HERMANOS KING CAPÍTULO 5 #2
72%

CAPÍTULO 5 #2

—Te presentaré a Alizeé Lambert. Es la joyera más talentosa con la que te cruzarás en la vida, le he rogado que trabaje para Joyas Miccelatti, pero es una mujer que no se casa con nadie, libre y completamente independiente, aunque ha hecho un par de trabajos para nosotros.

El primer piso era como el de cualquier joyería, con vitrinas y un par de vendedoras.

—Queremos hablar con Alizeé —dijo Giana a una de las asistentes.

Mathew observaba con semblante serio la vitrina con varios diseños de dijes.

Giana se acercó.

—Es muy original —señaló él.

—¿Qué tipo de cosas te hacen sonreír? Tengo muchas ganas de saberlo.

Mathew volteó el rostro y la miró a los ojos con la misma intensidad con que había contemplado la vitrina de dijes.

Muchas cosas lo hacían sonreír: la música, el descubrimiento de una piedra única y de valor incalculable, el recuerdo de la señorita Selma, el cuerpo desnudo de una mujer hermosa en el momento del orgasmo. Tener en brazos a su sobrino y pasar el rato con sus cuñadas.

Él elevó la comisura de los labios. Ella insistió.

—Tienes una risa preciosa, deberías reír más. —Giana tuvo el fuerte impulso de tocarlo, pero el saludo estridente de Alizeé rompió el momento e impidió que él respondiera.

—¡Cherie, bienvenida!

Una mujer diminuta y rubia vestida con una bata blanca salió a recibirlos.

Laludó con un par de besos a Giana, que los presentó, y miró a Mathew de arriba abajo con apreciación.

Alabó el trabajo de Joyerías Diamond y mencionó lo apuestos que eran los tres hermanos, guiñándole un ojo a Giana al tiempo que los llevaba al segundo piso.

Giana le dijo a Mathew al oído que aquel era el lugar donde ocurría la magia. Él sintió que quería retenerla así, muy cerca, y nuevamente se tensó.

El taller que estaba en el segundo piso era un lugar detenido en el tiempo, con mesas de trabajo regadas por doquier, dos laminadores y otra maquinaria, varias repisas repletas de frascos oscuros y un trío de balanzas. Dos jóvenes trabajaban afanosamente.

—¿Cuándo aceptarás mi oferta y trabajarás para mí? Mira que no pierdo la esperanza.

—Oh, querida, sabes que ni tu empresa ni ninguna otra —miró de reojo a Mathew— podrá darme lo que tengo aquí.

—Puedo hacer una réplica exacta de este lugar, pero estoy segura de que no es a eso a lo que te refieres.

—Tienes razón, aquí tengo independencia, puedo hacer lo que quiero sin seguir ninguna directriz empresarial, que es algo muy aburrido. Además, nuestros clientes tienen la posibilidad de ser parte activa del proceso de creación de una joya.

—Es un buen gancho para ganar clientela.

—Sí, los tiempos no son fáciles, las grandes cadenas se llevan el mayor porcentaje del mercado, a los minoristas nos toca ser muy recursivos.

—No te quejes tanto, tienes prestigio y tus diseños son de vanguardia —replicó Giana—. ¿Quieres jugar? —le preguntó a Mathew, que observaba el trabajo de uno de los jóvenes.

Él alzó la vista. En el rostro de ella había una pregunta que parecía flotar en el aire y que no tenía que ver con el lugar en el que estaban. Se acercó.

—Siempre.

Ella lo miró seria.

—Bien, un juego sin apuesta no es juego, haremos cada uno una joya y el que acabe primero, dicta lo que se hará el resto de la tarde. O de la noche…

—Vaya, vaya, ¿también eres joyera?

—He pasado por cada departamento de la empresa —dijo con evidente orgullo—. ¿Tú has hecho una joya alguna vez?

—Sí, me gusta el trabajo operativo, pero la gemología es mi pasión.

Si no fuera tan competitivo, Mathew la dejaría ganar solo por la curiosidad de ver hasta dónde llegaba ella. Lo deseaba, lo notaba en la manera en que se acercaba a él y lo miraba, ambos se sentían atraídos, parecía que era cierto lo que se decía de París y el romance.

—Está bien.

—Señores, escojan sus materiales, me imagino que no tendré que decirles qué hacer. —Alizeé caminó delante de ellos hasta una vitrina donde reposaban las piedras preciosas.

—¿Entre las piedras tendrás un lapislázuli? —preguntó Mathew.

La mujer le dio una mirada de franco entendimiento.

—Claro que sí, cherie, esos están en este espacio.

—La mujer extendió un paño blanco con las piedras.

Mathew cogió una lupa, examinó cada una y sonrió cuando encontró la que quería.

