CAPÍTULO 7 #2
Se introdujo de nuevo en la tina, el agua aún estaba tibia.
Giana tomó un condón y abrió el empaque.
Él se sentó, ella acomodó las piernas a lado y lado mientras maniobraba el preservativo, que le puso con facilidad.
Mathew le besó el cuello y luego tomó los pechos en sus manos, los besó y acarició a conciencia mientras que con la otra mano la agasajaba en medio de las piernas.
Giana llevó el miembro erecto a la abertura y se deslizó sobre él soltando un gemido de dolor y placer, estaba algo irritada por la sesión de sexo de la noche anterior, pero ni ello le bajó el ardor.
Empezó a moverse con una cadencia suave, que aceleró a medida que las sensaciones la asaltaban; sentía que llevaba la vida en su vagina, nunca había sido consciente hasta ese momento, las sensaciones fluían impetuosas, así como el fuego, que nunca retrocede, sino que avanza hasta formar una hoguera y que, en lugar de extinguirse, se eleva en forma de fuegos artificiales que le permiten por segundos morir y tocar el cielo.
Soltó un gemido largo y profundo en cuanto presintió los albores del orgasmo.
Mathew tomó el control enseguida, aferró sus caderas imprimiéndoles un movimiento especial, con el corazón latiéndole a mil la balanceó a su antojo.
Ella lo notaba tenso, contenido, lo miró a los ojos, que refulgían con ardor.
—Eso, nena, así es, esto es el jodido cielo, tu coño es el jodido cielo.
Estaba embistiendo rápido y frenético sin posibilidad de aminorar la marcha.
Encerrado en la sensación de hundirse en el cuerpo caliente y suave que lo aprisionaba como un puño y mientras ella temblaba en sus brazos, deslumbrada y entregada, el orgasmo le sobrevino como una tremenda colisión y la explosión le hizo aferrar las caderas de la mujer con fuerza brutal.
En cuanto Giana pudo formular un pensamiento coherente, se dio cuenta de que el agua ya estaba fría. Mathew soltó una exhalación profunda y abrió los ojos. La levantó con suavidad y la acomodó en el otro extremo de la tina. Él se levantó y se quitó el condón.
—Ven, nena, vamos a tomar una ducha.
Se bañaron juntos y luego volvieron a la suite donde Mathew pidió un suculento desayuno.
Envueltos en las batas de felpa del hotel, bebieron café en cantidades ingentes —ambos eran aficionados a esa bebida—, comieron panqueques, croissants, huevos escalfados, mantequilla, miel, fresas con chocolate.
Dieron cuenta de todo, a Mathew le agradó el buen apetito de Giana, no le gustaban las mujeres melindrosas para comer, ni que estaban siempre a dieta.
Meriem era más comedida, aunque no porque fuera melindrosa.
Con Mathew tenía la oportunidad de disfrutar de algunos lujos ajenos a su vida cotidiana y eso solía hacerla sentir culpable, porque su familia y amigos no podían disfrutar de lo mismo.
En el fondo, ella tuvo razón en dejarlo, nunca hubiera funcionado.
Alejó el pensamiento. No tenía sentido seguir haciendo comparaciones, Además, Meriem estaba muerta y Giana estaba aquí, llena de vida y de ganas.
—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó ella antes de llevarse un pedazo de croissant a la boca.
—Quedarme contigo en esta habitación por tiempo indefinido, saborearte otra vez, sentirte otra vez.
Ella asintió y sonrió.
—Yo también quiero.
—Pero si lo decías por mi poco conocimiento de París y pensabas llevarme de excursión, hoy paso, tengo otras ideas más interesantes en mente.
De mutuo acuerdo volvieron a la cama, abandonando las batas de felpa sobre sus respectivas sillas.
Horas después se habían quedado adormilados cuando se escuchó el móvil de Mathew, que no le prestó atención. El aparato dejó de sonar para volver a empezar.
—Contesta, puede ser importante.
Mathew miró la hora, eran casi las tres de la tarde. Se imaginaba que serían Brandon o Nathan. A lo mejor ya habían leído el artículo y podía imaginar a su hermano mayor subiéndose por las paredes.
—Permíteme unos momentos, debe ser mi hermano.
Nathan estaba recostado en una de las tumbonas del área de la piscina de la casa de Brandon. Era media mañana y el sol de verano ya comenzaba a calentar. Las dos parejas se habían reunido para desayunar y disfrutar del domingo veraniego en familia.
El bebé dormía en su silla especial, protegido del sol, Eva y Elizabeth estaban sentadas en la orilla de la piscina.
—Es increíble lo rápido que has recuperado la figura después del parto. —Elizabeth jugueteaba con los pies en el agua.
—No he hecho absolutamente nada, amamantar y la falta de sueño son los mejores antídotos contra los kilos de más después del embarazo.
—Lo imagino —dijo Elizabeth—. Nathan y yo lo estamos intentando.
