CAPÍTULO 4 #2
Mathew, que había madrugado para su cita con el coreano Park Jim Goo, con el que habló por espacio de una hora sobre la expansión de Joyerías Diamond a Corea y Malasia, se dedicó a recorrer los diferentes puestos de la feria.
De vez en cuando destinaba vistazos entre la gente que pululaba por allí, por si veía a Giana.
Al despertarse en la madrugada, había cuestionado su decisión de pasar de ella, pero ya era tarde, en esos momentos lo estaría odiando.
En la mañana pensó escribirle un mensaje, pero lo descartó.
Llegó al estand de una empresa ubicada en Silicon Valley, que llevaba una muestra de diamantes logrados en un laboratorio.
Allí concentró toda su atención en las piedras, examinó el color, los quilates y la claridad.
Era increíble, los diamantes creados en laboratorio tenían una composición química y unas propiedades idénticas a las de los Kimberley y poco a poco se abrían mercado, al ser considerados auténticos diamantes, pues su única diferencia era el origen.
Los nuevos consumidores, millenials en su mayoría, estaban muy abiertos a adoptar un nuevo tipo de lujo que promovía y se alineaba con su visión y sensibilidad hacia el mundo, sus recursos naturales y la huella de ozono.
Le pasaron una lupa y observó las piedras con detenimiento mientras atacaba a preguntas al hombre que lo atendía.
Después pidió una cita con uno de los socios, esa sería una buena opción, sus precios eran más económicos, las piedras serían accesibles a todo el mundo y estaba seguro de que las joyerías podrían sacar una línea de joyas con ellas sin dejar atrás los diamantes Kimberley.
Giana llegó a la feria poco después del mediodía.
Su mañana había sido productiva, pues se había reunido con los distribuidores de algunos equipos que necesitaría la empresa para la expansión.
Llevaba un vestido veraniego de color negro con lunares blancos y estilo plisado combinado con un cárdigan celeste y unas zapatillas negras.
como única joya llevaba sus aretes de perlas y diamantes, herencia de su madre.
El cabello se lo había dejado suelto y se había maquillado con discreción.
El atuendo era informal, muy propio para el verano parisiense, pero aun así ella brillaba con estilo.
No necesitaba quedarse, después de las reuniones no tenía nada mejor que hacer, pero precisaba volver a ver a Mathew King.
Recorrió varios puestos buscándolo mientras meditaba en la mejor manera de abordarlo sin hacerlo sentir incómodo por el plantón de la noche anterior.
Esperaba que él iniciara la charla con una disculpa, pero si no lo hacía, aunque lo considerara un patán, por el bien del negocio tendría que tragarse su orgullo e idear la mejor manera de hacerlo hablar de Sarabi.
Caminó por la feria hasta que lo divisó a lo lejos, casi cien metros más allá de donde ella se encontraba.
Su estómago bulló de anticipación y, aprovechando que él no la había visto, mientras se acercaba pudo observarlo a sus anchas.
Vestía un pantalón de dril color arena, camisa azul clara, zapatillas tenis azul y una chaqueta de hilo oscura.
Estaba guapísimo y se movía con soltura.
Se encontraba en el estand de la empresa de diamantes creados en laboratorio, y por su expresión estaba genuinamente interesado en el proceso que le explicaba uno de los jóvenes ejecutivos.
Avanzó con lentitud, algo se removió dentro de ella al verlo tan absorto en su trabajo. Cuando estuvo detrás de él, carraspeó nerviosa.
—Hola.
Mathew se volteó enseguida y la observó con semblante serio, aunque en sus ojos brillaba una chispa.
—Hola —saludó mirándola de arriba abajo—. Siento mucho si te sentiste desairada por no poder haber ido a la cita que teníamos, la verdad era que estaba agotado, pero admito que fue grosero no contestarte.
Su saludo y su disculpa la hicieron sentir como una adolescente, su mirada la retaba, la quemaba.
El rostro de Mathew cambió a uno preocupado.
—No te preocupes, lo entiendo perfectamente, fue un viaje largo.
—¿Cómo estás? ¿Todo bien? —preguntó Mathew, porque notó cierto velo de tristeza en su mirada.
“No, no estoy bien, estoy furiosa y dolida por la supuesta traición de mi novio”.
—Sí, estoy bien, solo cosas de trabajo que debo resolver.
Mathew la tomó con suavidad del brazo.
—Ven, tomemos un café. Déjame resarcirte si no tienes nada más que hacer.
Ella caminó con él, pero en un momento dado se quedó de pie al ver que él la llevaba a una cafetería ubicada dentro de la misma feria.
—¿Y cómo piensas resarcirme? Soy una mujer muy difícil de complacer.
Los labios de Mathew se sesgaron hacia arriba en una sonrisa y se inclinó hacia ella.
—¿Me estás lanzando un reto? Si ya terminaste aquí…
—Ya terminé —se apresuró a contestar ella, algo nerviosa; la cercanía de Mathew la perturbaba.
—Si quieres que te diga la verdad, estaba haciendo tiempo hasta que aparecieras, antes de verme tan desesperado que tuviera que enviarte un mensaje de texto. Necesitaba disculparme.
Ella lo miró sorprendida.
—Vaya, qué sincero.
—Es algo que amarás u odiarás de mí si te tomas el tiempo de conocerme.
—Es raro un hombre que te diga siempre lo que siente. En mi entorno no los hay. —Recordó la jugada que su padre y su novio tramaban a sus espaldas—. Interesante.
—Soy interesante.
Ella blanqueó los ojos.
—Podríamos dar un paseo, ¿conoces bien París? —se aventuró a decir ella. Si la rechazaba, no insistiría más.
—Lo que conoce cada turista, el obligado paseo por el Sena, subir a la torre Eiffel, los jardines de Luxemburgo, los restaurantes a la orilla del río y el Louvre.
—Basta —interrumpió ella—. ¿Quién diría que Mathew King no conoce París? ¿Dispuesto a la aventura?
—Siempre.
Salieron a la soleada tarde. Giana llamó por teléfono y un auto con chofer se materializó ante ellos.
—¡Qué estirada! Pensé que tu idea de aventura era montar en el metro.
—No te lo recomiendo y menos en verano.
Subieron al auto y a la nariz de Mathew llegó ese olor cítrico de su cabello. Su iniciativa le gustaba, se veía que disfrutaba llevando las riendas, ¿sería así en la cama? No tendría problema en cumplir cada una de sus órdenes.
—¿Y tú cómo es que sabes tanto de París?