CAPÍTULO 6
Mathew notó que los labios de Giana eran cálidos y mullidos.
Besarla era como entrar de lleno en la primavera después de atravesar un largo y árido invierno.
No besaba a una mujer desde su ruptura con Meriem y se perdió en la caricia de esos labios que prometían infinitos hallazgos.
Eran besos diferentes, por la forma de la boca y esa chispa de sensualidad que llevaba la africana impresa en su cuerpo, pero los labios de Giana hicieron que todos sus nervios volvieran a la vida, la saboreó en detalle aprendiéndoselos de memoria, se endureció aún más al escuchar un jadeo cuando ella abrió la boca y su lengua tímida asaltó la suya.
Le dio la bienvenida como se lo merecía y a los segundos no la besaba, la devoraba con ganas de más.
Tendría que concluir el beso, era consciente de que daban un espectáculo, pero no le importó.
Le acarició la espalda y el contorno de los brazos.
Le besó el cuello y ella le mimó el rostro con las pestañas; momentos después, se separaron.
—¿Y ahora qué sigue? —preguntó él lentamente dándole la prerrogativa a ella. Sus brazos la sujetaron de nuevo, la sintió estremecerse y la miró fijamente a los ojos, con un aire tan fiero y profundo como si pudiera leer su mente.
—Hagamos una locura. Si esa locura incluye tu cama o la mía, mucho mejor. —Se escuchó el sonido de la risa nerviosa de Giana, que siguió a su osado comentario.
—¿Crees que es prudente? —preguntó él, de repente intimidado, aunque con una sonrisa pícara.
—La vida es corta, no sabemos qué puede ocurrir mañana o el siguiente mes o año, nos arrepentiremos de todo lo que dejemos de hacer.
—Esa no es razón suficiente para meterme en la cama con la heredera de mi competencia en los negocios.
—Tienes razón, yo tampoco debería hacerlo, pero te deseo y sé que es recíproco.
¡Dios! ¿Por qué diablos había sido tan directa?
, se dijo avergonzada. Volvieron la vista a la pantalla cada uno sumido en sus pensamientos, ambos sentían una viva excitación.
Ella tenía razón, para qué darle larga a algo que ambos deseaban, pensó Mathew.
El beso le había demostrado que estaba listo para retomar su vida, no había podido evitar comparar a ambas mujeres —tan diferentes y a su manera tan perfectas—, pero no había habido dolor ni nostalgia en ello.
Giana todavía no se reponía de su propia osadía.
Comprendió que la manera en que se había desarrollado todo, improvisado y natural, sin grandes pretensiones, estaba por encima de su deseo de saber sobre lo ocurrido en Sarabi.
Además, hacía tanto tiempo que no la besaban así, con pasión, con detalle, recordó de manera irremediable los besos de Ethan, ahora le parecían fríos, calculados, no como los de Mathew, que la besaba como si se le fuera la vida en ese gesto, no sabía cuánto lo necesitaba hasta que lo experimentó.
Mathew quería seguir besándola e ir unos pasos más allá, las manos y la boca le cosquilleaban por probar su piel.
La besó de nuevo, la caricia que inició de forma suave y delicada se desbocó en segundos debido a la respuesta de Giana al beso.
Él fue esta vez con su lengua al recorrido de su boca, la saboreó y se adueñó de ella.
Se separó unos centímetros y le dijo con voz ronca sobre sus labios.
—¿Nos vamos?
Se levantaron del prado y ella se arrebujó el suéter.
—¿Tienes frío? —preguntó él dispuesto a ponerle la chaqueta en los hombros.
—No, no tengo frío. —Estaba nerviosa y la expectativa.
Salieron del sitio sin saber a dónde se dirigían.
Tomaron una calle estrecha y poco iluminada, Mathew meditó que el lugar le brindaba un sinfín de oportunidades de arrinconarla contra cualquier portal.
Se abrochó la chaqueta para ocultar su dolorosa erección.
Podría sujetarla contra la pared, besarla de nuevo hasta dejarla sin aliento, subirle el vestido, tocar su sexo, que seguro estaría caliente y lubricado.
Ella se aferraría a él, levantaría una pierna hasta su cintura y le daría acceso.
Podrían hacer algo rápido para calmar el hambre que ella le había despertado.
“¿Qué diablos estás pensando, Mathew?”. Se reprendió, pero los pensamientos de Giana iban en la misma tónica, porque lo sorprendió con lo que dijo a continuación.
—Vamos a tu hotel.
La observó de nuevo con ese gesto que ella ya conocía.
—¿Estás segura?
Ella se acercó un paso hasta quedar a centímetros de él.
—No estoy buscando algo serio, con la expansión y algunos problemas que tengo ahora, no estoy para relaciones duraderas.
Esas palabras serían oro para la mayoría de los hombres, incluso para él en su situación actual, pero no supo por qué la aclaración le molestó. Sin embargo, el orgullo vino a su rescate.
—Lo entiendo. Yo tampoco quiero algo serio.
La tomó de la mano y extendió la otra para tomar un taxi que pasaba en ese momento por el lugar. Ya dentro del auto, ella llamó a su chofer y le dijo que podía irse a descansar, que lo llamaría al día siguiente.
