HERMANOS KING CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Sí, pero diez familias abandonaron la población en una noche. Estoy seguro de que de ese evento se valió D’Artgnan para montar la noticia del desplazamiento.

—Mañana vuelvo a Chicago, mi hermano va a idear un plan de choque para pararle los pies a ese maldito, pero pienso que en este momento no deberíamos hacer nada, la prensa reconocida no se ha hecho eco de lo que publica D’Artagnan.

—Sería bueno esperar un poco a que se calmen las aguas e invitar a la prensa a una visita guiada, hasta el momento ningún periodista ha metido sus narices en el lugar.

—Lo hablaré con Brandon.

El hombre se levantó de la silla, Mathew también, salieron del lugar casi al mismo tiempo. Ya en la calle y antes de despedirse, Tony le dijo:

—Llegaremos al fondo de esto, tenga la confianza de que lo haremos.

Mathew no veía tan fáciles las cosas, si Haaziq los expropiaba, las Joyerías se verían en serios aprietos, ya que la inversión en Sarabi había sido cuantiosa.

En cuanto volvió al hotel, llamó a Giana, que contestó enseguida.

Quedaron de encontrarse en uno de los restaurantes que bordeaban el Sena.

Se duchó y se cambió por unos jeans, una camisa blanca, zapatos negros y chaqueta de cuero negra.

Se aplicó loción y salió a su cita. Ni D’Artagnan ni su mierda arruinarían su fin de semana.

—¿Cuál es tu color favorito? —preguntó Giana.

Estaban sentados a la barra de una cervecería ubicada en Montparnasse.

Era noche cerrada, habían paseado por la orilla del Sena y llegado hasta ese sector, donde cenaron en un restaurante coqueto y terminaron entrando a la cervecería, más por curiosidad que por afición a la bebida, debido a una banda de jazz que tocaba blues melancólicos.

—Mi color favorito es el azul —contestó Mathew sin dejar de mirar sus ojos.

—Eres muy predecible. —Giana golpeó la mesa llamando la atención de el barman para que los atendiera.

Mathew soltó la risa. Ella pidió una cerveza negra, Mathew se decantó por una rubia.

—Si me hubieras hecho esa pregunta antes del jueves, sin duda te hubiera dicho que mi color favorito era el verde.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

El hombre les puso las bebidas en la barra, Mathew las pagó enseguida.

—Primero un brindis. —Tomó su vaso y lo chocó con el de ella.

Giana estaba tan adorable, con un vestido veraniego color beige, llevaba los brazos descubiertos y el cabello suelto, se veía sexi y juvenil, el halo de chica dura estaba ausente, dejando a una hermosa mujer que solo quería divertirse—.

Por el destino y sus sorpresas, que hacen que las cosas sucedan por casualidad, que pone a personas hermosas en nuestro camino como un regalo, por los eventos que salvan a unos y condenan a otros. Salud.

—Salud. ¡Qué trascendental!

—La vida está compuesta de momentos trascendentales, es lo que hace que valga la pena vivirla.

—No me has contestado la pregunta.

—¿La del color? —Mathew la aferró de la cintura y le dio un beso suave, a su boca llegó el aliento a cerveza mezclado con el perfume cítrico que ya empezaba a relacionar con ella, se separó y miró fijamente sus ojos—. Por tus ojos, son un par de piedras preciosas, hermosas y cautivadoras.

—Gracias. —Giana escondió su rostro bebiendo un sorbo de cerveza—. ¿Te molesta que te haga preguntas?

Mathew negó con la cabeza.

—Dispara, te las contesto con la condición de que tú también contestes las mías.

—Está bien. —Giana se acomodó quedando frente a él y colocando ambas manos sobre sus piernas—. ¿Cuál es tu libro favorito?

—Tengo varios favoritos, pero Matar a un ruiseñor está en el top de los que me llevaría a una isla solitaria.

Dios, qué guapo era cuando sonreía y la picardía de sus ojos cuando la miraba de reojo, le daban unas inmensas ganas de besarlo y podría hacerlo, caviló Giana, pero algo la detenía, no podía creer que en menos de veinticuatro horas le atrajera tanto una persona.

Sus objetivos iniciales se desdibujaban.

—Muy bueno.

—¿Y el tuyo?

—Los pilares de la tierra.

—También me gusta mucho —afirmó Mathew.

El que Mathew disfrutara de la lectura aumentaba la atracción, él no sabía lo importante que era para ella ese punto.

—Jack y Aliena son mis personajes favoritos de favoritos —volvió a la carga Giana.

Ella se quedó pensativa un rato jugueteando con el vaso que ya tenía solo un par de sorbos de cerveza.

—Dale, suéltalo. —Ella lo miró sorprendida—. Se nota que quieres preguntarme algo, pero no te atreves.

