CAPÍTULO 7
Ethan se levantó de la cama de mala gana en cuanto el móvil vibró en la mesa de noche.
Era Batiste, uno de los dos guardaespaldas que Cesare había contratado para Giana tan pronto pusiera un pie en París.
Había muchos secuestros en Europa, no podía dejarla desprotegida, ya que sería todo un botín para cualquier grupo mafioso.
Eso sí, Ethan era el encargado de recibir informes cada veinticuatro horas.
No quería contestar, quería volver a la cama donde su amante lo esperaba.
—Hola, Luc.
—Hola, señor Colton.
—Habla rápido que estoy ocupado.
—La señorita Giana estuvo toda la mañana de ayer en la feria, tuvo varias reuniones con distribuidores de maquinaria.
—Nada nuevo, continúa —bramó, impaciente. En la cama, Charlotte se desperezaba.
El escolta carraspeó antes de continuar.
—Salió después del mediodía con el señor Mathew King.
Ethan se sobresaltó.
—¿King? —Elevó el tono de voz, pero volvió a bajarlo enseguida y salió de la habitación. ¿Qué diablos hacía Giana con el menor de los King? Él le había advertido que no se le acercara.
—Salieron a comer a Saint Germain, luego vieron una película al aire libre en un parque cercano y más tarde volvió con él al hotel donde se hospeda. —Esto último lo dijo en tono de voz bajo—. Y ahí ha pasado la noche.
—¿Qué mierdas…? —caminó por la habitación como fiera enjaulada—. ¿Me estás diciendo lo que creo que es?
El escolta lo confirmó, le dijo que había enviado información de Mathew King a su correo y que lo mantendría informado.
Ethan cortó la llamada, no sin antes advertirle que siguieran en sus puestos y que pasaran desapercibidos.
Giana en ningún momento debía saber que estaba siendo vigilada.
Ella había dejado muy claro que no quería escoltas rondándola cuando estuviera en el extranjero, había tenido serios problemas con su padre y con él a causa de ello.
“Zorra y mil veces zorra”, maldijo para sí, furioso.
Tenía que guardar la compostura, no podía hacer un espectáculo delante de Charlotte Rupert, una de las accionistas de más peso y que lo ayudaría a llegar a la presidencia.
Además, ambos tenían otros negocios, mucho más redituables que la joyería.
Respiró profundo, claro que estaba cabreado, Giana era suya para hacer con ella lo que le viniera en gana.
Ella era el medio para un fin y no iba a permitir que ahora uno de los King le arrebatara aquello por lo que había trabajado tantos años.
—¡Maldita sea!
Volvió a la habitación con semblante disgustado que trató de enmascarar sin lograrlo. Charlotte, apenas cubierta por una sábana, lo miraba preocupada.
—¿Pasa algo, cariño? —preguntó con voz gruesa.
—Problemas que nunca faltan —contestó más brusco de lo que debería.
Volvió a la cama con Charlotte, retiró la sábana y acarició su cuerpo elástico y firme. Era mayor que él unos cuantos años, pero se entendían muy bien en la cama. Sin embargo, después de una sesión de sexo algo duro, se despidió y volvió a su departamento, ubicado en Park Avenue.
No diría nada hasta saber en dónde estaba parado.
Volvió a hablar con los escoltas, a quienes prohibió que le contaran algo de lo ocurrido en París al viejo Orsini.
Necesitaba saber qué se traían los King entre manos, ese encuentro no era ninguna coincidencia, a lo mejor ellos ya sospechaban que Joyas Miccelatti estaba detrás del derrumbe en Sarabi y de las otras cosas.
Giana era inocente, a pesar de que había aprendido a nadar entre tiburones, mantenía sus principios, ¿qué la había hecho actuar así?
Está bien, reconocía que no la amaba, nunca la había amado y por eso le había dado más libertad de la que debería, ya que solo quería una relación sin complicaciones, pero por lo visto ella no estaba satisfecha si había corrido a meterse en la cama de Mathew King.
¡Maldita! Ahora que él estaba a nada de lograr su objetivo, un mocoso no iba a arrebatarle el triunfo y mucho menos a su trofeo.
No estaba celoso, estaba furioso al comprobar que Giana era igual a las demás.
Se tragaría ese sapo, haría de novio comedido y la consolaría cuando su padre le diera a él la presidencia, aceleraría la fecha de compromiso y el matrimonio lo celebraría en otoño, no le daría tiempo de que se diera la vuelta y huyera, tendría que tramar algo para impedirlo. La necesitaba asentada en Nueva York.
Más calmado, se metió en la cama. Antes la llamó varias veces, la llamada saltó a buzón. “¡Zorra!”.
—No quiero dejarte ir aún —protestó Mathew, minutos después de que Giana despertara y él la saludara con un profundo beso.
—No tengo ganas de irme tampoco.
Le acarició el cabello y la cicatriz que ella llevaba en la frente.
—Te espero hace rato. Eres una dormilona, son casi las nueve.
El sol entraba a raudales por las ventanas, Mathew podía observar el cielo azul desde la cama. Se levantó sin cubrir su desnudez y caminó por la habitación recogiendo la ropa que habían tirado al suelo la noche anterior.
