CAPÍTULO 8
Giana caminó tratando de seguirle el paso a Mathew, que la acompañaba hasta el auto que la recogería a la entrada del hotel.
—Lo siento, nena, esta reunión es ineludible. —Estudió la cara de ella, le acarició el mentón y sonrió—. Tan pronto termine, te llamo, podrías seguir haciendo de guía turística, nunca había tenido una tan entusiasta.
—Esperaré tu llamada, mientras, yo también adelantaré trabajo.
Se despidieron en un beso profundo y prolongado.
—Tenlo por seguro, nena.
No se movió hasta que ella estuvo acomodada en el auto.
En cuanto el vehículo se perdió por la calle, Mathew se metió las manos en los bolsillos y caminó envuelto en sus pensamientos hasta la rue Cambon, ajeno al ambiente soleado parisino de ese domingo en la tarde.
La presencia de Giana impidió que perdiera los estribos tan pronto leyó el artículo.
Si lo que decía el periodista era verdad, la situación era grave, conocía muy bien el área que rodeaba la mina y la cantidad de intereses que se movían alrededor de ella.
Si se confirmaba lo que decía D’Artagnan, el equipo de seguridad no estaba haciendo su labor como debiera.
Necesitaban la identidad del cabrón que deseaba joderles la vida.
La calle estaba sola, eran poco más de las cuatro de la tarde. En pocos minutos entró al bar Hemingway.
Divisó al jefe de la empresa de seguridad sentado a la barra del famoso bar, bebía una botella de cerveza.
—Hola, Tony. —Le dio la mano.
—Mathew —contestó este respondiendo al saludo.
Se sentó a su lado y pidió al barman una cerveza igual a la que tomaba el mercenario. El hombre —alto, de cabello canoso cortado al ras y ojos fríos como el hielo, que Mathew se figuró habían visto de todo—, se dio la vuelta quedando frente a él.
—Necesito saber qué diablos pasó y por qué no teníamos conocimiento del desplazamiento —disparó Mathew sin mucho preámbulo.
—No tenían conocimiento del desplazamiento porque es una noticia falsa, no les voy a negar que la situación en la población aledaña a la mina es delicada, debido a una serie de problemáticas que hemos tratado de erradicar, pero nada más lejos de la realidad —añadió con semblante mucho más serio aún.
—Entonces, explíqueme qué diablos sucede —insistió Mathew.
—Ante todo, las imágenes son falsas. Leandro las investigó y son de un desplazamiento ocurrido hace dos años en el Congo.
Mathew soltó una fuerte exhalación.
—¡Increíble! —exclamó—. Es obvio que nos quiere joder. ¿Qué tipo de problemáticas se están presentando?
—Las que se presentan siempre alrededor de la minería, el Gobierno quiere un mayor control y los lugareños no ven con buenos ojos todo lo que rodea la industria del diamante, ya que solo les trae problemas, son un pueblo dedicado a la agricultura y a la pesca, no pueden sembrar la tierra porque los terrenos se los apropió el Gobierno, no pueden pescar porque los ríos están contaminados.
El taller de talla que ustedes trasladaron de Sudáfrica cuando compraron su participación en la mina es de las pocas fuentes de trabajo con las que cuenta la región.
La fundación liderada por usted, Mathew, alivia en algo, pero no soluciona mucho, es una tirita en medio de una herida infectada.
—¡Maldita sea la hora en que compramos esa participación! —exclamó Mathew.
—No es un mal negocio, señor King, ese es el problema.
—Explícate.
—Ni para el Gobierno ni para la otra empresa dueña de la mina es satisfactorio que ustedes sean los que tengan la imagen positiva.
—Pues si dejaran de ser tan codiciosos y se preocuparan un poco más por la comunidad, a lo mejor todos estaríamos contentos —adujo Mathew, que de pronto quiso beber algo más fuerte.
Pidió otra cerveza para Tony, que rechazó su invitación a acompañarlo con un whisky y pidió un vaso del licor para él.
—Estos son negocios y el ataque a ustedes viene de alguno de los siguientes tres frentes: el Gobierno en manos de Bakhit Haaziq, que ha tratado de mostrarse fuerte desde que tomó el relevo del poder hace unos meses, en unas elecciones que no dejaron contento a todo el mundo; los inversores detrás del pequeño grupo de mercenarios que están llegando al país comandados por Mensah Ndiaye y… Joyas Miccelatti.
Mathew se quedó pensativo. El nuevo mandatario de Sarabi, deseaba incluir el país en la Mancomunidad Británica de Naciones mejor conocida como Commonwealth of Nations, que otorgaba múltiples beneficios, así como ciertas obligaciones, entre ellas, cumplir a cabalidad con los derechos humanos.
Luego la presencia de esos artículos denunciando malos manejos en la mina, principal fuente de riqueza del pequeño país, no le convenían, por todo lo que acarreaban.
En cuanto a Joyas Miccelatti, no creía que Giana estuviese involucrada, había estado en medio de una expansión durante varios meses, pero su padre y el exprometido eran otro cantar. De todas maneras, prefirió descartar otras posibilidades.
