HERMANOS KING CAPÍTULO 9 #2
75%

CAPÍTULO 9 #2

Lo envió enseguida sin ponerse a pensar que a lo mejor había sido muy evidente. No le importaba, la distancia implicaba medidas diferentes a un cortejo en la misma ciudad. No iba a perder el tiempo haciéndose la desinteresada. Dejó el móvil dispuesta a concentrarse el resto de la jornada.

Brandon entró en la sala de juntas, seguido de Eva, y se sentaron frente a él.

Nathan, que había llegado minutos antes, estaba sentado a su lado y miraba curioso su intercambio con el móvil.

Mathew sonrió a la pantalla del teléfono, envió un par de emoticones, cerró la aplicación y se concentró en sus hermanos.

—Ponnos al día antes de que lleguen los chicos del Departamento de Comunicaciones —pidió Brandon—. ¿Qué mierdas ocurre en Sarabi?

—La situación es compleja.

Mathew se dedicó la siguiente media hora a poner a sus hermanos al día sobre su conversación con Tony en París.

—Si Haaziq nos expropia, nos veremos en serias dificultades. Debemos muchísimo dinero —señaló Eva, que era la vicepresidenta financiera.

—Necesito reunirme con ellos —acotó Mathew—. Viajaría mañana mismo, pero tengo asuntos pendientes las próximas dos semanas, tendré que dejarlo para mitad de mes.

—¿Lo crees pertinente? —intervino Nathan.

—Sí, es necesario que nuestro enemigo sepa que estamos ahí y que no nos vamos a acobardar.

—Ese no es el problema, Mathew, ¿cómo te sentirás volviendo a Sarabi después de lo ocurrido?

—Me sentiré como la mierda, eso te lo aseguro.

—¿Volvemos a lo mismo? —preguntó Nathan fastidiado—. El derrumbe no fue tu culpa.

—Si Tony y sus hombres hubieran estado allí, tenlo por seguro que ese derrumbe no hubiese ocurrido.

—No puedes poner sobre sus cabezas el disfraz de superhéroe, hermano, con Tony y su grupo, o sin ellos, habría ocurrido.

Mira lo que sucede ahora, y no han podido evitarlo ni han averiguado gran cosa, y el lugar está como un polvorín —adujo Nathan, que exclamó jubiloso cuando una mujer de servicios varios entró con una bandeja donde reposaban varias tazas de café, su bebida favorita.

—Pero lo harán, estoy seguro.

—A mí me parece muy bien que Mathew vaya a Sarabi —adujo Brandon—. Tony y sus hombres lo protegerán.

—Iré a Sarabi entonces.

—Programa el viaje —concluyó Brandon el tema.

Hablaron de la reunión con el empresario Park Jim Goo y los próximos acercamientos para una posible incursión en el mercado coreano.

—La expansión en Asia sería una tabla de salvación si tenemos problemas con la mina —adujo Eva.

—Demasiados frentes abiertos —interrumpió Nathan.

—Eso no es nada, tuve una breve charla muy interesante con Mike Smith —interrumpió Mathew.

Estiró las piernas debajo de la mesa de conferencias, cruzó los brazos frente a su pecho y frunció el ceño—.

Su empresa de diamantes de laboratorio me causó una muy buena impresión y es algo que tarde o temprano deberemos tener en cuenta.

—He escuchado hablar de ellos —afirmó Brandon mientras jugaba con su lapicero.

—Sería bueno para la empresa explorar ese campo —continuó Mathew.

Brandon negó con la cabeza. Tomó un poco de agua de la botella que tenía frente a él.

—No es que me haga muy feliz el hecho de que paguemos millones por la participación en una mina de diamantes, negocio por el debemos hasta la camisa, para que ahora venga un grupo de millenials enojados con lo ocurrido al medio ambiente a jodernos el negocio.

—Te entiendo —saltó Nathan—, pero Mathew tiene razón, tarde o temprano tendremos que lidiar con ello. Elizabeth ya me había hablado sobre ese tema.

—La tendencia de los diamantes de laboratorio ha crecido bastante, tienes razón, pero no son millenials enojados (por cierto, te recuerdo que nosotros también somos millenials).

El problema es que hay más conciencia ecológica y es obvio que si pones a elegir a una chica sensible por el medio ambiente si quiere un diamante de mina, que le recuerda inevitablemente la película donde muere Leonardo D’Caprio, y uno de laboratorio, ella escogerá la piedra de laboratorio.

Es algo que deberemos tener en cuenta en el futuro —insistió Mathew.

La reunión continuó, tocaron otros temas referentes a la compra de varios lotes de piedras preciosas y también discutieron las tendencias del mercado. Terminaron pasadas las tres de la tarde.

Mathew volvió a su oficina, adelantó algo de trabajo y se quedó jugueteando con el móvil, mientras decidía si le enviaba otro mensaje a Giana.

Empezaba a escribir y borraba enseguida lo que escribía por considerarlo tonto o cursi.

No quería verse desesperado. Dejó el móvil en el escritorio, molesto consigo mismo, ya que nunca había tenido problemas para comunicarse con una mujer.

Lo alzó de nuevo. ¡Al diablo! Ella estaba en otra ciudad con su exprometido rondándola, la distancia era una desventaja que tenía que solventar. Empezó a teclear.

Espero que hayas tenido un fabuloso día…

¿Qué mierda estaba escribiendo?, se dijo y borró el inicio del mensaje enseguida, para volverlo a intentar. Ya le había dicho en su mensaje anterior que tuviera un fabuloso día, bueno, la verdad, él tampoco era Hemingway.

Gracias por lo de guapo, yo podría intentar un sobrenombre, diciéndote, hola hermosa, cariño, reina o cualquier otra palabra, pero me gusta tu nombre, lo he repetido hoy varias veces, mientras estaba reunido con mis hermanos.

Sin querer, mis pensamientos volaron a ti y a todo lo que compartimos.

“Giana, Giana”, repetí en silencio, como si haciéndolo pudiera, por medio de un sortilegio, traerte a mi presencia.

Así están las cosas, termino con el inicio de mi mensaje anterior que borré por repetitivo: “Espero que hayas tenido un fabuloso día”.

Se percató de que ella lo leyó enseguida, ya que aparecieron las dos flechas azules y de inmediato los puntos que indicaban que ella empezaba a escribir.

Mientras lo hacía, Mathew llegó al taller de joyería, donde uno de los talladores necesitaba de su consejo para el tratamiento de una piedra.

En cuanto se escuchó el timbre de entrada de un nuevo mensaje, interrumpió su labor para observar la pantalla del móvil, que mostraba un emoticono de corazón rojo y una cara sonriente.

Eres único, Mathew King, gracias por tu sinceridad, a estas alturas y en esa caótica etapa de mi vida, no sabes cuánto lo valoro.

Él enseguida contestó.

Me gusta hacerte reír, aunque no te haya contado ningún chiste.