—¡Qué maravilla! Gregory estará feliz de tener a alguien con quien jugar.
—Me preocupa a veces ser egoísta…
—¿Por qué? ¿Tienes miedo?
Ella vaciló un momento y luego asintió.
Nathan se levantó y se acercó a una nevera de dónde sacó varias bebidas, le brindó una cerveza a Elizabeth y un refresco a Eva. Le dio un profundo beso a su esposa y volvió a acomodarse en el sillón. Brandon estaba contestando un par de correos urgentes en el estudio.
—¿A qué clase de mundo voy a traer un bebé? Hay tantos niños que sufren, tanta maldad, y si se acaban el agua o los alimentos…
Eva meditaba que Elizabeth tenía algo de razón al pensar así.
Su vida no había sido nada fácil, había huido de su país de origen en busca de una mejor vida y después de conocer a Nathan las cosas no fueron precisamente fáciles.
Su pasado la había alcanzado y el joven, en una acción de película, había tenido que ir a rescatarla. Era normal que tuviera miedo.
Tomó su mano.
—Querida, para traer un hijo al mundo, todo lo que necesitas es un inmenso amor y una profunda fe, lo demás vendrá por añadidura. Serás una madre maravillosa.
Brandon salió furioso de la casa y se acercó al par de mujeres.
—¿Qué pasó? —preguntó Eva yendo a donde estaba Gregory, que seguía durmiendo.
Nathan se levantó y se acercó a ellos.
—¡Nathan, escucha! —exclamó Brandon pasándole el móvil a Eva, que al ver lo que era, empezó a leer en voz alta.
—“En la mina de diamantes Lujan se siguen cometiendo injusticias, ahora esos abusos están dirigidos a la población cercana a la mina. Las fuerzas del gobierno, junto a un grupo de mercenarios pagados por las empresas que tienen participación, han logrado desplazar a un centenar de personas”.
—Miren las putas fotos —dijo Nathan y amplió una que mostraba a un grupo de gente caminado en fila por una carretera—. Eso es falso, estoy seguro de que ese desplazamiento no se dio cerca de la mina —aseveró—, nos hubiéramos enterado en el mismo momento en el que hubiera ocurrido.
—Espérate, que ahora viene lo mejor.
—“Recordemos que entre las empresas que participan en la mina se encuentra Joyerías Diamond, ¿qué sentirán sus accionistas al escuchar sobre este tipo de injusticias? Gente acostumbrada a cultivar la tierra, a depender de la economía que se mueve alrededor de la mina para lograr su sustento. A los pobladores desplazados se les prometió una compensación, pero solo algunos obtuvieron viviendas cerca de la población donde viven los trabajadores de la mina, mientras que el resto continúa en la pobreza”.
—No quiero seguir leyendo. —Eva soltó el móvil.
—¿Hay más? —Nathan tomó el teléfono y terminó de leer—. Las mismas sandeces con diferentes palabras. Pura mierda.
—Tienes que dar una entrevista al Chicago Tribune —sugirió Elizabeth, mientras se colocaba unos shorts.
—Hablaré con Paula Megan, la periodista de Económicas con la que estuve en un simposio hace un par de semanas —dijo Eva, que tomó a Gregory en brazos al ver que había empezado a gorjear, ya despierto de su siesta.
—Buena idea, mi amor —dijo Brandon, que se levantó y recorrió airado el lugar—.
Hablé con Mathew, Tony adelantó el vuelo a París, creo que tiene una cita con alguien que lo ayudará a descubrir la identidad del hijo de puta que nos quiere amargar la vida.
Debe estar reunido con él en este momento.
Mathew tomará un vuelo mañana y estará aquí a media tarde.
Eva acarició la cabeza de su hijo.
—Ya, mi pequeñín, vamos a la casa, es hora de alimentarte.
A pesar de la preocupación, Brandon abrazó a su mujer y a su hijo antes de que entraran a la casa.
—Ya hablé con el Departamento de Comunicaciones, hay una reunión mañana a primera hora, no demoran en empezar a llamar los accionistas y con justa razón.
—Tranquilicémonos. —Elizabeth alargó la mano y le tocó el rostro a Nathan—. Se les olvida que ese artículo no ha salido en prensa oficial, ningún diario se ha hecho eco de la noticia, precisamente porque no es confiable.
—Está en Internet —interrumpió Brandon—, cualquiera que no nos conozca puede darlo como válido.
Con pocas ganas de seguir disfrutando de la mañana, los tres recogieron sus cosas y entraron a la casa.
Brandon maldijo el momento en el que se le ocurrió comprar la participación en la mina y trasladar el taller de talla y pesaje a la población cercana.
Si pudiera y la junta lo permitiera, vendería la participación en las minas de Joyerías Diamond en un santiamén, prefería lidiar con los intermediarios del mundo de las piedras preciosas a seguir enfrentando todos los problemas que implicaba gestionar una mina de diamantes.