—¿Quién es Mensah Ndiaye?
Tony sacó el móvil y abrió un archivo con una fotografía de un hombre negro de rasgos marcados y filosos, fuertemente armado.
—Es un exoficial del Ejército de la República Democrática del Congo. Lo dieron de baja después de que se firmó la paz en el 2003, pero trabaja para varias multinacionales dedicadas a la explotación de las minas de coltán. Es un mercenario de los malos, se vende al mejor postor.
—Y en caso de una revuelta o un atentado, ¿Haaziq podrá hacerles frente?
—Haaziq tiene mucho entre manos, recibió un país con una deuda externa de las más altas, y, a pesar de sus políticas progresistas, las aves de rapiña lo rondan.
—No creo que sea él entonces el de los ataques.
—Así es. Si yo fuera Haaziq, y en mi mina hubiera malos manejos, no andaría contratando periodistas ni difundiendo mentiras, simplemente me presentaría con un nutrido ejército y la intervendría.
Mathew observó el fondo del vaso de licor y cómo el par de cubos de hielo se derretían. Dio un sorbo largo y, a pesar de lo frío de la bebida, esta calentó su esófago hasta la boca del estómago.
—Yo tuve una entrevista con Haaziq, antes de las elecciones, y me prometió que, de resultar ganador, nada influiría en nuestro acuerdo sobre la mina, esa fue una de las razones por las que decidimos invertir en su momento.
El gobierno provisional que se instauró tras la muerte del dictador nos dio garantías y se suponía que él seguiría sus pasos —acotó Mathew.
—Eso fue hace meses, las circunstancias pueden cambiar, no se fíe de los políticos, son corruptos y ambiciosos. Hay un rumor de la presencia de otra veta, iniciarán excavaciones a quinientos metros de la mina, si resultan exitosas, será otra chimenea[1] un poco más grande que la de ahora.
—¿Por qué no sabíamos nada al respecto?
—El rumor llegó a nosotros hace apenas tres días y el Gobierno ha guardado mutismo respecto al tema, contrató una firma extranjera para que hiciera los estudios —afirmó el mercenario—.
Mis hombres y yo no queríamos precipitarnos, hemos estado investigando y esas cosas llevan tiempo.
Además, hemos llegado a la conclusión de que alguien más debió saberlo, todo está relacionado, la aparición de Ndiaye, la mala prensa a ustedes y algunas personas ambiciosas tras bastidores.
—Nos están jodiendo, Tony —remató Mathew e inclinó la cabeza.
—Tendría mucho sentido que Joyas Miccelatti quisiera asociarse con Haaziq si la nueva veta es productiva.
Si Ethan Colton se enteró del nuevo hallazgo, le debe estar haciendo lobby a Haaziq, ya que este no puede hacerse cargo de la explotación de la mina, a pesar de tener el cincuenta por ciento de participación, no tiene los medios ni el conocimiento, necesita un socio estratégico al que pueda manejar. Ustedes no tienen ese talante.
—Si se descubre otro yacimiento, esto se pondrá peor —refrendó Mathew—, es claro que nos quieren fuera de Sarabi. ¿No tienes una remota idea de quién está detrás de ese blog?
—No, aún no, están utilizando un sistema muy sofisticado, la dirección le da la vuelta a medio mundo, ha sido imposible rastrearla. —Tony tomó un sorbo de su bebida y se llevó a la boca un puñado de nueces que estaban en un bol.
—Tendré que viajar a Sarabi, necesito ponerme al frente de esto. —Mathew terminó su bebida—. Me hablaste al inicio de nuestra conversación de que la situación en la población es delicada…
—Sabes que siempre aparecen pequeñas mafias tratando de aprovecharse de la gente.
Los prestamistas, los grupos ilegales que captan a algunos mineros artesanales y les roban el producto de su trabajo o extorsionan a empleados y comerciantes, la lista es larga, hay mucha gente sin trabajo, ya que la mina se ha dedicado a traer empleados calificados de otros países en vez de entrenar a la gente de la región.
Esa era una pelea que Mathew tenía en cada reunión de accionistas.
Lo explicaba con el ejemplo de lo ocurrido en el taller de talla, donde Joyerías Diamond había capacitado a la gente de la zona para brindarles un mejor nivel de vida.
Su idea había sido controvertida en cada reunión, había logrado cambios pequeños, pero que no impactaban de manera positiva en la población.
Con la fundación avalada por su empresa, los hermanos King, encabezados por Mathew, habían ideado proyectos a pequeña escala que beneficiaban a la gente que no laboraba en la mina, la mayoría de las personas dependían de la agricultura y aunque muchos tenían tierras, carecían de los recursos para desarrollarlas.
Mathew tenía que reconocer que una gran cuota de culpa lo llevaba a querer solucionarles sus problemas, se sentía un invasor, un extranjero que había llegado a causar dolor a una tierra de por sí sufriente.
Si sus hermanos supieran lo que pensaba lo tildarían de loco, pero sentía que era su responsabilidad hacer algo por la gente y a lo mejor eso le había granjeado los enemigos con los que ahora contaba.
—¿Has logrado asustar a los grupos ilegales?