HERMANOS KING CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Al llegar al departamento, Giana había hecho una reserva en el L'Oiseau Blanc, uno de los restaurantes más elegantes y excepcionales de París.

Se dio un largo baño, hizo un almuerzo tardío y durmió un par de horas.

Acababa de mandar el mensaje de texto a Mathew con los datos del restaurante, cuando una llamada de Ethan se cruzó en sus intenciones.

—Hola, dulzura.

Algo parecido al remordimiento la invadió. Ahí estaba su novio preocupándose por ella, que, en cambio, estaba planeando ir a cenar con un hombre. Cierto que su intención inicial era investigarlo, pero tenía que reconocer que la había atraído desde el primer momento.

—Hola, Ethan.

—Te extraño, quiero verte ya…

Soltó un suspiro y cambió de tema, si bien no era justo para con él tener la charla por teléfono, se negaba a portarse como su novia, ya no se consideraba comprometida con Ethan Colton. Optó por el silencio.

—¿Qué tal el viaje? —volvió a la carga él ignorando su silencio.

—Bien, largo…

—¿Qué te sucede, princesa? ¿Te enamoraste de algún hombre guapo y ambicioso? —preguntó en son de broma, pero Giana captó cierta vulnerabilidad en su voz.

—No me sucede nada, tengo un fuerte dolor de cabeza y no, respira tranquilo, no me he enamorado de ningún otro. —A su mente volvió el rostro de Mathew King y sus ojos del color del expreso que tomaba en las mañanas—. Compartí vuelo con Mathew King.

La línea se quedó en silencio.

—¿Te dijo algo?

—Ya quisiera yo que me hablara de la mina, pero eludió el tema, de todas formas, estoy segura de que lo veré después.

—No me gusta que hables con él, es un bastardo, mantente alejada.

—Podría averiguar algo…

—¡Déjalo, Giana! —gritó furioso—. De Mathew King me encargo yo.

—No me hables en ese tono, yo hago lo que quiero y haré lo que sea mejor para la empresa. Más bien dime si cuento con el voto de Daniel y Charlotte, son los únicos, de los leales a mi padre, que podrían querer a una mujer a la cabeza de la junta.

—Princesa, sabes que tu padre…

Un nudo apretó su estómago. Cuando Ethan empezaba a hablarle en ese tono de condescendencia, a ella le provocaba chirriar los dientes.

—Conozco muy bien a mi padre —interrumpió en tono helado—. ¿Qué has hecho tú en este tiempo para ayudarme a lograr mi objetivo?

—Daniel está a favor, en cuanto a Charlotte, la noto muy indecisa —contestó de manera rápida.

—Estoy segura de que cuando presente el informe de mi viaje y las proyecciones, lograré convencerla, Charlotte es ambiciosa. —Soltó un suspiro—. En fin, debo llamar a Mia.

—Sí, cariño, tienes razón. Descansa.

—Hablamos mañana.

Se quedó con el móvil en la mano unos cuantos segundos.

Necesitaba terminar su relación, necesitaba sentirse libre.

Miró la pantalla, no había recibido respuesta.

Observó la hora, eran apenas las seis y cuarto, volvió a enviar otro mensaje y esperó unos minutos, a lo mejor Mathew se había quedado dormido.

Tomó su ordenador y se sentó en un sillón, puso el nombre de Mathew King en Google y en todas las redes sociales, buscó reportajes y diversas fotografías, leyó sobre él un rato, pero se percató de que era mucho más discreto que sus hermanos.

No había fotos en que lo hubieran pillado con mujeres en situaciones comprometidas.

Tomó el teléfono, marcó su número y saltó a buzón enseguida.

Era oficial, tenía apagado el aparato, o sea, que la había dejado plantada.

Se negó a desalentarse, el viaje había sido largo, debía encontrar la manera de acercarse a él sin involucrarse emocionalmente, necesitaba esgrimir una mente fría y sagaz como en los negocios.

Leyó cosas de los King y de las joyerías que ella ya sabía, como el espíritu de trabajo que reinaba en la empresa y la excelente reputación que tenían en el medio, así un periodista anónimo quisiera hacerles pasar un mal rato.

Cerró el ordenador y se levantó dispuesta a ir a la cocina por un sándwich.

El departamento era como muchos del sector, ubicado en un edificio de renombre, de techos altos y molduras de yeso en las paredes, muebles de sala lujosos y un comedor en madera labrada para ocho comensales, obras de arte en las paredes y al fondo tres habitaciones.

Giana, en ese momento, estaba en la suya, había una cama en madera de color crema a juego con mesas y sillas delicadas y tapizadas en finas sedas, un escritorio de época donde había otro ordenador y un maletín de trabajo que ella había dejado allí.

Después de comer se dedicó a trabajar hasta el momento en que recibió una llamada de Mia, su asistente.

—Hola, jefa, ¿qué tal París?

—Hola, Mia, la ciudad, hermosa, los franceses antipáticos como siempre. Ponme al día, Ethan no está muy hablador que digamos.

Mia soltó un resoplido y murmuró una serie de frases entre dientes que Giana no pudo entender.

