejecutivos que debían seguir si querías que esos correos llegaran a ti.

No podría confiar más en Ethan, ya eran dos cosas que no le había comentado a su padre y que la hacían ver como una inepta, ese presupuesto debió estar en la oficina de Cesare hacía cinco días.

No quería pensar que su exprometido estuviera saboteando su trabajo, pero eso era lo que parecía estar haciendo.

Se reprendió por tonta, había enviado el informe antes de saber de su traición, la ira nubló su deseo de llevar las cosas con cautela, necesitaba enfrentar a su padre.

—Papá. —Carraspeó antes de continuar, tenía que preguntarle, Mia era una empleada leal, pero los empleados leales suelen equivocarse también—. ¿Quién es tu candidato para ocupar la presidencia?

Cesare la miró fijamente, se quitó las gafas y se levantó del sofá.

Antonella llegó en ese momento para decirles que la cena estaba servida.

El hombre le indicó a Giana con un gesto de la mano que entraran en la casa y caminaron en silencio hasta llegar al comedor, un lugar decorado con el mismo lujo que el resto del palacio.

Ya sentados en la larga mesa, Cesare a la cabeza y Giana a su izquierda, una empleada sirvió dos copas de vino.

—Antes de que digas algo —dijo Cesare que alzó una copa invitándola a ella a chocar su copa—, una copa de vino con la cena es el único lujo que tengo permitido en estos momentos. Salud.

—Salud —contestó Giana, más nerviosa de lo que había estado en mucho tiempo.

—He pensado mucho en quién puede ser el mejor para reemplazarme, pero sabes que la decisión no será solo mía, hay un directorio y el voto de ellos será decisivo.

—Por favor, papá, el directorio hace lo que tú le digas —decidió ir directo al grano—. ¿Tengo alguna posibilidad?

—Tienes las mismas posibilidades que tienen los demás.

—¿Quiénes son los demás? —Ante Cesare, ella volvía a ser la niña que buscaba su atención, recordó la sensación de dolor, vacío y soledad cuando su madre murió y luego la muerte de Marco, que lo cambió todo: su padre aplicado al trabajo y a sus mujeres, nunca le había dedicado más de unos minutos y, cuando lo hacía, ella lo notaba lejano y distraído.

Ethan y Antonella habían sido su única conexión con el mundo adulto.

Intentó sosegar los saltos ingobernables de su mente y se dedicó a observar a Cesare mientras la empleada les servía las entradas.

No tenía apetito, lo que necesitaba eran respuestas.

—No puedo decírtelo, hija, sería desleal ante los demás.

—Como tu heredera debo ser la primera opción, conozco la empresa, sus fortalezas y debilidades, merezco una oportunidad de probar mi valía.

—Lo único que te puedo decir es que el tiempo fuera de Nueva York no ha sido beneficioso para tu causa.

—Estamos extendiéndonos —elevó el tono de voz—, no estaba de vacaciones.

Es injusto, además, hoy he leído algunos informes que me tienen preocupada.

¿Qué diablos sucede en Sarabi? ¿Por qué cambiaste nuestro proveedor de oro?

Pienso que el nuevo contratista subió demasiado el precio del metal y no digamos del platino, ¿cómo Ethan o tú, que se jactan de querer lo mejor para la empresa, han hecho una contratación que va en contra de nuestros intereses?

—¡Basta! —Cesare golpeó la mesa, pero eso no amilanó a Giana—. No tienes derecho a poner en tela de juicio nuestras decisiones.

Ella, que había cogido los cubiertos, los dejó de nuevo en la mesa.

—Si no soy yo, entonces ¿quién?

—Antes de poner en entredicho nuestras acciones, déjame decirte que han surgido problemas con una empresa de la competencia, ¿crees que quise pagar más por el metal?

No, jovencita, cierta empresa me arrebató el contrato que fue nuestro por años, lo que nos obligó a tener que trabajar con este intermediario, pero será algo temporal.

Ethan se está encargando y todo volverá a la normalidad.

—Cuidado, papá, tienes una fe ciega en Ethan —sonrió para sí—, ojalá guardaras esa misma lealtad para tu hija, pero como no tengo un par de bolas, no valgo lo mismo para ti, ¿cierto?

Cesare tiró de mala manera encima de la mesa la servilleta de tela que minutos antes se había puesto encima de las piernas.

—¡No voy a tolerar tus arrebatos! ¿En serio crees que estás preparada para asumir la presidencia?

—¡Lo estoy!

—Deberías ir planeando la boda con Ethan, eso es lo que deberías estar haciendo en vez de jugar a la ejecutiva.

Giana palideció. Ahora fue ella la que dejó la servilleta encima de la mesa y se levantó.

—¡No estoy jugando! ¡Y antes muerta que casarme con la víbora de Ethan Colton!

—¿Qué idioteces estás diciendo? No puedes hablar así de tu prometido.

—Exprometido. No me casaré con él.

Cesare se levantó de la mesa y se acercó a ella, aferrándole con firmeza el brazo.

—Escúchame bien, jovencita, ya que quieres las cartas sobre la mesa, te lo diré claramente: no, tú no ocuparás el sillón de la presidencia, ese puesto lo ocupará Ethan, no hay más candidatos, y entre tú y él, ¿quién crees que lleva las de ganar?

Aprende a escoger tus malditas batallas, porque esta es una que no ganarás, eres mi hija y sé lo que es mejor para ti.

Formarás una familia y dejarás que los hombres nos encarguemos del negocio, acabarás lo que empezaste en Los Ángeles y en Houston y volverás a casa como una buena chica, te casarás y me darás nietos, esa es tu misión. ¿Capisce?

—No puedo creer lo que estoy escuchando.

—Giana sintió como si hubiera recibido una cachetada y se soltó del agarre de su padre—.

¡Renuncio! A ver si consigues a alguien que concluya mi proyecto de la expansión, yo acabé aquí contigo papá y, créeme, lo de Ethan no tiene vuelta atrás, no me voy a casar con él.

Légale la empresa, desde este momento no me importa.

Caminó hacia la puerta.

—¡Giana! —gritó Cesare—. No puedes renunciar ahora. —Ella siguió caminando sin hacerle caso—. ¡Giana! Te vas a arrepentir.