En ese momento, Giana levantó la mirada y quedó arrobada por el gesto del menor de los King, que le provocó un cosquilleo en la boca del estómago, como si jodidas mariposas aletearan en su vientre.

—Una piedra costosa —señaló la mujer al observar la elección de Mathew.

—No importa el precio, es perfecta.

Giana se decantó por hacer una pieza en oro blanco, sin piedra. Tomaron cada uno los materiales y se ubicaron en sus mesas para empezar a trabajar.

Mathew fundió el oro blanco en la cuchara de barro, graduó el soplete hasta que el metal estuvo al rojo vivo, lo dividió, laminó el metal y luego le dio forma para crear un asiento para la piedra a punta de golpear la pieza con un mazo especial.

En cuanto acabó, la pulió hasta darle brillo.

A medida que trabajaba en la joya, se sentía más ligero.

El rato pasado con Giana era lo más agradable que había vivido en mucho tiempo, la mujer lo envolvía, lo seducía y él terminaría cediendo a lo que veía en sus ojos.

Ya era hora, necesitaba vivir de nuevo. Observaba de tanto en tanto lo que ella hacía, parecía que se había decantado por un sencillo aro para la muñeca.

Giana acabó primero y se puso a curiosear lo que hacía él.

—Ve a trabajar —dijo Mathew—, no me gusta que me observen. Además, a tu pieza le falta pulirse.

—Tienes razón. —Volvió a su mesa—. El tuyo, en cambio, es un hermoso trabajo, tienes buen gusto y la chica que lo reciba será afortunada.

Lo vio engastar la piedra con suma facilidad. Era un precioso dije, se notaba el trabajo artesanal, pero las irregularidades del metal contrastaban con la elegancia de la joya, dándole un toque vanguardista.

De pronto no le pareció buena idea haberlo llevado a aquel lugar. Una ligera aspersión de celos mató las mariposas que aleteaban en la boca de su estómago.

—El mío está muy flojo y poco original. —Giana lo había hecho adrede, quería dejarlo ganar y tal vez lograr que bajara sus defensas—. Te declaro ganador. ¿Qué quieres hacer el resto de la tarde?

Mathew no respondió y se levantó de la mesa. Alizeé observaba el intercambio con viva curiosidad. Él entregó las joyas a una dependienta para su empaque y se dispuso a pagar por las dos piezas.

—Yo pagaré la mía —insistió Giana—. Es un regalo.

—Como quieras.

Salieron de la joyería en medio de una llovizna veraniega de sentimientos confusos. Era un hermoso atardecer de verano. Caminaron otro rato por el sector. Mathew miró la hora, eran las nueve.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—Tu ganaste, tienes la prerrogativa.

—No, insisto en que sigas llevando las riendas.

El aire parecía crepitar entre ellos, el comentario de Mathew llevaba una energía subyacente que Giana se moría por explorar, pero tampoco podía ser tan evidente.

—Ya verás —respondió ella—. Experimentarás una actividad muy veraniega, te llevaré a ver un clásico del cine francés, en blanco y negro, al aire libre. En pocos minutos anochecerá. —Mathew sonrió—. Tu sonrisa es como una estrella fugaz. —Giana abrió los ojos, espantada—. No acabo de decir eso.

Mathew soltó una carcajada, se veía hermoso. Giana nunca había sido fan de la risa de un hombre, hasta ese momento.

—Ya no puedes retirar tus palabras, entonces yo también me pondré un poco cursi. Tu sonrisa es una jodida constelación de estrellas tapizando el cielo. Vamos al cine.

Ella lo iluminó de nuevo con su gesto.

—¡No soy cursi!

—Ya lo creo que sí.

Hicieron el recorrido hasta el parque en silencio.

Ambos estaban extasiados en la compañía del otro y en un acuerdo tácito no querían romper la burbuja en la que estaban con algún comentario banal.

Ella compró las entradas a un hombre sentado en una silla al lado de una mesa pequeña.

En el lugar había apenas un puñado de personas, la cinta ya había empezado, se respiraba el olor a flores, cortezas de árboles y algodón de azúcar.

Mathew se quitó la chaqueta y se sentaron en el prado, apenas tuvieron tiempo de ver un par de escenas cuando ella se acurrucó entre sus brazos.

Se mantuvieron inmóviles, escuchando el rumor de su respiración, los latidos del corazón, reconociéndose a un nivel íntimo y primitivo.

El silencio del abrazo era más emotivo que cualquier palabra.

Mathew lo sintió como un momento desligado de todo lo que era su vida, un momento lleno de significado y a la vez inexplicable, un momento solemne donde primaban la mutua necesidad y la entrega.

Después, arrastrados por la misma marea, le aferró el rostro y susurró su nombre antes de besarla.