HERMANOS KING CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Giana le indicó al chofer el lugar donde debía dejarlos y se volteó a hablar con Mathew con una mirada chispeante.

—Estudié aquí un par de años. ¿Conoces el dicho de que París es a menudo una fiesta que solo disfrutan los invitados?

—Sí, lo he escuchado —dijo Mathew—. No aplica solo a París, creo que aplica a cada ciudad que deja de ser turística para convertirse en un lugar donde laborar o estudiar.

—Es verdad, a mí se me acabó la dicha a los tres meses de vivir en París. Dejé de ser la invitada y buscaba pretextos para salir de aquí.

—¿Y cómo lo solucionaste?

—Un buen día decidí reconciliarme con ella y me dije que la conocería realmente.

A Mathew le gustaba el entusiasmo de Giana y cómo enfatizaba su charla con el movimiento de sus manos. Se veía preciosa y juvenil con ese vestido veraniego, tenía hermosas piernas y sus ojos, Dios, eran bellísimos.

El auto se deslizó por las calles de la ciudad, en ese momento repletas de turistas, ya que los parisinos desaparecían en bandadas de la ciudad en época de calor.

—Me dediqué a recorrerla de manera diferente y fíjate que esas actividades me hicieron empezar a quererla.

Mathew asintió.

—¿A dónde vamos? No presté atención cuando le dijiste nuestra ruta al chofer.

—Quiero llevarte a un par de sitios en Saint Germain.

—Diría que ese lugar es de los turísticos.

—Hombre de poca fe, déjate sorprender.

El auto tomó la rue de Buci, desembocando enseguida en Saint Germain.

Giana le dio las gracias al chofer, que le respondió que lo llamara cuando terminara el recorrido, y se bajaron.

Caminaron por la plaza hasta llegar al famoso café de Flore, donde hicieron una corta fila antes de quedar ubicados en una de las mesas de afuera.

El ambiente en la calle era festivo, los turistas deambulaban por el lugar, había un puesto de flores pocos locales más allá, lo que daba colorido al ambiente.

—Es genial, ¿no te parece? No respiras este ambiente en otro lugar.

Un mesero se acercó y pidieron una botella de vino y una tabla de quesos.

—Me gusta mucho el contraste de la luz del sol sobre todo el lugar, quisiera tener una cámara para capturar este momento.

—Fue uno de mis descubrimientos, mucha gente pasa por aquí y no se da cuenta —reconoció Giana, súbitamente pensativa.

Mathew era un hombre introspectivo, no abusaba de las palabras, solo hablaba cuando tenía algo que decir.

A pesar de sus sinceros comentarios, resultaba difícil llegar a conocerlo o saber qué pensaba y era consciente de que le estaba costando trabajo recrear el ambiente íntimo del que habían disfrutado en el avión.

—¿Por qué viniste a estudiar aquí? —preguntó él.

—Necesitaba alejarme de mi padre un tiempo y la universidad me ofrecía un programa de Finanzas que precisaba para mi desempeño profesional. Educativamente fue una buena elección, pero esos dos años se me hicieron eternos.

Mathew la miró como si tuviera una visión de rayos x y pudiera adivinar lo que ella pensaba. El mesero abrió la botella de vino y le sirvió. Desgustó la bebida, dio su aprobación y después él mismo le sirvió a Giana.

—¿Por qué fueron eternos? —Su voz ronca sonó risueña, especulativa y pausada.

—Estaba enamorada, o eso creía, y en ese momento no era correspondida.

—Vaya. —Mathew movió la cabeza. ¿Quién sería el imbécil que la había dejado marchar?—. Dices que en ese momento, ¿hubo algún momento en el que sí fuiste correspondida?

Mientras repasaba el rostro del hombre, Giana había llegado a la conclusión de que podía ser sincera con él.

A pesar de que su semblante era serio, había algo en su voz, en su expresión, que la llamaba a contarle su vida sin omitir detalle, aunque no debería, porque era ella la que necesitaba que Mathew se sincerara.

Sin embargo, para recibir es necesario dar algo, así que en el caso de Ethan decidió decirle la verdad.

—Lo conocí cuando era casi adolescente, él me lleva diez años y en ese momento no se fijó en mí.

—Pero lo hizo después.

—Sí, dos años después de entrar a trabajar en las joyerías, Ethan…

—¿Ethan Colton?

—Sí, ¿lo conoces?

Era un bastardo, pero no podía decirle eso a Giana. Habían tenido un fuerte enfrentamiento por lo ocurrido en la mina. No le causó buena impresión. Era prepotente y altanero.

—¿Él es de quien me hablaste en el avión? —Se quedó pensativo unos momentos, distraído por el color rosa natural de sus labios, esta mujer no necesitaba de un labial para resaltarlos, eran absolutamente perfectos—. Cuando dijiste que estabas terminando una relación…

—Así es —confirmó ella con el ceño fruncido.

—¿Qué ocurrió? Si te sientes cómoda contándomelo. —Le tendió una tostada sobre la que había untado un queso crema mezclado con algo dulce.

—Descubrí que en el fondo era una mierda de primera categoría. No se puede censurar a un hombre por su carácter, pero puedes responsabilizarte a ti misma de tu elección y creo que es hora del punto final.