Mathew miró sus labios rosados, sensuales y ligeramente hinchados y quiso devorarla otra vez, pero se contuvo hasta que llegaron al hotel.
Giana había estado en el Ritz en varias oportunidades, había asistido a fiestas en algunos de sus lujosos salones, había comido en uno de los restaurantes y participado en algunas conferencias, en otras palabras, el lugar no le era ajeno.
Pero ahora lo veía con otros ojos, los pisos le parecían más pulidos, el aire olía a flores y los rostros de los empleados lucían más amables, o ella se había vuelto loca o las feromonas estaban haciendo lo suyo.
¡Cómo lo deseaba! Apenas se podía contener de besarlo de nuevo.
En el ascensor escasamente se tocaron, al llegar a la habitación, Mathew la invitó a seguir y rescatando los modales inculcados durante años, le brindó algo de beber y comer que ella rehusó.
Caminó por la suite mientras él se quitaba la chaqueta sin dejar de mirarla, y observó la decoración opulenta de la habitación.
—Bonito lugar.
Él se acercó a ella.
—No es mi estilo —sonrió—, para nada, pero Joyerías Diamond tiene alquilada esta suite todo el año. Me parece un desperdicio de recursos alquilar una habitación más sencilla en otro lugar.
—Eres previsor, eso me gusta.
—A pesar de que me muevo en un ambiente opulento, me gusta la vida lo más simple posible.
—Ya veo. —Se quedó mirándolo a los ojos.
El corazón le martilleaba en el pecho. Este hombre era bárbaramente apuesto.
Quería tocarle la cara, afinar el gesto fiero con que la observaba, suavizar los latidos de deseo que sentía emanar de Mathew.
Ella también lo deseaba, y su deseo la asustaba, hacía meses que no se sentía así, es más, no estaba segura de haberse sentido así antes…
—Ven acá. —Se acercó él y la abrazó. Luego le acarició los brazos, se besaron de nuevo, su boca la incitaba a abrirse más, ansiosa, codiciosa, atrevida, imitando la misma danza que si él estuviera en medio de sus piernas.
Se pegó más a su cuerpo. Mathew le quitó el suéter y le acarició los pechos sobre el vestido sin dejar de besarla.
Levantó su falda, le masajeó las nalgas y después sus ágiles dedos se colaron por entre sus muslos.
—Te siento, Dios, tan caliente y húmeda por mí.
Ella soltó una risa nerviosa y decidió ser más osada en sus caricias, deslizó las manos por su pecho y por su vientre, jugó con el cinturón de su pantalón antes de decidirse a seguir bajando y tocar el contorno de su miembro.
Se sorprendió por el grosor y el tamaño e iba a retirar la mano enseguida, pero él no la dejó.
—Tócame… Estoy literalmente ardiendo, por ti.
Eso era lo más erótico que le habían dicho a Giana en la vida. Su calor la abrasaba. Debía de tener fiebre. Le rodeó el cuello con su brazo y esta vez fue ella la que buscó desesperada su boca.
Mathew la llevó hasta la cama, se desvistieron con premura, la piel de Giana parecía puro marfil y en cuanto la tuvo desnuda ante él, gimió extasiado y le acarició el abdomen, bajando luego la mano hasta su pubis.
Quería fundirse en su piel y en su sexo, fue una necesidad tan profunda que se asustó un poco.
Se bajó los calzoncillos, la única pieza de ropa que le faltaba, y sonrió ante la mirada codiciosa de ella; masajeó su pene un par de veces, sin dejar de mirarla, antes de acostarse a su lado.
Deslizó la mano de nuevo entre sus muslos, la acarició, se levantó, se arrodilló en el suelo y la hizo rodar a la orilla de la cama, abriéndole las piernas y apretó la cara contra su sexo.
Un gemido hizo estremecer el cuerpo de Giana.
Mathew sintió que los matices del perfume cítrico que lo había acompañado todo el día se fundían con el aroma de su excitación femenina, el mayor afrodisiaco para él. Aspiró la dulce mezcla con fruición.
Ella le clavó las uñas en los hombros y sus muslos se estremecieron en cuanto lo sintió abrir delicadamente los tiernos pliegues de su sexo.
Estaba encendida y húmeda. Y cuando él deslizó su lengua por su centro y lo saboreó, ella sintió que su mundo ordenado y contenido explotaba y con la euforia de la excitación empezó a gemir desesperada, y muy pronto las ondulaciones del placer invadieron todo su cuerpo hasta la punta de los dedos de sus pies.
—He sentido tu orgasmo de una manera increíble. Eres exquisita —señaló él con una sonrisa triunfal.
—¿Detecto un tono presumido en tu voz? —Giana estaba sorprendida por su propia respuesta. Ethan no era tan generoso y las veces que había besado su sexo las podía contar con los dedos de las manos. Y nunca se había quedado el tiempo suficiente como para que ella lograra un orgasmo.
—¿No tengo motivos para presumir?
—Eres imposible —soltó Giana tapándose la cara con una almohada.
Él se deslizó entre sus piernas de nuevo, abriéndolas aún más.
—Dame un respiro —suspiró ella.