HERMANOS KING CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Giana bajó del auto destinado a su uso en el bajo Manhattan, donde estaban ubicadas las oficinas de Joyas Miccelatti, despidió al conductor y le dijo que lo llamaría cuando se desocupase.

Era temprano y la calle ya estaba atiborrada de gente.

Giana amaba la ciudad, su arquitectura, sus olores, los rascacielos y las lujosas tiendas, pero se dio cuenta de que no había extrañado el lugar como tantas otras veces.

—Señorita Orsini —la saludó el vigilante con uniforme de casaca y sombrero, que aparcaba apostado a la entrada del área de las oficinas.

—Owen —sonrió—, ¿cómo has estado? ¿Qué tal está tu familia?

—Muy bien, señorita, se le extraña mucho por aquí.

“Serás tú el único”, quiso decirle, pero se decantó por una sonrisa y un simple “gracias”.

Caminó hasta el ascensor. Para ese día había escogido un conjunto de falda y chaqueta de hilo de color hueso y blusa blanca de algodón, zapatos altos de diseñador y un maletín ejecutivo.

Se había amarrado el cabello en un moño bajo que le confería un aire serio y con clase, los aretes de siempre y un maquillaje suave.

Al llegar a su oficina, Mia se levantó como un resorte.

—Giana, pero mírate, estás preciosa, te sienta muchísimo París.

Ella sonrió y saludó a su asistente, que la siguió hasta la oficina. El aroma de un arreglo de rosas rojas saturaba el ambiente.

—Llegó hace unos minutos —dijo Mia, displicente.

Por un momento pensó que el presente podría ser de Mathew, pero la mirada de sarcasmo de la chica le quitó enseguida la ilusión.

Dejó el maletín encima del escritorio, mientras le entregaba a Mia su provisión de macarons.

—Buen provecho, querida.

—Gracias, así será. Es bueno tenerte de vuelta. —La mujer se sentó en la silla de invitados frente al escritorio.

Giana tomó el sobre que venía con las rosas y sacó la tarjeta con un escueto mensaje en letra de Ethan: “Bienvenida. Te extrañé muchísimo, princesa”.

Palabras, palabras, si fuera verdad hubiera hecho algo para verla, en Los Ángeles o en Houston, así fuera un par de días; aunque también tenía que reconocer que ella no lo había alentado, ni tampoco había estado ansiosa por volver.

Llevaba más de un mes ausente de las oficinas.

Dejó la tarjeta encima del escritorio y tomó asiento.

—Mia —frunció el entrecejo—, necesito reunirme con mi padre, haz una cita, por favor.

—Lo haré enseguida. —La mujer la miraba fijamente—. ¿Qué vas a hacer?

—No lo sé, me tomé un par de días de descanso, para ver si mi cerebro se activa y doy con la fórmula mágica que me conceda la presidencia, pero aparte de lo que hablamos, no se me ocurre nada más.

Si mi padre no me apoya y para el directorio no es suficiente mi gestión en la expansión, tendré que idear otra estrategia.

—¿Vas a enfrentar a Colton?

—No sería lo más inteligente en este momento, prefiero que siga creyendo que soy una tonta que no tiene idea de sus planes, pero no sé hasta qué punto pueda disimularlo.

Mia se levantó dispuesta a volver a su sitio de trabajo.

—¿Mia?

La mujer volteó a mirarla.

—Necesito un informe de todo lo concerniente a la mina.

—¿En cuánto a producción?

—Quiero saber qué pasa en la mina y los números de los últimos tres meses, además, quiero volver a leer el informe sobre el derrumbe. —Ahora más que nunca necesitaba saber por qué culpaban solo a Joyerías Diamond del accidente.

La mujer anotaba en una tablet. Giana había intentado tocar el tema con Mathew, pero no había logrado sacarle nada diferente a lo que se decía en los medios de comunicación, como si se hubiera aprendido una serie de respuestas.

Apostaba el cuello a que sus hermanos contestaban exactamente igual cuando se les preguntaba sobre el evento.

—Necesito reunirme con Charlotte Rupert antes de que termine la semana.

—¿Algo más?

—Dile a Ethan que he llegado.

—Cariño, te hubiera recogido en el aeropuerto anoche o esta mañana en tu departamento, nunca me enviaste la hora de llegada.

El reproche velado en la voz de Ethan la sacó de un informe que leía en el computador.

Levantó la vista para observarlo. El hombre era el típico yuppie atractivo, de piel bronceada, chispeantes ojos azules y sonrisa arrogante, vestía con elegancia y el cabello lo llevaba peinado hacia atrás.

Nada en ella se emocionó al verlo. Años atrás hubiera saltado enseguida de la silla a sus brazos, años atrás no se hubiera escondido en Los Ángeles o en Houston o en cualquier otra ciudad como pretexto para evitar su contacto.

—Hola, Ethan, no era necesario, llegué tarde anoche.

Él se acercó y dio la vuelta al escritorio hasta quedar a su lado, la levantó de la silla, la abrazó y le dio un beso que cayó en la mejilla, porque ella retiró la boca a tiempo. No volvería a tener su boca jamás. El recuerdo de los besos de Mathew la distrajo del aroma a loción del hombre.