—Solo entendí “cerdo asqueroso”. ¿Te refieres a Ethan? Sé que no es santo de tu devoción, pero es tu jefe y le debes respeto.

—Bueno, por lo menos no me estás refregando que es tu novio.

—¿Qué pasa, Mia?

—Ay, Giana, sabes que te adoro, caminaría sobre piedras calientes por ti, pero respecto a Colton, no soy imparcial y lo sabes, dime que te enamoraste de un buen chico, por favor, le he rezado a santa Marta, la patrona de las causas imposibles dime que dio resultado.

—No tengo tiempo, además, estoy en una relación.

—Seguiré rezando hasta que se haga el milagro.

—¿Desde cuándo tan devota?

—Soy una buena chica católica, culpa a mis antepasados irlandeses y, créeme, con tu padre y tu novio revoloteando por ahí, necesito de toda la ayuda celestial posible, porque cuando están cerca el olor a azufre me tapa la nariz.

Giana soltó una carcajada. Mia era una mujer dada al drama, pero también la profesional más competente y leal con la que había trabajado. Un poco mayor que ella, estaba en sus treinta y cinco años, ágil y de temple nervioso, era sus ojos y oídos en la empresa.

—Eres una exagerada y ahora sí dime, ¿qué diablos pasa? O no te llevaré tus macarrones parisinos.

Giana siempre le llevaba de París unas galletitas de diversos colores a base de almendra en polvo, clara de huevo y azúcar que eran la perdición de la asistente.

—Eso es extorsión, jovencita.

—Pura y dura, habla.

—Ni tu padre ni Ethan tienen el más mínimo interés en que ocupes la presidencia de la empresa.

—¿Cómo? —Necesitaba un vaso de licor, fue hasta el bar del departamento, que estaba bien provisto, sacó una botella de vodka y se sirvió un trago en un vaso de cristal que sacó de un estante.

—Lo siento, Giana, estoy segura de que no lo esperabas.

No, no lo esperaba, su padre había sido muy vago con ella respecto al tema, aunque hacía dos años le había dicho que le faltaba fiereza. Giana dejó de hablarle por varios meses y se esmeró más en su labor.

Bebió el licor de un solo trago, la concentración del alcohol quemó su garganta y le calentó la boca del estómago.

Cuando Cesare tuvo el preinfarto, lo notó un poco más abierto con ella, receptivo a sus ideas, le alababa sus logros, hasta hipotetizó una vez, en una cena con amigos, sobre cuando ella estuviera al mando.

—¿Estás segura? —preguntó, horrorizada por el fuerte deseo de llorar que la asaltó. Aún era la niña que buscaba la aprobación y el cariño de papá.

—Solo el treinta por ciento de la junta te apoya, el resto han sido influidos por tu padre —aseguró Mia.

—¿Qué ha hecho Ethan? Me imagino que no estará de acuerdo con la postura de mi padre. —Solo silencio se escuchó al otro lado de la línea. La asaltó el miedo o, mejor, la certeza de que nada sería como ella lo había supuesto—. ¿Quién es el candidato de mi padre?

Escuchó el carraspeo de la mujer.

—Ethan Colton.

Era una verdadera sorpresa, pues había dado por sentado que su novio la apoyaría.

—¿Cómo lo supiste? —A Giana le sorprendía la manera en que Mia estaba siempre enterada de todo.

—Es un secreto a voces, pero me lo confirmó la asistente personal de tu padre, en un almuerzo que tuve con ella hace dos días, sabes que la mujer es el cancerbero de Orsini, pero por alguna razón que desconozco, detesta a Colton.

Cuando colgó, su primer impulso fue llamarlo y cantarle las cuarenta, pero esa no era la acción más inteligente. Tenía que jugar sus fichas con sagacidad.

Amaba la empresa, la conocía al derecho y al revés y, en ese momento, se lamentó más que nunca de no haber nacido hombre.

Su padre no se cuestionaría el darle el nombramiento si un par de bolas adornaran su entrepierna.

Y Ethan, ¿cómo había podido traicionarla de esa manera?

¿La amaba? No, nunca la amó, ella solo fue el trampolín para que él accediera a su empresa.

Ahora entendía su afán por el compromiso, y a lo mejor la habían enviado a Los Ángeles esos meses para allanarle el camino a él, estaba segura de que la idea de matrimonio era más de su padre que de Ethan.

Sintió el impulso de tomar el primer vuelo y enfrentarlos, pero necesitaba calmarse primero.

Asistiría a las reuniones y después ya vería.

Se asomó a la ventana, a lo lejos se erguía la torre Eiffel, soltó un profundo suspiro. La junta no tenía idea de lo que traería la expansión, esa podría ser su carta ganadora. Más calmada, volvió a llamar a Mia y le habló de su idea.

The Paris Place Vendôme Centre estaba vestido para una de las ferias de proveedores de joyerías más renombradas del mundo.

El sitio reunía las muestras de lo último en maquinaria y equipos utilizados en la elaboración de las diferentes joyas, los grandes consorcios de piedras preciosas exhibían las piezas más hermosas y sofisticadas de su inventario, y algunos diseñadores mostraban nuevas tendencias.