HERMANOS KING CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Olvídate de respirar, quiero saborearte otra vez.

En cuanto la lengua de Mathew volvió a su sexo, soltó un gemido de placer interminable.

Le dio varios orgasmos, encadenados unos con otros, era insaciable y voraz, y la degustó como si ella hubiera sido su única comida en mucho tiempo.

No la dejó en paz hasta que estuvo exhausta, suplicante, sudorosa, con las manos enredadas en su cabello.

Se irguió mirándola con ojos brillantes, con una clara intención en su semblante serio y se colocó un condón que sacó de un cajón de la mesa de noche.

—Ahora sí —susurró en tono fiero—. Es nuestro momento, lo anterior era todo para ti.

Era verdad. Él derrumbó sus defensas, incluso las que no sabía que tenía, con una increíble destreza sensual.

Y no podía estar más feliz por ello. Giana le tendió los brazos invitándolo y Mathew se impulsó en su interior con una embestida firme y lenta que la hizo jadear.

Ella aferró sus caderas con algo de dificultad debido a la capa de sudor que cubría su cuerpo; sus músculos, bien definidos, estaban rígidos, como si se estuviera conteniendo, y ella con su agarre lo atrajo.

Él se hundió de nuevo en Giana, con un movimiento duro y profundo. Estaba más que preparada: suave como la seda, deseosa, y él estaba muy excitado. Con cada embestida, Mathew sentía que su cuerpo era una hoguera cuyo fuego podría hasta freírle el cerebro.

—Eres jodidamente perfecta —resolló sobre ella, no supo cómo pudo enlazar esas tres palabras. Aferró su rostro con las manos y la besó con intensidad y ternura.

La penetró una y otra vez, disfrutando del placer de cada embestida, sin dejar de mirar su piel sudorosa y enrojecida.

Sintió las contracciones de la liberación de Giana, porque ella lo ciñó firmemente, era una delicia, el calor, la presión y la fricción lo estaban matando de placer, no quería que terminara nunca, los gemidos de ella y su respiración en el oído lo llevaron directo al orgasmo, que sintió como una descarga que recorrió su cuerpo desde los pies hasta la cabeza.

Tardaron unos minutos en volver a respirar con normalidad. Él salió de ella y se levantó de un salto para deshacerse del condón, antes de volver de nuevo a la cama y abrazarla. Dormitaron un rato y luego pidieron algo de comida.

—¿Cuál es tu cantante favorito? —preguntó ella.

Estaban sentados a la mesa de la suite, devorando cada uno un sándwich y una porción de tarta de queso y melocotón.

Mathew le sirvió a Giana otra copa de vino.

—Bruce Springsteen, ¿y el tuyo?

—Tengo varios amores —señaló ella mientras con el tenedor partía un pedazo de torta y le brindaba a Mathew, él le aferró las manos y chupó uno de sus dedos—. Jhon Legend, Ed Sheeran, Adele…

—Debí saberlo cuando te vi con ese libro de cartas en el avión, eres una romántica incurable, Giana Orsini.

—Culpable —admitió ella—. Aún no sé por qué, mis padres no eran dados al romanticismo, no crecí en un hogar donde el amor o los gestos románticos abundaran. Sin embargo, y antes de que pienses lo que no es, solo estamos charlando, me niego a irme de este mundo sin vivir la gran historia de amor.

—La vivirás, estoy seguro, aparecerá un pobre diablo que pierda los tejos por ti.

No supo por qué su propia afirmación le molestó y una pequeña dosis de celos lo asaltó al pensar en que los besos, las caricias y el cuerpo de Giana fueran la ofrenda para otro hombre.

—Tiempo al tiempo, como decía mi madre. —Se quedó mirando la copa de vino, de pronto no quería mostrarse como una persona necesitada de amor, ni más faltaba.

En su vida diaria era Giana Orsini, la agresiva ejecutiva de un emporio de joyas que enfrentaba todos los días el mundo con su traje de guerrera.

—Pero mientras el pobre diablo llega, yo puedo ser un buen sustituto. ¿No? —Mathew la miró con picardía, Giana se rio y negó con la cabeza—. ¿Qué? —volvió a la carga él—. ¿Acaso no ha estado bien el sexo?

Ella soltó la carcajada. Luego se puso seria.

—Ha estado genial. —Estuvo a punto de agregar que en realidad era el mejor sexo que había tenido en su vida. Pero no quería mostrarse demasiado vulnerable. Mejor pasar a la acción.

Se levantó de la silla y se sentó en sus piernas. Mathew la recibió gustoso, le acarició el muslo que sobresalía por la ranura de la bata que se había puesto después de tomar una ducha. Acercó la nariz y olfateó su pelo.

—Tu color de cabello es precioso.

—No lo creo —dudó ella.

—Tienes algunos mechones en tono bronce que le dan un brillo espectacular.

—De niña era mi karma, en el colegio era la única pelirroja, soñaba con tener el cabello negro.

—Eres perfecta tal y como eres.

—Tú también eres muy guapo.

Mathew cerró los ojos y se permitió disfrutar de los pequeños besos de mariposa que Giana le obsequiaba, de los delicados dedos de la mujer acariciándole el pelo.

—Volvamos a la cama —dijo en tono ronco.

Ella asintió.

Mathew la levantó en brazos y la llevó de nuevo al lecho donde se amaron el resto de la noche.