Giana exhaló profundo y lo miró atenta.

—¿Para quién es el colgante que hiciste ayer en el taller de joyería?

Él soltó la risa. No se lo diría, aún.

—Me temo que paso. —Notó la mirada de Giana de claro desencanto—. Pero no es lo que estás imaginando.

—No puedes saber lo que estoy pensando.

—Contrario a lo que me ocurre a mí, tus facciones muestran tus pensamientos.

—Vaya, señor King, tendré que prestar más atención a mis expresiones.

—Será difícil, creo que eres una persona abierta, emotiva, ¿cómo diablos lo haces en el trabajo?

—Aunque no lo creas, llevo la máscara bien puesta cuando soy una ejecutiva de Joyas Miccelatti. Simplemente contigo no necesito máscaras. Nos estamos divirtiendo.

Aunque el aguijón de los celos volvió a ella.

¿Tendría alguna mujer en Chicago?, ¿sería para ella el pendiente?

No debía atormentarse con esos pensamientos, era una aventura, un interludio en su caótica y complicada vida.

Además, tenía una misión que cumplir, no supo por qué ese pensamiento la entristeció, si las circunstancias fueran diferentes…

—Pagaría por verte en acción. ¿Cómo es trabajar para Cesare?

—Difícil, muy difícil, siempre tratando de complacerlo, siempre disculpándome el no haber sido yo la que no murió en el accidente de tráfico donde perdió la vida mi hermano.

Mathew la miró sorprendido.

—¿Perdón?

—Sí, es terriblemente duro que tu padre te mire y lamente eso.

—No puedes estar segura de lo que piensa una persona. ¿Te lo ha dicho?

—No en esas palabras, pero lo hace evidente en su desprecio a mis ideas y a mi trabajo, ¿sabes?

Me pasó una cosa muy curiosa estos meses que trabajé en Los Ángeles, por primera vez en el tiempo que llevo laborando en la empresa me sentí libre, fue muy bueno para mí tomar decisiones sin tener su mirada reprobadora sobre mi hombro todo el jodido tiempo.

Lo confirmaba, Cesare Orsini era un bastardo con mayúsculas.

¿Cómo se atrevía a subestimar a Giana? Quiso tenerlo al frente y romperle la crisma, por lo que había leído sobre ella y lo poco que le había contado, era una mujer muy capaz de llevar las riendas de la compañía a pesar de su juventud.

Evidentemente, el comportamiento de Cesare afectaba a la joven.

La suya no era el compendio de la familia feliz, pero los tres hermanos eran un frente común; en cambio, se imaginaba a Giana sola, sin allegados que la apoyaran y trabajando el triple que los demás para demostrar su valor.

—Él se lo pierde, nena —le acarició el rostro y la miró con algo parecido a la compasión, lo que hizo que Giana se envarara. Era orgullosa también, otro rasgo que vislumbró en ese momento.

—No sientas compasión por mí, soy una mujer fuerte y sus actitudes ya no me afectan.

—Era una gran mentira, siempre le dolería el no ser suficiente para su padre, aunque la terapia la había ayudado mucho.

Si se dejaba afectar por el comportamiento de Cesare y no lo gestionaba, corría el riesgo de repetir el mismo patrón en sus parejas, y eso precisamente había ocurrido con Ethan, era una copia exacta de su padre y de ahí su desencanto.

Desde muy joven tenía claro que ella escogería al hombre dispuesto a caminar por la vida a la par, que nunca dejaría que la eligieran, pero con Ethan había hecho una mala selección.

—No siento compasión por ti, siento rabia con tu padre que está ciego a tus talentos.

Ella se levantó de la silla y lo tomó de la mano.

—¿A dónde vamos?

—A mi casa, no quiero perder más tiempo enseñándote la ciudad cuando tenemos cosas más interesantes que hacer en mi cama.

—Estoy de acuerdo contigo.

Salieron del lugar algo achispados, bromearon y rieron hasta que encontraron un transporte. Era su última noche juntos, Giana volaría a Nueva York al día siguiente temprano y Mathew volaría a Chicago en la mañana también.

Se dedicaron a amarse, como si la noche no tuviera fin, cada uno evitó pensar que al día siguiente se separarían y que ese fin de semana pasaría a ser un recuerdo.

A pesar de que habían hablado sobre seguir viéndose, llevaban vidas complicadas, viajes, trabajos, y cada uno enfrentaba un sinfín de problemas.

Giana, sin embargo, deseaba intentarlo, y no por sus motivos ocultos, quería darle una oportunidad a lo vivido el fin de semana, algo a lo que aún no era capaz de darle nombre.

Mathew era el primer hombre con el que no se sentía amenazada y eso ya era un gran paso para ella; se daría la oportunidad, así las cosas fueran difíciles.

¿Cuándo algo había llegado a su vida de manera fácil?