—Sí, era necesario, te extrañé muchísimo. No tienes idea, me alegra que estés de vuelta, debes encargar a alguien que continúe tu labor en Los Ángeles, te quiero aquí, cariño, a mi lado, como debe ser.

A pesar de sus palabras, Giana lo notaba tenso, su mirada no era cálida, era un gesto inquisidor y eso la sublevó, ella era la parte ofendida.

Necesitaba terminar la relación, la idea de Ethan tocándola no la toleraba y tenía la certeza de que su temperamento le jugaría una mala pasada.

Se controló, no lo haría en ese momento.

Soltó una sonrisa. Lo evadiría, estaba loco si creía que le haría caso sobre dejar a medias la expansión.

Eso sería decisión de ella y de nadie más, además, el proceso estaba en pañales, sería una locura soltar el control en ese momento.

—Tengo mucho trabajo, debo ponerme al día con un poco de pendientes —dijo, metiendo la nariz en el ordenador.

—Te invito a cenar esta noche.

—Esta noche me es imposible, voy a cenar con mi padre.

—¿Podría acompañarte?

Ella levantó la mirada.

—Has tenido a mi padre por casi dos meses, Ethan, quiero cenar a solas con él.

Él levantó ambas manos sintiéndose derrotado, y no pudo evitar brindarle una mirada de sarcasmo.

—Llegaste con un espíritu muy diferente, ¿qué habrá ocurrido en alguno de tus viajes? Dicen que París cambia a las personas.

Ella le regaló un gesto retador, se echó hacia atrás en la silla y jugueteó con el lapicero.

—¿Por qué lo dices?

—Tu actitud, estás cambiada, y no sé si me gusta lo que veo.

—Es lo que hay —dijo ella volviendo a su trabajo—. Lo hablaremos después, te lo prometo.

—Tengo noticias del último informe de la empresa de análisis del suelo. Mathew King tomó una decisión errada y pienso que son ellos los que tienen que pagar el mayor porcentaje de indemnización.

Giana se tensó al escuchar el nombre de Mathew.

—Eso será innecesario, la póliza cubrirá todo.

—Tu padre y yo decidimos que no vamos a pagar por el aumento de la póliza, este accidente será un record negativo para nosotros, no vamos a asumirlo.

Giana se quedó pensativa unos momentos. Por un lado, Ethan tenía razón, ellos no tenían por qué cargar con un record negativo cuando no eran los culpables; pero en una sociedad, así como se repartían ganancias cuando las hubiera, también se debían compartir las pérdidas.

—Desafortunadamente, existe una sociedad, no somos cabos sueltos.

—Parece que estuvieras defendiéndolo.

Giana se ruborizó.

—Compartí con Mathew King en París.

Ethan la miró con curiosidad.

—¡Ah!, ¿sí? Te dije que no te acercaras a él.

—No soy una imbécil que va por la vida haciéndole caso a su pareja, deberías saberlo. —Sus ojos echaban chispas.

Él sonrió irónico.

—No, no lo eres. Te han crecido unas uñas muy largas.

—No entiendo cuál es tu interés en que me acerque o no a él. —Volvió la vista a su computador—. Dame una buena razón para no acercarme, somos socios, puedo hablar con él cuando quiera.

—¿Te habló de la mina?

—No…

—Precisamente, los King nunca nos verán como socios, en la mina compartimos espacio, empleados, maquinaria y nómina, pero cualquier error, cualquier falla y saltaremos a la yugular del otro enseguida.

Las condiciones en Sarabi van a cambiar.

No somos amigos, o eso creo —manifestó con cierto tono irónico—, además, somos competencia, así que una charla de amigos tomando vino por las calles de París no es la mejor estrategia que implementaría una posible candidata a la presidencia.

Dime que hiciste algo más inteligente que eso.

Giana lo miró ofendida.

—Eres un imbécil.

Ethan asintió y salió furioso de la oficina.

Estuvo todo el día poniéndose al día en el trabajo y lo ocurrido en su área durante su ausencia.

Apenas almorzó una manzana y un café, miraba el móvil cada tanto, esperando un mensaje de Mathew que no llegaba.

Lo imaginaba trabajando concentrado, examinando alguna piedra preciosa.

Al fin su teléfono vibró después del mediodía:

Hola, Giana, ante todo te advierto que no soy Flaubert, ni Wilde ni mucho menos Víctor Hugo, así que espero que bajes tus expectativas en cuanto a mis mensajes, tendrás que conformarte con caritas felices, corazones, flores y una que otra verdura, simples mensajes de texto que no quedarán impresos para la posteridad.

¿Qué te puedo decir? Gracias por un fin de semana muy especial, sé que suena a cliché, pero te he pensado mucho, tu charla, tu risa, tus maravillosos ojos y todo lo que compartimos, espero volverte a ver muy pronto y también espero que hayas tenido una fabulosa bienvenida en tu empresa.

M

Sonrió como boba un buen rato antes de contestar.

Hola, guapo, tus mensajes son importantes para mí, puedes escribirme lo que quieras y adornar los textos con los emoticones que más te gusten.

Dicen que los mejores momentos suceden sin buscarlos y tienen razón, también fue un fin de semana muy especial para mí, esperaré ansiosa nuestro próximo encuentro. Estoy aquí para ti. Giana