Tampoco se iba a poner en plan de plañidera, no era su estilo; degustó la tostada y tomó un sorbo de vino de su copa. Le agradaba que Mathew hubiera tenido el buen tino de quedarse callado.

A un cierto nivel siguieron charlando de sus vidas, él le habló de sus hobbies y viajes.

Pero, a otro nivel, ambos repasaban mutuamente sus rasgos, el brillo de los ojos, la textura de la piel, el movimiento de los labios, creando un campo de sensualidad del que les era difícil sustraerse, como si alguien hubiera tendido una red y no pudieran escapar.

Mathew pensó en las razones por las que no debería involucrarse con ella, a pesar de su temperamento vivaz, había cierta vulnerabilidad subyacente que lo cautivaba, pero por esa misma razón no era la mujer ideal con la que romper la abstinencia posterior al duelo y retomar su vida sexual.

Además, eran competencia, y no debía olvidarlo.

Y él, encima, tenía problemas con el par de hombres que lideraban esa empresa, uno de los cuales, para colmo, era su exnovio.

Sin embargo, ahí estaba, queriendo conocer detalles de su vida, como si su alma buscara algo diferente.

—Si no te parece peligroso, ¿te gustaría hablarme de tu fundación en Sarabi?

—aventuró Giana, pensando que eso generaría confianza.

Si de verdad quería reunir pruebas de su responsabilidad en el derrumbe y sacarlo de la mina, no podría ser tan directa.

Los informes de Ethan eran lapidarios respecto a los King, sin embargo, entre más hablaba con él, más difícil se le hacía reconciliar la imagen que le quería vender su exprometido con lo que escuchaba.

Mathew frunció el ceño, como si no le gustara tocar el tema, y otra vez ese velo de melancolía vistió sus facciones.

—Es un lugar pequeño, la verdad no es nada del otro mundo, hay un consultorio médico, un par de ayudas diagnósticas, y un centro de formación para pobladores que deseen mejorar su calidad de vida —explicó con reticencia.

—¿Qué proyectos manejan? —Giana algo sabía del tema, pero quería escucharlo hablar.

—Cursos prácticos para agricultores, pescadores, algunos oficios para las mujeres, modistería, cocina —contestó distraído mirando hacia la plaza.

—Nada que ver con la mina. —Observó sus brazos, se había remangado la camisa a la altura de los codos, dejando ver unos antebrazos varoniles, volvió a detallar sus manos y el aleteo del deseo la tomó desprevenida.

Mathew bebió otro sorbo del vino, calibrando sus próximas palabras.

—Me siento como un soberano cabrón cada vez que entro en la mina y veo lo que la explotación de diamantes le hace a la comunidad, perderán algo que nunca volverán a recuperar por más que les vendamos la idea de que sí lo harán.

Ella quiso rebatirlo enseguida y por la mirada que el hombre le destinó, supo que esperaba atento a lo que ella tuviera que decir. Era evidente que su respuesta no le gustaría, así que decidió salirse por la tangente.

—Quisiera que Joyas Miccelatti hiciera algo parecido a lo que tú haces.

—Es muy delicado de tu parte considerarlo.

—Si es tan difícil para ti cada vez que enfrentas la naturaleza de tu trabajo, ¿por qué te dedicas a esto entonces?

—Me gusta mi trabajo, disfruto el estudio de cada piedra preciosa y el entorno que la rodea, lo que me molesta son los intereses mezquinos que se mueven alrededor.

—Bueno —entrelazó las manos—, nuestros negocios giran en torno a esos intereses mezquinos.

—Yo podría tener un trabajo de oficina como mis hermanos, no supondría ningún problema, hacerme el ciego ante la problemática como lo hacen otros ejecutivos, pero disfruto el escoger una piedra preciosa, es como la caza del tesoro —soltó un atisbo de risa, fueron más sus ojos los que mostraron la chispa pícara—, a lo mejor en vidas pasadas fui un jodido pirata.

La risa de Mathew se hizo franca y fue un espectáculo memorable.

Él tenía razón, la belleza de cada joya creada estaba rodeada de un halo de fealdad, a lo mejor por eso eran tan apetecibles.

No tenía idea de si Mathew era culpable o no del derrumbe, una simple charla no era garantía de nada, pero se sentía muy a gusto con él.

Seguiría disfrutando de su compañía, si se daba la ocasión se acostaría con él y siempre surgirían nuevas oportunidades de explorar el tema.

Ya tomada la decisión, se relajó y disfrutó de la charla y la música.

Rato después, Mathew pagó la cuenta y salieron a la plaza.

—Quiero llevarte a un lugar que te gustará —dijo ella.

—Soy tuyo —contestó él en tono seductor—, iré a donde quieras.

Ella se echó a reír y el rubor en sus facciones se acentuó.

—Esas son palabras mayores, puedo tomármelo en serio.

—Hazlo.

Negó con la cabeza y siguió sonriendo. A Mathew le gustaba su risa, su temperamento relajado, en contraste con la seriedad con que él se tomaba la vida.

—Vamos.

Caminaron un par de cuadras hasta llegar a un edificio que en el primer piso llevaba el nombre de Joyería Royale.