—Eres hermoso, Mathew King.
Él levantó las comisuras de la boca en un amago de sonrisa.
—¿Amas lo que haces? —le preguntó de repente. Ella se acomodó de medio lado, la cabeza apoyada en una mano—. ¿Disfrutas de tu trabajo?
—Sí. —La respuesta de Giana fue contundente—.
No me imagino haciendo otra cosa, las joyerías son lo que más me apasiona, y es así desde que era una chiquilla.
Pero… Hemos mantenido nuestros trabajos fuera de esto por varias horas, y me parece que con tu pregunta quisiste traerlo a colación, ¿por qué?
Decidió ser osada, necesitaba saber qué terreno pisaba con Mathew esa mañana y hasta dónde la intimidad compartida lo haría abrirse a ella.
—Vamos a tener que tratar ese tema si nos seguimos viendo —soltó él como si lo hubiera meditado un rato.
—¿Tan seguro estás de que querré verte de nuevo?
Mathew la miró fingiendo sorpresa.
—¿Y no es así? Vaya, entonces tendremos que aprovechar el tiempo.
Volvió a la cama, se acostó encima de ella y la atacó a cosquillas. Las sábanas rodaron al suelo y Giana quedó desnuda ante él. La miraba risueño y con cierta sorpresa en el semblante, le gustó ser la receptora de ese gesto que estaba segura no era frecuente en su vida diaria.
—Eres hermosa, Giana Orsini, me alegra que tomaras la iniciativa.
—Y yo me alegro de haberla tomado.
Mathew iba a llamar para pedir el desayuno, pero cambió de idea. Se acercó a la cama, la alzó en brazos y la llevó hasta el baño.
—Hace un rato llené la tina de agua bien caliente, creo que ahora está perfecta para que tomemos un baño —señaló él.
Él le dio un poco de intimidad y cuando ella abrió la puerta, la vio sujetarse el cabello en una coleta que amarró con el mismo pelo y sumergirse en la bañera, era todo un espectáculo,
Entró a la tina y se acomodó detrás de Giana, que descansó la cabeza en su pecho y, por unos minutos, ninguno dijo nada. Él le dio un beso en la frente.
Ella estaba exultante, casi feliz, como si las preocupaciones que tenía le pertenecieran a otra persona, como si la traición de su padre y su prometido —exprometido, debía recordarlo— estuvieran a años luz de ese lugar, de ese hombre que le brindó caricias tan maravillosas y la hizo sentir mujer como nunca Ethan pudo hacerlo.
Recordó la reunión que tenía al mediodía, pero no estaba de ánimo.
En cuanto saliera del baño enviaría un mensaje de texto aplazándola para el día siguiente sin sentirse ni un ápice culpable.
Nada ni nadie la sacaría de esa habitación por el momento.
Mathew King era una delicia para sus ojos y sus otros sentidos.
—¿Estás bien? —preguntó Mathew, le aferró el rostro y la obligó a mirarlo a los ojos.
—Estoy perfectamente, teniendo en cuenta las veces que lo hicimos.
—¿Es una queja, señorita Orsini?
Y otra vez esa carcajada musical, que ocasionaba sensaciones desconocidas en el pecho de Mathew.
—Para nada, caballero.
Sería bien recibida, ya que tenía la evidencia rozando sus nalgas.
Se levantó y se sentó a horcajadas sobre él, pero se percató de que tenían un problema, no veía condones por ninguna parte.
Empezó a besarlo y a acariciarlo. No supo por qué tuvo el fuerte impulso de consentirlo, de brindarle algo de ternura.
—Quiero volver a hacerlo, pero no tenemos condones.
Mathew sonrió.
—Eso se soluciona enseguida, preciosa.
Se levantó y salió de la tina, el agua escurría por su piel.
Giana pensó de nuevo en lo atractivo que era y en que deseaba besar cada centímetro de su cuerpo.
Mathew se enrolló una toalla a la cintura y fue hasta la habitación.
Sacó una tira de condones, pensando que, si las cosas seguían así, pronto tendría que reponer las existencias.
Giana era más apasionada de lo que había imaginado y se sentía eufórico, con ganas de quedarse encerrado con ella en esa habitación por una buena cantidad de tiempo.
Le parecía tan extraño experimentar todo aquello cuando un par de días atrás todavía se cuestionaba si estaba preparado para salir del celibato.
Pensó brevemente en Meriem y trató de identificar qué sentía respecto a ella.
Nada. Bueno, sí, la culpa persistía, seguía lamentando lo sucedido, pero ya había dejado de añorarla.
El huracán Orsini acababa de arrasar con cualquier vestigio de dolor que quedara en su corazón.
La alerta del móvil vibró y lo puso en tensión enseguida, habían publicado otro artículo de las joyerías.
Dejó el móvil en su puesto, lo que fuera podría esperar.
D’Artagnan y su cúmulo de sandeces no le iba a arruinar un buen polvo.
Volvió al baño con varias ideas en mente y la encontró recostada y con los ojos cerrados, acariciándose un pezón y en medio de las piernas.
¡Dios! Al sentirlo, ella abrió los ojos y sonrió.
—Me temo que no pude esperar.
—Le pondremos remedio a eso enseguida.